Néstor Valdivia: Al despertar. Cuento

Mario tomó la botella y bebió directo del pico el alcohol que le quemaba la lengua y la garganta. Tras fruncir el rostro sudoroso en una mueca de dolor y eructar en un ardiente aliento los vapores del trago, dió un paso más hacia adelante. Sólo tenía dos opciones o daba el pasó determinante y acabar con todo de una vez o retrocedía y seguía con ese ardor que le carcomía desde dentro y le mantenía en vigilia el cerebro. Ya no lo soportaba. Desde hace unas semanas salía desde temprano de su casa. Estar fuera y ocupar la mente en distracciones tontas que no le llevaban a nada, era una solución momentánea pero efectiva. Ir al parque, ver a las chicas pasar en diminutos vestidos y pantalones cortos, tomando un helado y sentado en un banca. Luego prender un cigarro y así entre el crepitar del tabaco y las bocanadas de humo, dejar que el tiempo haga lo suyo. Todo sea para alejarse de las ideas que le atormentaban las noches y los días, para que así, dejen de darle vueltas como en un carrusel macabro, cuyo maquinista, cliente y observador, era él mismo.

Siempre se consideró un hombre solo. Desde su prematura adolescencia se percató de ello y lo ratificó más tarde, a los 18 años, cuando se mudó de la casa de sus padres. Esto no sería mayor problema ya que disfrutó desde muy joven su propia compañía y aborrecía el contacto con las multitudes. Por lo general era él y alguien más. Alguien con el suficiente valor de aguantar su estolidez y fétidos comentarios derrotistas. Recordó a Ofelia, en las cosas que compartieron juntos, en los viajes, en las noches de tours por los bares del centro, en los hoteles que siempre exedían su presupuesto, en los desayunos sobre la cama para acabar con la resaca y prolongar las caricias hasta el medio día. Mario se entretuvo con el hilo de la añoranza, como un niño lo haría con un juguete recién descubierto o mejor aún, como los gallinazos revoloteando sobre un animal putrefacto y mientras más pensaba fue inevitable recordar las últimas palabras que ella le dedicó con una expresión hosca e irrefutable: Mario, Ya no te quiero. Y se proyectó solo, sin ella, y sin más, llegó a la desoladora conclusión: El que no aprendió a amar tampoco sabrá cómo dejar de hacerlo.

Terminó el último cigarro de la cajetilla. Levantose del asiento de cemento pulido con la pesadez de tener un muro de universo sobre sus espaldas y retomó el camino a casa. Ya dentro del departamento, encendió el equipo de sonido, recostose sobre el sillón, cogió el control remoto y subió el volumen. Cerró los ojos esperando que la música rompiese el silencio de la atmósfera de la pequeña sala y siendo devorado por la modorra, mientras escuchaba como los sonidos del piano se entrelazaban con el del violoncelo y poco después con el del violín, fue disgregando las notas, los acordes al tiempo de andante con moto del concierto del segundo movimiento para trío de piano en mi bemol de Franz Schubert y la melodía le transportó a un sueño profundo y alucinado donde, otra vez Ofelia, se le acercaba con los senos descubiertos, el cabello teñido ocultando su color natural, sus ojos de parpados caídos que nunca le decían nada y echose a su lado. Ella le acariciaba, mientras, de cuando en cuando, se detenía para arrancarle los vellos indecentes que le salían en la espalda y las orejas para luego frotarse con él, suave, cadenciosa, lenta, la bragadura húmeda y febril.

Despertó, no supo cuántas horas durmió, tampoco quería saberlo. Hace muchos años optó por eliminar los relojes de su casa, sólo mantenía uno muy viejo de plástico y a pilas que colgaba en una de las paredes de la cocina. Cuando se lo regalaron en algún cumpleaños, lo tomó como una afrenta a su libertad, a su biósfera marcada por los ocasos y amaneceres, solamente. Un día cansado de los estridentes sonidos que marcaban la hora en el reloj, decidió mutilarle y le extirpó el artificio que emulaba el doblar de campanas. Ya era de noche, el equipo de sonido seguía prendido pero ya no sonaba. La oscuridad, antes como ahora, también, fue su acompañante fiel. Apagaba las luces de su pequeño departamento de clase media y ahí, en absoluto silencio, se desbocaba en sus delirios de dragones de fauces humeantes y princesas adormitadas. Era lo más cercano a la muerte, piensa: La blancura de la luz es la exaltación de los colores, la oscuridad lo es de la nada y eso le fascinaba. Volvió a domir.

Al día siguiente, de amanecer caliente, despertó con mucho frío, a pesar de los 20 grados de calor. Pies entumecidos, garganta reseca, los ojos enrojecidos y con la sensación irremediable de la soledad absoluta. No tenía muchos amigos, tampoco se esforzaba en tenerlos por montones y menos en mantenerlos en esa burbuja de complacencia perpetua de abrazos, estoy contigo y te quiero, innecesarios. La amistad no es sino, razona, la supremacía del ego calcado, en lo que consideramos, en un alma necesitada del YO, de nosotros para el otro, pero no es menos ni más que la decadencia de la imposibilidad de la felicidad interna. Te limita el disfrute de la observación del todo desde un punto de vista particular, en algunos casos, incluso, se vuelve aprensiva en su forma y fondo. Una falacia de enunciados susceptibles y de lógica deliberada. La osmosis de sentimientos es algo irreal, para él, y ahora más que nunca, cree, que no hay nada más oportuno y apropiado para el interés que la amistad y también el amor. Lo desinteresado es una virtud que se limita a pocos privilegiados. Amamos, queremos porque lo necesitamos. Escuchamos porque en algún momento determinado, necesitaremos ser oídos. Extraña, busca a Ofelia pero sólo porque la necesita irremediablemente.

Antes, cada una de sus relaciones las iniciaba con la firme intención de disfrutar el momento pero también tenía claro que algún día terminarían. Tal vez por inmadurez o en el fondo sabía que ni una tenía la capacidad de entenderle o él a ellas. Con el tiempo se volvía aburrido, cansado y sumamente desconfiado. Pero con ella todo fue distinto. Creyó en sus palabras y jamás se dio cuenta de lo que se venía. Las verdades son avasalladoras pero lo son más las mentiras, suele pensar. Que la verdad fuera de tiempo es, en retrospectiva, un goteo incesante de mentiras que rebasan la paciencia y la cordura, después. Que el tiempo lo cura todo, era una máxima que siempre aborreció. El tiempo, como tal, determina las verdades y la distancia, como simple alegoría del espacio, determina el porqué, y Ofelia ya no estaba con él. Le daba vueltas a la misma batería de preguntas: ¿Qué hice mal? ¿Cuál es ese error recurrente que le lleva una y otra vez a esta situación en la que se encontraba? Repasaba los acontecimientos pero no encontraba respuestas. Al menos no quería darse por enterado y siguió sin entenderlo.

No lograba comprender, tampoco: ¿Cómo la justificación del arquetipo biológico y mental de la fidelidad había sido roto en una noche de tragos? ¿Quién eres? Se preguntaba constantemente, Siento que ya no te conozco, Dónde quedó la amistad que alguna vez me prometiste, Dónde estás, se cuestiona al ver el otro lado de la cama desocupado. Mantiene el teléfono encendido pero sin sus llamadas éste celular se ha convertido en un simple adorno innecesario al cual tiene que alimentar de sueños y esperanzas para no sentir la derrota revoloteando dentro del estómago vacío, ahuecado. Es una lástima, piensa, pero los recuerdos también tienden a marchitarse, se modifican con el paso del tiempo, incluso, a veces, suelen ser remplazados por escenas inexistentes. La memoria es frágil pero lo son más sus recuerdos, y tampoco así quería perderla. Y se fundió en el mismo sueño que la noche atrás lo había embelesado. Ahora chapoteó con fuerzas descomunales pero sigue ahí, tendido en la cama sin poder dejar de caer en el abismo de las pesadillas y de los recuerdos que ella le dejó una tarde de hace pocas semanas. Soñó que caía y su cuerpo apelmazado fue sopesado, contenido por millones de partículas de arenisca. Y en el sueño, Ofelia se alejaba de él, con su caminar torpe y caprichoso sólo dejando sus huellas sobre la arena ardiente y trascurridos unos pocos segundo, se le iba perdiendo de vista detrás de una duna y éstas siendo borradas por la suave pero constante brisa salada del mar.

Despertose agitado. El sabor dulzón y óxido de la sangre le resultó vívida. Se relamió, era fresca a pesar de su textura y tibiez. Disfrutaba el sabor de su propia sangre. Antes ya había pensado en la muerte, no se acobardaba a su susurro que lo encandila todas las noches al acostarse, no así, a fallar en el intento, a seguir acá, ya sin esperanzas, sin una razón de existir. Quería ser envuelto por sus alas de mariposa fatal y así, morir con su aliento excitando sus oídos. Entró al baño, bebió directo del caño, paladeó la frescura del agua clorada. Lavose la cara, humedeció sus cabellos. Retornó por el pasillo, cruzó la sala, llegó al balcón. La vista era inmejorable. Un pequeño parque verde de palmeras canarias, cincuenta metros más allá, el alcantilado mostraba el mar susurrante, espumoso, azulverdoso, tintineante a los rayos del sol. Tomó la botella y bebió directo del pico. Sofocado por la bocanada de alcohol, titubeó un poco en su decisión. Esbozó el final de sus sonrisas y luego saboreó en un eterno espasmo, la tibiez de su propia sangre.

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