Gao Xingjian: Litigio por la literatura, circunstancias de la creación literaria. Discurso de aceptación del Premio Nobel, 2000.

No puedo saber si ha sido el destino lo que me trae hoy a esta tribuna, pero como varias coincidencias afortunadas han creado esta oportunidad, muy bien puede llamársele así. Apartando la discusión sobre la existencia o no de Dios, quisiera decir, a despecho de mi ateísmo, que siempre he mostrado reverencia por lo incognoscible.

Una persona no puede ser Dios; ciertamente, no puede reemplazarlo y regir el mundo como un Superman; sólo lograría crear más caos y estropear el mundo mucho más de lo que está. En la centuria que siguió a NIETZSCHE los desastres provocados por el hombre han dejado sombríos récords en la historia de la humanidad. Superhombres de todo tipo, llamados líderes de pueblos, jefes de estado y guías de la raza, no vacilaron en recurrir a algunos métodos violentos para llevar a cabo crímenes que de ninguna manera asemejan los desvaríos de un filósofo tan egotista. Sin embargo, no deseo malgastar este comentario sobre la literatura platicando demasiado sobre política e historia. Lo que quiero hacer es aprovechar esta oportunidad para hablar como un escritor en la voz de un individuo.

Un escritor es una persona como cualquiera; quizás es más sensible que el resto, pero las personas altamente sensitivas son frecuentemente más frágiles. Un escritor no se expresa como el portavoz del pueblo o la encarnación de lo que es correcto. Su voz es inevitablemente débil, pero es precisamente esa voz del individuo lo que es más auténtico.

Lo que quiero decir aquí es que la literatura sólo puede ser la voz del individuo y así ha sido siempre. Una vez que la literatura se maquina como el himno de una nación, la bandera de una raza, el discursar de un partido político, o la voz de una clase o grupo, puede emplearse como un instrumento de propaganda que lo invade todo. Sin embargo, tal literatura pierde lo que le es inherente, deja de ser literatura, y se convierte en un sustituto del poder y el provecho.

En la centuria que justo acaba, la literatura enfrentó este infortunio; y fue profundamente marcada* por la política y el poder más que en cualquier período anterior y también los escritores fueron víctimas de opresiones sin precedentes.

Para que la literatura salvaguarde las razones de su propia existencia y no se convierta en instrumento de la política debe retornar a la voz del individuo; porque la literatura se deriva primariamente de los sentimientos del individuo, y es el resultado de sentimientos. Esto no significa, por lo tanto, que deba divorciarse de la política, o que deba necesariamente comprometerse con ella. Las controversias sobre las tendencias de la literatura o las inclinaciones políticas de los escritores fueron aflicciones serias que atormentaron a la literatura durante la pasada centuria. La ideología hizo estragos trocando las controversias relacionadas con la tradición y la reforma en controversias sobre qué era conservador o revolucionario; cambiando de esta manera los asuntos literarios en un forcejeo sobre qué era progresista y qué reaccionario. Si la ideología se une al poder y es transformada en una fuerza real, entonces tanto la literatura como el individuo serán destruidos.

La literatura china del siglo XX, y también ahora, está exhausta y prácticamente ahogada, porque la política dictó la literatura. Tanto la revolución en la literatura como la literatura revolucionaria, aprobaron las sentencias de muerte de la literatura y del individuo.

El ataque a la cultura tradicional china en nombre de la Revolución derivó en la prohibición pública y la quema de libros. Incontables escritores fueron baleados, encarcelados, exiliados o castigados con trabajos forzados en el transcurso de los últimos cien años. Esto fue más extremo que en cualquier período de la dinastía imperial en la historia de China. Y creó enormes dificultades para la escritura china, y muchas más para cualquier discusión sobre emancipación creativa.

Si el escritor estaba buscando ganar libertad intelectual la opción era guardar silencio o huir. Sin embargo, el escritor depende del lenguaje, y para él no expresarse por un período prolongado es idéntico al suicidio. Para evitar el suicidio o ser silenciado, y más adelante expresar su propio criterio, no tenía otra alternativa que el exilio.

Cuando evaluamos la historia de la literatura en Oriente y Occidente ha sido así siempre desde Qu Yuan hasta Dante, Joyce, Thomas Mann, Solzhenitsin, y un gran número de intelectuales chinos que salieron al exilio luego de la masacre de Tiananmen en 1989. Este es el destino inevitable del poeta y el escritor que perseveran en la búsqueda por preservar su propia voz.

Durante los años en que Mao Zedong estableció la dictadura totalitaria, ni siquiera la huida era una opción. Los monasterios en las montañas más alejadas, que habían sido refugio de los eruditos en los tiempos feudales fueron totalmente destruidos, y escribir, incluso a escondidas, era arriesgar la vida. Para mantener una autonomía intelectual uno podía solamente hablar consigo mismo, y debía hacerse en el más estricto secreto. Debo mencionar que fue precisamente en ese período absolutamente imposible para la literatura cuando comencé a comprender por qué era tan esencial: la literatura permite a las personas preservar una conciencia humana.

Puede decirse que hablar a sí mismo es el punto de partida de la literatura, y que utilizar el lenguaje para comunicarse es secundario. Una persona derrama sus sentimientos y pensamientos en un lenguaje que, escrito como palabras, se convierte en literatura. Aún cuando no existe la intención de publicar, existe la compulsión de escribir, porque hay recompensa y consolación en el placer de la escritura. Yo comencé mi novela “La Montaña del Alma” para disipar mi soledad interior en el mismo momento en que habían sido prohibidos algunos trabajos que yo había escrito con rigurosa autocensura. “La Montaña del Alma” fue escrita para mí mismo, y sin ninguna esperanza de que sería publicada.

La literatura es por su naturaleza la afirmación del hombre, de la valía de su propio ser, y esto lo comprobamos mientras escribimos. La literatura nace, primariamente, de la necesidad de autorrealización del escritor. Si algún impacto produce en la sociedad su obra, ese impacto no es, ciertamente, determinado por sus deseos.

En la historia de la literatura abundan las obras excelentes y duraderas que no fueron publicadas en vida de los autores. Si el autor no hubiera alcanzado su autoafirmación mientras escribe, ¿cómo podría haber continuado? Como en el caso de Shakespeare, incluso ahora, es difícil averiguar los detalles de los cuatro genios que escribieron las grandes novelas chinas: “Viaje al Oeste”, “Margen del Agua”, “Jin Ping Mei”, y “Sueños de las Mansiones Escarlatas”. Todo lo que queda es un ensayo autobiográfico de Shi Naian, y de no haber sido como él dice, que se consoló a sí mismo con la escritura ¿de qué otra manera mantener mientras vivió esa devoción a la descomunal obra por la que no recibió recompensa alguna en vida? ¿Y no era éste también el caso de Kafka, quien fundó la ficción moderna, y de Fernando Pessoa, el más profundo poeta del siglo XX? Cuando comenzaron a escribir no fue para transformar el mundo, y aún concientes de que como individuos estaban indefensos, se expresaron y alzaron sus voces, porque esa es la magia del lenguaje.

El lenguaje es la cristalización suprema de la civilización humana; es intrincado, incisivo y difícil de asir, y sin embargo es expansivo, penetra la percepción humana y une al hombre, sujeto de la percepción con su propia comprensión del mundo. La palabra escrita también es mágica porque permite la comunicación entre individuos distantes, incluso si son de razas o tiempos diferentes. Es también de esta forma como el presente compartido en la escritura y lectura de la literatura se conecta con sus eternos valores espirituales.

Desde mi punto de vista, para un escritor de estos tiempos es un problema esforzarse en enfatizar una cultura nacional. A causa de mi cuna y de mi idioma, las tradiciones culturales chinas residen de manera natural en mí. La cultura y el lenguaje están íntimamente relacionados y de esta forma se construyen los modos de percepción característicos y relativamente estables, el pensamiento y la articulación. Sin embargo, la creatividad de un escritor comienza precisamente con lo que ha sido articulado en su lengua, y se dirige hacia lo que no ha sido aún adecuadamente articulado. Como creador de arte lingüístico no tiene necesidad de imponerse un rótulo nacional que pueda ser fácilmente identificado.

La literatura trasciende las fronteras nacionales -por medio de traducciones trasciende al lenguaje y las costumbres específicamente sociales de las relaciones interhumanas creadas por condiciones geográficas e históricas- para hacer profundas revelaciones sobre la universalidad de la naturaleza del hombre. Además, el escritor actual recibe influencias multiculturales fuera de la cultura de su propia raza. Por lo tanto, a menos que se quiera promover el turismo, enfatizar los rasgos culturales de un pueblo es inevitablemente sospechoso.

La literatura va más allá de la ideología, las fronteras nacionales y la conciencia racial en la misma medida que la existencia individual es más que éste o aquel “ismo”. Esto es debido a que la condición existencial del hombre es superior a cualquier teoría o especulación sobre la vida. La literatura es la observación de los dilemas de la existencia humana, y nada le es tabú. Las restricciones en literatura son siempre impuestas externamente: la política, la sociedad, la ética y las costumbres intentan utilizar la literatura como decorado de sus propios entramados.

Sin embargo, la literatura no es, ni ornamento de la autoridad, ni artículo de modas sociales; tiene su propio criterio de mérito: su cualidad estética. Una estética intrincadamente relacionada con las emociones humanas es el único criterio indispensable de la obra literaria.

De hecho, tales juicios difieren de una a otra persona porque las emociones pertenecen invariablemente a individualidades diversas. Sin embargo, esos juicios estéticos tienen sus normas reconocidas universalmente. La capacidad de apreciación crítica que la literatura fomenta permite a los lectores experimentar también sentimientos poéticos y de belleza, lo sublime y lo ridículo, la tristeza y el absurdo, el humor y la ironía, que el autor haya infundido a su obra.

Los sentimientos poéticos no derivan simplemente de la expresión de la emoción. No obstante, en las primeras etapas de la escritura, casi siempre se manifiesta un egotismo desbocado, que es una forma de infantilismo.

Existen también numerosos niveles de expresión emocional; llegar a los niveles superiores requiere de un frío distanciamiento. La poesía está oculta en una mirada distanciada. Si además, esta mirada examina a la persona del autor, y se eleva por encima de éste y de los personajes del libro para convertirse en una especie de tercer ojo del autor -tan neutral como sea posible- entonces valdrá la pena adentrarse en los desastres y miserias del mundo humano. Luego, de la misma manera que surgen sentimientos de dolor, odio y rechazo, surgen también sentimientos de identificación y amor por la vida.

Una estética basada en las emociones humanas no deviene anticuada incluso con los perennes cambios de moda en las artes y las letras. Sin embargo, las evaluaciones literarias que se dejan llevar por la moda sólo valoran lo último; es decir, aquello que es nuevo es bueno. Este es un mecanismo de los movimientos de mercado, y el mercado del libro no está exento, pero si los juicios estéticos siguen las pautas del mercado eso significará el suicidio de la literatura. Especialmente en la llamada sociedad de consumo de nuestros días, creo que deberíamos recurrir a la literatura fría.

Diez años atrás, luego de concluir “La Montaña del Alma”, -que me tomó siete años escribir- propuse, en un breve ensayo este tipo de literatura:

“La literatura no es parte de la política, sino un asunto estrictamente individual. Es la gratificación del intelecto unida a la observación; una reseña de lo que se ha vivido; reminiscencias y sentimientos, o la representación de un estado mental.

El llamado escritor no es más que alguien hablando o escribiendo, y si lo escuchan o no, depende de los demás. El escritor no es un héroe que actúa por encargo del pueblo, ni se le debe adorar como a un ídolo, y de ninguna manera es un delincuente, o un enemigo del pueblo. El escritor es, a veces, sacrificado, junto con su obra debido a las necesidades de otros. Cuando las autoridades necesitan construir algunos enemigos para desviar la atención del pueblo, los escritores son las víctimas; y peor aquellos tranquilos escritores que han sido realmente embaucados cuando piensan que tal sacrificio es un gran honor.

De hecho, la relación entre el autor y el lector, es una comunicación espiritual, y no tienen necesidad de conocerse o interactuar socialmente. Se comunican, simplemente, a través de la obra. La literatura sigue siendo una forma fundamental de la actividad humana en la que el escritor y el lector establecen un compromiso de forma voluntaria. Por lo tanto, la literatura no tiene deberes con la masa.

Esa clase de literatura que ha recuperado su carácter innato puede ser llamada Literatura Fría. Ella existe simplemente porque la humanidad busca una manifestación puramente espiritual más allá de la gratificación de deseos materiales. Este tipo de literatura, por supuesto, no surgió en estos días. Sin embargo, mientras que en el pasado tuvo que luchar contra las fuerzas de la opresión política y las costumbres sociales, hoy ha de batallar con los valores comerciales subversivos de la sociedad de consumo. Por ello dependerá, para existir de nuestra disposición a sufrir la soledad.

Si un escritor se dedica a este tipo de escritura encontrará dificultades para ganarse la vida. Por lo tanto, escribir tal tipo de literatura debe ser considerado un lujo, una forma de gratificación espiritual. Si esta literatura tiene la fortuna de ser publicada y circulada, es debido al esfuerzo del escritor y sus amigos. Cao Xuegin y Kafka son ejemplos de ello. Durante sus vidas, sus obras no fueron publicadas, así que no pudieron crear movimientos literarios ni convertirse en celebridades. Estos escritores vivieron marginados y distanciados de la sociedad, dedicados a esta actividad espiritual por la que no esperaron recompensa alguna en su tiempo. No buscaban aprobación social, sino simplemente disfrutar de la escritura.

La literatura fría huirá para poder sobrevivir. Es la literatura la que se niega a ser estrangulada por la sociedad en su búsqueda de salvación espiritual. Si una raza no puede adaptarse a este tipo de literatura esto no es una desgracia para el escritor sino una tragedia para la raza”.

Es una suerte para mí recibir en vida este gran honor de la Academia Sueca, y en esto me han ayudado muchos amigos de todo el mundo. Durante años, sin pensar en recompensas y sin evitar dificultades, ellos han traducido, publicado, representado y evaluado mis escritos. Sin embargo, no les agradeceré uno por uno, pues es una lista amplia de nombres.

También quiero agradecer a Francia por aceptarme. En Francia, donde se reverencia al arte y a la literatura he ganado la condición de escribir con libertad, y tengo también lectores y audiencia. Afortunadamente, no estoy solo; aunque escribir -a lo que he entregado mi ser- es una tarea solitaria.

Lo que quisiera también decir aquí es que la vida no es una fiesta y que el resto del mundo no es tan pacífico como Suecia, donde no ha habido guerra por más de ciento ochenta años. Esta nueva centuria no será inmune a las catástrofes, simplemente porque hubo tantas en el pasado siglo. Las memorias no se transmiten como los genes. Los humanos tienen mente, pero carecen de la suficiente inteligencia para aprender del pasado, y cuando la malevolencia se recrudece en la mente del hombre, esto puede poner en peligro su propia supervivencia.

Nuestra especie no necesariamente evoluciona todo el tiempo y en esto hago referencia a la historia de la civilización humana. La Historia y la Civilización no viajan sobre ruedas. Desde el estancamiento de la Europa Medieval hasta la decadencia y el caos de los tiempos recientes en el continente de Asia, y la catástrofe de las dos guerras mundiales en el siglo XX, los métodos para matar se han sofisticado progresivamente. El progreso científico y tecnológico no implican, ciertamente, que la humanidad en su totalidad resulte más civilizada.

Para clarificar el comportamiento humano ha fallado el uso de algunos ismos científicos que explican la historia o la interpretan desde un punto de vista histórico basado en seudodialécticas. Ahora que el fervor utópico y la continuación de la revolución del siglo pasado se han desmoronado, existe un inevitable sentimiento de amargura entre aquellos que han sobrevivido.

La negación de la negación no resulta necesariamente una afirmación. La Revolución no introdujo cosas nuevas porque el nuevo mundo utópico se basaba en la destrucción del mundo viejo. Esta teoría de la revolución social fue aplicada de manera similar y tornó lo que una vez había sido reino de creatividad en un campo de batalla donde los nuevos derrocaron a los viejos y se pisotearon las culturas tradicionales. Todo tuvo que comenzar desde cero, la modernización fue buena, y la historia de la literatura fue también interpretada como una rebelión continua.

El escritor no puede ocupar el lugar del Creador, así que no necesita inflar su ego pensando que es Dios. Esto no sólo provocará una disfunción psicológica y lo trocará en demente sino que también transformará el mundo en una alucinación, en la que cada cosa externa a su propio cuerpo es purgatorio, y naturalmente, no podrá continuar viviendo. Los otros son -claro está- el infierno. Presumiblemente es así como el autocontrol se pierde. No hay necesidad de decir que se convertirá en víctima del futuro y exigirá que otros sigan la corriente de inmolarse personalmente.

No hay que apurarse para completar la historia del siglo XX. Si nuevamente el mundo se hunde en las ruinas de algún mareo ideológico, esta historia habrá sido escrita en vano y a otros les tocará corregirla.

El escritor tampoco es un profeta. Lo importante es vivir en el presente, no permitir que lo engañen, librarse de la decepción, mirar claramente este momento específico del tiempo y a la par escrutarse a sí mismo. Nuestro ser también es un caos total y a la vez que cuestionamos al mundo y a otros, podríamos mirarnos a nosotros mismos. Generalmente los desastres y opresiones vienen de otros, pero la cobardía y la ansiedad de los hombres con frecuencia intensifican los sufrimientos y el infortunio.

Tal es la inexplicable naturaleza del comportamiento humano, y el conocimiento del hombre acerca de sí mismo es aún más difícil de aprehender. La literatura es simplemente el hombre centrando su mirada en sí mismo; y mientras lo hace, comienza a crecer un hilo de conciencia que derrama luz sobre su yo.

Subvertir no es el objetivo de la literatura; su valor descansa en descubrir y revelar lo que es raramente conocido, poco conocido, o lo que se supone conocido pero de hecho no lo es, sobre la verdad del mundo humano. Podría parecernos que la verdad es la cualidad básica invulnerable de la literatura.

Ya comenzó el nuevo siglo. No nos preocupa si en verdad será nuevo o no, sino considerar que la revolución en literatura y la literatura revolucionaria, e incluso la ideología, parecen todas ellas que abocan a su fin. Se ha desvanecido la ilusión de la utopía social que amortajó a más de una centuria, y cuando la literatura arroje los grilletes de este y aquel .ismo, retornará a los dilemas de la existencia humana. A pesar de todo, tales dilemas han cambiado poco y continuarán siendo temas eternos de la literatura.

Esta es una época sin profecías ni promesas, y pienso que eso es bueno. El escritor debe dejar de interpretar el papel de profeta y juez, pues todas las profecías del siglo pasado resultaron falsas. Y no es necesario inventar nuevas supersticiones con respecto al futuro. Es mucho mejor esperar y ver. También, lo mejor para el escritor sería regresar a su papel de testigo y esforzarse por exponer la verdad. Esto no quiere decir que la literatura sea como un documento. En realidad, la veracidad de los testimonios es dudosa y las razones y motivaciones de los hechos, con frecuencia permanecen ocultas. Sin embargo, cuando la literatura se ocupa de la verdad todo el proceso que comienza en la mente de la persona, hasta el hecho en sí, queda al descubierto sin ocultar nada. La literatura tendrá este poder siempre que el escritor intente hacer un retrato de las circunstancias que determinan la existencia humana y no sea parte del absurdo.

Lo que determina la calidad de una obra es la facultad del escritor de captar la verdad. Los juegos de palabras y las técnicas narrativas no pueden servir como sustitutos de este requerimiento. En realidad existen numerosas definiciones de la verdad, y la forma de enfocarla varía según la persona. Pero a simple vista se puede apreciar cuándo un escritor está embelleciendo los fenómenos humanos, o haciendo un retrato pleno y honesto. El criticismo literario de una determinada ideología trocó la verdad y la mentira en análisis semánticos, pero tales principios y dogmas tienen escasa relevancia en la creación literaria.

Sin embargo, que el creador enfrente o no la verdad no es sólo un aspecto de la metodología creativa, es también un asunto de actitud ante la escritura. La verdad, al tomar la pluma implica, al mismo tiempo, que uno es sincero una vez que la pone sobre la mesa. Aquí la verdad no es meramente una evaluación de la literatura sino que tiene, a la par, connotaciones éticas.

El escritor no tiene el deber de predicar moralidad, y mientras intente retratar a varias personas en el mundo expone también inescrupulosamente, su propio ser. Para el escritor, la verdad en la literatura se aproxima a la ética; esto es la ética en la literatura.

En la mano de un excritor con una actitud seria hacia lo que escribe, incluso la ficción literaria se basa en un retrato verdadero de la vida humana, y esta ha sido la fuerza vital de obras que nos han llegado desde tiempos remotos. Por esta misma razón es que la Tragedia Griega y Shakespeare nunca serán obsoletos.

La literatura no tiene que ser una réplica de la realidad, sino que penetra las capas superficiales y se aproxima en profundidad al interior de la realidad, elimina las ilusiones falsas, analiza desde un punto de vista elevado los sucesos de la vida diaria, y con amplia perspectiva nos revela lo que sucede, con toda su plenitud.

Desde luego, también la imaginación es parte importante de la literatura; pero esta especie de viaje de la mente no significa sólo inventar una serie de tonterías. La imaginación que está ajena a los sentimientos verdaderos, y la creación que está ajena a las experiencias de la vida, resultan insípidas y débiles. Y la obra que no logra convencer al mismo autor no será capaz de emocionar al lector. Sin dudas, la literatura no sólo depende de las experiencias de la vida común y tampoco el escritor está limitado a describir sus experiencias personales. Este puede incluso utilizar las cosas que ha oído, visto y leído en obras literarias anteriores, y transformarlas en sus propios sentimientos. Esta es también la magia del lenguaje de la literatura.

Un lenguaje blasfemo o bendito tiene el poder de agitar el cuerpo y la mente. El arte del lenguaje depende de la habilidad del que se expresa para transmitir sus sentimientos a otros. No se trata de un sistema de signos o de formaciones semánticas que requieren sólo estructuras gramaticales. Si se olvida a la persona que vive detrás de ese lenguaje, el discurso gramatical se convertirá fácilmente, en un juego del intelecto

La lengua no sólo sirve para transmitir conceptos, sino para activar simultáneamente los sentimientos y los sentidos, y es por eso que los signos y las señales no pueden remplazar el lenguaje de los seres vivos. La voluntad, las motivaciones, el tono y las emociones que hay detrás de lo que alguien dice, no pueden ser expresados plenamente sólo mediante la semántica y la retórica. La connotación del lenguaje literario debe ser expresada plenamente por personas VIVAS.

Por lo tanto, además de servir como portadora de pensamiento, la literatura debe también apelar a los sentidos del lector.

La necesidad humana del lenguaje no es simplemente para la transmisión de una intención; es al mismo tiempo, escuchar y afirmar la existencia de una persona.

Parafraseando a Descartes, pudiéramos decir del escritor: “Digo, luego existo”. Sin embargo, el “YO” del escritor puede ser el escritor mismo, puede ser igualado al narrador o convertirse en los personajes de una obra. Como el sujeto-narrador puede ser también “él” o “tú”, éste es tripartito.

El punto de partida para transmitir las percepciones es establecer una persona narrativa y dar forma a la narración a partir de patrones variados. El escritor da forma concreta a sus percepciones durante el proceso de búsqueda de sus propios métodos narrativos.

En mi ficción, yo utilizo pronombres, en vez de los personajes usuales, y también utilizo los pronombres “yo”, “tú” y “él” para hablar o llamar la atención sobre el protagonista. El retrato de un personaje mediante el uso de diferentes pronombres crea un sentido de distancia. Y esto le da al actor en el escenario un espacio sicológico más amplio. También he introducido el cambio de pronombres en mi dramaturgia.

La producción de ficción o dramaturgia no ha cesado ni cesará y no hay motivos para pronósticos atrevidos sobre la muerte de algún género literario o artístico.

El lenguaje, como la vida, nació con la civilización humana y está lleno de maravillas y su capacidad de expresión es ilimitada. La tarea del escritor es descubrir y desarrollar el potencial latente inherente a la lengua.

El escritor no es el Creador y no puede erradicar el mundo, incluso si éste es muy viejo. Tampoco puede establecer ningún nuevo mundo ideal, incluso si el mundo actual es absurdo y sin capacidad de comprensión.

Sin embargo, el escritor sí puede hacer aseveraciones novedosas, lo mismo completando lo que atrás ha dicho, o comenzando a decir donde otros se han detenido.

Subvertir la literatura fue la retórica de la Revolución Cultural. La literatura no murió, y los escritores no fueron destruidos. Cada escritor tiene su lugar en el librero y tiene vida, mientras haya lectores.

No hay consuelo mayor para un escritor que ser capaz de aportar un libro al vasto tesoro de la literatura humana; un libro que seguirá leyéndose en el futuro.

La literatura será actualizada y de interés en el mismo momento en que el escritor la escribe y el lector la lee. A menos que seamos pretenciosos; si escribimos para el futuro sólo nos engañamos a nosotros y a los demás. La literatura es para los VIVOS y además para afirmar el presente de los VIVOS. Es ese eterno presente y esta confirmación de la vida individual la razón absoluta de por qué la literatura es literatura, si es que alguien insiste en encontrar una razón para que esta cosa magnífica exista por sí misma.

Cuando escribir no constituye un medio de vida, o cuando esta actividad nos absorbe tanto que olvidamos por qué escribimos y para quién, entonces la escritura se convierte en una necesidad y escribimos compulsivamente. Entonces hacemos literatura.

Este aspecto no utilitario de la literatura es fundamental para la literatura. Escribir literatura se ha convertido en una profesión y esto es un feo resultado de la división del trabajo de la sociedad moderna y un fruto amargo para el escritor.

Este es el caso especial de la era actual, en la que la economía de mercado lo ha invadido todo y los libros también se han convertido en mercancías. En todas partes encontramos indiscriminadamente enormes mercados, y no escritores individuales, pero incluso las sociedades y movimientos de antiguas escuelas literarias han desaparecido. Si el escritor no se somete a las presiones del mercado y rehusa a fabricar productos culturales que satisfagan los gustos de la moda, debe entonces buscar otro medio de sustento. La literatura no es una competencia entre libros, ni la venta excesiva de ellos, y los autores que son promovidos en la televisión se dedican más a la publicidad que a escribir. La libertad para escribir no nos la regalan, ni podemos comprarla, sino surge de la necesidad interior del escritor mismo.

En lugar de decir que Budha está en el corazón, sería mejor decir que la libertad está en el corazón y simplemente depende de si hacemos uso de ella o no. Si cambiamos la libertad por otra cosa, entonces el ave de la libertad escapará, porque ese es el precio de la libertad.

El escritor escribe lo que él quiere, sin buscar recompensa no sólo para afirmarse, sino también para desafiar la sociedad. Este desafío no es pretensión, y el escritor no tiene necesidad de inflar su ego cuando se convierte en un héroe o un guerrero. Los héroes y los guerreros luchan para alcanzar alguna gran obra o para consolidar algún hecho meritorio y estas cosas son logros de las obras literarias.

Si el escritor desea desafiar la sociedad debe ser a través de la lengua y debe apoyarse en los personajes y los acontecimientos de sus obras. De otra manera, sólo conseguirá dañar la literatura.

La literatura no es un grito iracundo y tampoco puede convertir la indignación de un individuo en acusaciones. Solamente cuando los sentimientos del escritor como individuo se reflejan en su obra, éstos resisten el paso del tiempo y sobreviven por un largo período.

Por lo tanto, no se trata del desafío del escritor a la sociedad, sino más bien, una respuesta poderosa a los tiempos y la sociedad del escritor. El clamor del escritor y sus acciones podrán desaparecer, pero mientras haya lectores, su voz y sus escritos continuarán divulgándose.

En verdad, ese desafío no puede transformar la sociedad; es solamente la aspiración individual de trascender las limitaciones del entramado social y de asumir una postura encubierta, Sin embargo esto es, sin dudas, una actitud normal, porque es alguien que está orgulloso de su humanidad. Sería triste si la historia humana fuera sólo manipulada por leyes desconocidas y se moviera ciegamente con la corriente de manera que las diferentes voces de los individuos no se pudieran escuchar. Es en este sentido que la literatura llena el vacío de la historia. Cuando las grandes leyes de la Historia no se utilicen para interpretar la Humanidad la gente será capaz de dejar atrás sus voces. La Historia no es todo lo que la Humanidad posee, también está el legado de la literatura. En la literatura la gente son invenciones, pero mantienen la creencia esencial en su propia valía.

Honorables miembros de la Academia, les doy las gracias por otorgar este Premio Nóbel a la literatura; a la literatura que se mantiene firme en su independencia, que no escapa del sufrimiento humano, ni de la opresión política, y que además no sirve a la política. Les agradezco a todos haber otorgado este tan prestigioso premio a obras que no tienen nada que ver con el mercado, que han despertado poca atención, pero que vale la pena leerlas. Al mismo tiempo agradezco a la Academia Sueca por permitirme subir a esta estrado a hablar ante los ojos del mundo. La débil voz de un frágil individuo que apenas vale la pena ser escuchada y que, normalmente no se oiría en los medios públicos, ha sido autorizada a dirigirse al mundo. Sin embargo, creo que este es precisamente el significado del Premio Nóbel, y agradezco a todos por esta oportunidad de hablar.

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