Nankichi Niimi: Adquriendo guantes. Cuento

El frío invierno del norte vino finalmente al bosque donde vivían la zorra y su hijo.
Un día, el zorrito quiso salir de la cueva, pero al hacerlo gritó: “¡Ah!”. Vino tapándose los ojos y llegó tropezándose hasta donde estaba su madre.
—¡Mamá! Algo se me enterró en el ojo. Por favor, quítamelo. Pronto, pronto— dijo.
La zorra se espantó. Confundida quitó, con temor, las manos de su hijo, quien se seguía tapando los ojos. Empero, vio que no tenía nada enterrado. La madre salió de la cueva y al ver el exterior, desde la entrada, entendió por primera vez la causa. Anoche había nevado mucha nieve blanca. Como la luz de sol alumbraba la nieve, ésta se reflejó: era deslumbrante. El zorrito no conocía todavía la nieve. Por eso mismo, como había sido deslumbrado tan fuerte, había pensado que algo se le había enterrado en el ojo.
El zorrito se fue a jugar. Dio varias vueltas sobre la suave nieve, la cual parecía como algodón. La fina nieve se esparcía como un rocío, proyectando un pequeño arcoíris.
En ese momento, desde atrás, sonó un terrible sonido: “Dota, dota”. Una nieve parecida a la harina de pan había enterrado totalmente al zorrito. Se espantó y rodó unos 10 metros dentro de la nieve. Huyó y luego volteó para ver quién había sido el responsable, pero no había nadie. Había sido la nieve caída de esa rama de abeto, la causante de la avalancha. Todavía escurría nieve entre las ramas, parecía un hilo de seda blanco.
Al cabo de un rato, el zorrito regresó a la cueva.
—Mamá, me duelen mis manitas. ¡Ay mis manitas!— dijo.
Puso frente a ella, las dos manos mojadas que parecían color fucsia. La madre zorra tomó esas manos y les sopló aire. Mientras las envolvía con sus manos calientes dijo:
—Pronto se te pondrán calientes. Cuando tocas la nieve se te ponen calientes en un santiamén.
Sin embargo, pesó que no se perdonaría si le salían unos sabañones en las tiernas manos de su niño. Así, decidió ir en esta noche a la ciudad y comprarle unos guantes de lana para las pequeñas manos de su hijo.
Llegó la lóbrega noche, la cual extendía como una sombra sobre la pradera y el bosque. Parecía un furoshiki. Empero, como la nieve era tan blanca, no importaba si la cubría y la volvía a cubrir, ésta volvía resaltar su blancura.
La madre y su hijo salieron de la cueva. El niño se metió dentro de la panza de su mamá. Desde ahí, parpadeaba sus redondos ojos y volteaba hacia todas partes, mientras caminaba.
Al cabo de un tiempo, comenzaron a ver en su camino una tenue luz. El zorrito la encontró.
—Mami, no sabía que las estrellas también estuvieran en lugares tan bajos— dijo.
—Eso no es una estrella, hijo— dijo ella.
En ese momento, las piernas de la zorra se paralizaron.
—Aquello es la luz de la ciudad, hijo mío.
Al ver la luz, la zorra se acordó cuando visitó la última vez la ciudad. Había sido con una amiga. Esa vez sí que la pasó muy mal. Le había dicho a su amiga que no lo hiciera, pero ella no le hizo caso. Entró a una case e intentó robar un pato. Al final, un campesino las encontró y las persiguió como loco. De milagro, no perdieron la vida.
—¿Qué haces mamá? Vamos rápido— dijo el zorrito, quien estaba debajo de su barriga, pero las piernas de la zorra seguía paralizadas, no podía avanzar. No había otra alternativa. Había que mandar a niño solo hasta la ciudad.
—Hijo mío saca una de tus manos— dijo la zorra. Ella la apretó por un rato y la convirtió en una bonita mano de un niño humano. El zorrito abrió y cerró esa mano. También, la pellizco y la olió.
—Está un poco rara mamá. ¿Qué es esto?— dijo. Seguía viendo sin cesar, debajo de la luz reflejada de la nieve, su mano transformada.
—Eso es una mano de un humano. Mira hijo mío. Cuando vayas a la ciudad vas a encontrar muchas casas. Primero, tienes que buscar una que tenga, frente a su puerta un letrero de un gorro circular. Cuando la encuentres, tienes tocar dos veces la puerta. Dices: “Buenas noches”. Después, uno de los humanos va a abrir la puerta un poco y en esa abertura metes esta mano de humano y dices: “Quiero unos guantes acordes a esta mano”. Haz entendido. No se te ocurra meter la otra mano. ¿De acuerdo? —advirtió la zorra.— Si los humanos saben que eres un zorro, no te van a vender los guantes. Peor que eso, te van a atrapar y meter dentro de una jaula. Los humanos son seres tenebrosos.
—¿En serio?
—No se te ocurra por ninguna razón sacar esta mano. Tienes que sacar la mano humana. Me oyes— dijo la zorra. Después le puso en su mano humano dos monedas de cobre blanco.
El zorrito se dirigió hacia donde estaba la luz de la ciudad. Caminó por la pradera iluminada por la nieve. Lo hacía como un niño quien apenas había aprendido a caminar. En un inicio, había una sola luz, pero luego se fueron haciendo dos y luego tres, aumentaron hasta diez. Al verlas, el hijo de la zorra, pensó que, al igual que las estrellas, habían luces citadinas rojas, amarillas y azules. Por fin, entró a la ciudad, pero todas las casas del camino ya tenían cerradas sus puertas. De las altas ventanas habían luces cálidas, alumbrando el camino nevado.
No obstante, como la mayoría tenían pequeños focos sobre sus letreros, el zorrito pudo guiarse viéndolos y se fue ha buscar la tienda de sombreros. Había letreros de bicicletas, de anteojos y de otras cosas más. Algunos estaban dibujadas con pintura nueva, pero otras estaban desgastados como una pared vieja. Empero, el zorrito, quien visitaba por primera vez la ciudad, no entendía qué eran esas cosas.
Finalmente encontró la tienda de sombreros. Tenía un letrero con un gran sombrero de copa alta negro, tal y como le había dicho su madre. Lo estaba alumbrando una luz azul
El zorrito hizo lo que ella le había dicho. Tocó dos veces la puerta.
—Buenas noches.
En ese momento, dentro de la casa sonó algo. Posteriormente, la puerta se abrió como una pulgada y se extendió sobre la nieve blanca un camino delgado de luz
Como esa luz era tan deslumbrante, el zorrito quedó confundido y metió la mano incorrecta dentro de la abertura: la mano que su madre le había dicho hasta el cansancio que no la metiera
—Me puede dar unos guantes para esta manita. Por favor.
En ese momento, el dueño de la tienda de sombreros pensó que era algo raro. Era la mano de un zorro. Una mano de una zorro le estaba diciendo que quería unos guantes. “Este animal le vino a tomarle el pelo”. Pensó el propietario. “No ha de traer dinero. De seguro va a pagarme con unas hojas de árbol”.
—Déme antes el dinero— dijo.
El zorrito sin titubear le dio al dueño de la tienda de sombreros las dos monedas de cobre blanco. El propietario del establecimiento los puso en su dedo índice y los golpeó. Hubo un tintineo. No eran hojas de árbol. Era dinero verdadero. Así, sacó del estante unos guantes de lana para niños y se los dio a la mano del zorrito. El niño agració y regresó por al camino por donde había venido.
—Mamá, habías dicho que los humanos eran terribles, pero no son nada horrorosos. Mira, no pasó nada cuando vieron mis manos— pensó el zorrito en voz alta. Quiso ver, entonces, cómo eran los humanos
Cuando pasó por una ventana, escuchó la voz de un humano. Era una voz tan amable, tan bella, tan tranquila.

Duérmete niño,
duérmete en el pecho de tu madre
Duérmete niño,
Duérmete en los brazos de tu madre

El zorrito pensó que era el canto de una madre humana. Tenía que serlo ya que antes de dormirse su madre también lo acurrucaba con esa misma dulce y suave voz.
Escuchó ahora la voz de un niño.
—Mami, en esta noche fría, los zorritos del bosque han de estar llorando por el frío. Estoy seguro que están llorando.
La voz de la madre contestó:
—Los zorritos también están escuchando la canción que les canta su mamá. Han de estar durmiendo en su cueva. Por eso nene, tú también tiene que dormirte. Estoy seguro que tú te dormirás antes que los zorritos del bosque.
Al escuchar lo anterior, el zorrito sintió una nostalgia por su madre y se fue brincando hacia donde lo esperaba.
La zorra preocupada esperaba el regreso de su hijo. Estaba temblando. Esperaba con ansia su retorno. Cuando llegó su hijo se puso tan contenta; quería abrazarlo con su cálido pecho y llorar.
Los dos zorros regresaron al bosque. Como había salido la luna, su pelambre brilló como la plata. En sus pasos se acumulaban unas sombras cobálticas.
—Mami, los humanos no son seres tenebrosos.
—¿Por qué dice eso?
—Me equivoqué y saqué mi verdadera mano, pero el señor de la tienda no me atrapó. Me dio estos calientes guantes— dijo y aplaudió su manos las cuales tenían puestos los guantes.

—¡No puede ser!— dijo sorprendida la zorra—. En serio los humanos serán seres buenos. En serio lo serán— murmuró.

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