Ryunosuke Akutagawa: El pañuelo. Cuento

akutagawaEl profesor Kinzo Hasegawa, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tokio, estaba sentado en un sillón de caña, en la galería de su residencia, leyendo la Dramaturgia de Strindberg.

El profesor Hasegawa era un experto en cuestiones de política colonial, de manera que bien puede asombrar al lector el hecho de que estuviera leyendo la Dramaturgia de Strindberg. Pero este catedrático, tan conocido como maestro como por sabio, se dedicaba en sus momentos de ocio a hojear, aunque fuera superficialmente, los libros que por cualquier motivo interesaran a los estudiantes de su época. Gracias a estas lecturas, aunque innecesarias para enseñar su especialidad, se informaba sobre los intereses, las ideas y conocimientos de sus alumnos.

Así, en los últimos tiempos, también se había dedicado a leer De Profundis e Intentions, de Oscar Wilde, por la única razón de que dichas obras eran favoritas de los alumnos de una escuela profesional de la cual era director. No existía motivo de asombro, entonces, que leyera una obra sobre el teatro y los actores de la Europa moderna. Entre los estudiantes que tenía a su cargo, algunos habían escrito comentarios críticos sobre Ibsen, Strindberg y Maeterlinck, a la par que otros soñaban con imitar a estos autores, y anhelaban fervientemente consagrar sus vidas al teatro.

Cada vez que Hasegawa terminaba de leer una de esas piezas abundantes en frases tan ingeniosas como mordaces, apoyaba sobre sus piernas el volumen encuadernado en tela y permitía que su mirada ausente se dirigiera hacia el farolillo Gifu que colgaba en la galería. Cosa extraña, en verdad, pero cada vez que su pensamiento abandonaba a Strindberg, se presentaba ante él la imagen de la mujer en cuya compañía había comprado este farol. Se había casado con ella durante una estancia en los Estados Unidos. Era norteamericana, pero amaba Japón y a los japoneses no menos intensamente que su marido. Y eran particularmente ciertas creaciones artesanales producidas por la refinada técnica japonesa las que encantaban a la señora Hasegawa. El farol Gifu en la galería más bien debía ser considerado una manifestación de su gusto personal que una necesidad del sentido estético del profesor Hasegawa.

De la misma manera, cada vez que detenía la lectura, el profesor dejaba que su pensamiento errara de su mujer al farol Gifu y del farol Gifu a la civilización que éste representaba. No se podía dudar de que Japón había logrado, en los últimos cincuenta años, considerables progresos materiales, pero mediocres realizaciones en el plano espiritual. En rigor de verdad, la civilización había perdido terreno. Poner remedio a esta degradación constituía el deber más urgente de los pensadores japoneses modernos.

Pero ¿cómo lograrlo? Una sola vez había ofrecido una solución: la del Bushido, gloria y orgullo del Japón. Acerca de esta matera, el profesor tenía fuertes convicciones. El Bushido jamás debió ser entendido como un código moral estrecho y sectario propio de un pueblo aislado: si hasta era evidente que existían en él ciertos rasgos comunes con el espíritu del cristianismo occidental. Por lo demás, si el Bushido se mostraba todavía capaz de dotar de cierto sentido a la vida de los japoneses, los beneficios no habrían de limitarse sólo a la vida espiritual del Japón. Redundarían, también, en una mayor comprensión mutua entre occidentales y japoneses y contribuiría, por consiguiente, a la causa de paz internacional.

Estas eran las ideas del profesor de Derecho. Hacía mucho tiempo que acariciaba la vocación de constituirse en puente de unión entre Occidente y Oriente. Y a un espíritu así dispuesto no podía dejar de complacerlo el hecho de que su esposa, el farolillo Gifu y la civilización que éste representaba conformaran, en su intimidad, una totalidad armónica. No obstante, como corolario de estas reflexiones, el profesor Hasegawa terminó percatándose de lo mucho que se habían desviado sus pensamientos del libro de Strindberg. Meneando la cabeza con cierta contrariedad, hizo un esfuerzo para volver a concentrar su mirada sobre los minúsculos caracteres impresos. Y su mirada cayó sobre este pasaje:

”Cuando un actor descubre que cierta técnica es la apropiada para expresar un sentimiento ordinario, y que esa técnica le asegura éxito, poco a poco se acostumbra a servirse de ella en cualquier circunstancia, sea a causa de la facilidad que siempre proporcionan las rutinas, sea a causa del éxito que mediante ella obtiene. Esto es lo que se denomina estilo…”

En realidad, al profesor, tanto por su propia naturaleza como por su formación, le interesaba poco el arte en general, y menos aún el arte teatral. Tan raramente había ido al teatro que recordaba perfectamente cuántas veces lo había hecho. En cierta ocasión había encontrado el nombre Baiko en el escrito de uno de sus alumnos. A pesar de su vasta erudición, ese nombre le resultó completamente desconocido. De modo que, aprovechando una conversación, le preguntó al estudiante:

-¿Quién es este Baiko?

El estudiante respondió respetuosamente:

-¿Baiko? Es un actor del elenco del Teatro Imperial de Marunouchi. Actualmente interpreta el papel de Misao en el décimo acto de la Crónica de Taiko.

De modo que el profesor carecía de opinión sobre esas técnicas de puesta en escena y de actuación que Strindberg comentaba con pluma incisiva. El tema le interesaba sólo en la medida en que evocaba para él algún espectáculo visto durante su permanencia en Europa. En esto se parecía a esos profesores de inglés que sólo se interesan en leer las obras de Bernard Shaw para descubrir en ellas frases utilizadas por el hablante común. Aunque no debemos dejar de decir que Hasegawa encontraba interesantes sus lecturas.

En ese momento, el farol Gifu colgaba del techo de la galería, aún sin encender. Arrellanado en su sillón, el profesor continuaba entregado a la lectura de la Dramaturgia de Strindberg. Todo cuanto acabo de exponer ya habrá permitido al lector, supongo, imaginar que esa era una tarde del inicio de la estación en que oscurece más tarde. Quienes de esto duden, se equivocan. Y de pronto, el profesor se vio obligado a interrumpir su lectura porque la criada vino a anunciarle una visita inesperada, que venía a perturbar su estudiosa ensoñación. Había gente que vivía a la caza de oportunidades de molestar, aun en esa estación en la que los días son más largos.

El profesor dejó el libro y echó un vistazo a la tarjeta de visita que le mostraba la criada. Sobre la gruesa cartulina se leía, impreso con elegante tipografía, el nombre de Atsuko Nishiyama. El profesor no recordaba conocer a nadie con ese nombre.

Pero el profesor Hasegawa tenía muchos conocidos, de manera que, mientras abandonaba su sillón, repasó mentalmente con rapidez la lista de sus relaciones, para confirmar su primera impresión. No descubrió en su memoria rostro alguno que se correspondiese con el nombre en cuestión. Entonces dejó la tarjeta como señal entre las páginas del libro, sobre el sillón de caña, y ajustándose el kimono de seda, lanzó una mirada al farol colgado delante suyo. Quién no sabe que, en situaciones semejantes, siempre se siente más incómoda la persona obligada a recibir que aquella que aguarda ser recibida. En este punto, el carácter nada veleidoso del profesor Hasegawa nos exime de añadir que él no constituía una excepción a esta ley, aunque su visitante fuera, como en esa oportunidad, una mujer desconocida.

Miró la hora y abrió la puerta del salón. Apenas su mano dejó el picaporte, la visitante, que parecía tener unos cuarenta años, se levantó de su silla. Vestía un muy elegante kimono de seda gris, cuya calidad estaba mucho más allá del alcance de la sabiduría del profesor en materia de vestimentas. Llevaba también un haori negro de tafetán cuyos bordes dejaban al descubierto, sobre el pecho, un pequeño escote en el que relucía un valioso zafiro en forma de rombo. Aunque el profesor habitualmente prestaba muy poca atención a estos detalles, de inmediato advirtió que la mujer llevaba recogido el cabello en un rodete. Su tez ambarina y el rostro ovalado eran típicamente japoneses: toda ella era la imagen misma de una perfecta madre de familia. Apenas la vio, el profesor Hasegawa fue embargado por la sensación de haberla visto ya en otra parte.

La saludó de buen talante:

-El profesor Hasegawa… Muy honrado, señora…

Si en verdad ya se habían visto, pensó el profesor, la mujer no dejaría de recordarlo. Entonces, ella se presentó a su vez:

-Soy la madre de Kinichiro Nishiyama.

¡Kinichiro Nishiyama! Hasegawa lo recordaba bien. Era uno de esos estudiantes que escribían artículos sobre Ibsen, Strindberg, etcétera. Integraba el departamento de estudios de Derecho Alemán. Desde su ingreso a la Univeridad, había visitado con frecuencia al profesor con el objeto de consultarlo sobre la evolución de las ideas. En la primavera última, un ataque de peritonitis obligó a internarlo en el hospital, a donde el mismo profesor había ido a visitarlo un par de veces. De esta manera que su sensación de haber visto antes a esa mujer no era producto del azar. La semejanza entre madre e hijo era asombrosa. Para usar una expresión vulgar, el joven y la mujer se parecían como dos gotas de agua.

-¡Ah, sí! ¡Ya veo! Usted es la madre de…

Hablando casi para sí, Hasegawa la invitó a ubicarse en una silla, del otro lado de una pequeña mesa.

-Siéntese allí, por favor.

La dama, tras disculparse como correspondía por lo inesperado de su visita, volvió a saludar ceremoniosamente al profesor y ocupó la silla que se le ofrecía. Mientras se sentaba, sacó de la manga un objeto blanco que para el profesor podía ser un pañuelo. Él, por su parte, le ofreció un abanico de Corea y tomó asiento frente a ella.

-¡Qué bien instalado está usted!

-Sí, esto es amplio, pero está un poco desordenado -respondió Hasegawa, acostumbrado a estar frases circunstanciales.

En aquel momento, la criada llegó con dos tazas de té frío y las dispuso cuidadosamente entre la visitante y él. Poco a poco el profesor fue encaminando la conversación hacia el objeto de la visita.

-¿Cómo está Nishiyama? ¿Hay alguna novedad? -preguntó.

-Sí…

La dama calló un instante y posó discretamente sus manos, una sobre otra, sobre sus rodillas. Después siguió hablando con la mayor serenidad, sin mostrar el menor signo de emoción.

-Precisamente a propósito de mi hijo vengo hoy a verlo. Todo ha terminado. Murió. Yo quiero agradecerle todo lo que usted hizo por él…

El profesor, considerando señal de timidez el hecho de que su visitante no hubiera tocado aún su taza de té, llevó la sulla a los labios, diciéndose: “Lo mejor es dar el ejemplo”.

Pero la taza todavía no había rozado su fino bigote cuando le llegaron las palabras que la mujer terminaba de pronunciar.

“¿Debo beber o no?”, se preguntó el profesor, vacilando. Consideraciones de esta naturaleza, que nada tenían que ver con la muerte de su alumno, perturbaron por una pequeña fracción de tiempo su espíritu. Pero tenía la taza de té en la mano y no podía prolongar eternamente esta indecisión. Bebió de un trago la mitad del contenido de la taza y, levemente agitado, con voz casi ahogada, preguntó:

-¿Cómo ocurrió?

-En el hospital, mi hijo me hablaba de usted con frecuencia. Por eso es que me he atrevido a molestarlo para comunicarle su muerte y agradecerle…

-¡No, no! ¡Se lo ruego! -dijo el profesor, profundamente afectado-. ¡De modo que murió! ¡Qué desgracia! ¡Tenía por delante un hermoso porvenir! Yo no fui más veces al hospital imaginando ingenuamente que estaría mejor. Así que… ¿Cuándo murió?

-Ayer a las ocho.

-¿En el hospital?

-Sí, señor profesor.

-¡Verdaderamente no lo esperaba!

-Todos los cuidados le fueron prodigados. ¡Sólo me queda resignarme! Pero a pesar mío me rebelo…

En el curso de esta conversación, el profesor advirtió, algo sorprendido, que ni los gestos ni la actitud de esta dama eran los propios de una madre que anuncia la muerte de su hijo. Sus ojos estaban secos, su voz sonaba tranquila y hasta se notaba una suavísima sonrisa sugerida por sus labios. Cualquiera que la observaba sin oírla creería que se estaba hablando de cualquier tema trivial. Era un verdadero misterio.

Muchos años atrás, en aquella época en que el profesor vivía en Berlín, murió Guillermo I, padre del Kaise actual. El profesor conoció la noticia en un café que frecuentaba y en un primer momento sólo se sintió moderadamente conmovido. Regresó a la pensión, bastón en mano, tan sereno y bien dispuesto como siempre. Apenas abrió la puerta, los dos hijos del hotelero le saltaron al cuello, ahogados en sollozos. El profesor, que adoraba a esos niños, no comprendía qué les pasaba y, acariciando sus cabelleras, trataba de consolarlos, mientras les preguntaba: “¿Qué sucede? ¿Qué pasó?”. Pero los niños no dejaban de llorar aunque, reprimiendo por un momento sus sollozos, le dijeron: “¡Parece que el anciano emperador ha muerto!”.

En aquella ocación, al profesor lo sorprendió muchísimo descubrir que la muerte de un viejo gobernante pudiera desolar a tal extremo a unos niños. No fue sólo el vínculo afectivo entre la familia imperial y el pueblo lo impresionante: desde su llegada a Europa lo habían sorprendido muchas veces las impulsivas manifestaciones emocionales propias de los occidentales, y en aquella oportunidad su espíritu de japonés fiel al Bushido había quedado estupefacto. Había padecido un incomprensible impacto psicológico en el que jugaban irracionalmente la simpatía y el asombro. Y en la ocación actual no le parecía menos sorprendente que, de un modo absolutamente inverso, esta madre no llorara; una cosa era tan asombrosa como la otra. Y no tardó en hacer un segundo descubrimiento.

Por un momento, la conversación se detuvo en el recuerdo del difunto para pasar luego a rememorar y comentar detalles de su vida; pero retornó otra vez a su perona en particular. Por alguna razón desconocida, el abanico coreano escapó de la mano de la señora y saltó en el aire, cayendo sobre el piso de mosaicos. La conversación no era, por cierto, tan importante como para que no fuera imposible interrumpirla por un instante. De manera que el profesor se inclinó, extendiendo su mano hacia el piso, en procura del abanico, que estaba allá, bajo la pequeña mesa, cerca del pie recubierto por una femenina pantufla.

Casualmente, la mirada del profesor se posó en las rodillas de la mujer, sobre las que se apoyaban las manos con un pañuelo entre ellas. No descubrió nada extraordinario. Pero advirtió el temblor de las manos que aferraban y tironeaban con tanta fuerza el pañuelo que amenazaban desgarrarlo, un temblor que sin duda respondía a una agitación interior que la dama trataba de reprimir con todas sus fuerzas. El profesor observó que el mismo temblor animaba el borde de encaje del pañuelo de seda varias veces plegado entre los dedos flexibles de la mujer. Se diría que una brisa lo estremecía levemente. De hecho, la mujer, de cuyo sostro ni por un momento había desaparecido cierta vaga sonrisa, estaba llorando con todo el resto de su cuerpo.

El rostro que mostró el profesor cuando levantó el abanico tenía una expresión totalmente distinta de la de antes. Una expresión de algún modo perpleja en la que, al sentimiento de respeto y a la confusión suscitados en él por el espectáculo que no debió ver, se les sumaba un matiz de satisfacción proveniente de la conciencia misma de haberlo visto.

-No tengo hijos, pero me creo capaz de compartir su dolor

-dijo el profesor en voz baja, conmovido, echando exageradamente la cabeza hacia atrás, como si una viva luz lo deslumbrara.

-Le agradezco mucho su compasión.¡Pero todo ha terminado!

-dijo la madre, bajando apenas la cabeza.

Sin embargo, su rostro seguía esbozando siempre esa sonrisa, que no parecía forzada.

Dos horas más tarde, el profesor tomó su baño, cenó, paladeó las cerezas del postre y se volvió a arrellanar en su sillón de caña. Ese día, en el crepúsculo estival, la oscuridad no terminaba de llegar. Bajo la amplia galería, cuyas puertas de vidrio estaban completamente abiertas, la noche era aún algo que estaba lejos. Con las piernas perezosamente cruzadas y la cabeza apoyada sobre el respaldo del sillón, el profesor contemplaba distraídamente la colgante borla roja del farol Gifu. El libro de Strindberg seguía en sus manos, pero ya no parecía interesarl. Su espíritu estaba capturado por la conmovedora actitud de la señora Nishiyama.

Durante la cena, el profesor había narrado a su mujer el incidente de la madre. Había podido admirar en esa dama japonesa -dijo- el espíritu del Bushido. Ni hace falta decir que su esposa, que amaba Japón y a los japoneses, se sintió tan conmovida como su esposo por el ejemplo ofrecido por la dama. ¡Qué feliz se sentía el profesor contando con una oyente sincera y amante en la persona de su mujer! Su esposa y el farol Gifu se destacaban en forma similar en su conciencia sobre cierto fondo moral.

El profesor se dejó llevar durante algún tiempo por esas dichosas divagaciones. Pero de pronto recordó un pedido que le hicieran para una revista mensual. Esta revista había abierto una encuesta sobre el tema “Consejo a los jóvenes”, solicitando a distintas personalidades su opinión sobre la moralidad de la época. En ese instante, el profesor decidió redactar un artículo acerca de sus experiencias del día. Acto seguido, se rascó suavemente la cabeza.

La mano con la que se rascó era la que un momento antes había sostenido el libro de Strindberg, y esto le recordó la lectura interrumpida y durante un tiempo olvidada. Abrió el libro en la página señalada por la tarjeta de visita de la señora Nishiyama. En ese preciso instante la criada vino a encender el farol suspendido por encima de su cabeza, lo que permitió seguir leyendo sin dificultad, a pesar de la pequeñez de los caracteres impresos.

Como no tenía intención de dedicar al libro una lectura muy detallada, recorrió con mirada distraída la página abierta exactamente donde Strindberg decía:

“Yo era joven cuando oí hablar del truco del pañuelo de la señora Heiberg. Se trata de una doble actuación escénica que consiste en desgarrar entre las manos un pañuelo mientras el rostro ostenta una sonrisa. A nuestro juicio se trata de un truco de mal gusto…”

El profesor volvió a apoyar el libro sobre sus rodillas. La tarjeta de Atsuko Nishiyama seguía en el mismo lugar. No obstante, ahora el espíritu del profesor Hasegawa se apartó de esa dama desconocida, de su propia esposa y de la civilización japonesa, para concentrarse en algo que, aunque muy difuso, parecía tratar de quebrar el equilibrio y la armonía establecidos entre aquellos elementos. Sin duda, la críticaque Strindberg hacía de ese truco de actores no era de índole moral. Pero la impresión que le había causado su lectura trastornaba de alún modo la paz interior del profesor Hasegawa, que el baño había aumentado. Se trataba de algo que venía a perturbar su concepción del Bushido y de las prácticas mismas que de este código derivaban.

Ya con su paz interior conmovida, y su humor sombrío, el profesor sacudió dos o tres veces la cabeza, y elevando la mirada, la fijó largamente sobre la diáfana luz de la linterna, que dibujaba otoñales hierbas sobre el empapelado de los tabiques.

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