Heinrich Von Kleist: Santa Cecilia o el poder de la música. Leyenda

images (7)A fines del siglo xvi, cuando las luchas iconoclastas azotaban los Países Bajos, tres hermanos, jóvenes estudiantes de Wittenberg, se reunieron con un cuarto —que tenía en Amberes un puesto de predicador protestante— en Aquisgrán. Iban a reclamar allí una herencia que les había correspondido por parte de un anciano tío desconocido para todos ellos y, no habiendo en el lugar nadie a quien pudieran dirigirse, se hospedaron en una posada. Transcurridos algunos días, que pasaron escuchando al predicador contar de los extraños incidentes ocurridos en los Países Bajos, coincidió que las monjas del convento de Santa Cecilia, el cual se hallaba por aquel entonces a las puertas de dicha ciudad, se disponían a celebrar solemnemente la festividad del Corpus Christi; de tal suerte que los cuatro hermanos, encendidos por el desenfreno de la juventud y el ejemplo de los neerlandeses, decidieron ofrecer también a la ciudad de Aquisgrán un espectáculo iconoclasta. El predicador, que ya había encabezado más de una vez idénticas acciones, reunió la víspera a buen número de jóvenes bachilleres e hijos de comerciantes afectos a las nuevas doctrinas, los cuales pasaron la noche de francachela en la posada ensartando imprecaciones contra el papado; y apenas se hubo alzado el día sobre las almenas de la ciudad se proveyeron de hachas y toda suerte de aperos de destrucción para dar comienzo a su desaforado quehacer. Alborozados acordaron una seña a la cual empezarían a apedrear los ventanales, decorados con historias bíblicas, y con la certeza de encontrar gran apoyo entre el pueblo se encaminaron al templo de inmediato, pues ya tocaban las campanas, resueltos a no dejar piedra sobre piedra.

La abadesa, quien ya al romper el día había sido enterada por un amigo del peligro que se cernía sobre el convento, en vano envió repetidas veces a solicitar del oficial imperial que estaba al mando de la ciudad una guardia que protegiera el convento; el oficial, enemigo él mismo del papado y, como tal, simpatizante al menos en secreto de las nuevas doctrinas, supo negarle la guardia con el hábil pretexto de que veía visiones y que no existía ni sombra de peligro para su convento. Entretanto llegó la hora en que había de iniciarse la ceremonia, y entre miedos y rezos se aprestaron las monjas para la misa, llenas de congoja por cuanto había de sobrevenirles. Nadie las protegía salvo un viejo alguacil septuagenario, el cual se apostó a la entrada de la iglesia con un puñado de mozos leales armados.

En los conventos, como es sabido, las propias monjas interpretan su música, duchas en tañer toda suerte de instrumentos; a menudo con una precisión, juicio y sensibilidad que en las orquestas masculinas (acaso por el género femenino de tan misterioso arte) se echa en falta. El caso era, para multiplicar la angustia, que la maestra de capilla, la hermana Antonia, la cual solía dirigir la orquesta, había enfermado pocos días antes de unas violentas fiebres tifoideas; de modo que a más de los cuatro impíos hermanos, a quienes ya se distinguía embozados en sus capas bajo las pilastras de la iglesia, el convento se hallaba asimismo inmerso en la más viva zozobra por mor de ejecutar una obra musical digna. La abadesa, que a última hora del día anterior había ordenado interpretar una antiquísima misa italiana debida a un maestro desconocido con la cual la orquesta ya había obtenido en varias ocasiones cumplidos resultados gracias a una especial sacralidad y magnificencia con que estaba compuesta, poniendo mayor ahínco que nunca en su empeño mandó bajar a la celda de la hermana Antonia por saber cómo se hallaba ésta; mas la monja que de ello se hizo cargo regresó con la noticia de que la hermana yacía postrada en estado de completa inconsciencia y que ni por asomo podía pensarse en que asumiera la dirección de la pieza prevista.

Entretanto en el templo, donde paulatinamente se habían ido congregando más de cien reprobos de todos los estamentos y edades provistos de hachas y palanquetas, se producían incidentes de la mayor gravedad: habían hostigado con suma indecencia a algunos de los guardianes apostados en los pórticos y se habían permitido las expresiones más insolentes e impúdicas contra las monjas que de tanto en tanto, ocupadas en piadosos menesteres, se dejaban ver solas por las naves; de tal suerte que el alguacil se llegó a la sacristía e imploró de rodillas a la abadesa que suspendiera la celebración y se dirigiera a la ciudad para ponerse bajo la protección del comandante. Mas la abadesa porfió inconmovible en llevar a cabo la ceremonia prevista para honra del Altísimo; recordó al alguacil su deber de proteger con alma y vida la misa y la solemne procesión que habían de celebrarse en el templo y, como sonara en aquel preciso instante la campana, ordenó a las monjas que la rodeaban medrosas y trémulas que tomasen un oratorio, sin importar cuál ni de qué mérito fuera, y con su ejecución dieran comienzo de inmediato. Sin tardanza se aprestaron a ello las monjas en la cantona del órgano: repartieron la partitura de una obra musical que ya se había ofrecido a menudo, y estaban probando y afinando violines, oboes y bajos cuando de improviso apareció por la escalera la hermana Antonia, fresca y lozana, con el rostro algo pálido; llevaba bajo el brazo la partitura de la antiquísima misa italiana en cuya interpretación había insistido la abadesa con tal premura.

Al preguntar las monjas asombradas «¿de dónde venía y cómo se había recuperado tan de repente?», respondió: «¡Tanto da, amigas, tanto da!», repartió la partitura que llevaba consigo y ardiendo de entusiasmo se sentó ella misma al órgano para asumir la dirección de la exquisita pieza. Con ello sobrevino al corazón de las piadosas mujeres un milagroso consuelo celestial: en el acto se situaron con sus instrumentos ante los atriles; la propia angustia que las atenazaba se añadió para llevar sus almas como en volandas por todos los cielos de la armonía. El oratorio fue interpretado con el mayor y más extraordinario esplendor musical; no se movió durante toda la representación ni un hálito en las naves ni en los bancos: en particular durante el Salve Regina y más aún el Gloria in Excelsis fue como si todos los presentes en la iglesia estuvieran muertos, de tal suerte que pese a los cuatro hermanos malditos de Dios y sus secuaces ni una mota del suelo se tocó, perdurando así el convento hasta finalizar la Guerra de los Treinta Años, cuando fue con todo secularizado en virtud de un artículo de la Paz de Westfalia.

Seis años más tarde, cuando ya este acontecimiento había sido olvidado largo tiempo atrás, llegó desde La Haya la madre de aquellos cuatro mozalbetes y, declarando compungida que habían desaparecido sin dejar rastro, inició ante el magistrado de Aquisgrán una investigación judicial acerca de la ruta que pudieran haber emprendido desde allí. Las últimas noticias que se había tenido de ellos en los Países Bajos, de donde eran originarios en realidad, consistían —según informó ella— en una carta del predicador escrita antes del citado período, la víspera de una festividad del Corpus Christi, a su amigo, maestro en Amberes, en cuyas cuatro páginas de apretada escritura anunciaba a éste con gran regocijo, o antes bien desenfreno, una acción prevista contra el convento de Santa Cecilia sobre la cual no quiso sin embargo la madre entrar en más detalles.

Tras algún vano esfuerzo por localizar a las personas que buscaba aquella afligida mujer, a alguien le vino por fin a las mientes que, desde hacía ya una serie de años que coincidían aproximadamente con las fechas, cuatro jóvenes de patria y procedencia desconocidas se hallaban en el manicomio de la ciudad, fundado poco antes por la providencia del Emperador. Mas como padecieran una delirante obsesión religiosa y su conducta, según dijo haber oído vagamente el tribunal, fuera en extremo atribulada y melancólica, coincidía todo ello demasiado poco con el ánimo de sus hijos, desgraciadamente bien conocido por la madre, como para que ella, ante todo al resultar casi seguro que dichas personas eran católicas, hubiera debido conceder mayor importancia a esta información. No obstante, extrañamente afectada por algunos rasgos con que los describían, se llegó un buen día al manicomio en compañía de un corchete y rogó a los alcaides que, a fin de efectuar una comprobación, le permitieran acceder a la celda de los cuatro infelices dementes allí recluidos.

Mas cómo describir el espanto de la pobre mujer cuando, a primera vista y según entraba por la puerta, reconoció a sus hijos: estaban sentados, vestidos con largas sotanas negras, en torno a una mesa sobre la que se encontraba un crucifijo al que parecían rezar, apoyados en silencio sobre el tablero con las manos juntas. Al preguntar la mujer, que se había desplomado privada de sus fuerzas sobre una silla, «¿qué estaban haciendo?», le respondieron los alcaides que «sólo estaban adorando al Salvador, del cual creían comprender mejor que nadie, según sus propias afirmaciones, que era el verdadero hijo del único Dios». Añadieron que «los muchachos llevaban aquella vida fantasmal desde hacía ya seis años; eran parcos en el yantar y el descanso; sus labios no proferían ni un sonido; únicamente al dar la medianoche se levantaban de sus asientos y entonces, con una voz que hacía estallar las ventanas de la casa, entonaban el Gloria in Excelsis». Los alcaides concluyeron asegurando que físicamente los jóvenes gozaban de perfecta salud, sin podérseles negar incluso una cierta alegría, si bien muy grave y ceremoniosa; que cuando los llamaban locos se encogían conmiserativamente de hombros y ya habían declarado más de una vez que «si la noble ciudad de Aquisgrán supiera lo que ellos, dejaría también ella sus quehaceres a un lado y asimismo se prosternaría a cantar el Gloria ante la cruz del Señor». La mujer, no pudiendo soportar la escalofriante visión de aquellos desdichados, se hizo conducir poco después de nuevo a su casa, temblándole las rodillas, y a fin de recabar información sobre las causas de tan atroz suceso se llegó a la mañana del siguiente día a casa de don Veit Gotthelf, un conocido comerciante de paños de la ciudad, pues de este hombre hacía mención la carta escrita por el predicador, desprendiéndose de ella que había participado con gran celo en el proyecto de destruir el convento de Santa Cecilia en la festividad del Corpus Christi. Veit Gotthelf, el comerciante de paños, que entretanto había contraído matrimonio, engendrado varios hijos y heredado el considerable negocio de su padre, recibió a la forastera con mil atenciones; y no bien fue enterado del motivo que a él la conducía, echó el cerrojo a la puerta y tras invitarla a tomar asiento en una silla se le oyó decir lo siguiente:

«¡Querida señora mía! Si a mí, que hace seis años estuve en estrecho contacto con vuestros hijos, no vais a complicarme por ello en pesquisas judiciales, os confesaré con el corazón en la mano y sin reserva alguna que ¡sí, teníamos el propósito al que alude la carta! Por qué fracasó aquel acto, para cuya realización estaba todo dispuesto con la mayor exactitud y perfección verdaderamente demoníaca, me resulta inconcebible; el propio cielo parece haber tomado el convento de las piadosas mujeres bajo su santa protección. Pues sabed que vuestros hijos ya se habían permitido, como preludio de actuaciones más decisivas, varias bufonadas malévolas destinadas a perturbar el servicio divino: más de trescientos bribones de entre los muros de nuestra entonces descarriada ciudad, provistos de hachas y rollos embreados, no esperaban más que la señal que había de dar el predicador para arrasar el templo.

Muy al contrario, al comenzar empero la música, vuestros hijos, repentinamente y de tal guisa que llama nuestra atención, se despojan todos a una de sus sombreros y poco a poco, con honda e indecible emoción, se cubren con las manos el rostro inclinado hacia el suelo, y el predicador, volviéndose de súbito tras una pausa estremecedora, nos grita a todos en alta y terrible voz “¡que nos descubramos nosotros también!” En vano le exhortan algunos camaradas con susurros, golpeándole ligeramente con los codos, a que dé la señal convenida para el ataque iconoclasta: en lugar de responder, el predicador se arrodilla con las manos puestas sobre el pecho en forma de cruz y junto con sus hermanos, hundiendo fervorosos la frente en el polvo, recita toda la serie de plegarias de las que hasta muy poco antes había hecho mofa. Hondamente confundidos por tal escena, el triste hato de exaltados, privado de su cabecilla, queda sumido en indecisión e inacción hasta el final del oratorio cuyos sones descienden maravillosos desde la cantoría; y como en ese preciso momento, por orden del comandante, un retén efectuase varios arrestos y prendiera a algunos de los reprobos que se habían permitido desórdenes, no le resta al mísero tropel otra posibilidad que abandonar la casa de Dios al amparo del apretado gentío que emprende la marcha. A última hora, tras haber preguntado en la posada sin éxito una y otra vez por vuestros hijos, que no habían regresado, salgo de nuevo con algunos amigos, presa de la más terrible inquietud, hacia el convento para que los guardianes, que habían sido de gran ayuda a la guardia imperial, me informaran sobre ellos. Mas ¡cómo describiros mi espanto, noble señora, al ver que aquellos cuatro hombres continúan, poseídos de ardiente fervor, ante el altar de la iglesia, prosternados con las manos juntas, de bruces contra el suelo, como petrificados!

En vano los exhorta el alguacil, que pasa en aquel instante, a abandonar el templo, diciéndoles que allí ya oscurece por completo y nadie queda, tironeándoles de la capa y sacudiéndoles los brazos; ellos se incorporan a medias, como en sueños, y no le prestan oídos hasta que ordena a sus mozos que los tomen bajo el brazo y los saquen por el pórtico: donde al fin, si bien entre suspiros y volviéndose a menudo de tal guisa que desgarraba el corazón a mirar la catedral, la cual lanzaba detrás nuestro magníficos destellos bajo la radiante luz del sol, nos siguen a la ciudad. En el camino de regreso les preguntamos los amigos y yo reiteradas veces, tierna y afectuosamente, qué cosa horrenda, por todos los cielos, les había sobrevenido, capaz de trastocar en tal medida su más profundo ánimo; con amistosas miradas estrechan nuestras manos, miran pensativos al suelo y se enjugan, ¡ay!, de cuando en cuando las lágrimas de los ojos con una expresión que aún hoy me parte el corazón. Más tarde, una vez llegados a su hospedaje, con ingenio y delicadeza se tejen una cruz de ramillas de abedul y la depositan, sujeta por un montoncito de cera entre dos candelas con las que aparece la moza, sobre la gran mesa que ocupa el centro de la estancia, y mientras los amigos, cuyo número aumenta de hora en hora, permanecen aparte retorciéndose las manos y, mudos de pesar, observan en corrillos dispersos sus silenciosos y espectrales manejos, toman ellos asiento en torno a la mesa como si tuvieran cerrados los sentidos a cualquier otra imagen y en silencio se disponen con las manos juntas a la adoración. No apetecen ni las viandas que, conforme se le había ordenado por la mañana, trae la moza para agasajo de los correligionarios, ni más tarde, al caer la noche, el jergón que les ha preparado en el aposento contiguo porque parecen cansados; los amigos, por no atizar el enojo del posadero, al cual inquieta sobremanera semejante proceder, han de sentarse a una mesa opíparamente dispuesta a un lado y tomar los manjares preparados para una numerosa compañía, adobados con la sal de sus amargas lágrimas.

En ese momento toca de pronto la hora de la medianoche; vuestros cuatro hijos, tras aguzar un instante el oído hacia el sordo tañer de la campana, de improviso se yerguen todos a una de sus asientos; y mientras nosotros, truncando el festín, tornamos hacia ellos los ojos, poseídos de temerosa expectación por lo que habría de seguir a tan extraño y sorprendente inicio, con una voz horrísona y escalofriante comienzan a entonar el Gloria in Excelsis. Así han de sonar leopardos y lobos cuando en la gélida estación invernal aullan al firmamento: los pilares de la casa, os lo aseguro, se estremecieron, y las ventanas, alcanzadas por el visible aliento de sus pulmones, amenazaban tintineando con saltar en pedazos cual si lanzaran puñados de pesada arena contra su superficie. Ante tan horripilante escena huimos en desbandada, como posesos, con los cabellos erizados; nos dispersamos, abandonando capas y sombreros, por las calles adyacentes, las cuales en breve se vieron atestadas, en nuestro lugar, por más de cien personas que el pavor arrancara del sueño; el pueblo se abre paso, forzando la puerta de la casa, por la escalera que conduce a la sala para acudir a la fuente de aquel escalofriante e intolerable vocerío que, cual desde los labios de pecadores eternamente condenados al más hondo abismo del infierno en llamas, se elevaba gimiendo por lograr misericordia hasta los oídos de Dios.

Al fin, con la campanada de la una, habiendo hecho caso omiso de la cólera del posadero y de las estremecidas exclamaciones del pueblo que los rodea, cierran su boca; se enjugan con un lienzo el sudor de la frente que les corre en grandes gotas por la barbilla y el pecho; y tras desplegar sus capas se tienden sobre el entarimado para reposar una hora de tan atroces quehaceres. El posadero, que los deja hacer, apenas los ve adormecerse traza la señal de la cruz sobre ellos; y contento de verse libre por el momento de la calamidad logra que el gentío allí reunido, que murmura enigmáticamente entre sí, abandone la habitación, asegurando que la mañana producirá un cambio curativo. Mas, ¡por desdicha!, ya con el primer canto del gallo se yerguen de nuevo los infelices para reanudar frente al crucifijo que se encuentra encima de la mesa la misma yerma y espectral vida monástica que sólo el agotamiento les obligara a suspender durante breves instantes.

No aceptan del posadero, cuyo corazón se deshace ante su desgarradora estampa, consejo ni auxilio alguno; le ruegan rechace amablemente a los amigos que de ordinario solían reunirse con regularidad cada mañana en sus habitaciones; no desean nada más de él que pan y agua y algo de paja, quien ser posible, para la noche: de tal modo que este hombre, quien de otra suerte sacara pingües ganancias de su jovialidad, viose obligado a denunciar a los tribunales todo el suceso y rogarles que le sacaran de la casa a aquellos cuatro hombres, en los cuales anidaba sin duda el mal espíritu. Con lo cual fueron sometidos por orden del magistrado a revisión médica y, como sabéis, al declararlos dementes, recluidos en las dependencias del manicomio que la caridad del Emperador recién fallecido fundara intramuros de nuestra ciudad para el bien de los desdichados de tal índole». Esto y aún más contó Veit Gotthelf, el comerciante de paños, que aquí omitimos por creer haber dicho ya suficiente para arrojar luz sobre las causas últimas del asunto; y exhortó a la señora una vez más a no complicarlo bajo ningún concepto en caso que se produjeran investigaciones judiciales sobre aquel hecho.

Tres días más tarde, dado que la mujer, estremecida en lo más hondo por dicho relato, había salido hacia el convento del brazo de una amiga con la melancólica intención de tener ante su vista, durante un paseo pues hacía precisamente buen tiempo, el terrible escenario en que Dios había aniquilado a sus hijos como con rayos invisibles, encontraron las señoras el templo con la entrada cerrada con tablones, ya que se encontraba en obras, y empinándose con esfuerzo para mirar por entre las aberturas de las tablas no pudieron distinguir otra cosa del interior que el rosetón lanzando magníficos destellos al fondo de la iglesia. Los obreros, cantando alegres canciones, se afanaban a centenares sobre la filigrana de frágiles andamios en elevar algo más de un tercio las torres y revestir los tejados y pináculos de éstas, que hasta entonces habían estado cubiertos sólo de pizarra, con cobre claro y resistente que relucía bajo los rayos del sol. En esto se divisaba por detrás de la construcción una tormenta, negrísima, con ribetes dorados; ya había descargado sobre la región de Aquisgrán y, luego de lanzar algunos débiles rayos en la dirección en que se encontraba el templo, descendía disuelta en brumas hacia el este, murmurando huraña.

Coincidió que, según observaban las mujeres desde lo alto de la escalera de la amplia casa conventual este doble espectáculo, sumidas a saber en qué pensamientos, descubrió por azar una hermana del convento que por allí pasaba quién era la mujer que se encontraba bajo el pórtico; de tal suerte que la abadesa, habiendo oído hablar de una carta referente al día de Corpus Christi que aquélla llevaba consigo, mandó acto seguido que bajara la hermana a buscarlas y a rogar a la señora neerlandesa que subiera a verla. Ésta, si bien conturbada por un instante, se dispuso no menos respetuosamente a obedecer el mandato que le había sido transmitido; y mientras a invitación de una monja la amiga se retiraba a un cuarto contiguo muy próximo a la entrada, se abrieron a la forastera, según ascendía por la escalera, los batientes de las puertas que daban paso a la solana de bello trazado.

Allí encontró a la abadesa, una noble dama de aspecto callado y regio, sentada en un sillón, el pie apoyado en un escabel que descansaba sobre una garra de dragón; a su lado, sobre un atril, se hallaba la partitura de una obra musical. La abadesa, tras ordenar que se le ofreciera asiento a la extranjera, le reveló que ya había sabido por el burgomaestre de su llegada a la ciudad; y tras mostrar caritativo interés por el estado de sus infelices hijos y alentarla asimismo a resignarse en lo posible al destino que sufrían pues ya nada se podía remediar, le expresó su deseo de ver la carta que escribiera el predicador a su amigo, el maestro de Amberes. La mujer, que sabía lo bastante del mundo como para comprender qué consecuencias podía acarrear semejante paso, se vio apurada por un instante; sin embargo, dado que la honorable faz de la dama exigía confianza incondicional y en modo alguno procedía pensar que pudiera ser su intención hacer público uso del contenido de aquélla, sacó pues tras una breve reflexión la carta de su seno y la entregó a la principesca dama imprimiendo un fervoroso beso en su mano. La mujer, mientras la abadesa recorría la carta, lanzó entonces una mirada a la partitura abierta al descuido sobre el atril; y como hubiera dado en pensar por el relato del comerciante de paños que bien podría haber sido el poder de las notas lo que aquel terrorífico día aniquilara y confundiera el ánimo de sus pobres hijos, preguntó a la hermana que estaba en pie detrás de su silla, volviéndose hacia ella tímidamente «si acaso era aquélla la obra musical que hacía seis años, en la mañana de cierta extraña festividad del Corpus, fue interpretada en la catedral».

Al responder la joven hermana que «¡sí!; recordaba haber oído hablar de ello y desde entonces solía encontrarse, cuando no se precisaba, en el aposento de la reverendísima madre», se puso en pie la mujer, estremecida en lo más vivo, y avanzó hasta el atril, asaltada a saber por qué pensamientos. Observó los desconocidos signos mágicos con los que un temible espíritu parecía trazarse un círculo y sintió como si la tragara la tierra al encontrarlo abierto precisamente por el Gloria in Excelsis. Fue como si todo el pavor de la música que había destruido a sus hijos sobrevolara fragoroso su cabeza; creyó perder el sentido sólo con mirarlo y, tras haber llevado la hoja a sus labios, conmovida por una infinita emoción de humildad y sometimiento a la divina omnipotencia, regresó a su asiento. Entretanto había terminado la abadesa de leer la carta y al doblarla dijo: «Dios mismo amparó el convento aquel prodigioso día contra la altanería de vuestros hijos en su grave descarrío. De qué medios se valió para ello puede seros indiferente a vos que sois protestante: incluso lo que se os pudiera decir al respecto difícilmente lo comprenderíais. Pues sabed que nadie en absoluto sabe quién, en la urgencia de la terrible hora en que la iconoclasia había de abatirse sobre nosotras, dirigió realmente la obra que veis allí abierta, serenamente sentada ante el órgano.

Por un testimonio que a la mañana del siguiente día fue tomado en presencia del alguacil y de varios hombres más y depositado en el archivo, queda probado que la hermana Antonia, la única que podía dirigir la obra, permaneció durante todo el tiempo que duró la ejecución de aquélla en el rincón de su celda, postrada, inconsciente, incapaz por completo de hacer uso de sus miembros; una monja que por ser pariente carnal le había sido asignada para que cuidara de su salud física no se movió de junto a su cabecera durante toda la mañana en que se celebró en la catedral la fiesta del Corpus. En efecto, la propia hermana Antonia hubiera sin duda confirmado y dado fe de la circunstancia de que no fue ella quien de tan extraña y perturbadora manera apareció en la cantería del órgano si su estado de completa privación de los sentidos hubiera permitido interrogarla al respecto y la enferma, a causa de las fiebres tifoideas que padecía y las cuales en un principio no parecieron en absoluto poner en peligro su vida, no hubiera fallecido al anochecer de aquel mismo día.

El propio arzobispo de Tréveris, al cual se informó de este suceso, ya ha pronunciado la única palabra que lo explica: a saber, que la propia Santa Cecilia obró tal milagro terrible y grandioso a un tiempo; y del Papa he recibido igualmente un breve pontificio con el cual confirma este extremo». Y con ello devolvió a la mujer la carta, que sólo había solicitado para obtener información más concreta sobre lo que ya sabía, con la promesa de que no haría uso alguno de ella; y luego de preguntarle aún si existía esperanza de recuperación para sus hijos, y si se podía contribuir a tal fin con algo, dinero u otro género de contribución, lo cual negó la mujer llorando y besando la orla de su manto, la despidió afablemente con la mano y la dejó marchar.

Aquí llega a su término esta leyenda. La mujer, cuya presencia en Aquisgrán era completamente inútil, después de depositar en los tribunales un pequeño capital para el bien de sus pobres hijos retornó a La Haya, donde un año más tarde, profundamente conmovida por este suceso, regresó al seno de la Iglesia Católica: los hijos por su parte murieron a edad avanzada, alegres y satisfechos, tras haber cantado una vez más de principio a fin, según su costumbre, el Gloria in Excelsis.

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