Elfriede Jelinek: Yo escribo sobre lo que está destruido. Entrevista

Елинек–«Yo escribo sobre lo que está destruido». ¿Esta frase encuentra su origen en vuestra infancia?

–Se puede incluso decir que yo estuve en la escuela de la destrucción. Soy una verdadera experta en ese dominio. Habría que decir que mis padres no podían tener hijos por lo menos hasta antes de 1945. Mi padre tenía casi 50 años y mi madre 43 cuando yo nací. Sus vidas estaban encaminadas. Mi llegada hizo explotar todo. Hizo saltar la familia. Una bomba. La misma que yo lanzo ahora a la sociedad. Transmito actualmente, por decirlo de alguna manera, lo que siempre fui.

–¿Su genealogía parece complicada?

–En Viena, en la parte oriental de Austria, la mayor parte de gentes son producto de una mezcla de etnias y de religiones debidas a las migraciones. En mi caso la amalgama es judía, balcánica y checa. Yo siento una presencia eslava bastante fuerte en lo que escribo, esa tradición de Kafka, de Karl Kraus, que viene de los judíos alemanes del Este… El escritor Peter Turrini dijo un día que los austríacos quisieran ser pastores alemanes pero no son más que insignificantes bastardos de compañía…

–Vuestros padres,pertenecientes a medios sociales diferentes se casaron en 1927. ¿Este hecho fue difícil, duro de vivir?

–Podría casi hablarse de un desgarramiento. Como si una suerte de esquizofrenia familiar se hubiera instalado en el medio ateo, comprometido con la izquierda de mi padre, y en el medio de la gran burguesa católica que era mi madre. Aunque por esos años ya no quedaba gran cosa a la gran burguesa, salvo algunos bienes inmobiliarios y la villa familiar. La familia había perdido mucho dinero en los préstamos de guerra. Pero la altivez del rango se mantenía. Siendo niña viví desgarrada entre esos dos polos, pero al mismo tiempo es algo que me ha servido bastante como inspiración.

–¿Su padre fue obrero?

–No. Él fue un científico. Él estudió química. Por el hecho de «la impureza de su raza» vivió cosas terribles en la facultad y luego fue obligado a ejercer el servicio obligatorio. Pero como protegido por mi madre, era más bien un trabajador forzado de lujo cuya vida no estaba amenazada. Como químico tenía un buen desempeño, pero tuvo que hacer descubrimientos importantes por cuenta de los nazis, lo que para él, resistente al nazismo y judío, tuvo, forzosamente, repercusiones catastróficas.

Siempre traté de acercarme a él. Era un hombre sensible, inteligente, cultivado, artista. Pero sigue siendo un extraño para mí. No solamente porque mi madre no dejaba que me aproximara, sino porque la enfermedad mental se le declaró justo cuando yo tenía la edad como para poder entenderme con él. Por eso siempre he estado a la búsqueda de una instancia paternal. Pero era mi madre el elemento dominante, esta madre demasiado, excesivamente fuerte.

–¿Su padre al menos le habrá dejado algunos recuerdos esenciales?

–Cuando aún yo era demasiado joven me llevaba –a una edad donde solamente podía percibir las cosas con espanto, sin análisis- a ver documentales que mostraban los campos a su liberación, con montañas de cadáveres, amontonamientos gigantescos de seres humanos semi muertos de hambre, totalmente destruidos. Un choque para mí. Pero mi padre me infunde bastante temprano un deber de conciencia: ayudar a que algo parecido no se reproduzca jamás. Era uno de los raros casos en que lograba imponerse a mi madre. Eso y el desfile del 1° Mayo en el Ring, desde donde pude seguir, siendo aún muy pequeña y con cintas rojas en mis trenzas, al proletariado en lucha. Mi madre hubiera preferido prohibírmelo, pero él no transigía. Como contrapartida, me dejaba ir al colegio católico contra su voluntad.

–¿La gran educadora fue entonces su madre?

–Ella abusaba de su poder y se arrogaba también el del padre, permitiéndome el lado anárquico de la escritura. De todo modos pienso que los artistas son gentes cuya infancia se prolonga de manera patológica y que no puede conservarse el estatuto de artista sino se sigue siendo la hija de su madre toda la vida. Una parte de la creatividad es producto de esta compulsión. En mi caso, la creatividad viene de una prohibición: devenir adulta.

–Su educación no deja de ser increíble: piano, violín, guitarra, danza …

–Mi madre teníapara mí una ambición artística desmesurada y el deseo también de seguir controlándome a través del conservatorio, la danza clásica que tomaban la posta cuando ella no se encontraba. Desde la edad de siete años mi jornada comenzaba a las once de la mañana y terminaba a las diez de la noche, porque yo debía trabajar mis instrumentos. Uno solo no era suficiente, tenían que ser cinco, a los cuales se agregaban la música de cámara y la orquesta … Su sueño era que yo fuera música.

–¿Usted era una escolar más bien dócil, y sin embargo cuenta que siendo niña se tiraba de cabezazos contra la pared?

–Como un animal enfermizo. Como yo debía estar casi todo el tiempo sentada trabajando, desde muy jovencita comencé a caminar en mi cuarto y a darme de cabezazos contra la pared. Mi madre a pesar de todo empezó a tener miedo. Así que un día aterricé en los servicios del doctor Asberger, pedopsiquiatra célebre que ha dado su nombre a un forma de autismo que afecta a seres geniales pero socialmente inadaptados. Ciertamente yo no era una niña genial, pero presentaba trastornos serios.

–¿Usted acumula entonces un odio que la propulsará, dice usted, como un proyectil hacia la literatura?

–Si desde muy pequeña se está a merced del poder omnipotente de sus padres, en la ocurrencia, el de mi madre, la presión no hace más que acumularse al interior. Y cuando una ya no se lanza contra las paredes hay que encontrar otra cosa. En mi caso fue la escritura. Yo ya escribía desde muy niña. Y desde que aprendí a leer, muy niña también, jamás he dejado la lectura.

–¿En 1968 usted atravesó de nuevo una grave crisis?

–Esta libertad súbita fue un choque que, por decirlo de alguna manera, me derrumbó. Fui presa de lo que se llama una crisis de angustia masiva. Tuve la impresión que iba a morirme. Me hospitalizaron. Luego, cuando me dieron de alta y volví a casa, comencé a sentir miedo de salir. En pleno período de mis estudios permanecí un año encerrada en mi domicilio. Entre mi padre y yo, cuya locura progresaba, la casa se convirtió en un infierno para mi pobre madre. En esos momentos difíciles ella fue la única capaz de mantener el rumbo. Fue en esas circunstancias que comencé verdaderamente a escribir, primero poemas, después prosa.

–En 1974 usted toma dos decisiones: casarse … pero sin abandonar el hogar materno…

–Me fui a vivir al extranjero, Italia, Berlín, pero las patas tentaculares de esa madre araña siempre me llevaron hasta su tela. No culpo a nadie. Puede ser que yo deseara rencontrar en todo momento esa infancia, esa infancia de la humanidad, esa inocencia… Porque esa edad es la más productiva de la vida. Desde lo más profundo de mí siempre rechacé llevar una vida normal y por eso desposé a alguien con quien era posible hacerlo. Mi marido puede vivir en autarquía y no exige jamás nada de mí. Las cosas no hubieran sido posible de otra manera.

–En 1974 usted se inscribe en el partido comunista.

–¡En esa época la Primavera de Praga ya había sido aplastada! Sin embargo, con el escritor Sharang, mi amigo, el compositor Zobel y yo quisimos hacer un trabajo de bases, en el seno del solo partido que nos parecía estar con la clase obrera y que había sido, a pesar de todo, uno de los partidos fundadores de la segunda República. El partido entonces buscaba un acercamiento con los artistas, capital que desgraciadamente no cesaron de despilfarrar. Nosotros creímos que podíamos revertir esa situación, que podíamos cambiar, pero el esfuerzo se reveló una ilusión. Pero yo no he perdido nada de mi anticapitalismo y de mi odio a la injusticia social. Creo haber llevado bien mi tarea política en mis libros.

–Este compromiso político le ha valido la incomprensión de sus conciudadanos…

–Ha tenido que pasar mucho tiempo para que Austria asuma una reflexión sobre su pasado. De origen austríaco, Hitler era un político que había logrado sus metas. A los 28 años llega a Alemania pero es en Austria que él cultiva su antisemitismo, que es siempre virulento en mi país. Él había estudiado en los escritos de Lanz von Liebenfels, toda esa literatura primaria y asquerosa, que debería más bien calificarse de pornografía política. Este antisemitismo siempre vivo y presente en mi país, esta plaga ligada igualmente al catolicismo, nunca había sido objeto de reflexión. Todo resurge durante la campaña por la elección de Waldheim . Yo escribí entonces una pieza, Präsident Abendwind, donde parafraseaba una comedia de Johann Nestroy, Häuptling Abendwind, que trata de la amnesia de los austríacos. La pieza jamás fue puesta durante las elecciones. Como la otra obra, Das Lebewohl, escrita en el 2000, cuando la llegada al gobierno de Haider.

–Como Thomas Bernhard, le reprochan de «mancillar vuestro nido», de atacar vuestra patria.

–Cuando algo estálargo tiempo reprimido, es como si repentinamente se retirara la válvula de una olla a presión: el vapor se escapa con mucha fuerza, a chorros incontenibles. El surgimiento del pasado es entonces más violento y sorprende a algunas personas que no estaban preparadas. Hubo también el viaje a mediados de los 80, del canciller Vranitzky a Israel. ¡Se da usted cuenta! Austria reconocía recién en los 80 su culpabilidad ante Israel de sus crímenes nazis. ¡Grotesco! Cuando se toman estas decisiones tan tardías, hubiera sido mucho mejor no haber hecho nada. Sin embargo, ese viaje fue considerado por todos como un gesto importante. Incluso la izquierda nos reprocha a nosotros los artistas, de representar siempre a Austria como un país nazi, cosa que jamás hemos hecho. Son los periodistas austríacos que no asumieron sus cometidos. Eso que ellos debieron hacer, tuvimos que hacerlo nosotros los artistas cuando ése no era nuestro rol. Felizmente, hoy los periodistas han tomado la posta, aunque con bastante retraso. Todo esto me provocó una cierta amargura que contribuyó a mi retiro actual de la vida pública.

–«Al margen»es el título que usted escogió para su discurso del premio Nobel. ¿Es así como usted se sitúa hoy en día?

–Escribiendo el discurso, he querido aprovechar la ocasión de decir «yo», tomarme la libertad –una vez no es costumbre- de hablar de manera personal. Puede parecer paradójico, porque muchos esperaban seguramente que escribiera un manifiesto feminista o un discurso sobre la guerra de Irak. Pero yo he intentado más bien describir la posición del escritor, que para mí se encuentra «al margen» y corre tras su lengua.

–¿Es decir?

–Yo comparo siempre la lengua a un perro lazarillo que te jala detrás de él. Para escribir no se necesita hacer gran cosa. Se comienza colocando algunos hitos, como para un bosquejo y luego, hay un momento en que todo eso prende y toma forma. Como un tornillo en la pared que de repente muerde y puede, por fin, atornillarse. El texto arrastra a su continuación a la persona que escribe. Escribir se vuelve entonces un proceso que no se desarrolla más en la conciencia. Yo no escribo más pero algo me escribe y me observa convertirme en escritura. Yo estoy entonces «al margen»: en mi discurso, porque observo siempre las cosas del exterior, sin participar; en mi existencia porque llevo una vida retirada; pero también en lo concerniente a mi lengua porque ella no es la mía, porque tantas cosas se han escupido que no puede creerse en la existencia de un lenguaje poético personal, y que ese lenguaje personal se construye forzosamente en la deconstrucción.

–¿Cuál es entonces vuestra lengua?

–Ella está hecha de facetas, como las piezas de un caleidoscopio donde se dibujan constantemente nuevos motivos. No está quieta. Siempre en movimiento. Aparece, por ejemplo, en mi discurso una citación de Heidegger que ella misma nos arrastra a interpretaciones de la poesía del austríaco Georg Trakl. Se abre así un nuevo horizonte de significaciones, en el cual me hundo con mi lengua hecha de asonancias, de variaciones, de amalgamas de otros textos. Como el Mur, ese río furioso que, en el final de mi novela, Les Enfants des morts, precipita montones de tierra y cubre todo de escombros. Repentinamente, esos escombros son desviados de su curso por una montaña. Jamás se es dueño de su propia lengua, algo se escribe, que tiene que ver en parte con el inconsciente.

–Usted dice con cierta frecuencia que la mujer es una «proletaria de la lengua». ¿Qué entiende usted por eso?

–Yo hice esta constatación escribiendo Lust. Originalmente quise escribir una novela en reacción a Histoire de l’oil, de George Bataille. Yo pensaba que era concebible para una mujer escribir sobre lo obsceno. Pero tuve que rendirme a la evidencia: era imposible, porque el lenguaje obsceno es masculino, es una lengua consagrada por el hombre. La mujer es la que se expone, la que se ofrece, el hombre es el que consume su cuerpo. Mi proyecto no era el de escribir un simple porno, sino de hacer crítica social como lo hicieron George Bataille o el marqués de Sade. Para mí, la sociedad misma es pornográfica; siempre esconde algo y es justamente eso lo que yo les arranco. Muestro lo obsceno. Como puede ser el trabajo de las mujeres. Que nadie quiere ver. La manera como ellas se ocupan de los niños, de los viejos, de los enfermos, todos esos gestos, ese trabajo de amor jamás honrado.

–Recibiendo el premio Nobel, usted dijo que le era imposible recibirlo en tanto que «yo».

–La mujer no puede decir «yo». El «yo» femenino es siempre múltiple. El hombre puede decir «yo». Es un sujeto no intercambiable. Mientras que para la mujer es imposible. Incluso si existen magníficos ejemplos en la literatura que testimonian que una mujer puede decir yo y designarse a sí misma. Yo no sé si en lo que a mí me concierne, ese déficit se deba a la dominación maternal, pero haber sufrido largo tiempo te da en todo caso la impulsión de escribir y de sublimar ese sufrimiento.

A partir de los años 80 usted se interesa particularmente al tema de la mujer…

–Se debe como en la mayor parte de las escritoras, del sentimiento de ser menospreciadas. Hablo del menosprecio que la cultura ejerce hacia el trabajo artístico de las mujeres, sometidas a criterios de evaluación específicamente masculinos. Lo que constituye otra suerte de brutalidad. Es cierto, no estoy delante de un marido que me brutaliza y pega a mis hijos; pero es también una forma de humillación… Raras son las mujeres que logran inscribir sus nombres en ese universo frío de las obras de arte masculinas, definidos por los hombres.

–Usted escribe en Internet. ¿Es su manera de mantener la comunicación con el exterior viviendo retirada?

–Utilizo Internet para escribir textos que no han encontrado aún su formulación definitiva, que yo llamo «mis notas» y en las cuales tomo posición sobre acontecimientos actuales en una lengua todavía aproximativa. La rapidez de Internet, esa facilidad con la que se puede borrar una cosa e inmediatamente reescribirla, estimulan también mi relación lúdica con la lengua.

–¿Estátambién su impaciencia?

–Es la peor de mis cualidades, yo quiero todo muy rápido. Con el ordenador puedo escribir tan rápido como pienso, lo que es importante para mi técnica de escritura, de asociación rápida, de juegos de palabras y de juegos de lenguaje. Porque todo debe hacerse en el mismo flujo, como un piano. En el fondo, yo soy una eterna pianista, en el sentido que trabajo con los dedos sobre un teclado y una pantalla, dispongo el texto sobre la pantalla de una manera material, obtenida por un trabajo del cuerpo.

–¿La Pianista, justamente, esa novela narrativa y psicológica, no es insólita en su obra?

–Es triste pero nada puedo hacer por cambiarlo. Incluso ahora que mis textos se reeditan con frecuencia, La Pianista es el que más se vende. Es cierto que también se ha hecho un film y posiblemente todo eso contribuya. Pero no es un texto representativo aunque se vislumbra mi manera sistemática de convertir las cosas en irrisorias, de practicar la ironía y jugar con las citaciones. Pero todo lo que me importará después se encuentra aquí solamente en germen.

–El trabajo sobre la forma, por ejemplo…

–Siempre me reprocharon de ser arrogante con mis personajes, de observarlos con demasiada distancia. Pero me es imposible describirlos de otra manera. Yo manejo mis personajes como protocolos experimentales. Son la mayor parte de tiempo protocolos sociales que se desenvuelven en el espacio de una familia, como en Les Exclus. Es imposible de penetrar uno mismo al interior de ese dispositivo. Con mi manera de escribir no se puede a la misma vez describir las cosas y vivirlas. Se hace necesario encontrar un puesto de observación a distancia.

–¿Habría usted inventado una nueva forma de realismo?

–Capaz un hiperrealismo. La realidad está ahí haga lo que se haga. Pero no se puede aprehenderla más que con la ayuda de una estética especial. En mi pieza Das Lebewohl, por ejemplo, o en aquella sobre la guerra en Irak, me apoyo en la tragedia griega. Los Persas o La Orestíadade Esquilo. Mi método consiste en izar hacia lo alto lo que hay de más vil y de más estúpido si quiero hablar a propósito de Haider. Es en semejante altura que se mide mejor la bajeza, la ignominia. No se podrá medir la estupidez de un político sino se la confronta con lo que hay de más elevado: la tragedia griega.

–¿Este premio Nobel la habrá cambiado?

–Sobredimensionado por mí va a empujarme a atrincherarme aún más. Por una parte no deseo que todo lo que yo diga a partir de ahora sea aureolado de una gran autoridad, o que mis opiniones políticas cuenten más que la de un simple ciudadano. Por último, no quisiera ser perseguida, sino mantenerme tranquila en este aislamiento que reivindico.

–Usted dice con frecuencia que uno se aísla primero porque es la realidad que nos empuja…

–Es difícil para un escritor de escribir y al mismo tiempo de vivir. Rimbaud primero escribió y después vivió. En el caso de alguien como yo que no puede vivir, tiene al menos la obligación de escribir para al menos poder existir. Aferrarse a la imaginación y a lo simbólico.

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