Franz Kafka: El Rechazo. Cuento

405px-franz_kafka_-_4_jahreNuestra pequeña ciudad no está en la frontera, ni tan siquiera próxima; la frontera está todavía tan lejos que probablemente nadie de la ciudad haya llegado hasta ella; hay que cruzar planicies desérticas y también extensas regiones fértiles. Es cansado tan sólo imaginar parte de la ruta, y es completamente imposible imaginar más. Grandes ciudades se hallan en el camino mucho más grandes que la nuestra; y en el supuesto de que uno no se perdiera en el trayecto, se perdería con seguridad en ellas debido a su enorme tamaño que hace imposible bordearlas.

Mucho más allá de la frontera, si tales distancias pudiesen compararse —es como decir que un hombre de trescientos años es más viejo que uno de doscientos—, mucho más allá aún está la capital. Y si bien nos llega alguna noticia de las luchas fronterizas, no nos enteramos casi absolutamente de lo que sucede en ella, los ciudadanos corrientes al menos, pues los funcionarios disponen de excelentes comunicaciones; según afirman en dos o tres meses pueden recibir una noticia.

Y es curioso, y esto siempre renueva en mí el asombro, cómo nos sometemos a cuanto se ordena desde la capital. Hace siglos que no se produce entre nosotros modificación política alguna emanada de los ciudadanos mismos. En la capital los jerarcas se han relevado unos a otros; dinastías enteras se han extinguido o fueron depuestas y nuevas dinastías comenzaron; en el último siglo la capital misma fue destruida, y fundada una nueva, lejos de la primera; luego la nueva fue destruida a su vez y la antigua vuelta a edificar; en nuestra ciudad nada de ello tuvo repercusión alguna. La burocracia conservó siempre su lugar, los funcionarios principales venían de la capital, los de mediano rango llegaban por lo menos de afuera, los inferiores salían de nuestro medio; así ha sido siempre, y eso nos bastaba.

El funcionario más elevado, es el Jefe Recaudador de Impuestos, en grado de coronel, y así se le llama. Hoy es ya hombre viejo, pero lo conozco desde hace muchos años, y ya en mi niñez era coronel; al principio hizo una carrera rápida, que luego se estancó de golpe; para nuestra ciudad basta su grado, no estaríamos en condiciones de absorber otro más importante. Cuando trato de imaginármelo, lo veo sentado en la galería de su casa, frente a la plaza del mercado, echado hacia atrás, con una pipa en la boca. En el techo ondea sobre él la bandera imperial; y en los límites de la galería, tan espaciosa que en ella se realizan pequeños ejercicios militares, hay ropa tendida a secar. Sus nietos, ricamente vestidos de seda, juegan alrededor de él; no se les permite bajar a la plaza, los otros niños son indignos de ellos, pero como les tienta, meten la cabeza entre los barrotes de la barandilla, y cuando los otros chicos se pelean, ellos siguen la lucha desde arriba. Este coronel gobierna, pues, la ciudad. Creo que no ha exhibido jamás un documento que le autorice a ello. Acaso tampoco lo tenga. Tal vez sea, en efecto, Jefe Recaudador de Impuestos, ¿pero es suficiente?, ¿le autoriza a mandar en todos los campos de la Administración? Desde luego, su cargo es importante para el Estado, pero se tiene la impresión de que la gente dice: “Ya nos has tomado cuanto teníamos; por favor, tómanos también a nosotros”. Porque, realmente, no se ha adueñado del poder por la violencia ni es un tirano. Desde tiempos inmemoriales la fuerza de la costumbre ha querido que el Jefe Recaudador fuera también el primer funcionario, y el Coronel y nosotros no hacemos más que seguir la tradición. Pero aunque vive entre nosotros sin excesivas distinciones en razón de su cargo, es muy distinto de un ciudadano común. Cuando una delegación llega ante él con una súplica, parece el muro del mundo. Más allá de él no hay nada; parecen oírse, sí, todavía algunos cuchicheos, pero tal vez sólo sea un engaño de los sentidos, puesto que él representa el final de todo, al menos para nosotros. Es necesario haberlo observado en esas recepciones. De niño asistía a una; la delegación de los ciudadanos le solicitaba un subsidio gubernamental porque el barrio más pobre había sido destruido por un incendio. Mi padre, el herrero, persona respetada, formaba parte de la delegación y me había llevado con él. Esto no era nada fuera de lo común; a semejante espectáculo asiste todo el mundo, y casi no es posible distinguir la delegación entre el gentío. Por lo general tales recepciones tienen lugar en la galería; hay personas que trepan desde la plaza del mercado con escaleras de mano para participar en los sucesos por encima de la barandilla. En aquella ocasión casi la cuarta parte de la galería estaba reservada para él, el resto lo llenaba la multitud. Algunos soldados se hallaban encargados de la vigilancia; también le rodeaban a él en semicírculo. En el fondo, hubiera bastado un solo soldado, tanto es el temor que el Coronel despierta. No sé con exactitud de dónde vienen estos soldados, en todo caso de muy lejos; todos se parecen y ni siquiera necesitarían uniforme. Son pequeños, poco robustos, pero vivaces; lo más llamativo en ellos es la dentadura, poderosa como si les llenara demasiado la boca, y un cierto recluir inquieto en los ojillos estrechos. Son el terror de los niños, y al mismo tiempo también su atracción, porque continuamente quisieran asustarse ante esas dentaduras y esos ojos, para en seguida escapar desesperados. Probablemente este terror infantil no se pierde en los adultos, o al menos sigue obrando en ellos. Hay otras cosas todavía. Los soldados hablan un dialecto incomprensible, no logran habituarse a nuestro idioma, lo que les hace herméticos, inaccesibles. Ello responde también a su carácter. Son reservados, serios y rígidos, y aunque no hagan nada malo, algo parecido a una malignidad latente les hace insoportables. Entra, un soldado en un comercio, por ejemplo, compra una chuchería y permanece apoyado en el mostrador; atiende a las conversaciones, tal vez sin comprenderlas, pero como si lo hiciera no tiene palabra, tan sólo mira rígidamente al que habla, luego a los que escuchan, la mano en la empuñadura del largo cuchillo que pende del cinto. Es insoportable, se pierden las ganas de conversar, el comercio se vacía, y sólo cuando se ha vaciado por completo marcha también el soldado. Donde aparecen los soldados, nuestro pueblo, tan animado, se cohíbe. Así fue también en aquella oportunidad. Como en todas las ocasiones solemnes, el Coronel estaba muy erguido y sostenía en las manos tendidas hacia delante dos varáis de bambú. Es una vieja costumbre que significa que él se apoya en la ley y que ella a su vez es sostenida por él. Todos saben ya lo que sucederá en lo alto de la galería; sin embargo, vuelven a atemorizase. También en aquella oportunidad el designado para hablar no quiso comenzar a hacerlo; estaba ya frente al Coronel, pero de pronto perdió el ánimo y con diversos pretextos volvió a desaparecer entre la multitud. Y no se encontró a otro capaz y dispuesto a hablar; por cierto, algunos incapaces se ofrecieron; se originó una gran confusión y se enviaron mensajeros a algunos oradores conocidos.

Durante todo este tiempo el Coronel permaneció de pie, inmóvil; sólo la respiración le convulsionaba el pecho. No porque respirara con dificultad, respiraba con precisión, como lo hacen, por ejemplo, las ranas, pero en éstas es habitual, mientras que en él era extraordinario. Me escurrí entre las personas mayores y lo pude contemplar por un hueco, entre los soldados, hasta que uno de éstos me apartó con la rodilla. Entretanto el orador primitivamente designado pudo reaccionar y, sostenido firmemente por dos ciudadanos, pronunció el discurso. Era emocionante ver cómo durante este grave discurso, que describía tal infortunio, no cesó de sonreír; era la más humilde de las sonrisas, que se esforzaba en vano para provocar el menor reflejo en el rostro del Coronel. Por fin formuló la súplica, creo que tan sólo solicitó una exención dé impuestos por un año, o acaso también madera barata de los bosques imperiales. Luego se inclinó profundamente, como lo hicieron todos los demás a excepción del Coronel, de los soldados y de algunos funcionarios del fondo. Al niño le pareció ridículo que los que estaban encaramados en las escaleras descendieran unos peldaños para no ser vistos durante el decisivo silencio y cómo de vez en cuando se asomaban al nivel del suelo de la galería para espiar. Eso duro un momento; luego un funcionario, un hombre menudo, se adelantó, trató de levantarse de puntillas hasta el Coronel, que, aparte de los movimientos del pecho, seguía completamente inmóvil, y obtuvo de él un susurro al oído. El funcionario dio una palmada y anunció: “La petición ha sido rechazada. Idos”, Una innegable sensación de alivio recorrió la multitud; todos se apretujaban para salir; casi nadie se fijaba ya en el Coronel, que parecía haberse convertido de nuevo en un ser humano como todos nosotros; sólo vi cómo, realmente agotado, soltó las varas, que cayeron al suelo, cómo se hundió en una poltrona traída por los funcionarios y cómo se metió con apresuramiento la pipa en la boca. Pero no se trataba de un hecho aislado; era lo corriente. Puede ocurrir, sin embargo, que alguna que otra vez se acceda a alguna pequeña petición, pero entonces sucede como por decisión del Coronel, como ente poderoso y bajo su exclusiva responsabilidad; en cierto modo debe ser conservado —no se dice, pero es así en definitiva—en secreto ante el gobierno. Si bien en nuestra pequeña ciudad los ojos del Coronel son al propio tiempo los ojos del gobierno, en este caso hay que hacer una distinción, cuyo sentido no es del todo comprensible.

Pero en los asuntos importantes se puede estar siempre seguro de la negativa. Y es realmente curioso que en cierto modo no nos podamos pasar sin ella; lo que no quiere decir que la ida y el logro del rechazo sea una simple formalidad. Siempre con seriedad y con renovado ánimo el pueblo concurre y luego se retira, no precisamente conforme y feliz, pero de ningún modo con desilusión o cansancio. Sobre estos asuntos no necesito el parecer de nadie, las siento en mi interior como todo el mundo. Y ni siquiera experimento curiosidad por saber la relación que hay entre tales sucesos.

Sin embargo, según mis observaciones, la gente de determinada edad, los jóvenes entre diecisiete y veinte años, no están conformes. Es gente incapaz de sospechar, por su extremada juventud, la trascendencia de cualquier idea y menos aún de una idea revolucionaria. Y sin embargo, precisamente entre ella se infiltra el descontento.

 

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