Franz Kafka: La prueba. Cuento

Kafka (1)No hay trabajo para un criado. Soy medroso y no me pongo en evidencia; ni siquiera me coloco en fila con los demás, pero esto es sólo una de las causas de mi falta de ocupación; también es posible que nada tenga que ver con eso; lo importante es, en todo caso, que no soy llamado a prestar servicio; otros han sido llamados y no han hecho más gestiones que yo; y acaso ni siquiera han tenido alguna vez el deseo de ser llamados, en tanto que yo lo he sentido, a veces, con mucha intensidad.

Así yazgo, pues, en el catre del cuarto de los criados, la mirada fija en las vigas del techo, me duermo, me despierto y, en seguida, vuelvo a dormirme. A veces cruzo hasta la taberna, donde sirven cerveza agria; algunas veces por fastidio, he volcado un vaso, pero luego vuelvo a beber. Me gusta sentarme allí porque, detrás de la pequeña ventana cerrada y sin que nadie me descubra puedo contemplar las ventanas de casa. No se ve gran cosa; a la calle dan, según creo, sólo las ventanas de los corredores, y además, no de aquellos que llevan a los cuartos de los señores; es posible también que me equivoque; alguien lo sostuvo una vez, sin que yo se lo preguntara, y la impresión general de la fachada lo confirma. Sólo de vez en cuando se abren las ventanas, y cuando esto ocurre, lo hace un criado, que se inclina también sobre el antepecho para echar un vistazo hacia abajo. Son, pues, corredores donde no puede ser sorprendido. Por lo demás no conozco a esos criados; los que son ocupados permanentemente arriba, duermen en otro lugar; no en mi cuarto.

Una vez, al llegar a la hostelería, un huésped ocupaba ya mi lugar de observación; no me atreví a mirar en forma directa hacia donde estaba y quise volverme en la puerta para irme en seguida. Pero el huésped me llamó y, así, entonces, advertí que también era un criado al que yo había visto una vez en alguna parte, aunque sin haber hablado nunca hasta entonces.

—¿Por qué quieres escapar? Siéntate aquí y bebe. Te invito.

Me senté, entonces. Me preguntó algo, pero no pude responder; ni siquiera comprendía las preguntas. Por eso le dije: —Quizás ahora te arrepientas de haberme invitado. Me voy, pues.

Quise levantarme. Pero él extendió la mano por encima de la mesa y me retuvo en el asiento.

—Quédate —dijo—. Era sólo una prueba. El que no responde a las preguntas la ha aprobado.

 

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