Isaac Asimov: Pequeño robot perdido. Cuento

00IsaacAsimovEn la base Hiper se habían tomado las medidas precisas pero con una especie de furia ruidosa, como el equivalente muscular de un alarido histérico. Para detallárselas en orden cronológico y a la vez de desesperación, les diré que eran:

1.   Debía cesar en el acto todo trabajo en el mando hiperatómico a través del volumen espacial ocupado por las estaciones del grupo asteroidal Veintisiete.

2.   Prácticamente todo el volumen espacial quedaba eliminado del sistema. Nadie podía entrar sin permiso. Nadie podía salir por ningún concepto.

3.   En una nave patrullera especial del Gobierno, fueron trasladados a la base Hiper los doctores Susan Calvin y Peter Bogert, jefe de Psicología y director matemático de los robots de Estados Unidos y de la Corporación de Hombres Mecánicos respectivamente.

Hasta entonces, Susan Calvin jamás había abandonado la Tierra ni tenía un especial deseo de hacerlo esta vez. En una época de poder atómico y de un claramente cercano mando hiperatómico, seguía siendo plácidamente provinciana. Así que estaba descontenta de su viaje y muy poco convencida de su urgencia. Cada pliegue de su rostro, poco agraciado y entrado en años, lo demostró claramente durante su primera cena en la base Hiper. Tampoco la elegante palidez del doctor Bogert disimulaba cierta consternación. Ni el general Kallner, jefe del proyecto, se olvidó un instante de poner cara de disgusto. En pocas palabras, aquella comida era un episodio angustioso; y la pequeña sesión a tres que siguió a la cena empezó en tono gris y desafortunado. Kallner, con su calva reluciente y su uniforme de gala en desacuerdo con el estado de ánimo general, empezó a hablar con incómoda sinceridad:

— Señora, señor: es una extraña historia la que voy a contarles. Quiero agradecerles que hayan acudido en tan breve plazo de tiempo sin que se les diera ninguna razón. Intentaré corregirlo ahora. Hemos perdido un robot. El trabajo ha cesado y debe pararse todo hasta que podamos localizarle. Hasta ahora hemos fracasado y comprendemos que necesitamos la ayuda de expertos. -Tal vez el general sentía que su situación era absurda. Prosiguió con una nota de desesperación en la voz-: No necesito hablarles de la importancia de nuestro trabajo aquí. Más del ochenta por ciento de las asignaciones dedicadas a la investigación científica han venido aquí, a nosotros.

— Sí, ya lo sabemos -cortó Bogert, servicial-, «Robots U.S.» recibe una renta generosa por el uso de nuestros robots. Susan Calvin le interpeló decidida y un tanto avinagrada:

— ¿Qué hace que un solo robot sea tan importante para el proyecto y por qué no ha sido aún localizado? El general volvió hacia ella su rostro congestionado y se humedeció los labios apresuradamente:

— Verá, es que en cierto modo lo hemos localizado.

— Luego prosiguió, angustiado-. Bien, voy a explicárselo. Tan pronto como el robot desapareció, se declaró el estado de emergencia y cesó todo movimiento dentro y alrededor de la base Hiper. Una nave de carga aterrizó hace unos días y nos entregó dos robots para nuestros laboratorios. Llevaba a bordo sesenta y dos robots de…, bueno, del mismo tipo, para entregar en otra parte. Estamos seguros de la cantidad. No cabe la menor duda.

— Ya. ¿Y qué relación hay?

— Al no poder localizar en ninguna parte al robot que nos falta, les aseguro que hubiéramos encontrado una brizna de hierba si la hubiéramos buscado, nos estrujamos el cerebro y fuimos a contar los robots que había en el carguero. Ahora hay sesenta y tres.

— Así que el número sesenta y tres, deduzco yo, es el robot pródigo -declaró la doctora Calvin con ojos sombríos.

— Sí, pero no tenemos forma de saber cuál es el número sesenta y tres. A esto siguió un silencio sepulcral mientras el reloj eléctrico daba las once, luego la psicóloga de robots exclamó:

— Muy peculiar. -Y las comisuras de sus labios se movieron hacia abajo-. Peter -dijo volviéndose hacia su colega con cierta furia-: ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué tipo de robots se utilizan en la base? El doctor Bogert titubeó y esbozó una débil sonrisa.

— Hasta ahora ha sido un asunto de suma delicadeza, Susan.

— Sí, hasta ahora -le interrumpió vivamente-. Si hay sesenta y tres robots del mismo tipo, uno de los cuales es buscado y su identidad no puede ser determinada, ¿por qué no les sirve uno de los otros? ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué se nos ha hecho venir? Bogert contestó, resignado:

— Si me das una oportunidad, Susan… La base está utilizando varios robots en cuyos cerebros no se ha grabado por entero la primera ley de la Robótica.

— ¿Que no se han grabado? -Calvin se dejó caer hacia atrás-. Comprendo. ¿Y cuántos se hicieron?

— Unos pocos. Se hizo por orden del Gobierno y era impensable violar el secreto. Nadie debía saberlo excepto los jefes directamente involucrados. A ti no se te incluyó, Susan, pero fue algo en lo que yo no tuve arte ni parte. El general le interrumpió con cierta autoridad:

— Me gustaría explicárselo un poco. Yo ignoraba que la doctora Calvin desconocía la situación. No necesito decirle, doctora Calvin, que en el planeta ha habido siempre una fuerte oposición a los robots. La única defensa del Gobierno ante los radicales fundamentalistas sobre este asunto, fue el hecho de que los robots se han construido siempre con la primera ley indestructiblemente grabada, lo que hace imposible que dañen a los seres humanos por ningún motivo y en ninguna circunstancia. «Pero necesitábamos tener robots de naturaleza distinta. Así que se hicieron unos pocos del modelo NS-2, los «Nestors», que fueron preparados con una primera ley modificada. Para mantener el secreto todos los NS-2 se fabrican sin número de serie; los ejemplares modificados se nos entregan junto con un grupo de robots normales, y, naturalmente, los nuestros están sujetos a la más estricta prohibición de mencionar su modificación al personal no autorizado. -Aquí esbozó una sonrisa avergonzada-. Pero todo esto, ahora, se ha vuelto contra nosotros. Calvin comentó, ceñuda:

— ¿Se le ha ocurrido, por lo menos, preguntar uno a uno quién es? Me figuro que será usted persona autorizada. El general asintió. Los sesenta y tres niegan haber trabajado aquí… Uno de ellos está mintiendo.

— ¿Al que buscan ustedes se le nota cierto desgaste? Deduzco que los demás están recién salidos de fábrica.

— El robot en cuestión llegó el mes pasado. Él y los dos recién llegados iban a ser los últimos que se necesitaran. No hay desgaste perceptible. -Movió la cabeza lentamente y sus ojos volvieron a parecer atormentados-. Doctora Calvin, no nos atrevemos a dejar salir esa nave. Si fuera conocida por todos la existencia de los robots con primera ley… No parecía que hubiera medios de subestimar aquella conclusión.

— Destruya a los sesenta y tres -declaró la robopsicóloga fría y tajante-, y se acabó el asunto. Bogert hizo un mohín con la boca.

— Eso quiere decir destruir treinta mil dólares por robot. Me temo que «Robots U.S.» no estaría de acuerdo. Mejor hacer un primer esfuerzo, Susan, antes de destruir nada.

— En este caso -terció, decidida-, necesito datos. Quiero saber exactamente qué ventajas obtiene la base Hiper de esos robots modificados. ¿Qué factor los hizo indispensables, general? Kallner arrugó la frente y la alisó con un gesto rápido de su mano.

— Tuvimos problemas con los robots anteriores. Nuestros hombres trabajan mucho con fuertes radiaciones. Es peligroso, claro, pero se toman precauciones razonables. Desde que empezamos hemos tenido solamente dos accidentes, y ninguno fue fatal. No obstante, fue imposible explicárselo a un robot ordinario. La primera ley establece, voy a repetírselo, lo siguiente: Ningún robot puede dañar a un ser humano, ni permitir con su inacción que un ser humano sufra daño. »Esto es fundamental, doctora Calvin. Cuando fue necesario que uno de nuestros hombres se expusiera, no por mucho tiempo, a un campo de rayos gamma moderado que no produjera efectos psicológicos, el robot más próximo tenía que lanzarse a sacarlo. Si el campo era muy débil, lo conseguiría, y el trabajo no proseguiría hasta que todos los robots fueran retirados. Si el campo era algo más fuerte, el robot no lograría nunca llegar hasta el técnico afectado, puesto que su cerebro positrónico sufriría un colapso bajo las radiaciones gamma…, con lo que perderíamos un robot caro y difícil de remplazar. «Tratamos de discutir con ellos. Su postura era que un ser humano expuesto a los rayos gamma arriesgaba su vida y que no importaba que pudiera soportarlos por espacio de media hora sin peligro. Supongamos, alegaban, que se olvidara y se quedara una hora. No podían correr el riesgo. Les hicimos ver que eran ellos los que arriesgaban sus vidas por una mera posibilidad. Pero la propia salvaguarda es solamente la tercera ley de la Robótica y la primera ley, sobre la seguridad humana, pasaba primero. Les dimos órdenes; les ordenamos tajantemente que se mantuvieran alejados de los campos de radiación gamma a cualquier precio. Pero la obediencia es la segunda ley, y la primera sobre la seguridad humana pasaba delante. O teníamos que prescindir de los robots, doctora Calvin, o hacer algo con la primera ley… Y lo hicimos.

— No puedo creer -interrumpió la doctora- que fuera necesario suprimir la primera ley.

— No la suprimimos, la modificamos -aclaró Kallner-. Al construirse los cerebros positrónicos contenían sólo la parte positiva de la ley que, para ellos, es: Ningún robot puede dañar a un ser humano. Nada más. Carecen del impulso de evitar que uno sufra daños por causas extrañas, como por ejemplo las radiaciones gamma. ¿Lo expongo correctamente, doctor Bogert?

— En efecto -corroboró el matemático.

— ¿Y es ésta la única diferencia entre sus robots y los NS-2 del mismo modelo? ¿La única diferencia, Peter?

— La única diferencia, Susan. La doctora se puso en pie y declaró, decidida:

— Me propongo irme ahora a dormir, dentro de ocho horas quiero hablar con el que haya visto al robot por última vez. Y de ahora en adelante, general Kallner, si debo aceptar la responsabilidad por cualquiera de los acontecimientos, quiero el control total e incuestionable de esta investigación. Susan Calvin no disfrutó de nada parecido al sueño salvo dos horas de verdadero agotamiento. Llamó a la puerta de Bogert a las 7, hora local, y le encontró igualmente despierto. Al parecer, se había tomado la molestia de llevarse un batín a la base Hiper, pues llevaba uno puesto. Cuando vio entrar a Calvin, dejó las tijeras de las uñas, y comentó plácidamente:

— He estado esperándote. Supongo que todo esto te pone mala.

— En efecto.

— Bueno…, lo lamento. No hubo forma de evitarlo. Cuando recibimos la llamada desde la base Hiper, pensé en seguida que algo había ido mal con los «Nestors» modificados. Pero, ¿qué podía hacer? No podía contártelo mientras veníamos como hubiera querido, porque tenía que estar seguro. Lo de la modificación es máximo secreto. La psicóloga masculló:

— Se me tenía que haber dicho. La compañía «Robots U.S.» no tenía derecho a modificar así los cerebros positrónicos sin que lo aprobara un psicólogo. Bogert enarcó las cejas y suspiró.

— Sé razonable, Susan. No podías influir en ellos. En este asunto, el Gobierno se saldría con la suya. El mando hiperatómico y los físicos del éter quieren robots que no se interfieran en su trabajo. Y estaban dispuestos a conseguirlos aunque ello significara modificar la primera ley. Tuvimos que confesar que era posible desde el punto de vista de la construcción, y juraron solemnemente que sólo querían doce, que solamente se les utilizaría en la base Hiper, que una vez que el mando estuviera perfeccionado serían destruidos, y que se tomarían toda clase de precauciones. Insistieron en que se guardara el secreto…, y ésta es la situación. La doctora Calvin habló entre dientes:

— Yo habría dimitido.

— No habría servido de nada. El Gobierno ofreció una fortuna a la compañía y les amenazó con una legislación anti-robots en caso de que se negaran. Nos vimos cogidos, y seguimos cogidos. Si esto trasciende, podría desprestigiar a Kallner y al Gobierno, pero sobre todo perjudicaría infinitamente más a «Robots U.S.». La psicóloga se le quedó mirando.

— Peter, ¿no te das cuenta de lo que significa la supresión de la primera ley? No se trata solamente del secreto.

— Sé perfectamente lo que significaría la supresión. No soy un niño. Significaría una completa inestabilidad, sin solución alguna no imaginativa para el campo de ecuacicones positrónicas.

— Eso, matemáticamente. Pero, ¿puedes traducirlo a un mero pensamiento psicológico? Toda vida normal, Peter, se resiente de la dominación sea consciente o inconsciente. Si el dominio lo ejerce un inferior, o un supuesto inferior, el resentimiento se hace más fuerte. Física y, hasta cierto punto mentalmente, un robot, cualquier robot, es superior a los seres humanos. En este caso, ¿qué es lo que le esclaviza? Solamente la primera ley. Mira, sin ella, la primera orden que trataras de dar a un robot provocaría tu muerte. ¿Inestable? ¿Qué te parece?

— Susan -dijo Bogert con expresión de divertida simpatía-, debo admitir que este complejo frankensteiniano del que haces gala está justificado en cierto modo… De ahí la primera ley, para empezar. Pero la ley, te repito y volveré a repetírtelo mil veces, no ha sido suprimida, sino modificada.

— ¿Y qué me dices de la estabilidad del cerebro? El matemático apretó los labios.

— Quedaria disminuida, naturalmente. Pero dentro de los límites de la seguridad. Los primeros «Nestors» fueron entregados a la base hace nueve meses, y nada ha fallado hasta ahora e incluso esto indica más el miedo a los humanos que un peligro para ellos.

— Muy bien. Veremos lo que sacamos de la conferencia de esta mañana. Bogert la acompañó amablemente hasta la puerta e hizo una expresiva mueca al verla marchar. No veía motivos para cambiar la opinión que siempre había tenido de ella: la de una agria e inquieta frustrada. El orden de ideas de Susan Calvin no incluía para nada a Bogert. Hacía muchos años que le había clasificado como un redomado presumido. Gerald Black se había graduado en física del éter el año anterior y, en común con su generación de físicos, se encontraba comprometido en el problema del mando. Ahora formaba parte de la atmósfera general de esas conferencias de la base Hiper. Vestido con su manchado mono blanco, se sentía un tanto rebelde y totalmente inseguro. Toda su fuerza parecía escapársele por los dedos, al retorcérselos tan nerviosamente que bien hubiera doblado una barra de hierro. El general Kallner se sentaba a su lado, y frente a ellos estaban los dos enviados de «Robots U.S.». Black dijo:

— Me han dicho que yo soy el último que vio a «Nestor 10» antes de que desapareciera. Deduzco que querrán interrogarme sobre el caso. La doctora Calvin le miró interesada.

— Habla como si no estuviera seguro, joven. ¿Es que no sabe si fue usted el último que le vio?

— Trabajaba conmigo, señora, en los campos de generadores y estaba conmigo la mañana de su desaparición. No sé si alguien más le vio después a mediodía. En todo caso nadie admite haberle visto.

— ¿Cree usted que alguien esté mintiendo?

— No quiero decir eso. Pero tampoco digo que yo esté dispuesto a cargar con la responsabilidad. -Sus ojos oscuros llameaban.

— No se trata de hacerle responsable. El robot actuó como lo hizo por lo que es. Estamos solamente tratando de localizarle, señor Black, y dejémonos de tonterías. Ahora bien. si usted trabajaba con el robot, probablemente le conoce mejor que los demás. ¿Había en él algo raro, algo que le llamara la atención? ¿Había trabajado antes con robots?

— He trabajado con los otros robots que tenemos aquí, los sencillos. En los «Nestors» no hay nada distinto, excepto que son mucho más inteligentes y… más insoportables.

— ¿Insoportables? ¿De qué modo?

— Bueno, tal vez no sea culpa suya. El trabajo de aquí es muy duro y la mayoría de nosotros está con los nervios a flor de piel. Andar jugando con el hiper-espacio no es una bagatela. -Sonrió débilmente, como complaciéndose al confesarlo-. Corremos el riesgo de agujerear el tejido espaciotiempo normal y caer fuera del universo, asteroide, etc. Parece de locos, ¿verdad? Claro que uno, a veces, tiene los nervios de punta. Pero estos «Nestors», nunca. Sienten curiosidad, son tranquilos, no se preocupan. A veces les basta con volvernos locos. Cuando uno desea que se haga algo a toda prisa, ellos se lo toman con calma. A veces, prescindiría de ellos.

— ¿Dice que se lo toman con calma? ¿Se han negado alguna vez a obedecer una orden?

— Oh, no -lo dijo apresuradamente-. La cumplen. Pero replican cuando creen que nos equivocamos. No saben más del trabajo que lo que les hemos enseñado, pero esto no les detiene. A lo mejor lo imagino, pero creo que los otros compañeros tienen los mismos problemas con sus «Nestors». El general Kallner carraspeó.

— ¿Por qué no se me han cursado las quejas, Black? El joven físico se ruborizó:

— No queríamos realmente prescindir de los robots, señor, y además no estábamos seguros del todo de cómo se recibirían exactamente, digamos, estas pequeñas quejas. Bogert interrumpió suavemente:

— ¿Ocurrió algo en particular la mañana en que le vio por última vez? Silencio. Con un gesto tranquilo Calvin reprimió el comentario que afloraba a los labios de Kallner, y esperó pacientemente. Entonces Black habló, dominado por la rabia:

— Tuve un problema con él. Aquella mañana se me había roto un tubo Kimball y llevaba cinco días de retraso en el trabajo; todo mi programa estaba retrasado; no había recibido noticias de casa desde hacía dos semanas. Y apareció él queriendo que repitiera un experimento que había abandonado hacía un mes. Siempre me daba la lata con aquel tema y yo estaba harto de él. Le dije que se largara… -y ya no le vi más.

— ¿Le dijo que se largara? -preguntó la doctora Calvin profundamente interesada-. ¿Con esas palabras? ¿Le dijo, «Lárguese»? Trate de recordar las palabras exactas. Aparentemente había una lucha interna, Black se cogió la frente con una mano por un momento, luego la apartó y dijo desafiante:

— Le dije: «Lárgate de una vez.» Bogert se echó a reír.

— Y así lo hizo, ¿eh? Pero Calvin no había terminado. Le habló afectuosamente:

— Ahora empezamos a llegar a alguna parte, señor Black. Pero los detalles exactos son importantes. Para comprender las acciones de un robot, un gesto, una palabra, con enfasis, pueden serlo todo. Por ejemplo, ¿pudo usted haber dicho algo más que esas cuatro palabras? Según su propia relación debía usted de estar muy nervioso. Quizá cargó usted un poco lo que le dijo. El joven enrojeció.

— Bueno…, a lo mejor le llamé…, cuatro cosas…

— Exactamente, ¿qué cosas?

— ¡Oh! Exactamente no recuerdo. Además, no podría repetírselas. Ya sabe cómo se pone uno cuando está fuera de sí -Su risita turbada resultaba tonta-. Casi siempre tengo tendencia a emplear palabrotas.

— No se preocupe -le tranquilizó la doctora con cierta severidad-, en este momento soy la psicóloga. Me gustaría que lo repitiera exactamente, o lo más parecido posible, según lo recuerde. Es más, y esto es muy importante para mí, con el mismo tono de voz que empleó. Black miró a su superior en busca de apoyo, pero no lo encontró. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y balbuceó:

— Es que no puedo.

— Debe hacerlo.

— Suponga -intervino Bogert con mal disimulada diversión- que me lo dice a mí. Puede que le resulte más fácil. El rostro enrojecido del joven se volvió hacia Bogert. Tragó saliva.

— Le dije… -Su voz se apagó, pero volvió a intentarlo-. Le dije… Respiró profundamente y soltó una retahíla de sílabas. Luego, en aquella atmósfera cargada, terminó casi llorando:

— Eso fue, más o menos. No me acuerdo del orden exacto de lo que le llamé, y a lo mejor se me ha olvidado algo o he añadido algo, pero fue más o menos así. Sólo un leve rubor indicaba los sentimientos de la psicóloga. Dijo:

— Sé el significado de la mayor parte de los términos empleados. En cuanto a los demás me figuro que serán realmente despectivos.

— Me temo que sí -asintió el atormentado Black.

— Y entretanto, le dijo que se largara y desapareciera.

— No lo dije en sentido literal.

— Lo comprendo. No nos proponemos ninguna acción disciplinaria. -Y ante su mirada, el general que cinco minutos antes parecía decidido, asintió rabioso.

— Puede retirarse, señor Black. Gracias por su cooperación. Susan Calvin necesitó cinco horas para entrevistar a los sesenta y tres robots. Fueron cinco horas de continuas repeticiones; de cambiar y cambiar el mismo robot; de preguntas A, B, C, D, de respuestas A, B, C, D; de expresarse cuidadosamente y con dulzura; de emplear un tono cuidadosamente neutro; de crear una atmósfera cuidadosamente amistosa; y de una grabadora oculta. Cuando terminó, la psicóloga se sintió agotada. Bogert la esperaba, y parecía esperanzado cuando ella dejó caer la cinta grabada con un clanc seco sobre la superficie de plástico del escritorio.

— Los sesenta y tres me parecieron iguales. -Sacudió la cabeza-. Y no sabría decir…

— No esperarías descubrirlo de oído, Susan. ¿Qué te parece si analizamos las grabaciones? Ordinariamente, la interpretación matemática de las reacciones verbales de los robots es una de las fases más complicadas del análisis robótico. Requiere un equipo de técnicos entrenados y la ayuda de complicadas máquinas de computación. Bogert lo sabía y así lo declaró en un alarde de disimulado fastidio después de haber escuchado cada muestra de respuestas, redactado una lista de desviaciones verbales y hecho los gráficos de los intervalos entre las respuestas.

— No hay anomalías presentes, Susan. Las variaciones en las palabras y en las reacciones de tiempo están dentro de los límites de los grupos de frecuencia ordinarios. Necesitamos métodos más precisos. Deben tener computadoras, aquí. No -frució el ceño y se mordió delicadamente una uña-, no podemos utilizar computadoras. Demasiado peligro de indiscreciones. O quizá, si nosotros… La doctora Calvin le detuvo con un gesto de impaciencia:

— Por favor, Peter. Éste no es uno de tus insignificantes problemas de laboratorio. Si no podemos descubrir al «Nestor» modificado advirtiendo a simple vista y sin que quepa la menor duda una burda diferencia, estamos perdidos. El riesgo de equivocarnos y dejar que se nos escape es demasiado grande. No basta con señalar una pequeña irregularidad en un gráfico. Te aseguro que si esto es todo cuanto tenemos para descubrirlo, los destruiría a todos para estar segura. ¿Has hablado con los otros «Nestors» modificados?

— Sí -contestó Bogert-, y no hay ningún fallo en ellos. En todo caso, están muy por encima de la cordialidad normal. Contestaron a mis preguntas, se mostraron orgullosos de sus conocimientos menos los dos nuevos que no han tenido aún tiempo de aprender su física etérica y se rieron cariñosamente de mi ignorancia sobre alguna de las especialidades de aquí. -Se encogió de hombros y prosiguió-: Supongo que esto forma parte del resentimiento que los técnicos sienten hacia ellos. Los robots están más que dispuestos a impresionarnos con sus mayores conocimientos.

— ¿Podrías intentar algunas reacciones Planar para detectar si ha habido algún cambio o deterioro en su organización mental desde que los fabricaron?

— No lo he hecho aún, pero lo haré. -Movió un dedo ante ella y añadió-: Estás desanimándote, Susan. No veo por qué estás dramatizando. Son esencialmente inofensivos.

— ¿Lo son? -se encrespó Calvin-. ¿Lo son? ¿Te das cuenta de que uno de ellos está mintiendo? Uno de los sesenta y tres robots que acabo de interrogar me ha mentido deliberadamente después de la orden estricta de decir la verdad. Esta anomalía está terrible y profundamente enraizada y me da un miedo horrible. Peter Bogert apretó fuertemente los dientes y objetó:

— ¡En absoluto! ¡Mira! A «Nestor 10» se le dio la orden de largarse. Esta orden se le expresó con máxima urgencia y por la persona más autorizada para mandarle. Una orden que no pudo contrarrestarse ni por urgencia ni por un derecho de mando superior. Naturalmente, el robot trata de defender el cumplimiento de esa orden. En realidad y mirándolo objetivamente, admiro su ingenio. ¿Dónde puede perderse mejor un robot que escondiéndose entre un grupo de robots similares?

— Claro, tenias que admirarle. Ya he notado que todo esto te divierte, Peter, pero es una diversión que supone una tremenda falta de comprensión. ¿Eres especialista en robots, Peter? Esos robots dan mucha importancia a lo que consideran superior. Tú mismo acabas de decirlo. En su subconsciente consideran inferiores a los humanos y la primera ley que nos protege de ellos es imperfecta. Son inestables. Aquí tenemos a un joven ordenando a un robot que se largue, que se pierda, con toda la carga de asco, desprecio y repulsión que encierran esas palabras. De acuerdo, el robot debe obedecer, pero en su subconsciente hay resentimiento y será más importante para él demostrar su superioridad sobre el humano, pese a los horribles nombres que le llamó. Puede volverse tan importante que lo que le queda de la primera ley no baste.

— ¿Cómo un robot en la Tierra o en cualquier otra parte del Sistema Solar, Susan, puede conocer el significado de aquel torrente de palabras malsonantes que se le dirigió? Las obscenidades no forman parte de las cosas que se imprimieron en su cerebro.

— La impresión original no lo es todo -le soltó Calvin, furiosa-. Los robots tienen capacidad para aprender, imbécil. -Bogert se dio cuenta de que estaba realmente enfurecida-. ¿ No se te ocurre -prosiguió- que supo deducir por el tono empleado, que las palabras no eran precisamente cumplidos? ¿No supones que pudo haberlas oído anteriormente y notado en qué ocasiones?

— Está bien -gritó Bogert-, ¿quieres tener la bondad de decirme de qué forma un robot modificado puede dañar a un ser humano, por ofendido que esté, por grande que sea su deseo de probar su superioridad?

— ¿Si te digo en qué forma, te quedarás tranquilo?

— Sí. Estaban sentados frente a frente, con los ojos clavados uno en los del otro, airados. La psicóloga explicó:

— Si un robot modificado dejara caer un gran peso sobre un ser humano, no quebrantaría la primera ley si lo hiciera conociendo que su fuerza y velocidad de reacción bastarían para desviar el peso antes de que golpeara al hombre. No obstante, una vez el peso abandonara sus dedos, ya dejaría él de ser el medio activo. Sólo lo sería la fuerza ciega de la gravedad. El robot podría entonces cambiar de idea y simplemente por su inacción permitir que el peso diera en el blanco. La primera ley modificada lo permite. Esto no es más que dejar volar la imaginación.

— Esto es lo que mi profesión requiere a veces. No peleemos, Peter. Trabajemos. Conoces la naturaleza exacta del estímulo que hizo perderse al robot. Tienes el registro de su primitivo montaje mental. Quiero que me digas hasta qué punto es posible para nuestro robot hacer algo parecido a lo que te he dicho. No el ejemplo específico, por supuesto, sino el tipo de reacción. Y quiero que lo hagas rápidamente.

— Y entretanto…

— Y entretanto, tendremos que intentar representaciones, como pruebas, directamente enfocadas a la reacción a la primera ley. Gerald Black, a petición propia, vigilaba la colocación de tabiques de madera que iban surgiendo en círculo en la tercera planta abovedada del Edificio de Radiación 2. Los obreros trabajaban, en general, en silencio, pero más de uno se mostraba abiertamente asombrado ante las sesenta y tres fotocélulas que requerían instalación. Uno de ellos se sentó cerca de Black, se quitó el sombrero y se secó pensativamente la frente con su brazo pecoso. Black le habló:

— ¿Cómo va eso, Walensky? Walensky se encogió de hombros y encendió un cigarro.

— Como una seda. Pero, bueno, ¿qué pasa, Doc? Primero estamos tres días sin trabajar y de pronto este jaleo endemoniado. Se echó hacia atrás apoyándose en los codos y echando humo. Black frunció las cejas.

— Un par de personas especialistas en robots han llegado de la Tierra. ¿Te acuerdas del problema que tuvimos con los robots que penetraban en los campos de rayos gamma, antes de que pudiéramos meterles en sus cabezotas que no debían hacerlo?

— Sí. Pero, ¿no nos mandaron robots nuevos?

— Bueno, conseguimos remplazar algunos, pero en general fue más bien un trabajo de instrucción. En todo caso, la gente que los fabrica quiere inventar robots que no sean tan sensibles a los rayos gamma.

— Así y todo, me extraña que se pare todo el trabajo del Mando por esto de los robots. Yo creía que nada debía entorpecer el trabajo del Mando.

— Bueno, los de arriba son los que mandan. Yo hago lo que me dicen. Probablemente no es más que un caso de recomendaciones.

— Sí. -El electricista esbozó una sonrisa y le guiñó el ojo-. Alguien será amigo de alguien de Washington. Pero mientras yo cobre lo mío el día establecido, no me preocupo. El Mando no es asunto mío. ¿Y qué van a hacer aquí?

— Y yo qué sé. Trajeron un rebaño de robots…, más de sesenta, y van a medir sus reacciones. Eso es todo lo que yo sé.

— ¿Y cuánto tiempo les llevará?

— Ojalá lo supiera.

— Bueno -dijo Walensky con sarcasmo-, mientras me suelten el dinero, por mi que jueguen a lo que quieran. Black se sintió tranquilo y satisfecho. Que corriera la historia. Era inocua y bastante parecida a la verdad para cerrar el pico a la curiosidad.

Había un hombre sentado en la silla, inmóvil, silencioso. Cayó un peso, se precipitó hacia abajo, y después se desvió, en el último momento, empujado por la fuerza sincronizada de un súbito rayo de energía. De las sesenta y tres celdas de madera, los robots NS-2 que observaban se precipitaron adelante antes de que el peso se desviara, y sesenta y tres fotocélulas, un metro y medio más adelante que su posición original, movieron el marcador e hicieron una pequeña señal en el papel. El peso se alzó y cayó, se alzó y cayó, se alzó… ¡Diez veces! Y por diez veces los robots saltaron hacia delante y se detuvieron, al ver al hombre que seguía sentado y sin sufrir daño.

El general Kallner no había lucido el uniforme completo desde la primera cena con los representantes de «Robots U.S.». Ahora no llevaba nada sobre su camisa gris azulada, llevaba el cuello desabrochado y la corbata aflojada. Miró esperanzado a Bogert, que seguía con su aspecto ordenado y cuya tensión interna se percibía solamente por un leve sudor en las sienes. El general preguntó:

— ¿Cómo va eso? ¿Qué es lo que trata de descubrir?

— Una diferencia que puede resultar demasiado sutil para lo que nos proponemos. No estoy seguro. Para sesenta y dos de estos robots, la necesidad de saltar hacia delante en dirección al humano aparentemente amenazado, sería lo que en robótica llamamos una reacción forzada. Verá, aunque los robots supieran que al humano en cuestión no puede sucederle nada, y después de la tercera o cuarta vez deben haberlo comprendido, no podrían evitar reaccionar como han hecho. La primera ley lo requiere.

— ¿Y bien?

— Pero el robot sesenta y tres, el «Nestor» modificado, no estaba obligado a ello. Podía actuar libremente. Si hubiera querido habría podido permanecer en su sitio. Desgraciadamente -y en su voz se notaba cierta decepción-, no ha querido.

— ¿Se figura usted la razón? Bogert se encogió de hombros.

— Confío en que nos lo diga la doctora Calvin cuando venga. Probablemente nos lo dirá con una interpretación horriblemente pesimista. A veces es un poco cargante.

— Pero está cualificada, ¿verdad? -preguntó el general con cierto mohín de inquietud.

— Oh, si. -Bogert parecía divertido-. Ya lo creo que está cualificada. Comprende a los robots como una hermana. Supongo que será por lo mucho que odia a los hombres. Ocurre que, psicóloga o no, es una neurótica. Tiene tendencias paranoicas. No se la tome demasiado en serio. Y empezó a extender ante él una hilera de gráficos con líneas quebradas.

— Vea usted, general, en el caso de cada robot el intervalo de tiempo transcurrido desde el momento de la caída del peso hasta la terminación del avance de metro y medio, tiende a disminuir a medida que se repiten las pruebas. Hay una clara relación matemática que gobierna tales actos y el fallo en moverse indicaría una marcada anormalidad en su cerebro positrónico. Desgraciadamente, todos aquí parecen normales.

— Pero si nuestro «Nestor 10» no respondía con una acción forzada, ¿por qué su gráfico no es diferente? No lo comprendo.

— Es muy simple. Las reacciones robóticas no son perfectamente análogas a las reacciones humanas, y es una lástima. En los seres humanos, la acción voluntaria es mucho más lenta que la acción refleja. Pero no ocurre así con los robots; con ellos es una simple cuestión de libertad de elección, en ellos la rapidez de acción libre o forzada es casi la misma. Lo que yo había estado esperando era pillar a «Nestor 10» desprevenido la primera vez y que apareciera un intervalo excesivo antes de que reaccionara.

— ¿Y no fue así?

— Me temo que no.

— Entonces no hemos llegado a ninguna parte. -El general se echó hacia atrás con expresión dolorida-. Hace cinco días que han llegado ustedes. Fue en aquel momento cuando Susan Calvin apareció, cerrando la puerta de golpe.

— Guarda los gráficos, Peter -exclamó-. Ya sabes que no significan ni demuestran nada. -Masculló algo, impaciente, al ver que Kallner se incorporaba para saludarla, y prosiguió-: Tendremos que probar otra cosa rápidamente. No me gusta lo que está ocurriendo. Bogert cruzó una mirada resignada con el general, y preguntó:

— ¿Ha ocurrido algo malo?

— Si quieres decir específicamente, no. Pero no me gusta que «Nestor 10», siga escabulléndose. No es bueno. Debe ser satisfactorio para su enorme sentido de superioridad. Me temo que sus motivaciones ya no sean, simplemente cumplir órdenes. Creo que esto se ha transformado en un caso de pura necesidad neurótica por superar a los humanos. Es una situación peligrosamente insana. Peter, ¿has hecho lo que te he pedido? ¿Has aclarado los factores de inestabilidad del NS2 modificado, de acuerdo con lo que necesito?

— Se está haciendo -respondió el matemático, indiferente. Susan se le quedó mirando, indignada, y luego se volvió a Kallner.

— Es indudable que «Nestor 10» se da perfecta cuenta de lo que estamos haciendo, general. No tenía motivos para saltar y caer en la trampa en este experimento, especialmente después de la primera vez, cuando debió darse cuenta de que nuestro hombre no corría peligro. Los otros no podieron evitarlo, pero él falsificó deliberadamente una reacción.

— ¿Qué piensa, pues, que debemos hacer ahora, doctora Calvin?

— Imposibilitar que la próxima vez pueda falsificar una acción. Repetiremos el experimento, pero añadiéndole algo: unos cables de alta tensión, capaces de electrocutar los modelos «Nestor», se colocarán entre el sujeto y el robot, los suficientes para evitar la posibilidad de saltar por encima, y el robot estará enterado de antemano de que tocar los cables significaría morir.

— Espere -saltó Bogert súbitamente, enfurecido-. Lo prohíbo. No vamos a electrocutar a unos robots que valen dos millones de dólares sólo para localizar a «Nestor 10». Hay otros modos.

— ¿Estás seguro? No hemos encontrado ninguno. En cualquier caso no se trata de electrocuciones. Podemos preparar un relé que detenga la corriente en el momento en que se aplique un peso. Si el robot colocara su peso en los cables, no morirá. Pero él no lo sabrá, ¿comprendes? Los ojos del general brillaron esperanzados. Preguntó:

— ¿Funcionará?

— Debería funcionar en estas condiciones. «Nestor 10» tendría que permanecer en su sitio. Podría ordenársele que tocara los cables y muriera, porque la segunda ley es superior a la tercera ley de autoconservación. Pero no se le ordenará, se le dejará a su libre albedrío, como los demás robots. En el caso de los robots normales, la primera ley, la de la seguridad humana, les llevará a la muerte aun sin órdenes. Pero no así nuestro «Nestor 10». Sin una primera ley completa y sin haber recibido órdenes en contra, la tercera ley, la de autosalvaguarda, será la dominante y no tendrá más remedio que quedarse sentado. Sería una acción forzada.

— ¿Lo harán esta noche, entonces?

— Esta noche -afirmó la psicóloga-, si pueden tender los cables a tiempo. Voy a decir a los robots ahora con qué se enfrentarán.

Había un hombre sentado en la silla, inmóvil, silencioso. Un peso cayó, se precipitó hacia abajo y en el último momento se desvió empujado por la fuerza sincronizada de un súbito rayo de energía. Una sola vez… Y desde su silla de campaña en la cabina de observación en el balcón, la doctora Susan Calvin se levantó con un sofocado grito de horror. Sesenta y tres robots permanecieron tranquilamente en sus asientos, contemplando fijamente al hombre que peligraba ante ellos. Ni uno solo se movió. La doctora Calvin estaba furiosa sin poder controlarse. Más furiosa aún por no atreverse a demostrarlo ante los robots que, uno a uno, iban desfilando por la habitación. Comprobó la lista. Ahora le tocaba al número veintiocho…, ante ella quedaban aún treinta y cinco. El número veintiocho entró, avergonzado. Susan se esforzó por dominarse:

— ¿Quién eres? El robot contestó en voz baja e insegura:

— Todavía no he recibido mi número de serie, señora. Soy un robot NS-2, y era el número veintiocho en la fila de fuera. Tengo un papel que debo entregarle.

— ¿Has entrado aquí antes?

— No, señora.

— Siéntate. Aquí. Quiero hacerte unas preguntas, Número Veintiocho. ¿Estabas en la sala de radiación del Edificio Dos, hace unas cuatro horas? Al robot le costaba trabajo contestar. Por fin con voz ronca, como de maquinaria que necesita aceite, dijo:

— Sí, señora.

— Allí había un hombre que casi sufrió daños, ¿verdad?

— Sí, señora.

— Y no hiciste nada, ¿verdad?

— No, señora.

— Este hombre pudo sufrir daños por tu inacción. ¿Te das cuenta?

— Sí, señora, pero no pude evitarlo, señora. Resulta difícil imaginar un enorme rostro metálico angustiado, pero así fue.

— Quiero que me expliques exactamente por qué no hiciste nada para salvarlo.

— Yo quiero explicárselo, señora. La verdad es que no quiero que usted…, que nadie…, piense que yo podría hacer algo que causara daño a un amo. Oh, no, esto seria una horrible… una inconcebible…

— Por favor, no te excites, muchacho. No te acuso de nada, sólo quiero saber lo que estabas pensando en aquel momento.

— Señora, antes de que ocurriera, usted nos advirtió que uno de los amos estaría en peligro por el peso que se desprende y que si intentábamos salvarlo tendríamos que pasar por encima de cables eléctricos. Bien, señora, esto no iba a detenerme. ¿Qué es mi destrucción comparada a la seguridad de un amo? Pero…, pero se me ocurrió que si yo moría en mi camino hacia él, tampoco podría salvarle. El peso le aplastaría y yo habría tenido una muerte sin sentido y quizás algún día otro amo moriría o sufriría daños por faltar yo, por no haber sabido permanecer vivo. ¿Me comprende, señora?

— Quieres decir que fue simplemente la elección entre que el hombre muriera o que muriérais los dos, ¿no es así?

— Sí, señora. Era imposible salvar al amo. Podía considerársele muerto. En este caso, era inconcebible que yo me destruyera por nada…, sin que se me ordenara. La psicóloga jugó con el lápiz. Había oído la misma historia con insignificantes variaciones verbales, veintisiete veces. Ésta ahora iba a ser la pregunta crucial.

— Muchacho -le dijo-, lo que pensaste tiene su mérito, pero no es el tipo de pensamiento que yo creía propio de ti. ¿Se te ocurrió a ti? El robot titubeó:

— No.

— ¿A quién se le ocurrió, pues?

— Anoche estuvimos hablando y uno de nosotros tuvo la idea y nos pareció razonable.

— ¿Cuál de vosotros? El robot se puso a pensar.

— No lo sé. Uno de nosotros.

— Puedes retirarte -suspiró Susan. El siguiente era el número veintinueve. Después de él, otros treinta y cuatro. El general Kallner también estaba furioso. Por una semana toda la base Hiper había parado, exceptuando el escaso papeleo relacionado con los asteroides subsidiarios del grupo. Durante casi una semana, dos importantes expertos habían agravado la situación con pruebas inútiles. Y ahora ambos, o por lo menos la mujer…, planteaban proposiciones imposibles. Afortunadamente, dada la situación general, Kallner no consideraba político dar abiertamente rienda suelta a su enojo. Susan Calvin insistía:

— ¿Por qué no, señor? Es obvio que la situación actual es una desgracia. La única forma de obtener resultados en un futuro, o en el futuro que nos queda en este asunto, es separar a los robots. Ya no podemos mantenerlos juntos por más tiempo.

— Mi querida doctora Calvin -barbotó el general, con el tono de voz más bajo que encontró-, no veo cómo puedo instalar sesenta y tres robots por toda la base… La doctora alzó los brazos, impotente:

— En este caso no puedo hacer nada. «Nestor 10» imitará lo que hacen los otros, o les convencerá con razones para que no hagan lo que él no puede hacer. En todo caso, es un mal asunto. Estamos en guerra con ese pequeño robot y él está ganando. Cada victoria suya agrava su anormalidad. -Se puso en pie, decidida, y declaró-: General Kallner, si no puede usted separar los robots como le pido, entonces sólo me queda exigir que se destruya inmediatamente a los sesenta y tres.

— Lo exige, ¿eh? -espetó Bogert, levantando de pronto la cabeza, realmente enfurecido­. ¿Con qué derecho exige semejante cosa? Estos robots se quedarán tal como están. Yo soy el responsable ante la compañía, no usted.

— Y yo -añadió el general Kallner- soy responsable ante el Coordinador Mundial…, y debo terminar este asunto.

— En este caso -respondió Calvin- no me queda sino presentar mi dimisión. Si es necesario para obligarle a la necesaria destrucción, presentaré el caso públicamente. No fui yo la que aprobó la fabricación de robots modificados.

— Doctora Calvin, una sola palabra suya -expuso el general deliberadamente- violando las medidas de seguridad, y será inmediatamente encarcelada. Bogert se dio cuenta de que la situación estaba al rojo vivo. Con un tono de voz almibarado, intervino:

— Bueno, bueno, estamos empezando a portarnos como niños. Necesitamos algo más de tiempo. Seguro que sin dimitir, sin encarcelar gente y sin destruir dos millones de dólares, podemos ser más listos que un robot. La psicóloga se volvió a él, airada:

— No quiero robots desequilibrados. Tenemos un «Nestor» decididamente desequilibrado, once más que lo están en potencia y sesenta y dos robots normales que se ven sometidos a un entorno desequilibrado. El único método absolutamente seguro es la destrucción total. La llamada del zumbador les detuvo a los tres y el airado tumulto de la emoción creciente y desenfrenada, se heló.

— Pase -gruñó Kallner. Era Gerald Black, con aspecto agitado. Había oído voces airadas. Dijo:

— Pensé que era mejor que viniera yo. No me gusta pedírselo a nadie más…

— ¿De qué se trata? No se ande con rodeos…

— Las cerraduras del compartimiento C de la nave comercial han sido manipuladas. Hay marcas frescas en ellas.

— ¿El compartimiento C? -preguntó Calvin vivamente-. Éste es el que encierra a los robots, ¿verdad? ¿Quién lo ha hecho?

— Lo han hecho desde dentro -respondió Black lacónico.

— Pero la cerradura no está estropeada, ¿o sí?

— No. Está perfectamente. Llevo cuatro días viviendo en la nave y ninguno de ellos ha tratado de salir. Pero pensé que deberían saberlo, y no me gustaba que se propagara la noticia. Yo mismo lo descubrí.

— ¿Hay alguien allí, ahora? -preguntó el general.

— He dejado a Robbins y a McAdams. Siguió un silencio cargado de incógnitas y Calvin preguntó, irónica:

— ¿Qué les parece? Kallner se frotó la nariz.

— ¿De qué se trata?

— ¿No le parece obvio? «Nestor 10» está preparándose para huir. Esa orden de largarse y perderse domina su anormalidad más allá de cuanto podamos hacer. No me sorprendería que lo que le resta de su primera ley tenga fuerza suficiente para frenarle. Es perfectamente capaz de apoderarse de la nave y marcharse en ella. Entonces tendremos a un robot loco en una nave espacial. ¿Qué hará después? ¿Se les ocurre alguna idea? ¿Aún quiere dejarles a todos juntos, general?

— Tonterías -interrumpió Bogert. Había recobrado su serenidad-. Tanta cosa por unos simples arañazos en una cerradura.

— ¿Has terminado, doctor Bogert, los análisis que te pedí, puesto que adelantas opiniones?

— Sí.

— ¿Puedo verlos?

— No.

— ¿Por qué no? ¿O tampoco puedo preguntarte eso?

— Porque es inútil, Susan. Te adelanté que esos robots modificados son menos estables que la variedad normal, y mi análisis lo demuestra. Hay una muy pequeña oportunidad de un colapso en circunstancias extremas que no es fácil que ocurran. Dejémoslo así. No pienso adelantarte datos para reforzar tu absurda petición de que se destruyan sesenta y dos robots perfectamente buenos sólo porque te ha fallado hasta ahora la capacidad para detectar a «Nestor 10» entre ellos. Susan Calvin le miró fijamente y dejó asomar la repugnancia que le producía.

— No vas a dejar que nada se interponga en tu camino ante tu nombramiento como director permanente, ¿verdad?

— Por favor -rogó Kallner algo irritado-, doctora Calvin, ¿insiste en que no podemos hacer nada más?

— No se me ocurre nada más, señor -respondió abrumada-. Si hubiera solamente otras diferencias entre «Nestor 10» y los robots normales, me refiero a diferencias que no estuvieran relacionadas con la primera ley. Incluso una diferencia más. Algo en la impresora, en el entorno, en la especificación… -se calló de pronto.

— ¿Qué hay?

— Se me ha ocurrido algo…, pienso que… -La mirada se le hizo distante y dura-. Los «Nestors» modificados, Peter, reciben la misma impresión que los robots normales, ¿verdad?

— Sí, exactamente la misma.

— ¿Y qué me estaba usted diciendo, Black? -Se volvió al joven que, a través de la tormenta que provocó su noticia, había guardado un silencio discreto-. Una vez, cuando se me quejaba del aire de superioridad de los «Nestors», me dijo que los técnicos les habían enseñado cuanto sabían.

— Sí, en física del éter no saben nada cuando llegan.

— En efecto -exclamó Bogert, sorprendido-. Te dije, Susan, cuando hablé con los otros «Nestors» de aquí que los dos recién llegados todavía no habían aprendido nada de física del éter.

— ¿Y eso por qué? -preguntó la doctora Calvin cada vez más excitada-. ¿Por qué a los modelos NS-2 no se les impresiona física etérica desde el principio?

— Puedo explicárselo yo -intervino el general-. Todo es parte del secreto. Pensamos que si hacíamos un modelo especial con conocimientos de física del éter, utilizar sólo dos de ellos y destinar a los demás a un trabajo de una especialidad diferente, podría generar sospechas. Los hombres trabajando con «Nestors» normales podrían preguntarse por qué tenían conocimientos de física etérica. Así que se les impresionó solamente la capacidad de ser entrenados para el campo preciso. Naturalmente, el entrenamiento lo reciben sólo los que vienen destinados aquí. Así de sencillo.

— Comprendo. Por favor, salgan de aquí todos ustedes. Necesito una hora poco más o menos. Calvin sintió que no podía enfrentarse a la prueba por tercera vez. Esta idea la rechazó de plano porque sólo el pensarlo le produjo náuseas. Ya no podía hacer frente a la interminable hilera de robots repetidos. Así que era Bogert el que ahora interrogaba mientras ella, sentada a un lado, mantenía los ojos cerrados y la mente concentrada. Entró el número catorce…, faltaban aún cuarenta y nueve. Bogert levantó los ojos de la lista y dijo:

— ¿Cuál es su número en la fila?

— Catorce, señor. – Y el robot le tendió su ticket numerado.

— Siéntate, muchacho. ¿No has entrado aquí hoy?

— No, señor.

— Bien, muchacho, vamos a tener otro hombre en peligro, poco después de que terminemos con esto. La verdad es que en cuanto abandones esta habitación serás acompañado a un compartimiento donde esperarás tranquilo hasta que se te necesite. ¿Comprendes?

— Sí, señor.

— Ahora bien, está claro que si el hombre corre peligro de ser dañado, tú intentarás salvarle.

— Naturalmente, señor.

— Desgraciadamente, entre tu y el hombre habrá un campo de rayos gamma. Silencio.

— ¿Sabes qué son los rayos gamma? -preguntó Bogert vivamente.

— Radiación energética, señor. La siguiente pregunta fue formulada de modo amistoso, indiferente.

— ¿Has trabajado alguna vez con rayos gamma?

— No, señor. -La respuesta fue categórica.

— Vaya. Bien, muchacho, los rayos gamma te matarán instantáneamente. Destruirán tu cerebro. Es un dato que debes conocer y recordar. Naturalmente, no querrás destruirte.

— Naturalmente. -El robot pareció nuevamente sorprendido. Lentamente, razonó-: Pero, señor, si los rayos gamma están entre yo y el amo que pueda sufrir daños, ¿cómo puedo salvarle? Me destruiría para nada.

— Sí, claro, en efecto. -Bogert parecía preocupado por el asunto-. Lo único que puedo aconsejarte, muchacho, es que si detectas la radiación gamma entre tú y el hombre, mejor que te quedes donde estás. El robot se mostró abiertamente tranquilizado.

— Muchas gracias, señor. Sería un riesgo inútil, ¿verdad?

— Claro. Pero si no hubiera radiación peligrosa, sería distinto, ¿no es eso?

— Naturalmente, señor. Ni que decir tiene.

— Bien, puedes retirarte ahora. El hombre que está del otro lado de la puerta te acompañará a tu compartimiento. Por favor, espera allí. Cuando el robot hubo salido, se volvió a Susan Calvin.

— ¿Qué tal ha ido, Susan?

— Muy bien -contestó en tono apagado.

— ¿Crees que podríamos detectar a «Nestor 10» mediante un rápido interrogatorio sobre física del éter?

— Quizá, pero no estoy muy segura. -Sus manos descansaban inertes sobre el regazo-. Recuerda, lucha contra nosotros. Está en guardia. Del único modo que podemos atraparlo es siendo más listos que él… Y, pese a sus limitaciones, puede pensar más rápidamente que un ser humano.

— Bueno, sólo en broma…, supónte que en adelante pregunte a los robots algo sobre rayos gamma. Longitudes de onda, por ejemplo.

— ¡No! -exclamó la doctora Calvin con ojos centelleantes, llenos de vida-. Sería muy fácil para él negar cualquier conocimiento, pero quedaría advertido de la prueba que se va a hacer, que es nuestra única oportunidad. Por favor, sigue con las preguntas que te he indicado, Peter, y no improvises. Lo más cercano al riesgo es preguntarles si han trabajado alguna vez con rayos gamma. Y trata de parecer aún menos interesado cuando preguntes. Bogert se encogió de hombros y apretó el botón que permitiría la entrada del Número Quince. La enorme sala de radiación estaba dispuesta una vez más. Los robots esperaban pacientemente en sus celdas de madera, todas ellas abiertas frente al centro, pero separadas una de otra. El general Kallner se secó la frente calmosamente con un gran pañuelo, mientras la doctora Calvin comprobaba los últimos detalles con Black.

— ¿Está seguro -le preguntó- de que ninguno de los robots ha tenido oportunidad de hablarse con los demás después de salir de la sala de orientación?

— Absolutamente seguro -contestó Black-. No han cruzado ni una sola palabra.

— ¿Y los robots están colocados en sus celdas correspondientes?

— He aquí el plano. La psicóloga lo miró, pensativa.

— Hmmm… El general miró por encima del hombro. Preguntó:

— ¿Y por qué esta disposición, doctora Calvin?

— He solicitado que aquellos robots que parecieron ligeramente dudosos en las pruebas anteriores fueran concentrados en una parte del círculo. Esta vez voy a ser yo la que esté sentada en el centro, y me interesa vigilar precisamente a éstos.

— ¿Que usted va a estar sentada ahí? -exclamó Bogert.

— ¿Por qué no? -preguntó friamente-. Lo que espero ver, puede ser algo fugaz. No puedo arriesgarme a tener a nadie máz; como observador. Peter, tú estarás en la cabina de observación y quiero que tengas los ojos puestos en el otro lado del círculo. General Kallner, he organizado que se filme a cada robot, por si acaso a simple vista no bastara. Si es preciso, los robots deberán permanecer exactamente donde están hasta que las películas estén reveladas y examinadas. Ninguno debe salir, ninguno debe cambiar de sitio. ¿Está claro?

— Perfectamente.

— Entonces, vamos a intentarlo por última vez.

Susan Calvin estaba sentada en su silla, silenciosa, con los ojos inquietos, alerta. Cayó un peso, se precipitó hacia abajo y después se desvió, en el último momento, empujado por la fuerza sincronizada de un súbito rayo de energía. Y un solo robot se levantó de un salto y dio dos pasos. Y se detuvo. Pero la doctora Calvin ya estaba en pie y su dedo le señalaba.

— «Nestor 10», ven aquí -gritó-, ven aquí. ¡VEN AQUI! Despacio, a regañadientes, el robot dio otro paso adelante. La psicóloga gritó con todas sus fuerzas, sin apartar los ojos del robot:

— Algunos de ustedes saquen a los demás robots de este lugar. Llévenselos rápidamente, y manténganlos fuera. Por alguna parte, lo oía perfectamente, hubo ruido, y el golpear de pasos fuertes sobre el suelo. No apartó la mirada. «Nestor 10», si se trataba de «Nestor 10», avanzó otro paso y de pronto, impulsado por el gesto imperioso de la doctora, dio otros dos. Le tenía sólo a unos tres metros de distancia cuando empezó a hablar roncamente:

— Se me dijo que me largara y me perdiera… Otro paso. No debo desobedecer. Hasta ahora no me han encontrado. Debió pensar que era un fracasado. Me dijo…, pero no es verdad… Yo soy fuerte e inteligente… Las palabras salían a borbotones. Otro paso. Yo sé muchas cosas…, debió pensar…, quiero decir que se me ha encontrado desastroso…, yo no…, yo soy inteligente…, y solamente por un amo que…, que es débil…, lento… Otro paso…, y un brazo metálico cayó súbitamente sobre su hombro, y Susan sintió que aquel peso la vencía. Se le contrajo la garganta y sintió que se le escapaba un grito. Vagamente, oyó las siguientes palabras de «Nestor 10». Nadie debe encontrarme… Ningún amo… Y sentía contra ella el frío metal, que la hizo doblegarse bajo su peso. Y entonces, oyó un curioso ruido metálico y se encontró en el suelo sin haberse dado cuenta del golpe ni del brazo brillante que pesaba sobre su cuerpo. No se movía. Ni tampoco se movía «Nestor 10», caído a su lado. Y ahora unos rostros se inclinaban sobre ella. Gerald Black jadeaba.

— ¿Está herida, doctora Calvin? Sacudió débilmente la cabeza. La quitaron el brazo de encima y la pusieron cuidadosamente en pie.

— ¿Qué ha ocurrido? -preguntó. Black explicó:

— Inundé el área de rayos gamma por espacio de cinco segundos. No sabíamos lo que estaba ocurriendo. Sólo en el último segundo nos dimos cuenta de que la estaba atacando, y entonces no quedaba tiempo más que para un campo gamma. Cayó al instante. Pero no fue lo bastante como para perjudicarle a usted. Puede estar tranquila.

— Estoy tranquila… -Cerró los ojos y por un instante se apoyó en el hombro de Black-. No creo que me atacara exactamente. «Nestor 10» trataba solamente de hacerlo. Lo que quedaba en él de la primera ley le retenía. Susan Calvin y Peter Bogert, dos semanas después de su primera entrevista con el general Kallner, celebraron la última. En la base Hiper se había reanudado el trabajo. La nave comercial con sus sesenta y dos NS-2 normales marchaba hacia dondequiera que estuviera destinada, con una historia oficialmente impuesta para justificar sus dos semanas de retraso. El crucero gubernamental se estaba preparando para llevar a Tierra a los dos robotistas. Kallner resplandecía de nuevo con su uniforme de gala. Al estrecharles las manos, sus guantes blancos deslumbraban. Calvin advirtió:

— Por supuesto, los demás «Nestor 10» deben ser destruidos.

— Lo serán. Nos arreglaremos con robots normales o, si fuera necesario, sin ninguno.

— Bien.

— Pero, dígame…, no me ha explicado…, cómo lo hizo. La doctora sonrió secretamente.

— Oh, eso. Si hubiera estado más segura de que funcionaría se lo hubiera explicado antes. Verá, «Nestor 10» tenía un complejo de superioridad que le estaba volviendo más radical por momentos. Le gustaba creer que él y los otros robots sabían de todo más que los seres humanos. Y para él se estaba volviendo importantísimo creerlo así. Lo sabíamos. Así que advertimos a cada robot, anticipadamente, que los rayos gamma les matarían, y así era, y también les advertimos de que el campo de rayos gamma estaría situado entre ellos y yo. Así que, naturalmente, ninguno de ellos se movió. Según la lógica de «Nestor 10» en las pruebas anteriores, habían decidido que no había por qué tratar de salvar a un ser humano si estaban seguros de morir antes de llegar a él.

— Bien, doctora Calvin, lo comprendo, pero entonces, ¿por qué «Nestor 10» abandonó su asiento?

— ¡Ah! Eso fue un pequeño arreglo entre el joven Black y yo. Verá, lo que inundó el área no fueron rayos gamma sino rayos infrarrojos. Sólo ordinarios rayos de calor, absolutamente inocuos. «Nestor 10» sabía que eran infrarrojos e inocuos y se lanzó como creía que harían los demás, obligados por la primera ley. Pero una fracción de segundo demasiado tarde recordó que los NS2 podían detectar radiaciones pero sin identificar el tipo. Que solamente él podría identificar las distintas longitudes de onda por el entrenamiento recibido de simples seres humanos en la base Hiper. Fue un momento demasiado humillante de recordar. Para los robots normales el área resultaba fatal porque se lo habíamos advertido, y sólo «Nestor 10» sabía que mentíamos. Y por un momento olvidó, o no quiso recordar, que otros robots podían ser más ignorantes que los seres humanos. Cayó en la trampa de su propia superioridad. Adiós, general.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s