Isaac Asimov: Escriba mi nombre con una “S”. Cuento

asimov (5)Marshall Zebatinsky se sentía idiotizado. Le parecía como si hubiera ojos observándole a través del sucio cristal de la tienda y a través del tabique de madera deslucida. No confiaba en la ropa vieja que había desenterrado, ni en el ala bajada de un sombrero que nunca se ponía, ni en las gafas que había dejado en su funda. Se sentía idiotizado y hacía que las arrugas de su frente fueran más profundas; su rostro, ni joven ni viejo, un poco más pálido. Jamás sería capaz de explicar a nadie por qué un físico nuclear como él podía ir a visitar a un futurólogo. («Jamás -pensó-, jamás.») Ni siquiera podía explicárselo a sí mismo, sino que había dejado que su mujer le convenciera. El futurólogo estaba sentado tras un viejo escritorio, comprado seguramente de segunda mano. Ningún escritorio particular podía ser tan viejo. Lo mismo podía decirse de sus ropas. Era bajito y moreno y miraba a Zebatinsky con unos ojillos oscuros y brillantes. Le dijo:

— Nunca he tenido un físico nuclear como cliente, doctor Zebatinsky. Zebatinsky se ruborizó al instante.

— Comprenda, esto es confidencial. El futurólogo sonrió hasta que las arrugas se fruncieron alrededor de su boca y la piel de la barbilla se le puso tirante.

— Todas mis consultas son confidenciales.

— Debo decirle una cosa -advirtió Zebatinsky-. No creo en la futurología, y no espero empezar a creer ahora. Si esto va a causar alguna diferencia, dígalo ya.

— Entonces, ¿por qué se encuentra aquí?

— Mi esposa cree que usted tiene un don, el que sea. Prometí venir, y aquí estoy. Se encogió de hombros y se hizo más intensa la sensación de desatino.

— ¿Y qué es lo que usted busca? ¿Dinero? ¿Seguridad? ¿Longevidad? ¿Qué? Zebatinsky permaneció sentado y quieto un buen rato, mientras el futurólogo observaba a su cliente tranquilamente, sin moverse ni apremiarle. Zebatinsky iba pensando: «¿Qué le digo yo? ¿Que tengo treinta y cuatro años y no tengo futuro?» Al fin se decidió:

— Quiero éxito. Quiero que se me tenga en cuenta.

— ¿Un mejor empleo?

— Un empleo diferente. Un tipo de trabajo distinto. Actualmente formo parte de un equipo, soy un subordinado. ¡Equipos! Es lo único en que consiste la investigación gubernamental. Soy como un violinista perdido en una orquesta sinfónica.

— Y usted quiere ser solista.

— Quiero salir de un equipo y ser.. sólo yo. Zebatinsky se sentía arrastrado, ligero, despejado, poniendo en palabras sus anhelos y diciéndolo a alguien más que no fuera su mujer. Añadió:

— Veinticinco años atrás, con mi práctica y mi capacidad, hubiera podido trabajar en las más importantes plantas de energía nuclear. Hoy estaría dirigiendo una o sería jefe de un grupo de investigación pura en alguna Universidad. Pero, con lo que he hecho hasta ahora, ¿dónde estaré dentro de veinticinco años? En ninguna parte. Sigo aún en el equipo. Sigo aún con mi dos por ciento del resultado. Me estoy ahogando entre una multitud anónima de físicos nucleares, y lo que yo quiero es un lugar en tierra firme, no sé si me entiende. El futurólogo movió la cabeza afirmativamente, despacio:

— ¿Se da cuenta, doctor Zebatinsky, de que no le garantizo el éxito? Zebatinsky, pese a su falta de fe, sintió una punzada de decepción.

— ¿Que no? Entonces, ¿qué diablos garantiza usted?

— Una mejora en las probabilidades. Mi trabajo es de naturaleza estadística. Puesto que trata usted con átomos, me figuro que comprenderá las leyes de la estadística.

— ¿Las comprende usted? -preguntó el físico, con acritud.

— Pues, sí. En realidad soy un matemático y trabajo matemáticamente. No se lo digo para aumentar mis honorarios, que son fijos. Cincuenta dólares. Pero, como es usted un científico, podrá apreciar mejor que otros clientes la naturaleza de mi trabajo. Para mí incluso es un placer poder explicárselo.

— Preferiría que no lo hiciera -dijo Zebatinsky-, si no le importa. Es inútil que me hable de los valores numéricos de las letras, su significado místico y demás. No tengo en cuenta las matemáticas. Vayamos al grano.

— Entonces, lo que usted quiere -observó el futurólogo- es que le ayude, siempre y cuando no le moleste, contándole las tontas bases no científicas del modo en que le he ayudado. ¿No es eso?

— En efecto. Así es.

— Pero sigue usted con la idea de que soy un futurólogo, y no lo soy. Me llamo así para que la Policía me deje en paz y… -el hombrecillo se echó a reír- los psiquiatras también. Soy un matemático, de verdad. Construyo ordenadores -explicó el futurólogo-. Estudio los futuros probables.

— ¿Cómo?

— ¿Le suena esto peor que lo de la futurología? ¿Por qué? Contando con datos suficientes y un ordenador capaz de suficientes números de operaciones en una unidad de tiempo, se puede predecir el futuro, por lo menos en términos de probabilidades. Cuando computa los movimientos de un misil a fin de apuntar a un antimisil, ¿no es el futuro lo que predice? El misil y el antimisil no chocarían si el futuro fuera incorrectamente previsto. Yo hago lo mismo. Como trabajo con un mayor número de variables, los resultados son menos precisos.

— ¿Quiere decir que predecirá mi futuro?

— Con mucha aproximación. Una vez lo haya hecho, modificaré los datos cambiando solamente su nombre, pero nada más. Insertaré los datos modificados en el programa. Operación. Después probaré otros nombres modificados. Yo estudio cada futuro modificado y descubro el que contiene mayores ventajas para usted, más que el futuro que se abre ante usted. O dicho de otro modo: le encontraré un futuro en el que las probabilidades de progreso sean superiores a las derivadas de su actual futuro.

— ¿Por qué cambiar mi nombre?

— Es el único cambio que suelo hacer, por variadas razones. Primera, porque es un cambio sencillo. Después de todo, si hago un gran cambio o varios cambios, entrarían tantas nuevas variables que ya no podría interpretar el resultado. Mi máquina es aún primitiva. Segunda razón, es un cambio razonable. No podría cambiar su talla, ¿verdad?, o el color de sus ojos, o incluso su temperamento. Tercera razón: es un cambio significativo. Los nombres significan mucho para la gente. Por último, es un cambio corriente que mucha gente hace todos los días.

— ¿Y si no encuentra un futuro mejor? -preguntó Zebatinsky.

— Éste es el riesgo que debo correr. Pero no estará peor que ahora, amigo mío. Zebatinsky miró inquieto al hombrecillo:

— No creo nada de esto. Casi creería mejor en la futurologia. El futurólogo suspiró.

— Creía que una persona como usted se sentiría más cómodo con la verdad. Quiero ayudarle, y le queda aún mucho que hacer. Si me creyera un futurólogo, no obedecería. Pensé que si le decía la verdad me dejaría ayudarle.

— Si puede ver el futuro… -indicó Zebatinsky.

— ¿Por qué no soy el más rico de la Tierra? ¿En eso pensaba? Es que soy rico…, en todo lo que quiero. Usted quiere que se le tenga en cuenta y yo quiero que se me deje en paz. Hago mi trabajo. Nadie me molesta. Esto me hace millonario. Necesito algo de dinero, y lo consigo gracias a las personas como usted. Ayudar a la gente es agradable, y tal vez un psiquiatra diría que me proporciona una sensación de poder y alimenta mi ego. Ahora bien…, ¿quiere o no que le ayude?

— ¿Cuánto me ha dicho?

— Cincuenta dólares. Necesitaré mucha información biográfica, pero he preparado un cuestionario para que le sirva de guía. Me temo que es un poco largo. De todos modos, si me lo puede echar al correo a final de semana, podré darle una respuesta… -sacó el labio inferior y arrugó la frente al tratar de hacer un cálculo mental-, para el 20 del mes que viene.

— ¿Cinco semanas? ¿Tanto tiempo?

— Tengo otro trabajo, y otros clientes. Si fuera un charlatán, lo haría mucho más de prisa. ¿De acuerdo? Zebatinsky se levantó.

— Bien, de acuerdo. Pero, todo es confidencial.

— Perfectamente. Recibirá de nuevo toda su información cuando le diga el cambio que tiene que hacer, y le doy mi palabra de que nunca la usaré para ningún fin. El físico nuclear se detuvo en la puerta.

— ¿No teme usted que le diga a alguien que no es futurólogo? Éste sacudió la cabeza.

— ¿Quién iba a creerle, amigo mio? Incluso suponiendo que estuviera dispuesto a decir que había estado aquí.

El día 20, Marshall Zebatinsky estaba ante la puerta desconchada mirando de soslayo a la tienda con la pequeña tarjeta descolorida pegada al cristal, que decía: «Futurologia.» Miró con la esperanza de que habría alguien dentro y le serviría de excusa para dominar la indecisión que tenía en la mente y volverse a casa. Varias veces trató de borrar aquello de su mente. Le costó dedicar mucho tiempo el rellenar los datos necesarios. Le avergonzaba trabajar en ello. Se sentía increíblemente idiotizado mencionando los nombres de sus amigos, el coste de su casa, si su mujer había tenido algún aborto y, de ser así, cuándo. Lo dejó. Pero tampoco podía dejarlo del todo. Todas las noches volvía a rellenarlo. Fue la idea del ordenador la que lo consiguió, quizá; la idea de la infernal presunción del hombrecillo diciendo que tenía un ordenador. Después de todo, se impuso la tentación de demostrar la estafa, de querer ver lo que ocurriría. Finalmente se decidió a enviar los datos completos por correo ordinario, poniendo sellos por valor de nueve centavos sin preocuparse de pesar la carta. «Si la devuelven -pensó-, lo dejaré correr». No la devolvieron. Fue a mirar a la tienda, estaba vacía. A Zebatinsky no le quedaba más remedio que entrar. Sonó una campanilla.

El viejo futurólogo salió por una puerta cubierta por una cortina.

– ¿Sí? Ah, es el doctor Zebatinsky. Zebatinsky trató de sonreír.

– ¿Se acuerda de mí?

– Oh, sí.

– ¿Y cuál es el veredicto? El futurólogo se frotó las manos.

– Antes, señor, hay una pequeña cuestión.

– ¿Una pequeña cuestión de dinero?

– Yo he hecho mi trabajo, señor. Me he ganado el dinero. Zebatinsky no tuvo nada que objetar… Estaba dispuesto a pagar. Si había llegado tan lejos, sería estúpido abandonar sólo por causa del dinero. Contó cinco billetes de diez dólares y los pasó por encima del mostrador.

– ¿Y bien? El futurólogo contó de nuevo los billetes, despacio, luego los metió en un cajón del escritorio y dijo:

– Su caso fue muy interesante. Le aconsejaría que cambiara su nombre por el de Sebatinsky.

– Seba…, ¿cómo se escribe eso?

– S-E-B-A-T-I-N-S-K-Y. Zebatinsky le miró, indignado.

– Quiere decir, ¿cambiar la inicial? ¿Cambiar la Z por una S? ¿Nada más?

– Es suficiente. Con tal de que el cambio sea adecuado, un pequeño cambio es más seguro que uno mayor.

– Pero, ¿cómo puede el cambio afectar a lo demás?

– ¿Cómo afecta un nombre? -preguntó el futurólogo en voz baja-. No le sabría decir. Lo hace y es lo único que puedo decirle. Recuerde, no le garantizo el resultado. Naturalmente, si no desea cambiar, deje las cosas como están. Pero, en este caso, no puedo devolverle el dinero.

– ¿Qué he de hacer? -preguntó Zebatinsky-. ¿Decir a todo el mundo que escriba mi nombre con S?

– Si quiere mi consejo, consulte a un abogado. Cambie su nombre legalmente. Puede aconsejarle en los detalles.

– ¿Cuánto tiempo me llevará? Quiero decir, para que las cosas empiecen a mejorar para mí.

– ¿Cómo puedo saberlo? Quizá nunca. Quizá mañana.

– Pero usted ve el futuro. Asegura que lo ve.

– Pero no como en una bola de cristal. No, no, doctor Zebatinsky, lo único que saco de mi ordenador es una serie codificada de cifras. Puedo recitarle las probabilidades, pero no veo imágenes. Zebatinsky se volvió y salió rápidamente de la estancia. ¡Cincuenta dólares por cambiar una letra! ¡Cincuenta dólares para Sebatinsky! ¡Cielos, qué nombre! ¡Peor que Zebatinsky!

Tardó otro mes antes de poder decidirse a ver a un abogado, pero finalmente fue. Se dijo que siempre podría volver a cambiar el nombre. «Démosle una oportunidad», se dijo. Caramba, no había ninguna ley en contra.

Henry Brand miró la carpeta, hoja por hoja, con la práctica que le daban los catorce años en Seguridad. No tenía que leer todas las palabras. La mínima peculiaridad resaltaría del papel y le saltaría a la vista.

— El hombre me parece limpio -dijo. Henry Brand también parecía limpio, con su barriga redonda y una complexión sonrosada y tersa. Era como si el contacto continuo con todo tipo de fallos humanos, desde la posible ignorancia a la posible traición, le hubieran obligado a lavarse con frecuencia. El teniente Albert Quincy, que le había entregado la carpeta, era un joven y responsable oficial de Seguridad de la Delegación de Hanford.

— Pero, ¿por qué Sebatinsky? -preguntó.

— ¿Y por qué no?

— Porque no tiene sentido. Zebatinsky es un nombre extranjero y yo también lo cambiaría si hiciera falta, pero lo cambiaría por algo anglosajón. Si Zebatinsky lo hubiera hecho, lo encontraría natural y dejaría de pensar en ello. Pero, ¿por qué cambiar la Z por una S? Pienso que debemos averiguar cuáles fueron sus razones.

— ¿Le ha preguntado alguien directamente?

— Claro. Pero en una conversación normal. Tuve buen cuidado de que se hiciera así. Lo único que dice es que estaba harto de ser el último del alfabeto.

— Podría ser, ¿no le parece, teniente?

— Podría ser, pero, ¿por qué no cambiar su nombre por Sands o Smith, si le gustan las eses? O, si se ha cansado de la Z, ¿por qué no empezar por el principio y cambiarla por la A? ¿Por qué no un nombre como… Aarons?

— No es lo bastante anglosajón -murmuró Brand, y añadió-: Pero no hay nada en contra del hombre. Por más raro que nos parezca un cambio de nombre, eso sólo no basta para recriminar a nadie. El teniente Quincy se mostraba daramente disgustado.

— Dígame, teniente, debe haber algo específico que le molesta. Algo en su mente, alguna teoría, cualquier cosa. ¿De qué se trata? El teniente frunció el ceño. Sus cejas claras parecieron unirse y apretó los labios.

— Maldita sea, señor. Ese hombre es un ruso.

— En absoluto. Es norteamericano de tercera generación.

— Pues su nombre es ruso. El rostro de Brand perdió algo de su engañosa placidez.

— No, teniente. Ha vuelto a equivocarse, es polaco. El teniente levantó, impaciente, las manos:

— Es lo mismo. Brand, cuyo apellido materno había sido Wiszewski, saltó:

— No se lo diga nunca a un polaco, teniente. -Luego, más reflexivo, añadió-: Ni a un ruso tampoco.

— Lo que estoy tratando de decir, señor -insistió el teniente, ruborizándose-, es que tanto los polacos como los rusos están del otro lado del telón de acero.

— Lo sabemos todos.

— Y Zebatinsky o Sebatinsky, como quiera llamarle, puede tener parientes allí.

— ¿De tercera generación? Podría tener primos segundos, me figuro. ¿Y qué?

— Nada. Mucha gente puede tener parientes lejanos por allí. Pero Zebatinsky cambió su nombre.

— Siga.

— Puede que trate de no llamar la atención. Puede que un primo suyo se vuelva demasiado famoso y nuestro Zebatinsky tema que el parentesco pueda entorpecer sus oportunidades de mejorar.

— Pero cambiar de nombre no le servirá de nada. Todavía seguirá siendo primo segundo.

— Sí, pero no será como si nos echara sus parientes a la cara.

— ¿Ha oído usted hablar de algún Zebatinsky en el otro lado?

— No, señor.

— Entonces, no puede ser demasiado famoso. ¿Cómo podría saberlo nuestro Zebatinsky?

— Podría estar en contacto con sus parientes. Esto podría ser sospechoso, dadas las circunstancias, ya que él es un físico nuclear. Brand, metódicamente, volvió a repasar la carpeta.

— El razonamiento es muy endeble, teniente. Tan endeble, que es casi invisible.

— ¿Puede usted ofrecer otras explicaciones, señor, de por qué se dispone a cambiar de nombre de esta forma?

— No, no puedo. Se lo confieso.

— Entonces, señor, creo que deberíamos investigar. Deberíamos buscar a todos los hombres del otro lado que se llamen Zebatinsky, y ver si encontramos alguna conexión.

— La voz del teniente subió de tono al ocurrirsele una nueva idea-. Podría ser que cambiara de nombre para distraer la atención de ellos; quiero decir, para protegerles.

— Yo diría que está haciendo lo contrario.

— Puede que no se dé cuenta, pero protegerles podría ser su motivo. Brand suspiró.

— Está bien. Nos dedicaremos al asunto Zebatinsky. Pero si no sale nada, teniente, lo dejaremos correr. Déjeme la carpeta. Cuando Brand recibió la información, ya se había olvidado del teniente y de sus teorías. Su primer pensamiento al recibir los datos que incluían una lista de diecisiete biografías de diecisiete ciudadanos rusos y polacos, todos ellos llamados Zebatinsky, fue:

— ¿Qué diablos es todo esto? Luego se acordó, maldijo entre dientes y empezó a leer. Empezaba por el lado norteamericano. Marshall Zebatinsky (huellas dactilares) había nacido en Buffalo, Nueva York (fecha y estadística del hospital). Su padre también había nacido en Buffalo, su madre en Oswego, Nueva York. Sus abuelos paternos habían nacido ambos en Bialystok, Polonia (fecha de entrada en los Estados Unidos, fechas de nacionalización, fotografías). Los diecisiete ciudadanos rusos y polacos llamados Zebatinsky eran todos ellos descendientes de gente que, cincuenta años antes, habían vivido en Bialystok. Presumiblemente estaban emparentados, pero no se mencionaba explícitamente en ningún caso particular. (Las estadísticas vitales en la Europa Oriental durante los años siguientes a la Primera Guerra Mundial estaban mal mantenidas, o no existían.) Brand recorrió las biografías individuales de hombres y mujeres Zebatinsky (asombrosa la minuciosidad con que trabajaba el espionaje, probablemente el de los rusos funcionaba igual). Se detuvo en uno y su frente lisa empezó a arrugarse cuando alzó repentinamente las cejas. Lo apartó y siguió leyendo. Finalmente lo volvió a guardar todo, excepto aquél. Mirándolo fijamente, empezó a tamborilear sobre la mesa. Con una cierta desgana, fue a visitar al doctor Paul Kristow, de la Comisión de Energía Atómica. El doctor Kristow escuchó el relato con expresión impenetrable. De vez en cuando levantaba el dedo meñique para golpear su bulbosa nariz y retirar una mota inexistente. Su cabello era gris, escaso y muy corto. Casi podía llamársele calvo. Dijo:

— No, nunca he oído hablar de ningún Zebatinsky ruso. Pero, bueno, tampoco he oído hablar del norteamericano.

— Verá. -Brand se rascó una sien y dijo despacio-: No creo que haya nada en todo esto, pero tampoco querría descartarlo demasiado pronto. Tengo a un joven teniente azuzándome, y ya sabe cómo son. No quiero hacer nada que empuje a un comité del Congreso. Además, ocurre que uno de los Zebatinsky rusos, Mijail Andreyevich Zebatinsky, es un físico nuclear. ¿Está seguro de que nunca ha oído hablar de él?

— ¿Mijail Andreyevich Zebatinsky? No…, no, nunca. Pero tampoco prueba nada.

— Podríamos decir que es pura coincidencia, pero eso seria algo exagerado. Un Zebatinsky aquí y un Zebatinsky allí, ambos físicos nucleares, y el de aquí de pronto cambia su nombre por Sebatinsky y además con mucha impaciencia. No permite errores. Dice, enfáticamente: «Escriba mi nombre con una S.» Todo parece encajar para hacer que mi teniente, obseso por los espías, empiece a parecer que tiene razón. Y otra cosa peculiar es que el ruso Zebatinsky desapareció hace un año aproximadamente.

— ¡Ejecutado! -dijo el doctor Kristow, tajante.

— Puede que lo fuera. Normalmente podría suponerse así, aunque los rusos no son más tontos que nosotros, y no matan a físicos nucleares si pueden evitarlo. El caso es que hay otra razón para que precisamente un físico nuclear desaparezca de pronto. No tengo que decirsela.

— Investigación de choque. Máximo secreto. Me figuro que esto es lo que quiere decir. ¿Lo cree así?

— Si lo sumamos todo y añadimos la intuición de mi teniente, empiezo a preguntármelo.

— Deme esta biografía. -El doctor Kristow cogió la hoja de papel y la leyó dos veces. Movió la cabeza. Luego dijo-: Cotejaré esto con Abstractos Nucleares. Los Abstractos Nucleares llenaban una pared del despacho del doctor Kristow en pequeñas cajitas ordenadas, cada una llena de su cuadrito de microfilme. El hombre de la C.E.N. utilizó su proyector para los índices, mientras Brand le contemplaba con toda la paciencia de que disponía. El doctor Kristow murmuró:

— Un Mijail Zebatinsky fue autor o coautor de media docena de artículos en periódicos soviéticos en los últimos seis años. Veremos los extractos y tal vez saquemos algo de ellos. Pero lo dudo. Un selector sacó los cuadraditos apropiados. El doctor Kristow los puso en orden, los fue pasando por el proyector y poco a poco una curiosa expresión cruzó su rostro.

— Es curioso -dijo.

— ¿Qué es curioso? -preguntó Brand.

— Prefiero no decirlo aún -contestó Kristow, reclinándose-. ¿ Puede conseguirme una lista de otros físicos nucleares desaparecidos en la Unión Soviética en el último año?

— ¿Quiere decir que ve algo?

— Realmente, no. No, si solamente mirara uno cualquiera de estos artículos. Es al verlos todos y sabiendo que este hombre puede estar en un programa de emergencia y, además de esto, habiéndome usted llenado la cabeza de sospechas… -Se encogió de hombros-. Nada. Brand insistió: Quisiera que me dijera lo que está pensando. ¿Por qué no sentirnos tontos conjuntamente?

— Si es lo que desea…, es justamente posible que ese hombre pueda haberse dedicado a la reflexión de rayos gamma.

— ¿Y qué significa?

— Si pudiera conseguirse un escudo de antirreflexión de rayos gamma, podrían construirse refugios individuales para protegernos de la contaminación. El verdadero peligro es la contaminación, ¿sabe? Una bomba de hidrógeno puede destruir una ciudad, pero la contaminación mataría lentamente a la gente en un radio de miles de kilómetros.

— ¿Trabajamos nosotros en algo de esto? -preguntó Brand.

— No. Y si ellos lo consiguen y nosotros no, pueden arrasar los Estados Unidos de parte a parte, a costa, digamos, de diez ciudades, después de que hayan completado su programa de refugios.

— Pero será en un futuro lejano. ¿Y cómo hemos llegado a esto? Todo por causa de un hombre que cambia una letra de su nombre.

— Está bien -dijo Brand-, pero ahora no puedo dejar el asunto así. No en este punto. Le conseguiré su lista de físicos nucleares desaparecidos, aunque tenga que ir a buscarla al propio Moscú. Consiguió la lista. Repasaron todos los artículos escritos por cualquiera de ellos. Ordenaron una reunión de la Comisión, después reunieron a los cerebros nucleares de la nación. El doctor Kristaw salió de una sesión nocturna en la que incluso había asistido el propio Presidente. Brand le esperó. Ambos parecían agotados y necesitados de dormir. Brand preguntó:

— ¿Y bien?

— La mayoría está de acuerdo. Algunos tienen aún sus dudas, pero muchos están de acuerdo.

— Y usted, ¿está seguro?

— Estoy muy lejos de estar seguro, pero deje que se lo diga así: es más fácil creer que los soviéticos trabajan en el escudo de rayos gamma, que creer que todos los datos que hemos descubierto no están interrelacionados.

— ¿Se ha decidido si vamos también a investigar sobre el escudo?

— Sl. -La mano de Kristow acarició su cabello recortado, con un ruido seco y rumoroso- Vamos a dedicarle todo lo que tenemos. Conociendo los artículos escritos por los hombres que han desaparecido, podemos empezar a pisarles los talones. Incluso podemos adelantarles. Pero, claro, descubrirán que estamos trabajando en ello. Que lo descubran -dijo Brand-. Que lo descubran. Les impedirá atacarnos. No veo ninguna ganancia en perder diez de nuestras ciudades sólo para destruir diez de las suyas…, si ambos estamos protegidos y son demasiado tontos para enterarse.

— Pero no demasiado pronto. No queremos que se enteren demasiado pronto. ¿Qué hay del Zebatinsky/Sebatinsky norteamericano? Brand movió gravemente la cabeza:

— Aún no hay nada que lo relacione con todo esto. Diablos, lo hemos buscado, y estoy de acuerdo con usted, claro. Se encuentra ahora en un lugar delicado y no podemos mantenerlo allí, aun cuando está limpio.

— Tampoco se le puede dar la patada, o los rusos empezarán a hacer conjeturas.

— ¿Se le ocurre algo? Iban caminando por el largo corredor en dirección a los ascensores en la quietud de las cuatro de la mañana.

— He echado una mirada a su trabajo -respondió Kristow-. Es bueno, mejor que muchos, y no se siente feliz en su trabajo. No tiene temperamento para trabajar en equipo.

— ¿Entonces?

— Pero es el tipo para un trabajo académico. Si podemos arreglar que una gran Universidad le ofrezca una cátedra de Física, creo que la aceptaría encantado. Habría suficientes áreas no delicadas que le mantendrían ocupado; podriamos tenerle controlado; y sería una evolución natural. Los rusos no tendrían que empezar a rascarse la cabeza. ¿Qué le parece?

— Es una buena idea -asintió Brand-. Incluso me parece muy buena. Se lo plantearé al jefe. Entraron juntos en el ascensor y Brand se permitió divagar un poco. ¡Qué final para lo que había empezado con una letra de un nombre! Marshall Sebatinsky apenas podía hablar. Dijo a su mujer:

— Te juro que no sé cómo ha ocurrido esto. Nunca se me hubiera ocurrido que me conocieran más que a otros. ¡Santo Dios, Sophie, Profesor Asociado de Física en Princeton! ¡Piensa en lo que es!

— ¿Crees que fue por tu conferencia en la reunión de A.P.S.?

— No sé cómo. Era un articulo indiferente después de que todo el mundo en la división hubiera trabajado en él. -chasqueó los dedos-. Habrá sido que Princeton investigó sobre mi. Será eso. Ya sabes la cantidad de formularios que llené en los últimos seis meses; esas entrevistas que no quisieron explicar. Sinceramente, estaba empezando a pensar que sospechaban de mí. Fue Princeton la que me investigó. Son muy exigentes.

— Puede que sea por tu nombre -dijo Sophie-. Quiero decir, por el cambio.

— Mírame bien ahora. Mi vida profesional será finalmente mía. Lo haré bien. Una vez tenga la oportunidad de trabajar sin… -Se volvió a mirar a su mujer-. ¡Mi nombre! ¿Quieres decir la S?

— No recibiste la oferta hasta después de haber cambiado tu nombre, ¿verdad?

— Hasta poco después. No, esto es sólo coincidencia. Ya te dije antes, Sophie, que era solamente tirar cincuenta dólares para hacerte feliz. Cielos, qué estúpido me he sentido durante todo este tiempo insistiendo en la estúpida S. Sophie se puso inmediatamente a la defensiva.

— No te obligué a hacerlo, Marshall. Te lo sugerí, pero no te dí la lata. No digas que lo hice. Además, salió muy bien. Estoy segura de que se ha hecho por el nombre.

— Esto son supersticiones -sonrió Sebatinsky, con indulgencia.

— No me importa cómo lo llames, pero no vas a volver a cambiarte el nombre.

— Bueno, no. Supongo que no. Me ha costado mucho lograr que escribieran mi nombre con una S, así que la idea de hacer que la quitaran es más de lo que podría soportar. Quizá debería cambiar mi nombre por Jones, ¿eh? -Y se rió casi histéricamente.

— Déjalo así. -Y Sophie no se rió.

— Está bien, no era más que una broma. Te diré una cosa. Iré a ver al viejo cualquier día y le diré que todo ha salido bien, le daré otros diez dólares. ¿Te parece bien? Estaba tan exuberante, que fue a la semana siguiente. Esta vez no se disfrazó. Llevaba las gafas habituales y su traje normal, sin sombrero. Incluso iba tarareando al acercarse a la tienda y ceder el paso a una mujer de aspecto agrio y cansado que empujaba un cochecito de gemelos. Puso la mano en la puerta y quiso correr el picaporte de hierro. El picaporte no cedió a la presión. La puerta estaba cerrada con llave. La tarjeta vieja y polvorienta que decía «Futurólogo», había desaparecido. Otro cartel, amarillento y que el sol empezaba a rizar, decía: «Por alquilar». Sebatinsky se encogió de hombros. Bueno. Había intentado hacerlo bien. Haround, desprovisto de su envoltura corporal, retozaba feliz y sus vórtices energéticos brillaban mansamente por encima de hiperkilómetros cúbicos. Decía:

— ¿He ganado? ¿No he ganado? Mestack, algo retirado, con sus vórtices casi como una esfera de luz en el hiperespacio, respondió:

— Aún no lo he calculado.

— Adelante, pues. No cambiará el resultado aunque tarde mucho. Brrr, es un alivio volver a la energía neta. Me llevó un microciclo de tiempo como ente corporal, uno muy usado, por cierto, pero valía la pena demostrárselo a usted. Mestack dijo:

— Está bien. Admito que impidió una guerra nuclear en el planeta.

— ¿Ha sido o no un efecto de clase A?

— Es un efecto de clase A. Claro que lo es.

— Está bien. Ahora compruebe y vea si no conseguí esa clase A con un estimulo de clase F. Cambié una sola letra de un nombre.

— ¿Cómo?

— Bah, no importa. Está todo ahí. Lo he expuesto para usted.

— Lo admito. Un estimulo de clase F -dijo Mestack de mala gana.

— Entonces, he ganado. Admítalo.

— Ninguno de nosotros ganará cuando el vigilante eche una mirada a esto. Haround, que había sido un viejo futurólogo en la Tierra y estaba aún algo desquiciado por el alivio de dejar de serlo, observó:

— Le tenía sin cuidado cuando hizo la apuesta.

— No creí que fuera lo bastante loco para llevarla a cabo.

— ¡No gaste energías! Además, ¿por qué preocuparse? El vigilante nunca detectará que ha sido un estímulo de clase F.

— Puede que no. Pero detectará un efecto de clase A. Esos corporales estarán por ahí todavía después de pasados doce microciclos. El vigilante se dará cuenta.

— Lo que ocurre, Mestack, es que no quiere pagar. Está ganando tiempo.

— Pagaré. Pero espere a que el vigilante se entere de que hemos estado trabajando en un problema no planteado y llevado a cabo un cambio no permitido. Claro que sí..

— Hizo una pausa.

— Está bien -dijo Haround-. Volveremos a dejarlo como antes. Nunca lo sabrá. Hubo un brillo astuto en el resplandor de energía de Mestack:

— Necesitará otro estimulo de clase F sí cuenta con que no lo note. Haround titubeó.

— Puedo hacerlo.

— Lo dudo.

— Podría hacerlo.

— ¿Estaría también dispuesto a apostar? -El júbilo invadía las radiaciones de Mestack.

— Claro -contestó Haround, picado-. Volveré a poner esos cuerpos donde estaban antes, y el vigilante no notará la diferencia. Mestack aprovechó su ventaja.

— Elimine la primera apuesta. Triplique la segunda.

— Bien. De acuerdo. Triplico la apuesta.

— ¡Hecho, pues!

— ¡Hecho!

 

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