Isaac Asimov: La bola de billar. Cuento

asimov studyJames Priss hablaba siempre despacio. Supongo que debería decir el profesor James Priss, aunque todo el mundo sabrá a quién me refiero incluso sin el titulo. Lo sé. Lo entrevisté con cierta frecuencia. Tenía la mente más grande después de Einstein, pero no le funcionaba con rapidez. Solía admitir su lentitud. Quizás era porque su mente era tan grande que no podía moverse de prisa. Si tenía que decir algo, lo decía despacio, abstraído; después pensaba, y a continuación volvía a decir algo más. Incluso en las cosas más triviales, su mente gigantesca se debatía incierta, añadiendo un toque acá y allá. Me lo imaginaba pensando: «¿Se levantará el sol mañana? ¿Qué queremos decir con “levantar”? ¿Podemos estar seguros de que vendrá el mañana? ¿Es acaso el término “sol” un término ambiguo en este aspecto, o no?» Añadamos a este hábito de expresarse, un carácter blando; una cara pálida, sin más expresión que una general incertidumbre; cabello gris, escaso, bien peinado; trajes serios de corte clásico. Aquí tienen lo que era el profesor James Priss…, una persona tímida carente completamente de magnetismo. Ésa es la razón por la que nadie en el mundo, excepto yo, podía llegar a sospechar que fuera un asesino. Incluso yo no estoy seguro. Después de todo, pensaba muy despacio; siempre había sido tardo en pensar. ¿Es concebible acaso que en un momento crucial consiguiera pensar con rapidez y actuar al instante? Qué más da. Incluso si asesinó, se salió con la suya. Es demasiado tarde ahora para tratar de cambiar las cosas, y yo no conseguiría hacerlo aunque decidiera que se publicara todo esto.

Edward Bloom fue compañero de clase de Priss en la Facultad y, por diversas circunstancias, socio durante toda una generación después. Tenían la misma edad y la misma propensión a la soltería, pero eran totalmente opuestos en todo lo trascendental. Alto, fuerte, extrovertido, impetuoso y pagado de sí mismo. Su mente era como el choque de un meteoro por la forma súbita e inesperada de captar lo esencial. No era un teórico como Priss; Bloom no tenía paciencia ni capacidad de concentrarse intensamente para pensar en un solo punto abstracto. Lo confesaba, presumía de ello. Lo que sí poseía era una misteriosa capacidad de ver la aplicación de una teoría; de ver el modo de ponerla en práctica. En un frío bloque de mármol de estructura abstracta podía ver, sin aparente dificultad, el complicado diseño de un invento maravilloso. El bloque se partiría a su contacto, y quedaría el invento. Es una historia conocida, y no muy exagerada, que nada de lo que Bloom construía había dejado de funcionar, o de ser patentado o provechoso. Al cumplir cuarenta y cinco años, era uno de los hombres más ricos de la Tierra. Y si Bloom el técnico se adaptaba a un asunto determinado mejor que a otra cosa, era a la forma de pensar de Priss el teórico. Los mejores artilugios de Bloom se habían construido según las mejores ideas de Priss, y a medida que Bloom se hacía rico y famoso, Priss se hacía acreedor al profundo respeto de sus colegas. Naturalmente, era de esperar que cuando Priss presentara su teoría de doble campo, Bloom se pondría al momento a construir su primer aparato práctico de antigravedad. Mi ocupación consistía en encontrar un interés humano en la teoría de doble campo para los suscriptores de TeleNews Press, y uno lo consigue esforzándose por tratar con seres humanos y no con ideas abstractas. Dado que mi entrevistado era el profesor Priss, la cosa no era nada fácil. Naturalmente, me proponía preguntarle sobre las posibilidades de la antigravedad, que interesaba a todo el mundo; pero no sobre la teoría de doble campo, que nadie podía entender.

— ¿Antigravedad? -Priss apretó sus labios descoloridos y reflexionó-. No estoy muy seguro de que sea posible, o que lo sea alguna vez. No he…, no he profundizado el asunto a entera satisfacción. Tampoco veo enteramente si las ecuaciones del doble campo tendrían una solución finita, como deberían tener, claro, si… -Y se perdió en divagaciones. Yo insistí:

— Bloom dice que piensa que el dispositivo puede construirse. Príss asintió.

— Sí, claro, pero yo me lo pregunto. Ed Bloom ha tenido la sorprendente suerte de descubrir, en el pasado, lo que no estaba claro. Tiene una mente fuera de lo corriente. En todo caso, le ha hecho muy rico. Estábamos sentados en el apartamento de Priss. Clase media normal. No pude evitar echar un vistazo a mi alrededor. Priss no era rico. No creo que leyera mi pensamiento. Vio mi mirada. Y creo que estaba pensando lo mismo.

— La riqueza -dijo- no es la recompensa habitual del científico. Ni siquiera una recompensa razonable. «A lo mejor», me dije. Priss tenía ciertamente su propio tipo de recompensa. Era la tercera persona en la Historia que había ganado dos premios Nobel, y el primero en tenerlos sin compartir. De esto uno no puede quejarse. Y si bien no era rico, tampoco era pobre. Pero no parecía un hombre satisfecho. Puede que no fuera solamente la riqueza de Bloom lo que le irritaba, quizás era la fama que tenía en todas partes o tal vez se debiera a que Bloom era una celebridad fuera donde fuera, mientras que Priss fuera de las convenciones científicas y de los clubes de Facultad, era un simple desconocido. No sabría decir cuánto de todo esto se veía en mis ojos o en la forma en que fruncía la frente, pero Priss siguió diciendo:

— Pero somos amigos, ¿sabe? Jugamos al billar una o dos veces por semana. Le gano con regularidad. (Jamás publiqué esta declaración. La comprobé con Bloom, que hizo una larga contradeclaración que empezaba así: «Me gana al billar. Ese borrico…», y siguió personalizando cada vez más. En realidad, ni uno ni otro eran novatos jugando al billar. Les contemplé una vez, durante un rato, después de la declaración y contradeclaración y ambos manejaban el taco con aplomo profesional. Y lo que es más, ambos jugaban a matar, y no pude ver el menor atisbo de amistad en su juego.) Pregunté:

— ¿Le gustaría pronosticar si Bloom logrará fabricar su aparato antigravedad?

— ¿Quiere decir, si me quiero comprometer a algo? Hmmm. Bien, consideremos, joven, qué entendemos exactamente por antigravedad. Nuestra concepción de la gravedad se basa en la teoría general de la relatividad de Einstein, que cuenta ahora cien años, pero que dentro de sus limitaciones se mantiene firme. Podemos expresarla… Le escuchaba respetuosamente. Ya había oído a Priss hablar de este tema anteriormente, pero si me proponía sacarle algo -lo que no era seguro-, tendría que dejarle exponerlo a su aire.

— Podemos expresarla -siguió- imaginando el Universo como una sábana lisa, delgada, superfiexible, de goma irrompible. Si representamos la masa por el peso, como lo está en la superficie de la Tierra, eso supondría que la masa descansando sobre la sábana de goma haría una mella, una abolladura. A mayor masa, más profunda la mella. »En el Universo de hoy día -prosiguió- existe todo tipo de masa, y por ello debemos imaginar nuestra sábana de goma cuajada de depresiones. Cualquier objeto que ruede sobre la sábana entrará y saldrá de las depresiones al pasar, desviándose y cambiando de dirección al hacerlo. Son estas desviaciones y cambios lo que interpretamos como la demostración de una fuerza de gravedad. Si el objeto móvil se acerca lo bastante al centro de la depresión y se mueve lo bastante despacio, queda cogido y gira y gira alrededor de la concavidad o depresión. En ausencia de fricción, seguirá girando para siempre. En otras palabras, lo que Isaac Newton interpretó como fuerza, Albert Einstein lo interpretó como distorsión geométrica. Llegado a este punto, se calló. Había estado hablando mucho, dado como era él, porque decía algo que había dicho infinidad de veces. Pero ahora empezó a tomárselo con calma, diciendo:

— Así que al tratar de producir antigravedad, tratamos de alterar la geometría del Universo. Si proseguimos con nuestra metáfora, es como si intentáramos alisar nuestra sábana de goma. Podríamos imaginarnos metidos bajo la sábana, levantándola, sosteniéndola para evitar que se hagan más hundimientos. Si alisamos de este modo la sábana de goma, entonces creamos un Universo, o por lo menos una porción de Universo en que la gravedad no existe. Un cuerpo que rodara sobre si mismo pasaría sobre la masa lisa sin alterar lo más mínimo su trayectoria, y podríamos interpretar eso como significando que la masa no ejerce ninguna fuerza gravitatoría. A fin de realizar esta hazaña necesitamos, no obstante, una masa equivalente a la masa hundida. Para producir antigravedad de esta manera en la Tierra, deberíamos asegurarnos una masa igual a la Tierra y sostenerla sobre nuestras cabezas, por decirlo así. Le interrumpí:

— Pero su teoría de doble campo…

— Exactamente. La relatividad general no explica ni el campo gravitatorio ni el campo electromagnético en una única serie de ecuaciones. Einstein pasó la mitad de su vida buscando esa única serie para la teoría de un campo unificado, y fracasó. Todos los que siguieron a Einstein también fracasaron. Yo, no obstante, empecé con la suposición de que había dos campos que no podían ser unificados y seguí las consecuencias que puedo explicar, en parte, en los términos que se desprenden de la metáfora de la «sábana de goma». Ahora estábamos llegando a algo que no estaba seguro de haber oído antes. Pregunté:

— ¿Cómo es eso?

— Suponga que, en lugar de levantar la masa hundida, tratamos de endurecer la propia sábana, hacerla más resistente. Se contraería por lo menos en un área pequeña, y se haría más plana. La gravedad se debilitaría, lo mismo que la masa, porque ambas son esencialmente el mismo fenómeno en términos del Universo abollado. De poder alisar por completo la sábana de goma, tanto la gravedad como la masa desaparecerían del todo. «Bajo condiciones apropiadas, el campo electromagnético podría hacerse que se encontrara con el campo gravitatorio y serviría para endurecer el tejido abollado del Universo. El campo electromagnético es muchísimo más fuerte que el campo gravitatorio, así que podría lograrse que el primero dominara al segundo.

— Pero dice usted -repliqué indeciso- «bajo condiciones apropiadas». ¿Pueden conseguirse las condiciones apropiadas de que usted habla, profesor?

— Eso es lo que no sé -contestó Priss, pensativo, y añadió despacio-: Si el Universo fuera realmente una sábana de goma, su rigidez tendría que alcanzar un valor infinito antes de poder esperarse que permaneciera completamente liso bajo una masa que pudiera abollarla. Si es esto cierto también en el Universo, entonces se precisará un campo electromagnético infinitamente intenso, y esto significará que la antigravedad es imposible.

— Pero Bloom dice…

— Sí, imagino que Bloom piensa que bastará un campo finito si puede aplicarse debidamente. No obstante, por ingenioso que sea -y Priss sonrió levemente- no debemos tenerle por infalible. Su comprensión de la teoría es inexistente. Él… jamás consiguió graduarse, ¿lo sabía? Estuve a punto de decirle que sí. Después de todo, era del dominio público. Pero había un algo morboso en la voz de Priss al preguntarlo y yo levanté la vista a tiempo de ver la animación de sus ojos, como si estuviera encantado de propagar la noticia. Así que incliné la cabeza como si lo almacenara para futura referencia.

— Entonces, opina usted, profesor Priss -insistí-, que Bloom está probablemente equivocado y que la antigravedad es imposible. Priss asintió diciendo:

— El campo gravitatorio puede debilitarse, naturalmente, pero si por antigravedad entendemos un auténtico campo de gravedad cero, es decir, nada de gravedad en un volumen significativo de espacio, sospecho que la antigravedad resulte imposible, mal que le pese a Bloom. En cierto modo, había conseguido lo que quería. En los tres meses siguientes a todo esto, no volví a ver a Bloom y, cuando le vi, estaba de mal humor. Se había enfadado de repente, claro, cuando se enteró de la declaración de Priss. Divulgó que Priss sería invitado casualmente a la exposición del dispositivo de antigravedad tan pronto estuviera terminado, e incluso se le pediría que participara en la demostración. Algún reportero, no yo, desgraciadamente, le acorraló entre citas y le pidió que ampliara lo anterior, y añadió:

— Curiosamente, tendré el dispositivo; quizá pronto. Y puede usted estar presente, así como los de la Prensa a los que les interese. Y también puede asistir el profesor James Priss. Puede representar a la ciencia teórica y, después de que yo haya demostrado la antigravedad, puede aplicar su teoría y explicarla. Estoy seguro de que sabrá hacer su aplicación de forma magistral y demostrar exactamente por qué yo no podía haber fracasado. Podría hacerlo ahora y ahorrar tiempo, pero supongo que no querrá. Todo ello se dijo con la mayor corrección, pero se podía detectar la rabia bajo el rápido chorro de palabras. No obstante, continuó sus ocasionales partidas de billar con Priss, y cuando ambos se reunían se comportaban con la máxima cortesía. Uno podía suponer los progresos que hacía Bloom por sus respectivas actitudes con la Prensa. Bloom se mostraba seco e impertinente, mientras que Priss hacía gala de buen humor. Cuando aceptó mi repetida petición para hacerle a Bloom una entrevista, me pregunté si aquello significaba un descanso en la búsqueda de Bloom. Incluso soñé despierto que me anunciaba por fin su éxito. Pero no fue así. Me recibió en su despacho de «Bloom Enterprises» en la parte alta del Estado de Nueva York. Era un lugar maravilloso, maravillosamente trazado, abarcando tanto terreno como un gran establecimiento industrial y alejado de toda área de población. Edison en su máximo esplendor, doscientos años atrás, no había tenido un éxito tan apoteósico como Bloom. Pero Bloom no estaba de buen humor. Llegó con diez minutos de retraso y pasó como una fiera ante la mesa de su secretaria, inclinando apenas la cabeza en mi dirección. Llevaba puesta una bata de laboratorio desabrochada. Se dejó caer en su sillón y dijo:

— Lamento haberle hecho esperar, pero no disponía de tanto tiempo como había creído. -Bloom era un actor nato y sabía que no debía enemistarse con la Prensa, pero yo tuve la impresión de que atravesaba grandes dificultades en aquel momento para mantener el tipo. Sabía cómo plantear la suposición.

— Tengo entendido, señor, que sus pruebas recientes no han sido del todo afortunadas.

— ¿Quién se lo ha dicho?

— Yo diría que es de dominio público, señor Bloom.

— No, no lo es. Y no lo diga, joven. No hay conocimiento público de lo que sucede en mis laboratorios y talleres. Está expresando las opiniones del profesor, ¿verdad? Me refiero a Priss.

— No, yo no…

— Claro que sí. ¿No es usted la persona a la que hizo aquella declaración de que la antigravedad es imposible?

— No lo dijo tan tajantemente.

— Nunca dice nada tajantemente, pero si lo bastante para él, como que tendré su maldito Universo de sábana de goma dentro de nada.

— Entonces, ¿significa que está progresando, señor Bloom?

— Sabe que es así -me espetó-. O debería saberlo. ¿No estuvo usted en la demostración la semana pasada?

— Sí, estuve. Imaginé que Bloom estaba en apuros, de lo contrario no habría mencionado aquella demostración. Funcionó, sí; pero no fue nada del otro mundo. Produjo una región de gravedad disminuida entre los dos polos de un imán. Se hizo con gran inteligencia. Se utilizó un Mossbauer Effect Balance para estudiar el espacio entre los dos polos. Si nunca han visto un M-E Balance en acción, les diré que consiste en un haz monocromático, apretado, de rayos gamma, disparado sobre el campo de gravedad disminuida. Los rayos gamma cambian la longitud de onda ligera, pero mensurable, bajo la influencia del campo de gravitación, y si ocurre algo que altere la intensidad del campo, la longitud de onda va cambiando adecuadamente. Es un método extremadamente delicado para tantear un campo gravitatorio, y funciona como un amuleto. Quedaba claro que Bloom había debilitado la gravedad. El problema era que se había hecho antes. Bloom, naturalmente, se había servido de los circuitos que aumentaban enormemente la facilidad con que se había logrado el efecto, su sistema era típicamente ingenioso y había sido debidamente patentado, y aseguraba que por este método la antigravedad sería no sólo una curiosidad científica, sino algo práctico para aplicarlo en la industria. Quizá. Pero era un trabajo incompleto y no solía alardear de cosas incompletas. Y no lo habría hecho así, esta vez, si no estuviera desesperado por exhibir algo. Le comenté:

— Mi impresión es que lo conseguido en aquella demostración preliminar fue 0,82 g, y en Brasil, la primavera pasada, consiguieron más que esto.

— ¿De veras? Bien, calcule el gasto de energía en Brasil y aquí, y después dígame la diferencia en disminución de gravedad por kilovatio-hora. Se sorprenderá.

— Pero lo que yo quiero saber es si puede alcanzar O g, gravedad cero. Eso es lo que el profesor Priss no cree posible. Todo el mundo está de acuerdo en que el mero hecho de rebajar la intensidad del campo no es gran cosa. Bloom apretó los puños. Tuve la corazonada de que les había fallado un experimento clave aquel día y que estaba insoportablemente fastidiado. Bloom no podía aguantar que el Universo le dejara en mal lugar.

— Los teóricos me asquean. -Lo dijo en voz baja y controlada, como si realmente estuviera harto de no poder decirlo y que por fin estuviera decidido a expresar lo que pensaba y al diablo con todo-. Priss ha ganado dos premios Nobel por barajar ecuaciones, pero, ¿qué ha hecho con ellas? ¡Nada! Yo si he hecho algo con ellas y voy a hacer aún más, le guste o no le guste a Priss. »Yo soy el único que la gente recordará. Yo soy el único que será reconocido. Por mí, puede guardarse su título, sus premios y las felicitaciones de los eruditos. Oigame, le diré lo que le duele. Clara y llanamente tiene celos. Le mata que yo consiga lo que consigo trabajando. Él lo quiere conseguir pensando. »Una vez le dije…, jugamos juntos al billar, ya sabe… Fue entonces cuando le repetí la declaración de Priss sobre el billar, y obtuve la contradeclaración de Bloom. Jamás las he publicado. Eran trivialidades.

— Jugamos al billar -siguió explicando Bloom cuando se hubo tranquilizado algo- y he ganado muchas partidas. Mantenemos la cosa en plan relativamente amistoso. Qué demonios…, compañeros de Facultad y demás…, aunque, la verdad, no sé cómo pudo terminar. Pasó en Física, naturalmente, y en Matemáticas, pero aprobó justito, por compasión, creo yo, en todas las asignaturas de humanidades.

— Pero usted no logró graduarse, ¿verdad, Mr. Bloom? -Eso fue pura maldad por mi parte. Disfrutaba con su indignación.

— Lo dejé para meterme en negocios, maldita sea. Mi media académica a lo largo de los años en que asistí fue de un notable claro. No vaya a imaginar otra cosa, ¿me oye? Para cuando Priss sacó su doctorado, yo ya estaba ganando mi primer millón. Claramente irritado, siguió contándome:

— Un día, jugábamos al billar, y yo le dije: «Jim, el hombre medio nunca comprenderá por qué te dan el premio Nobel a ti, cuando soy yo el que obtiene resultados. ¿Para qué quieres dos? Dame uno.» Pero él siguió allí, tranquilo, dándole tiza al taco, y, después de un rato, me contesta con su voz vaga: «Tú tienes dos millones, Ed. Dame uno.» Así que ya ve, lo que quiere es el dinero.

— Tengo entendido que a usted no le importa que él reciba los honores -sugerí. Por un momento creí que iba a mandarme salir, pero no lo hizo. Se echó a reír, agitó la mano como si quisiera borrar algo de una pizarra invisible que tuviera en frente, y dijo:

— Bah, olvidelo. Todo eso es off the record. Oigame, ¿Quiere una declaración? Okey. Las cosas no han salido bien hoy y perdí un poco los estribos, pero todo se arreglará. Creo saber lo que ha fallado. Y si no fuera así, lo averiguaré. »Óigame. puede decir que yo digo que no necesitamos una intensidad electromagnética infinita; alisaremos la sábana de goma; conseguiremos la gravedad cero. Y cuando la tengamos montaré la más impresionante demostración que haya visto jamás, exclusivamente para la Prensa y para Priss, y usted será invitado. Puede decir que será muy pronto. ¿De acuerdo?

— ¡De acuerdo! Me quedó tiempo para ver a uno y otro una o dos veces más. Incluso les ví juntos cuando estuve presente en una de sus partidas de billar. Como les he dicho antes, ambos eran muy buenos. Pero la invitación a la demostración no vino tan pronto como cabía esperar; faltaban seis semanas para el año, después de hacer Bloom su declaración. Aunque reconozco que era injusto esperar que el trabajo fuera más rápido. Recibí una invitación especial, en relieve, con la seguridad de una hora de cóctel primero. Bloom jamás hacia las cosas a medias y se había propuesto tener a mano un grupo de reporteros satisfechos. También había hecho un arreglo para disponer de TV tridimensional. Era obvio que Bloom estaba completamente seguro de sí, lo bastante seguro como para estar dispuesto a que la demostración se viera en todas las salas de estar del planeta. Telefoneé al profesor Priss para asegurarme de que también había sido invitado. Lo estaba.

— ¿Piensa asistir, señor? Hubo una pausa y la cara del profesor, en la pantalla, era todo un estudio de mala gana e indecisión.

— Una demostración de este tipo es de lo más inoportuna cuando está en cuestión un tema científico. No me gusta apoyar semejantes manifestaciones. Temí que no quisiera asistir, el dramatismo de la situación perdería mucho si él no se encontraba allí. Pero tampoco, a lo mejor, se atrevería a quedar como un gallina ante la opinión mundial. Con manifiesta repugnancia, dijo:

— Claro que Ed Bloom no es realmente un científico y debe disfrutar de su día de gloria. Estaré.

— ¿Cree que Mr. Bloom puede producir gravedad cero, señor?

— Hmmm… Mr. Bloom me ha enviado una copia del diseño del dispositivo, y… no estoy del todo seguro. Quizá pueda hacerlo, si…, bueno, si dice que puede. Naturalmente… calló un buen rato- …creo que me gustaría verlo. Y yo también, y muchos otros también. La organización fue impecable. Toda una planta del edificio principal de «Bloom Enterprises», el de la colina, había sido vaciado. Había los cócteles prometidos y un espléndido surtido de tapas, música y luces suaves, y un bien vestido y absolutamente jovial Ed Bloom, representando al perfecto anfitrión, mientras cierto número de correctos y discretos sirvientes traían y llevaban cosas. Todo era genialidad y asombrosa confianza. James Priss se retrasaba y vi a Bloom observando a la gente y empezando a ponerse un tanto nervioso. Entonces llegó Priss, arrastrando tras él una masa gris, gente, diría yo, de medias tintas a las que no afecta el ruido y el esplendor (ninguna otra palabra podría describirla…, ¿o tal vez fueran los dos martinis secos que yo llevaba dentro?) que llenaba la estancia. Bloom le vio y su rostro se iluminó al instante. Se precipitó, agarró la mano del hombre, y lo arrastró hacia el bar.

— ¡Jim! ¡Encantado de verte! ¿Qué vas a tomar? ¡Demonio, hombre, lo habría cancelado si no hubieras aparecido! No puedo presentar esto sin la estrella, ¿sabes? ­Estrechó la mano de Priss-. Es tu teoría, ya sabes. Nosotros, pobres mortales, no podemos hacer nada sin que unos pocos, vosotros, los malditos pocos nos tracen el camino. Se mostraba exultante, dándole jabón porque ahora podía permitírselo; estaba cebando a Priss para la matanza. Priss rechazó la copa, barbotando entre dientes, pero se encontró con la copa entre los dedos, y Bloom alzó su voz como un rugido:

— ¡Caballeros! Por favor, un momento de silencio. El profesor Priss, la mente más grande después de Einstein, dos veces premio Nobel, padre de la teoría de doble campo e inspirador de la demostración que están a punto de presenciar…, aunque él creía que no iba a funcionar y tuvo la valentía de decirlo públicamente. Se notó un claro rumor de risas contenidas que inmediatamente cesó y la expresión de Priss se hizo tan sombría como su cara pudo conseguir.

— Pero ahora el profesor Priss está con nosotros -siguió diciendo Bloom-, y como ya hemos brindado, vamos a empezar. Síganme, caballeros. La demostración tuvo lugar en un local mucho más complicado que el anterior. Esta vez se realizaba en la última planta del edificio. Estaban dispuestos diversos imanes, más pequeños, vive Dios, pero por lo que pude vislumbrar, el mismo M-E Balance estaba en su sitio. Una cosa, no obstante, era nueva, y desconcertó a todo el mundo, atrayendo la atención más que ninguna otra cosa de la habitación. Se trataba de una mesa de billar situada bajo un polo del imán. Debajo de ella estaba el otro polo. En el mismo centro de la mesa se había abierto un agujero redondo, de unos treinta centímetros de diámetro, y era evidente que el campo de gravedad 0, si iba a conseguirse, se produciría a través de aquel agujero del centro de la mesa de billar. Era como si toda la demostración hubiera sido diseñada al estilo surrealista, para realzar la victoria de Bloom sobre Priss. Ésta iba a ser otra versión de sus eternas competiciones de billar, y Bloom iba a ser el ganador. Ignoro si los demás periodistas lo veían así, pero creo que Priss sí. Me volví a mirarle y vi que todavía sostenía la copa que le habían puesto en la mano. Rara vez bebía, lo sé, pero ahora se llevó la copa a los labios y la vació de dos tragos. Se quedó mirando la mesa de billar y yo no necesité ser un superdotado para darme cuenta de que lo tomaba como un deliberado chasquido de dedos bajo las narices. Bloom nos condujo a los veinte asientos que rodeaban tres lados de la mesa, dejando el cuarto libre como zona de trabajo. Priss fue cuidadosamente acompañado al asiento desde el cual la vista era más conveniente. Priss echó una ojeada a las cámaras tridimensionales, que estaban ya funcionando. Me pregunté si estaba pensando en irse, pero decidió quedarse porque no podía irse ante los ojos del mundo. La demostración era simple; lo que contaba era la producción. Había diales visibles que medían el gasto de energía. Había otros que transferían las lecturas del M-E Balance a una posición y tamaño que las hacía visibles para todos. Todo estaba preparado para una fácil visión tridimensional. Bloom iba explicando cada paso con tono solemne, hacía una o dos pausas, se volvía a Priss en espera de la confirmación, pero no lo hacía con excesiva frecuencia para que no pareciera que iba por él, pero Priss reflejaba el tormento que le embargaba. Desde donde estaba sentado podía mirar a través de la mesa y ver claramente a Priss. Su aspecto era el de un hombre en el infierno. Como sabemos todos, Bloom tuvo éxito. La M-E Balance registró que la intensidad gravitatoria disminuía con regularidad al intensificarse el campo electromagnético. Hubo aplausos cuando llegó por debajo de la marca 0,52 g. Una línea roja lo señalaba en el dial.

— La marca 0,52 g, como saben -explicó Bloom, seguro-, representa el récord anterior, bajo en intensidad gravitatoria. Ahora estamos por debajo a un coste, en electricidad, que es inferior a un diez por ciento de lo que costaba cuando se alcanzó la marca. Y seguiremos bajando. Bloom, creo que deliberadamente, por mor del suspense, retrasó la caída final, dejando que las cámaras tridimensionales fueran y vinieran entre el hueco de la mesa de billar y el dial en el que iba disminuyendo la lectura del M-E Balance.

— Caballeros -dijo de pronto Bloom-, a un lado de cada uno de sus asientos encontrarán unas gafas oscuras. Por favor, pónganselas ya. El campo de gravedad cero no tardará en establecerse y radiará una luz rica en rayos ultravioleta. Él también se puso las gafas y se notó un momentáneo rumor al hacerlo los demás. Creo que nadie respiraba durante el último minuto, cuando la lectura del dial cayó a cero y se mantuvo. Y justo en ese momento en que ocurrió, un cilindro de luz saltó de polo a polo a través del agujero de la mesa de billar. Se oyeron veinte suspiros cuando ocurrió. Alguien gritó:

— Mr. Bloom, ¿cuál es el motivo de esta luz?

— Es característica del campo de gravedad cero -contestó Bloom, aunque no era ninguna respuesta. Los reporteros se pusieron de pie, agrupados junto al borde de la mesa. Bloom les indicó que se retiraran.

— ¡Por favor, caballeros, apártense! Sólo Priss permanecía sentado. Parecía sumido en sus pensamientos y desde entonces tuve la seguridad de que eran las gafas las que oscurecían el posible significado de todo lo que siguió. No veía sus ojos, no podía. Y esto significaba que ni yo ni nadie más pudo siquiera empezar a imaginar lo que estaba ocurriendo tras aquellos ojos. Bueno, tal vez tampoco hubiéramos podido imaginarlo si no hubiera llevado las gafas. ¿Quién puede decirlo? Bloom alzaba de nuevo la voz:

— ¡Por favor! La demostración no ha terminado aún. Hasta ahora sólo hemos repetido lo que había hecho antes. He producido ahora un campo de gravedad cero y he demostrado que puede hacerse prácticamente. Pero quiero demostrarles algo de lo que este campo puede hacer. Lo que vamos a ver a continuación será algo nunca visto ni siquiera por mí. No he experimentado en este sentido, por más que me hubiera gustado, porque he comprendido que el profesor Priss merece el honor de… Priss, sobresaltado, levantó la cabeza:

— ¿Qué…? ¿Qué?

— Profesor Priss -dijo sonriente Bloom-, me gustaría que fuera usted el primero en llevar a cabo el experimento de la interacción de un objeto sólido con un campo de gravedad cero. Fíjese que el campo se ha formado en el centro de una mesa de billar. Todo el mundo conoce su fenomenal habilidad en el billar, profesor, un talento sólo inferior a su asombrosa capacidad para la física teórica. ¿Querrá usted enviar una bola de billar hacia el volumen de gravedad cero? Entusiasmado, entregó una bola y un taco al profesor. Priss, con los ojos escondidos tras las gafas, se los quedó mirando, y muy despacio, muy indeciso, alargó las manos para cogerlos. Me pregunto lo que reflejaban sus ojos. También me pregunto hasta qué punto la decisión de hacer que Priss jugara al billar para la demostración, fue debida al enfado de Bloom por el comentario de Priss sobre sus partidas periódicas, el comentario que ya había mencionado. ¿Fui yo a mi manera, el responsable de lo que siguió?

— Venga, levántese, profesor -dijo Bloom-, y cédame su asiento. De ahora en adelante, usted es el protagonista. ¡Adelante! Bloom se sentó y siguió hablando en un tono de voz que, por momentos, se volvía más sonora.

— Una vez el profesor Priss mande la bola al volumen de gravedad cero, no le afectará el campo de gravedad de la Tierra. Permanecerá inmóvil, mientras la Tierra gira sobre su eje y viaja alrededor del Sol. En esta latitud y a esta hora del día, he calculado que la Tierra en su movimiento se inclinará hacia abajo. Nos moveremos con ella y la bola seguirá inmóvil. A nosotros nos parecerá que se eleva y se aleja de la superficie de la Tierra. Miren. Priss parecía estar delante de la mesa, helado, paralizado. ¿Le sorprendía? ¿Estaba asombrado? No lo sé. Nunca lo sabré. ¿Hizo acaso un gesto para interrumpir el discurso de Bloom, o sufría solamente de una angustiosa desgana de representar el papel ignominioso al que se veía forzado por su adversario? Priss se volvió a la mesa de billar, primero la miró y luego miró a Bloom. Cada reportero estaba en pie, tan cerca de él como era posible a fin de poder ver bien. Solamente Bloom seguía sentado, sonriente y aislado. Él, naturalmente, no miraba la mesa, ni la bola, ni el campo de gravedad cero. Por lo que las gafas oscuras me permitían ver, estaba mirando a Priss. Tal vez pensaba que no había otra salida. O quizá… Con una tacada segura puso en movimiento la bola. Iba despacio, todos los ojos la siguieron. Golpeó un lado de la mesa y rebotó. Se movía aún más despacio como si el propio Priss fuera aumentando el suspense y dando más dramatismo al triunfo de Bloom. Yo tenía una vista perfecta porque me encontraba del lado de la mesa opuesto a Priss. Podía ver la bola moviéndose hacia el resplandor del campo de gravedad cero, más allá veía parte del cuerpo de Bloom, la que no quedaba oculta por el resplandor. La bola se acercaba al volumen de gravedad cero, pareció detenerse al borde y desapareció con un destello, con el ruido de un trueno y un súbito olor a ropa quemada. Gritamos. Todos gritamos. He vuelto a ver la escena en televisión…, junto con el resto del mundo. Puedo verme en la película durante los quince segundos de confusión, pero realmente no me reconozco. ¡Quince segundos! Y entonces descubrimos a Bloom. Seguía sentado en su butaca, con los brazos cruzados, pero había un agujero del tamaño de una bola de billar a través del antebrazo, del pecho y de la espalda. Gran parte de su corazón, como se descubrió luego en la autopsia, había sido limpiamente recortada. Desconectaron el dispositivo. Llamaron a la Policía. Se llevaron a Priss, que se encontraba completamente derrumbado. Yo no estaba mucho mejor, a decir verdad, y si algún reportero presente en la escena trató de decir que había contemplado fríamente la escena, es un redomado embustero.

Transcurrieron unos meses antes de que volviera a ver a Priss. Había adelgazado, pero tenía buen aspecto. En realidad, había color en sus mejillas y un aire decidido en toda su persona. Iba mucho mejor vestido de lo que yo le recordaba. Me dijo:

– Ahora sé lo que ocurrió. Si hubiera tenido tiempo para pensar, lo habría sabido en seguida. Pero yo pienso despacio y el pobre Ed Bloom estaba tan empeñado en dar una gran representación, y hacerlo tan bien, que me arrastró consigo. Naturalmente, he estado esforzándome por compensar el daño que causé sin proponérmelo.

– Pero no puede resucitar a Bloom -dije serenamente.

– No, no puedo -repitió con la misma serenidad-. Pero hay que pensar en las «Bloom Enterprises» también. Lo que ocurrió en aquella demostración, a la vista de todo el mundo, fue el peor anuncio posible de la gravedad cero, y es importante que la cosa quede clara. Es por lo que he pedido verle a usted.

– ¿Sí?

– Si yo hubiera sido un pensador rápido, me habría dado cuenta de que Ed decía una tontería al asegurar que la bola de billar se elevaría en el campo de gravedad cero. ¡No podía ser así! Si Bloom no se hubiera burlado tanto de la teoría, si no hubiera estado tan empeñado en sentirse orgulloso de su propia ignorancia de la teoría, lo hubiera sabido. »El movimiento de la Tierra no es el único movimiento que nos afecta, joven. El propio Sol se mueve en una vasta órbita cerca del corazón de la galaxia de la Vía Láctea. Y la galaxia también se mueve, aunque no de un modo claramente definido. Si la bola de billar estuviera sujeta a la gravedad cero, podría pensarse que no la afectaría ninguno de esos movimientos y, por tanto, no caería de pronto en un estado de absoluta inmovilidad…, cuando no existe la absoluta inmovilidad. Priss meneó lentamente la cabeza.

– El problema con Ed, a mi entender, fue que estaba pensando en el tipo de gravedad cero con que uno se encuentra en la caída libre de una nave espacial, cuando se flota en el aire. Contaba con que la bola flotara en el aire. Sin embargo, en una nave espacial la gravedad cero no es el resultado de una ausencia de gravitación, sino simplemente el resultado de que dos objetos, una nave y un hombre dentro de la nave, van cayendo a la misma velocidad, respondiendo a la gravedad precisamente del mismo modo, de forma que cada uno está inmóvil respecto del otro. »En el campo de gravedad cero producido por Ed, hubo un aplanamiento de la sábana de goma que es el Universo, lo que significa una verdadera pérdida de masa. Todo en aquel campo, incluso las moléculas de aire retenidas en él y la bola de billar que yo metí dentro, dejaron completamente de ser masa mientras permanecieron dentro. Un objeto absolutamente sin masa sólo puede moverse en una dirección. Calló, como invitando a que le preguntara; así que dije:

– ¿Y cuál sería ese movimiento?

– Un movimiento a la velocidad de la luz. Cualquier objeto sin masa, como un neutrón o un fotón, viaja a la velocidad de la luz mientras exista. De hecho, la luz se mueve a esa velocidad porque está compuesta de fotones. Tan pronto como la bola de billar entró en el campo de gravedad cero y perdió su masa, asumió también al instante la velocidad de la luz y desapareció. Sacudí la cabeza.

— Pero, ¿no recuperó su masa tan pronto como dejó el volumen de gravedad cero?

— Claro que si, e inmediatamente empezó a afectarla el campo gravitatorio y a perder velocidad en respuesta a la fricción del aire y de la superficie de la mesa de billar. Pero imagine cuánta fricción se necesita para reducir la velocidad de la masa de una bola de billar viajando a la velocidad de la luz. Pasaría a través de casi doscientos kilómetros de espesor de nuestra atmósfera en una milésima de segundo, al hacerlo unos pocos kilómetros fuera de los 298,051 de ellos. En su trayectoria, chamuscó la parte alta de la mesa de billar, pasó limpiamente a través del borde, atravesó al pobre Ed y a la ventana, agujereándolo fácilmente porque antes había pasado a través de porciones de algo tan quebradizo como el cristal sin hacerlo añicos. »Fue extraordinariamente afortunado que nos encontráramos en el último piso de un edificio levantado en mitad del campo. De haber estado en la ciudad pudo haber atravesado varios edificios y matado a varias personas. En este momento la bola de billar está en el espacio, más allá del sistema solar, y continuará viajando así eternamente, a casi la velocidad de la luz, hasta que tope con algo suficientemente grande que la detenga. Pero dejará allí un gran cráter. Jugué con la idea, pero no estaba seguro de que me gustara:

— ¿Cómo puede ser? -pregunté-. La bola de billar entró en el volumen de gravedad cero casi parada. La vi. Y usted dice que salió cargada de una cantidad increíble de energía cinética. ¿De dónde procedía esa energía? Priss se encogió de hombros.

— De ninguna parte. La ley de la conservación de la energía sólo se mantiene en condiciones en las que la relatividad general es válida; es decir, en un universo de plancha de goma abollada. Siempre que la depresión queda alisada, la relatividad general deja de existir, y la energía puede crearse y destruirse libremente. Esto explica la radiación a lo largo de la superficie cilíndrica del volumen de gravedad cero. Esta radiación, ¿se acuerda?, no fue explicada por Bloom y me temo que no podía explicarla. Si primero hubiera experimentado más, si no hubiera sido tan tontamente ansioso de montar su espectáculo…

— ¿Qué produjo la radiación, señor?

— Las moléculas del aire dentro del volumen. Cada una de ellas asume la velocidad de la luz y salen disparadas hacia fuera. Son solamente moléculas, no bolas de billar, así que se detienen, pero la energía motriz de su movimiento se convierte en radiación energética. Es continua, porque nuevas moléculas van entrando y adquiriendo la velocidad de la luz y saltando fuera.

— Entonces, ¿la energía se crea continuamente?

— En efecto. Y esto es lo que debemos aclarar al público. La antigravedad no es primariamente un dispositivo para elevar naves espaciales o para revolucionar el movimiento mecánico. Es más bien la fuente de una provisión infinita de energía gratuita, pues parte de la energía producida puede ser dirigida a mantener el campo que mantiene lisa aquella porción del Universo. Lo que Ed Bloom inventó, con éxito, sin saberlo, no era sólo la antigravedad, sino la primera máquina de movimiento perpetuo de primera clase…, que crea energía de la nada.

— Cualquiera de nosotros pudo haber sido destruido por aquella bola de billar, ¿verdad, profesor? Pudo haber salido en cualquier dirección.

— Bueno, fotones sin masa emergen continuamente de cualquier fuente de luz, y a la velocidad de la luz, en cualquier dirección; por eso la luz de una vela ilumina en todas direcciones. Las moléculas sin masa del aire salen del volumen de gravedad cero en todas direcciones, por lo que todo el cilindro irradia luz. Pero la bola de billar era solamente un objeto. Pudo haber salido en cualquier dirección, pero tenía que salir en una dirección elegida al azar, y la dirección elegida fue la que atravesó al Pobre Ed.

Y nada más. Todo el mundo conoce las consecuencias. La Humanidad dispone de energía libre y por ello tenemos el mundo que tenemos ahora. El profesor Priss fue el encargado de su desarrollo por el consejo de administración de «Bloom Enterprises», y con el tiempo se hizo tan rico y famoso como lo había sido Edward Bloom. Y Priss sigue teniendo, además, dos premios Nobel. Sólo que… No dejo de pensar. Los fotones salen de un punto de luz en todas direcciones porque se crean sobre la marcha y no hay razón para que se muevan en una dirección más que otra. Las moléculas del aire salen de un campo de gravedad cero en todas direcciones porque también entran en todas direcciones. Pero, ¿qué hay de una sola bola de billar, entrando en un campo de gravedad cero, desde un punto determinado? ¿Sale en aquella misma dirección, o en otra cualquiera? He preguntado discretamente, pero los físicos teóricos no parecen estar seguros, y no he podido encontrar datos de que la «Bloom Enterprises~, que es la única organización que trabaja con campos de gravedad cero, haya experimentado jamás en la materia. Alguien de la organización me dijo una vez que el principio de incertidumbre garantiza la salida al azar de un objeto entrado en cualquier dirección. Entonces, ¿por qué no intentan el experimento? Podría ser que… ¿Podría ser que, por una vez, la mente de Priss hubiera trabajado de prisa? ¿Podía ser que, bajo la presión a que Bloom le estaba sometiendo, Priss se hubiera dado cuenta de todo, súbitamente? Había estado estudiando la radiación que rodea el volumen de gravedad cero. Podía haberse dado cuenta de su causa y tener la seguridad de la moción a la velocidad de la luz de cualquier cosa que penetrara en el volumen. Entonces, ¿por qué no había dicho nada? Una cosa es cierta. Nada de lo que Priss hiciera en la mesa de billar podía ser accidental. Era un experto y la bola de billar hizo exactamente lo que él quiso que hiciera. Yo estaba allí. Le vi mirar a Bloom, luego a la mesa como si calculara ángulos. Le vi golpear la bola. La vi cómo rebotaba del lado de la mesa y entraba en el volumen de gravedad cero, yendo en una dirección determinada. Porque cuando Priss mandó la bola hacia el volumen de gravedad cero, y las películas tridimensionales no me dejarán mentir, apuntaba ya directamente al corazón de Bloom. ¿Accidente? ¿Coincidencia? ¿Asesinato?

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