Isaac Asimov: Privilegio. Cuento

aLinda, con sus diez años de edad, era la única de la familia que parecía disfrutar mientras estaba despierta. Norman Muller la oía ahora, pese a su sueño comatoso y enfermizo. (Por fin había conseguido dormirse una hora antes, pero incluso así era más por agotamiento que por sueño.)

— ¡Papá! ¡Papá, despierta! ¡Despierta! -estaba al lado de la cama y le sacudía.

— Está bien, Linda -murmuró reprimiendo un gemido.

— Pero, papá, hay más policías por aquí que otras veces. Hay coches de Policía también, y de todo. Norman Muller claudicó y se incorporó penosamente sobre los codos. Amanecía. Fuera se iniciaba débilmente el alba, un principio de día gris tristón que parecía tan gris y tan tristón como él mismo. Oía a Sarah, su mujer, atarearse en la cocina con los trajines del desayuno. Su suegro, Matthew, escupía sin parar ruidosamente en el cuarto de baño. Sin duda el agente Handley estaba dispuesto y esperándole. Al principio, había sido como cualquier otro año. Quizás un poco peor, porque era un año de votaciones presidenciales, pero pensándolo bien, no peor que otros años de votaciones. Los políticos hablaban del gran electorado y de la enorme inteligencia electrónica que le servía. La Prensa analizaba la situación con computadoras industriales (el New York Times y el Post Dispatch de San Luis tenían sus propias computadoras), llena de pequeñas insinuaciones sobre lo que iba a ocurrir. Los comentaristas y columnistas señalaban lo crucial de los Estados y de las regiones, en feliz contradicción unos y otros. La primera insinuación de que no iba a ser como los otros años fue cuando Sarah Muller dijo a su marido el 4 de octubre por la noche (a un mes vista del día de las elecciones):

— Cantwell Johnson dice que este año Indiana será el Estado. Es el cuarto. Imagínatelo, esta vez es nuestro Estado. Matthew Hortenweiler sacó su gruesa cara de detrás del periódico, miró a su hija con acritud y masculló:

— A ésos les pagan por decir mentiras. No les hagas caso.

— Cuatro de ellos, padre -respondió con dulzura-. Todos dicen que será Indiana.

— Indiana es un Estado clave, Matthew -insistió Norman con igual dulzura-, por causa de la Ley Hawkins-Smith y ese jaleo en Indianápolis. Es… Matthew torció el gesto y barbotó:

— Nadie dice Bloomington o Monroe County, ¿verdad?

— Bueno… -empezó Norman. Linda, con su carita de mentón pronunciado, había estado observando a uno y a otro y dijo con voz aflautada:

— ¿Vas a votar este año, papá?

— No lo creo, nena. Pero esto formaba parte de la excitación creciente de un octubre en año de elecciones presidenciales y Sarah había vivido una vida pacífica y llena de sueños en pro de sus compañeros.

— Pero ¿no creéis que sería maravilloso? -dijo con cierta emoción.

— ¿Que yo votara? -exclamó Norman Muller, cuyo bigotito rubio le había dado de joven un aire desenvuelto a los ojos de Sarah, pero que al encanecer, había pasado a indicar falta de distinción. Su frente, surcada por profundas arrugas, refleja incertidumbre, nunca había regalado a su alma de empleado la idea de que era importante o que en ciertas circunstancias conseguiría cierta importancia. Tenía una esposa, un empleo y una niña. Excepto cuando estaba muy excitado o muy deprimido, se sentía inclinado a considerar que la vida le había tratado muy bien. Así que sentía cierto embarazo y bastante inquietud al notar el rumbo que tomaban los pensamientos de su mujer.

— A decir verdad, querida, hay doscientos millones de personas en el país y ante tal cantidad no creo que debamos pasar el tiempo preocupándonos por ello.

— Pero, Norman -repuso su mujer-, no se trata de doscientos millones, y tú lo sabes. En primer lugar sólo la gente entre veinte y sesenta años son elegibles, y son siempre hombres, así que esto ya lo reduce quizás a cincuenta millones. Después, si es realmente Indiana…

— Entonces la proporción es de uno a un cuarto de millón. Ni siquiera querrías que apostara a un caballo, dada la proporción, ¿verdad? Venga, cenemos.

— ¡Malditas tonterías! -masculló Matthew detrás de su periódico.

— ¿Vas a votar tú este año, papá? -volvió a preguntar Linda. Norman negó con un movimiento de cabeza y todos pasaron al comedor. Hacia el 20 de octubre la excitación de Sarah crecía rápidamente. Mientras tomaban el café anunció que Mistress Schultz, cuyo primo era secretario de un diputado, había dicho que «el dinero inteligente» estaba en Indiana.

— Dice que incluso el presidente Villers va a echar un discurso en Indianápolis. Norman Muller, que había tenido un día agobiante en el almacén, oyó el comentario con una ceja levantada y lo dejó pasar sin más. Matthew Hortenweiler, que estaba crónicamente en desacuerdo con Washington, comentó:

— Si Villers suelta un discurso en Indianápolis, quiere decir que piensa que «Multivac» elegirá Arizona. No se atrevería a acercarse, el muy imbécil. Sarah, que ignoraba a su padre siempre que podía hacerlo decentemente, intervino:

— No comprendo cómo no anuncian el Estado tan pronto como puedan, y luego el Condado y demás. Así la gente eliminada podría relajarse.

— Si hicieran una cosa así -terció Norman-, los políticos seguirían los comunicados como buitres. Para cuando le llegara el turno a una ciudad, tendríamos congresistas en todas las esquinas. Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia el cabello ralo y gris.

— Son buitres, sí. Fijaos…

— Papá, por favor -empezó Sarah. La voz de Matthew ahogó su protesta de forma arrolladora:

— Escuchad, yo andaba por allí cuando montaron «Multivac». Según decían iba a terminar con la política de partidos. Ya no se malgastaría el dinero del contribuyente en campañas. No más imbéciles sonrientes y excitados. No más propaganda en campañas para el Congreso o la Casa Blanca. Bien, ¿y qué pasa? Más campañas que nunca, sólo que ahora se hacen a ciegas. Mandan tíos a Indiana por lo de la Ley Hawkins-Smith y

otros van a California por si acaso la situación de Joe Hammer se pone crucial. Y digo yo, basta de tonterías. Volvamos al bueno, viejo… Linda interrumpió de pronto:

— ¿No quieres que papá vote este año, abuelo? Matthew miró mohíno a la chiquilla.

— Deja eso ahora -y se volvió de nuevo a Norman y Sarah-. Hubo un tiempo en que voté. Iba directamente a la cabina de votación, apretaba la palanca con el puño y votaba. Era de lo más fácil. Me limitaba a decir: este tío es mi hombre y voto por él. Así es como debería ser.

— ¿Votaste, abuelo? ¿Votaste de verdad? -preguntó Linda, excitada. Sarah se inclinó rápidamente hacia delante para calmar lo que podía transformarse fácilmente en una historia incongruente circulando por el vecindario:

— No es eso, Linda. El abuelo no quería decir exactamente votar. Todo el mundo hacía esta especie de votación, tu abuelo también, pero en realidad no era votar.

— No era ya un chiquillo -rugió Matthew-. Tenía veintidós años y voté por Langley, y era un verdadero voto. Quizá mi voto no pesaba mucho, pero valía tanto como el de cualquier otro. Como el de cualquier otro. Y nada de «Multivac» para…

— Está bien, Linda -interrumpió Norman-. Es hora de acostarte. Y deja ya de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayor lo comprenderás todo. La besó con ternura y la niña se apartó de mala gana empujada por su madre y por la promesa de que podía ver su vídeo de cabecera hasta las 9.15 si se daba prisa con el ritual del baño nocturno. Linda dijo, «¡Abuelo!», y permaneció con la barbilla bajada y las manos a la espalda hasta que el periódico descendió hasta quedar al descubierto las cejas hirsutas y los ojos rodeados de finas arrugas. Era viernes, 31 de octubre.

— ¿Qué? -preguntó. Linda se le acercó y apoyó los codos en las rodillas del anciano de modo que no tuvo más remedio que dejar del todo el periódico.

— Abuelo, ¿de verdad votaste una vez? -le preguntó.

— Ya me oíste contarlo, ¿no? ¿Crees que digo mentiras?

— No…, no, pero mamá dice que entonces todo el mundo votaba.

— Y así era.

— Pero. ¿cómo podían? ¿Cómo podía votar todo el mundo? Matthew la miró muy serio, la alzó, se la sentó sobre las rodillas y moderó el tono de su voz.

— Verás, Linda -le dijo-, hasta hace casi 40 años, todo el mundo votaba. Digamos que queríamos decidir a quien queríamos como Presidente de los Estados Unidos. Tanto los demócratas como los republicanos nominaban a alguien, y todo el mundo decía lo que prefería. Una vez pasado el día de elecciones, empezaban a contar cuánta gente quería al demócrata, y cuántos al republicano. El que reunía más votos era el elegido. ¿Comprendes? Linda movió la cabeza y preguntó:

— ¿Cómo sabia la gente a quién tenía que votar? ¿Se lo decía «Multivac»? Matthew frunció las cejas y la miró con severidad.

— Se lo decía su propio sentido común, niña. Linda se apartó un poco y él volvió a bajar la voz:

— No estoy enfadado contigo, Linda. Pero, verás, a veces era necesaria toda la noche para contar lo que decía todo el mundo, y la gente se impacientaba. Así que inventaron máquinas especiales que podían ver los primeros votos y compararlos con los votos de lugares parecidos, en años anteriores. Así la máquina computaba cómo sería el voto total y quién sería elegido, ¿comprendes?

— Como «Multivac» -afirmó.

— Las primeras computadoras eran mucho más pequeñas que «Multivac». Pero las máquinas fueron creciendo y podían decir cómo iría la elección a partir de muy pocos votos. Después, por fin crearon a «Multivac» y ya se puede saber a partir de un solo voto. Linda sonrió al llegar a esta parte de la historia que le era familiar y dijo:

— ¡Qué bien!

— No, no tan bien -comentó Matthew, ceñudo-. No me gusta que una máquina me diga cómo he votado sólo porque un tío de Milwaukee dice que está en contra del amnento de precios. A lo mejor me da por votar en contra sólo porque si. A lo mejor no me interesa votar. A lo mejor… Pero Linda había bajado de sus rodillas y se batía en retirada. En la puerta se encontró con su madre. Su madre que todavía llevaba puesto el abrigo y no había tenido tiempo de quitarse el sombrero, anunció, jadeante:

— Apártate, Linda, no tropieces con mamá. Luego se dirigió a Matthew y le dijo, mientras se quitaba el sombrero y se arreglaba el cabello:

— He estado en casa de Agatha. Matthew la miró, critico, y ni siquiera dirigió un gruñido de apreciación a la noticia, sino que volvió a coger el periódico. Mientras se desabrochaba el abrigo, Sarah preguntó:

— ¿Sabes lo que me dijo? Matthew dobló el periódico para leerlo mejor, con gran ruido de papel, y dijo al fin:

— Me tiene sin cuidado.

— Bueno, padre -empezó Sarah. Pero no tenía tiempo para enfadarse. La noticia tenía que ser comunicada a Matthew porque era el único disponible, así que continuó. Joe, el de Agatha, es policía, ¿sabes?, y dice que anoche llegó todo un autocar de policía secreta a Bloomington.

— Pues no vienen a por mí.

— ¿No te das cuenta, padre? Agentes del Servicio Secre-llegó todo un autocar de Policía secreta a Bloomington.

— Quizás andan tras un ladrón de Bancos.

— No han robado ningún Banco en la ciudad desde hace tiempo. Padre, eres imposible. Y se marchó. Tampoco Norman Muller recibió la noticia con especial excitación.

— Óyeme, Sarah, ¿cómo puede saber Joe que se trata de Policía secreta? -preguntó con calma-. No andarían por ahí con tarjetas de identificación pegadas a la frente. Pero a la noche siguiente, 2 de noviembre, pudo decir con aire triunfal:

— Todo el mundo en Bloomington está esperando que el votante sea alguien de aquí. El News de Bloomington llegó casi a decirlo por el vídeo. Norman se revolvió, inquieto, no podía negarlo. Se le caía el alma a los pies. Si Bloomington era realmente la ciudad elegida por «Multivac», eso traería consigo a periodistas, vídeos, turistas y todo tipo de…, perturbaciones. A Norman le encantaba la tranquila rutina de su vida y el lejano torbellino de la política estaba, desgraciadamente, cada vez más cercano. Observó:

— Todo son rumores. Nada más.

— Pues, espera y verás. Espera y veras. Tal y como ocurrieron las cosas, hubo muy poco que esperar, porque el timbre de la puerta sonó insistentemente. Norman Muller la abrió y preguntó:

— ¿Quién? Un hombre alto, de aspecto grave preguntó:

— ¿Es usted Norman Muller?

— Sí -contestó él pero con voz extrañamente mortecina. No era difícil adivinar por el aspecto del desconocido que era alguien que representaba autoridad. Y la naturaleza dc su visita era clara como, un instante antes, había sido impensable. El hombre presentó sus credenciales, entró en la casa, cerró la puerta tras él y dijo, ritualmente:

— Señor Norman Muller, debo necesariamente informarle en nombre del Presidente de los Estados Unidos que ha sido usted seleccionado para representar al electorado americano el martes, 5 de noviembre de 2008. Norman Muller consiguió andar con dificultad, sin que le ayudaran hasta su sillón. Permaneció sentado, pálido y como ausente. Sarah trajo agua, golpeó sus manos presa de pánico y suplicó a su marido con los dientes apretados:

— No te pongas malo, Norman. No te pongas malo. Ya encontrarán a alguien más. Cuando Norman pudo conseguir hablar, murmuró:

— Lo siento, señor. El agente secreto, que se había quitado el gabán y desabrochado la americana, ya estaba sentado cómodamente en el sofá.

— No se preocupe -le tranquilizó, y su aspecto oficial pareció desaparecer después de su declaración formal dejándole simplemente como un hombre enorme y amistoso-. Ésta es la sexta vez que he tenido que anunciar esto y he presenciado toda clase de reacciones. Ninguna del tipo que se ve en las películas. ¿Sabe a lo que me refiero? Esa expresión de euforia, dedicada y un tipo que dice: «Será un gran honor servir a mi país.» Y ese tipo de memeces. -El agente se rió animándole. La risa de Sarah tenía en cambio un rastro estridente de histeria. El agente continuó:

— A partir de ahora voy a estar con usted temporalmente. Me llamo Philip Handley. Me gustaría que me llamara Phil. El señor Muller ya no podrá salir de su casa hasta el día de las elecciones. Tendrá que informar al almacén donde trabaja de que está enfermo, señora Muller. Usted puede seguir con sus obligaciones durante un tiempo, pero tendrá que acceder a no decir nada de todo esto a nadie. ¿De acuerdo, señora Muller? Sarah asintió con firmeza.

— Sí, señor. Ni una sola palabra.

— Está bien, pero, señora Muller -Handley continuó gravemente-, tenga en cuenta que no es una broma. Salga solamente si debe hacerlo, pero la seguirán cuando salga. Lo lamento, pero así es como operamos.

— ¿Que me seguirán?

— Lo harán discretamente. Y no se apure, sera sólo durante dos días, hasta que se anuncie oficialmente a la Nación. Su hija…

— Está acostada -se apresuró a decir Sarah.

— Bien. Tendrán que decirle que soy un pariente o un amigo que pasa unos días con la familia. Si descubre la verdad, tendrán que mantenerla en casa. Su padre, en todo caso, no podrá salir.

— No le va a gustar -observó Sarah.

— No puedo evitarlo. Ahora bien, como no hay nadie más viviendo con ustedes…

— Por lo visto lo sabe todo sobre nosotros -murmuró Norman.

— Bastante -asintió Handley-. Por ahora éstas son mis instrucciones. Me esforzaré por cooperar cuanto pueda y procuraré molestarles lo menos posible. El gobierno pagará mi hospedaje, así que no les resultaré gravoso. Cada noche me relevará alguien que se sentará en esta habitación, así que no tendrán problemas en instalarme para dormir. Bien, señor Muller…

— Dígame, señor.

— Llámeme Phil -repitió el agente-. El propósito de estos dos días preliminares al anuncio oficial, es hacer que se acostumbre usted a su nueva posición. Preferímos que se encare con «Multivac» en un estado de ánimo completamente normal. Relájese y piense que todo esto forma parte del trabajo diario. ¿De acuerdo?

— De acuerdo -respondió Norman, y a continuación sacudió violentamente la cabeza-, pero yo no deseo esta responsabilidad. ¿Por qué yo?

— Está bien -dijo Handley-, aclaremos todo esto. «Multivac» pesa todo tipo de factores conocidos, miles de millones. Sólo un factor es desconocido, y tardará mucho tiempo en saberse. Es la reacción de la mente humana. Todos los americanos están sometidos a la presión de lo que otros americanos hacen y dicen, a las cosas que se le hacen y a lo que él hace a los otros. Cualquier americano puede ser llevado ante «Multivac» para una revisión de su mente. A partir de ésta pueden estimarse las demás mentes del país. Algunos americanos son mejores que otros para este propósito, en un momento dado, dependiendo de lo ocurrido en el transcurso del año. No los más listos, ni los más fuertes, ni los más afortunados, sino los más representativos. Pero no estamos juzgando a «Multivac».

— ¿Y no puede equivocarse? -preguntó Norman. Sarah, que escuchaba impaciente, interrumpió para decir:

— No le haga caso, señor. Es que está muy nervioso, ¿sabe? En realidad es muy culto y siempre ha seguido de cerca la política.

— «Multivac» es quien toma la decisión final -cortó Handley-, señora Muller, y eligió a su marido.

— Pero, ¿es que lo sabe todo? -insistió Norman alocado-. ¿No podría haberse equivocado?

— Sí, puede. Es inútil no ser franco. En 1992 un votante seleccionado murió de un ataque dos horas antes de darle la noticia. «Multivac» no lo había previsto; no podía saberlo. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente inaceptable o un traidor. «Multivac» no puede saberlo todo sobre todo el mundo, hasta que se le han dado todos los datos que existen. Por eso tenemos siempre alternativas seleccionadas y dispuestas. No creo que esta vez sea necesario. Goza usted de buena salud, señor Muller, y ha sido cuidadosa y meticulosamente investigado. Reúne las condiciones. Norman hundió el rostro entre las manos y se quedó inmóvil.

— Mañana por la mañana, señor, estará perfectamente bien -declaró Sarah-, sólo tiene que hacerse a la idea, nada más.

— Naturalmente -asintió Handley. En la intimidad de su alcoba, Sarah Muller se expresaba de forma distinta y más fuerte. El tema de su sermón era más o menos:

— Debes sobreponerte, Norman. Estás tratando de echar a rodar la oportunidad de toda tu vida. Norman murmuró desesperado:

— Me asusta, Sarah. Me asusta todo.

— Pero, por el amor de Dios, ¿por qué? ¿Qué hay de malo en contestar una o dos preguntas?

— La responsabilidad es enorme. No puedo aceptarla.

— ¿Qué responsabilidad? No la hay. «Multivac» te eligió. La responsabilidad es, pues, el «Multivac». Todo el mundo lo sabe. Norman se sentó en la cama en un acceso de rebeldía y angustia.

— Se supone que todo el mundo lo sabe. Pero no es así. Saben.

— Baja la voz -le susurró Sarah, glacial-. Te oirán en la ciudad.

— No me oirán -contestó Norman, bajando la voz-. Cuando hablan de la administración Ridgely de mil novecientos ochenta y siete, ¿dicen acaso que les convenció con sus promesas de dulce vida y tonterías racistas? ¡No! Hablan del maldito voto MacComber, como si Humphrey MacComber fuera el único hombre que lo provocó porque se encaró con «Multivac». Yo mismo lo comenté…, sólo que ahora pienso que el pobre hombre no era más que un pobre granjero que no pidió ser elegido. ¿Por qué iba a ser precisamente culpa suya? Ahora su nombre es como una maldición.

— Tu razonamiento es infantil -dijo Sarah.

— Soy sensato. Te lo digo, Sarah, no voy a aceptar. No pueden obligarme a votar si yo no quiero. Diré que estoy enfermo. Diré… Pero Sarah estaba harta y friamente furiosa. Murmuró:

— Ahora, escúchame tú. No tienes que pensar sólo en ti. Sabes lo que significa ser el Votante del año. Y un año presidencial, además. Significa publicidad y fama y, quizá, montones de dinero…

— Y después vuelvo a ser un empleado.

— No volverás a serlo. Te darán por lo menos la dirección de una sucursal, por poca cabeza que tengas, y la tendrás, porque te diré lo que hay que hacer. Si juegas bien tus cartas controlarás ese tipo de publicidad y obligarás a los «Almacenes Kennell, Inc.», a un buen contrato, a una cláusula de promoción en relación con tu sueldo y un plan de jubilación decente.

— Ése no es el propósito de ser Votante, Sarah.

— Pues será tu propósito. Si no quieres hacer nada por ti, no lo hagas; tampoco te pido nada para mí, pero debes hacerlo por Linda. Norman gimió.

— Bien, ¿no lo crees así? -insistió Sarah.

— Sí, querida -musitó Norman.

El día 3 de noviembre se hizo el anuncio oficial y ya era demasiado tarde para que Norman diera marcha atrás aunque hubiese encontrado el valor para intentarlo. Su casa quedó cerrada a cal y canto. Los agentes del Servicio Secreto aparecieron abiertamente, bloqueando todo intento de comunicación. Al principio el teléfono llamaba incesantemente, pero Philip Handley, excusándose sonriente, se hizo cargo de todas las llamadas. Eventualmente, la central de teléfonos conectó directamente las llamadas a la comisaría de Policía. Norman imaginó que, de este modo, se ahorraba no sólo las joviales (y quizás envidiosas) felicitaciones de los amigos, sino también la presión de vendedores oliendo beneficios y la calculada suavidad de los políticos de toda la nación…, e incluso amenazas de muerte por parte de los inevitables maleantes. Se prohibió la entrada de periódicos en casa, para evitar presiones, y la televisión fue firmemente desconectada, pese a las fuertes protestas de Linda. Matthew gruñó y no salió de su habitación; Linda, pasado el primer momento de excitación, puso mala cara y se quejó de no poder salir de casa. Sarah distribuyó su tiempo entre la preparación de las comidas para el presente, y planear el futuro; la depresión de Norman fue en aumento. Y el día 4 de noviembre del año 2008, por la mañana, llegó finalmente y fue el Día de la Elección. Fue un desayuno temprano, pero sólo comió Norman Muller, y lo hizo maquinalmente. Ni siquiera la ducha y el afeitado lograron devolverle a la realidad o quitarle la impresión de que estaba tan sucio por fuera como se sentía por dentro. La voz amistosa de Handley hizo lo imposible para dar cierto aspecto de normalidad al amanecer gris y desagradable. (El pronóstico del tiempo era: día nublado con posibles lluvias antes de mediodía.)

— Mantendremos la casa incomunicada -dijo Handley- hasta el regreso del señor Muller, después se verán libres de nosotros. El agente secreto iba ahora completamente uniformado, incluso con armas en pistoleras fuertemente claveteadas de cobre.

— No nos ha causado usted ninguna molestia, Mr. Handley -declaró Sarah. Norman se bebió dos tazas de café bien cargado, se secó los labios con la servilleta, se puso en pie y exclamó:

— Estoy dispuesto. Handley se levantó también.

— Bien, señor. Y muchas gracias, señora Muller, por su amable hospitalidad. El coche blindado zumbó por calles desiertas, unas calles desiertas pese a la hora que era. Handley lo hizo notar y explicó:

— Siempre se desvía el tráfico de la ruta prevista desde el intento de bombardeo que casi arruinó la elección Everett en 1992. Cuando el coche se detuvo, Handley, siempre correcto, le ayudó a bajar y entraron en un paso subterráneo cuyos muros estaban guardados por soldados en posición de firmes. Le hicieron pasar a una habitación brillantemente iluminada, en la que tres hombres vestidos de blanco le saludaron sonrientes.

— Pero esto es un hospital -exclamó Norman.

— No significa nada -explicó Handley al momento-. Es sólo que el hospital dispone de las facilidades necesarias.

— Bien, ¿y qué hago ahora? Handley hizo una señal con la cabeza. Uno de los tres hombres de blanco se adelantó y dijo:

— Ahora me hago cargo yo, agente. Handley se llevó la mano a la cabeza en un saludo indiferente y se marchó. El hombre vestido de blanco se dirigió a Norman:

— ¿Quiere sentarse, Mr. Muller? Soy John Paulson, Computador Decano, y éstos son Samson Levine y Peter Dorogobuzh, mis ayudantes. Norman les estrechó la mano. Paulson no era muy alto, tenía un rostro pálido que parecía acostumbiado a sonreír y un peluquín que no podía disimular. Llevaba gafas de montura de plástico de forma anticuada y mientras hablaba encendió un cigarrillo. (Norman rehusó el que le ofrecieron.)

— En primer lugar, Mr. Muller -empezó Paulson-, quiero que sepa que no tenemos la menor prisa. Queremos que se quede con nosotros todo el día si es preciso, para que vaya acostumbrándose a lo que le rodea y supere cualquier idea que haya podido tener de que en todo esto hay algo fuera de lo normal, algo de tipo clínico, no sé si me comprende.

— Está bien -dijo Norman-. Me gustaría que todo hubiera terminado.

— Comprendo sus sentimientos. Pero queremos que sepa exactamente lo que está pasando… En primer lugar, «Multivac» no está aquí.

— ¿No está aquí? -Pese a toda su depresión, tenía la esperanza de poder ver a «Multivac». Se decía que medía ochocientos metros de longitud y tenía una altura de tres pisos, que cincuenta técnicos circulaban por sus corredores dentro de su estructura continuamente. Era una de las maravillas del mundo. Paulson sonrió:

— No. No es portátil, ¿sabe? Está situada bajo tierra y la verdad es que muy poca gente sabe dónde está ubicada. Podrá comprenderlo sabiendo que se trata de nuestro mayor y más importante recurso. Créame, las elecciones no es lo único de que se ocupa. Norman creyó que el hombre charlaba deliberadamente y eso le intrigó:

— Pensé que podría verla. Me hubiera gustado.

— No me cabe la menor duda. Pero para ello hace falta una orden presidencial e incluso en este caso debe ser también firmada por Seguridad. No obstante, estamos conectados, aquí mismo, con «Multivac», mediante transmisión por rayo. Lo que diga «Multivac» podemos interpretarlo aquí y lo que digamos se transmite por rayo directamente a «Multivac», así que en cierto modo estamos en su presencia. Norman miró a su alrededor. Las máquinas que llenaban la habitación no tenían el menor significado para él.

— Permítame que le explique, Mr. Muller -se ofreció Paulson-. «Multivac» ya posee la mayor parte de la información que necesita para decidir las elecciones, nacionales, estatales y locales. Necesita solamente comprobar ciertas actitudes imponderables de la mente y para eso le utilizará a usted. No podemos predecir las preguntas que le hará, puede que algunas le parezcan sin sentido, o nos lo parezcan a nosotros. Puede preguntarle qué piensa de la eliminación de basuras de su ciudad, si prefiere los incineradores centrales, si tiene usted un médico particular, o si utiliza los servicios de la Seguridad Social. ¿Comprende?

— Sí, señor.

— Pregunte lo que pregunte, conteste con sinceridad y del modo que más le agrade. Si considera que debe aclararle algo, hágalo. Si lo cree necesario, puede hablar una hora.

— Sí, señor.

— Ahora, una cosa más. Necesitamos utilizar aparatos sencillos que tomarán automáticamente nota de su presión sanguínea, de los latidos de su corazón, conductividad de la piel y las ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria le parecerá formidable, pero es absolutamente indolora. Ni siquiera se dará cuenta de que está funcionando. Los otros dos técnicos estaban ya preparando unos aparatos que brillaban suavemente y se movían sobre ruedas engrasadas. Norman preguntó:

— ¿Es para comprobar si miento o no?

— En absoluto, Mr. Muller. No se trata de mentir. Es sólo cuestión de intensidad emocional. Si la máquina le pregunta qué opina de la escuela de su hija, puede usted contestar: «Creo que hay demasiada gente.» Esto no son más que palabras. De la forma en que su corazón, cerebro, hormonas y glándulas sudoríparas funcionan, «Multivac» puede juzgar la intensidad de sus sentimientos sobre el asunto. Comprenderá sus sentimientos mejor que usted mismo.

— No sabía nada de esto -comentó Norman.

— Claro, estoy seguro de que no. La mayoría de los detalles de cómo actúa «Multivac» son secretos. Por ejempío, cuando se marche le pedirán que firme un documento jurando que nunca revelará la naturaleza de lo que se le preguntó, ni de lo que respondió, lo que se hizo o cómo se hizo. Cuanto menos se sepa sobre «Multivac», menos oportunidades de intentos de presión exterior sobre los hombres que trabajan en ella -sonrió tristemente-. Nuestras vidas son ya suficientemente duras.

— Comprendo -asintió Norman.

— Bueno, ¿le gustaría comer o beber algo?

— No. Ahora mismo nada.

— ¿Tiene alguna pregunta que hacernos? Norman negó con la cabeza.

— Entonces díganos cuando esté dispuesto.

— Ya lo estoy.

— ¿Está seguro?

— Absolutamente.

— Paulson asintió y levantó la mano hacia los otros dos. Se acercaron con su impresionante equipo, y Norman Muller sintió que la respiración se le aceleraba mientras les observaba. La pesadilla duró casi tres horas. Con un breve descanso para tomar café, y una embarazosa sesión con un orinal, Norman Muller permaneció todo este tiempo engarzado en maquinaria. Al terminar estaba agotado. Pensó que su promesa de no revelar nada de lo que le sucediera sería muy fácil de mantener, porque las preguntas eran ya un turbio revoltijo en su mente. Ignoraba por qué había creído que «Multivac» le hablaría con voz sepulcral y sobrehumana, vibrante y resonante, pero eso, después de todo, no era más que una idea que tenía por todo lo que había visto en televisión. La verdad estaba lamentablemente falta de dramatismo. Las preguntas eran trozos de papel metálico marcado con numerosas perforaciones. Una segunda máquina transformaba las perforaciones en palabras y Paulson leía las palabras a Norman, después le pasaba la pregunta y le dejaba que se la leyera por sí solo. Las respuestas de Norman eran tomadas por una máquina grabadora, repetidas para que Norman las confirmara, enmendara o añadiera alguna observación, y también vueltas a grabar. Todo esto se introducía en el instrumento que hacía las perforaciones y esto, a su vez, era retransmitido a «Multivac». La única pregunta que Norman podía recordar ahora era una incongruencia:

— ¿Qué opina del precio de los huevos? Por fin teriminó. Con cuidado fueron retirándole los electrodos de diferentes partes de su cuerpo, aflojaron la banda que captaba pulsaciones de la parte superior de su brazo, y retiraron la maquinaria. Se puso en pie, respiró profundamente, estremecido, y dijo:

— ¿Nada más? ¿He terminado?

— No del todo. -Paulson se le acercó apresuradamente, sonriendo tranquilizador-. Tendremos que pedirle que se quede una hora más.

— ¿Por qué? -quiso saber Norman.

— Es el tiempo que necesita «Multivac» para introducir los nuevos datos entre los que ya tiene. Como sabe, millares de elecciones están involucradas. Es muy complicado. Y puede ser que un algo aquí o allá, un control de Phoenix, Arizona, o alguna concejalía de Wilkesboro, Carolina del Norte, pueda tener dudas. En tal caso, «Multivac» se vería obligado a formularle una o dos preguntas vitales.

— No -dijo Norman tajante-, no quiero volver a pasar por esto.

— Probablemente no será necesario -le tranquilizó Paulson-. Casi nunca sucede; pero, sólo por si acaso, tendrá que quedarse. -Y su voz acusó un tono acerado-. No tiene elección. Debe quedarse. Norman se sentó, cansado. Se encogió de hombros. Paulson añadió:

— Le podemos dejar un periódico o si prefiere una novela de crimen y misterio, o si le gusta jugar al ajedrez, o lo que sea que podamos hacer para ayudarle a pasar el tiempo, le ruego que nos lo diga.

— Está bien así. Esperaré. Le hicieron pasar a una salita adyacente a la que habían utilizado para el interrogatorio. Se dejó caer en un sillón tapizado de plástico y cerró los ojos. Tenía que esperar esta hora final lo mejor que pudiera.

Permaneció sentado totalmente inmóvil y poco a poco la tensión fue abandonándole. Su respiración fue menos irregular y pudo cerrar las manos sin notar apenas el temblor de sus dedos. Quizá no habría más preguntas. Quizá todo habría terminado. Si había terminado, lo que vendría a continuación serían desfiles e invitaciones para hablar en todo tipo de actos. ¡El Votante del año! Él, Norman Muller, simple empleado de unos pequeños almacenes de Bloomington, Indiana, que ni había nacido importante ni conseguido serlo, se vería en la extraordinana posición de ser considerado como tal. Los historiadores hablarían sobriamente de la Elección Muller del año dos mil ocho. Éste sería el nombre, la Elección Muller. La publicidad, un mejor empleo, el ganar mucho dinero que tanto interesaba a Sarah, ocupaban sólo un minúsculo rincón de su mente. Claro que todo les vendría bien. No podría rechazarlo. Pero en aquel momento, algo más empezaba a preocuparle. Empezaba a despertar en él un patriotismo latente. Después de todo, estaba representando a todo el electorado. Para ellos era el punto central. Era, en su persona y por ese único día, toda América. La puerta se abrió haciéndole abrir los ojos y prestar atención. Por un instante se le contrajo el estómago. ¡Basta de preguntas! Pero Paulson sonreía.

— Ya ha terminado, Mr. Muller.

— ¿No más preguntas, señor?

— No es necesario. Todo estaba clarísimo. Le acompañarán a su casa y volverá a ser un ciudadano particular. O lo que el público le permita ser.

— Gracias. Gracias. -Norman se ruborizó y preguntó: Me pregunto si… ¿Quién ha sido elegido?

— Para eso tendrá que esperar al anuncio oficial -dijo Paulson-. Las reglas son estrictas. Ni siquiera podemos decírselo a usted. Ya me comprende.

— Claro. Sí. -Norman se sentía algo avergonzado.

— El Servicio Secreto le presentará los papeles que debe firmar.

— Bien. -De pronto se sintió orgulloso. En este momento lo experimentaba con fuerza. Estaba orgulloso. En este mundo imperfecto, los ciudadanos soberanos de la primera y más grande Democracia Electrónica, a través de Norman Muller (¡a través de él!), habían ejercitado de nuevo su privilegio, libre y sin trabas.

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