Antony Boucher: En busca de San Aquino. Cuento

Anthony BoucherEl Obispo de Roma, el Jefe de la Sagrada, Católica y Apostólica Iglesia, el Vicario de Cristo en la Tierra –resumiendo, el Papa–, barrió de un manotazo una cucaracha que se paseaba por la mesa cubierta de mugre, bebió otro sorbo de vino tinto y reanudó su discurso.

–En algunos aspectos, Thomas –sonrió–, somos más fuertes ahora que cuando florecíamos en la libertad y la exaltación por las cuales continuamos rezando al término de la misa. Sabemos, como sabían en las catacumbas, que los que son de nuestro rebaño pertenecen a él sinceramente; que creen en la Santa Madre Iglesia porque creen en la hermandad de todos los hombres bajo la paternidad de Dios: no porque piensen en sus aspiraciones políticas, en sus ambiciones sociales, en su vida de negocios.

–Ni por la voluntad de la carne, ni por la voluntad del hombre, sino por la voluntad de Dios –murmuró Thomas, citando a San Juan.

El Papa asintió.

–En cierto sentido, hemos nacido de nuevo en Cristo; pero aún somos pocos: demasiado pocos, aunque incluyamos aquellos otros grupos que no pertenecen a nuestra fe, pero reconocen a Dios a través de la enseñanza de Lutero o Lao-Tse, de Gautama Buda o Joseph Smith. Demasiados hombres se enfrentan con el momento supremo de su existencia, la muerte, sin el consuelo de una oración. Por eso, Thomas, debes persistir en tu búsqueda.

–Pero, Santidad –protestó Thomas–, si la palabra de Dios y el amor de Dios no les convierten, ¿qué pueden hacer los santos y los milagros?

–Me parece recordar –murmuró el Papa– que el propio Hijo de Dios formuló en cierta ocasión una protesta similar. Pero la naturaleza humana, por ilógico que pueda parecer, es parte de Su designio, y debemos amoldarnos a ella. Si las señales y las maravillas pueden conducir almas a Dios, no debemos omitir ningún medio para encontrar las señales y las maravillas. ¿Y qué puede ser mejor a ese respecto que ese legendario Aquino? Vamos, Thomas; no seas tan escrupulosamente exacto en copiar las dudas de tu homónimo, y prepárate para tu viaje.

El Papa levantó la piel que cubría el umbral de la puerta y pasó a la habitación contigua, con Thomas pegado a sus talones. Era más tarde de la hora de cierre establecida por la ley, y la sala principal de la taberna estaba vacía. El tabernero se levantó de la silla en la cual había estado dormitando, para dejarse caer de rodillas y besar el anillo en la mano que el Papa extendió hacia él. Luego se incorporó, persignándose, al tiempo que dirigía una furtiva mirada a su alrededor, como si un Inspector de Lealtad pudiera haberle visto. Silenciosamente, señaló otra puerta en la parte trasera del local y los dos clérigos salieron por ella.

Hacia el oeste, el acantilado descendía suavemente hasta las mismas afueras del pueblo de pescadores. Hacia el sur, las estrellas eran claras y brillantes; hacia el norte, aparecían ligeramente empañadas por la persistente radiación de lo que en otros tiempos había sido San Francisco.

–Tu corcel está aquí –dijo el Papa, con algo parecido a la risa en su voz.

–¿Corcel?

–Podemos ser tan pobres y tan perseguidos como la iglesia primitiva, pero de cuando en cuando podemos obtener mayores ventajas de nuestros tiranos. He conseguido un robasno para ti, regalo de un Tecnarca que, al igual que Nicodemus, hace el bien a escondidas: es un converso secreto, y convertido por ese mismo Aquino en cuya busca vas.

Tenía un aspecto tan inofensivo como un montón de leña cubierta para protegerla de la posible lluvia. Thomas quitó las pieles y contempló las esbeltas líneas funcionales del robasno. Sonriendo, colocó sus mínimas pertenencias en sus serones y trepó a la silla de espuma. Las estrellas alumbraban lo suficiente para permitirle comprobar las coordenadas necesarias en su mapa y alimentar los controles electrónicos con los correspondientes datos.

Entretanto, resonó un murmullo en latín en medio del silencio nocturno, y la mano del Papa se movió sobre Thomas en el símbolo inmemorial. Luego extendió aquella mano, primero para dar a besar el anillo, y después para estrechar la mano de un amigo al cual podía estar viendo por última vez.

Cuando el robasno se puso en movimiento, Thomas miró hacia atrás. El Papa, prudentemente, estaba quitándose el anillo y deslizándolo en el tacón hueco de su zapato.

Thomas levantó la mirada hacia el cielo. En aquel altar, al menos, los cirios continuaban ardiendo abiertamente para la gloria de Dios.

Thomas no había cabalgado nunca en un robasno, pero se sentía inclinado, dentro de sus obvias limitaciones, a confiar en los productos de la Tecnarquía. Después de que varias millas de recorrido le demostraron que las coordenadas estaban debidamente registradas, levantó el respaldo de espuma, recitó las oraciones de la tarde (de memoria, la posesión de un Breviario significaba la condena a muerte) y se entregó al sueño.

Estaban ladeando la zona devastada al este de la bahía cuando despertó. El asiento y el respaldo de espuma le habían proporcionado su mejor sueño en varios años, y tuvo que poner en juego toda su fuerza de voluntad para reprimir un sentimiento de envidia hacia los Tecnarcas y sus comodidades.

Recitó sus oraciones matinales, desayunó frugalmente y aprovechó su primera oportunidad para examinar el robasno a plena luz. Admiró las patas articuladas, tan necesarias desde que las carreteras se habían convertido en caminos vecinales, en el mejor de los casos, excepto en las zonas metropolitanas; las ruedas laterales, que podían ser bajadas y entrar en funcionamiento cuando las condiciones de la superficie lo permitían; y por encima de todo el liso hocico negro que albergaba el cerebro electrónico: el cerebro que almacenaba órdenes y datos acerca de los objetivos finales y tomaba sus propias decisiones en lo que respecta al modo de cumplir aquellas órdenes teniendo en cuenta aquellos datos; el cerebro que hacía que el aparato no fuera un animal, como el asno que su Salvador había montado, ni una máquina, como el jeep de la época de su bisabuelo, sino un robot… un robasno.

–Bueno –dijo una voz–, ¿qué opinas del viaje?

Thomas miró a su alrededor. Se encontraba en una zona desolada, tan desprovista de gente como de vegetación.

–Bueno –repitió la voz, inexpresiva–, ¿acaso los clérigos no aprenden a contestar cuando son interrogados cortésmente?

No había ninguna inflexión pesquisidora en la pregunta. Ninguna clase de inflexión, todas las sílabas sonaban igual. Un sonido raro, mecáni…

Thomas contempló fijamente el negro hocico del robasno.

–¿Estás hablando conmigo? –le preguntó al robasno.

–Ja, ja –dijo la voz, en vez de reír–. Sorprendido, ¿no es cierto?

–Un poco –confesó Thomas–. Creía que los únicos robots que pueden hablar estaban en los servicios de información de las bibliotecas y otros por el estilo.

–Yo soy un modelo nuevo. Diseñado-para-proporcionar-conversación-al-viajero-aburrido –dijo el robasno, enlazando las palabras como si aquella frase fuera soltada de una vez por uno de sus engranajes binarios más simples.

–Bueno –dijo Thomas–. Siempre se conocen nuevas maravillas.

–Yo no soy ninguna maravilla Soy un robot muy simple. Tú no sabes gran cosa acerca de los robots.

–Admito que nunca he estudiado el tema a fondo. Confieso que el concepto robótico en sí me desconcierta un poco. Parece como si el hombre se arrogara unos poderes que sólo corresponden a…

Thomas se interrumpió bruscamente.

–No temas –zumbó la voz–. Puedes hablar libremente. Me han suministrado todos los datos relativos a tu vocación y tu misión. Era necesario, ya que de otro modo podría haberte traicionado inadvertidamente.

Thomas sonrió.

–¿Sabes una cosa? –dijo–. Esto podría resultar agradable: tener un ser con el que poder hablar sin temor a ser traicionado…

–Un ser –repitió el robasno–. ¿No corres el riesgo de incurrir en pensamientos heréticos?

–A decir verdad, resulta un poco difícil clasificarte: alguien que puede hablar y pensar pero que no tiene alma.

–¿Estás seguro de eso?

–Desde luego que lo estoy… –afirmó Thomas–. ¿Te importaría que dejáramos de hablar unos instantes? Me gustaría meditar y adaptarme a la situación.

–No me importa. Nunca me importa. Me limito a obedecer. Lo cual equivale a decir que me importa… Me han cebado con un lenguaje muy obscuro.

–Si continuamos juntos –dijo Thomas–, trataré de enseñarte el latín. Creo que te gustará más. Y ahora déjame meditar.

El robasno se desvió automáticamente hacia el este para escapar de la permanente fuente de radiación que había sido el primer ciclotrón. Thomas tecleó en su chaqueta. La combinación de diez botones pequeños y uno mayor formaba una moda singular; pero era mucho más seguro que llevar un rosario, y, por fortuna, los Inspectores de Lealtad no habían descubierto aún el objetivo funcional de la moda.

Los Misterios Gloriosos parecían apropiados al posible desenlace glorioso de su aventura; pero sus meditaciones eran incapaces de concentrarse en los Misterios. Mientras murmuraba sus Avemarías, estaba pensando:

Sí el profeta Balaam conversó con su asno, yo puedo conversar con mi robasno. Balaam siempre me ha intrigado. No era un israelita; era un hombre de Moab, que adoraba a Baal; y luchaba contra Israel y, sin embargo, era un profeta del Señor. Bendijo a los israelitas cuando le habían ordenado maldecirlos; y, en recompensa, fue degollado por los israelitas cuando éstos triunfaron sobre Moab. La historia no tiene sentido; parece querer demostrar que hay partes del Plan Divino que nunca comprenderemos…

Estaba dormitando en el asiento de espuma cuando el robasno se paró bruscamente, ajustándose con rapidez a datos exteriores que no le habían sido proporcionados previamente. Thomas parpadeó al ver a un hombre gigantesco que le miraba con ceñuda expresión.

–Zona habitada a una milla de distancia –ladró el hombre–. Si vas allí, muéstrame tu pase de acceso. Si no lo tienes, apártate de la carretera y mantente alejado de ella.

Thomas observó que se encontraban en lo que con un poco de buena voluntad podía llamarse una carretera, y que el robasno había bajado sus ruedas laterales y encogido sus patas.

–No voy hacia allí –dijo–. Me dirijo a las montañas.

El gigante gruñó y estaba a punto de dar media vuelta cuando una voz gritó desde el cobertizo que se alzaba al borde de la carretera:

–¡Eh, Joe! ¡Recuerda lo de los robasnos!

Joe se detuvo.

–Sí, es verdad. Dicen que un robasno ha caído en manos de unos cristianos –escupió sobre el polvoriento suelo–. Enséñame el certificado de propiedad.

A sus otras dudas, Thomas añadió ahora ciertas sospechas muy poco caritativas acerca de las motivaciones del anónimo Nicodemus del Papa, que no le había proporcionado tal certificado. Pero fingió buscarlo, llevándose en primer lugar la mano a la frente, como si pensara, luego al pecho, luego al hombro izquierdo y luego al derecho.

Los ojos del guardián permanecieron inexpresivos mientras contemplaba aquella furtiva versión de la señal de la cruz. Después inclinó la mirada. Thomas le imitó y vio que el pie derecho del guardián había dibujado en el polvo de la carretera las dos líneas curvas que los niños utilizan para trazar su primer dibujo de un pez… y que los cristianos de las catacumbas habían empleado como símbolo de su fe.

El pie del guardián borró el pez mientras llamaba a su invisible compañero.

–¡Todo en orden, Fred! –dijo; y añadió–: Adelante, mister.

El robasno esperó hasta que estuvieron fuera del alcance del oído de aquellos hombres antes de observar:

–Muy astuto. Serías un buen agente secreto.

–¿Cómo has visto lo que ha sucedido? –preguntó Thomas–. No tienes ningún ojo.

–Factor psíquico modificado. Mucho más eficaz.

–Entonces… –Thomas vaciló–. ¿Significa eso que puedes leer mis pensamientos?

–Un poco. Pero, no te preocupes. Las tonterías que puedo leer no me interesan.

–Gracias –dijo Thomas.

–Creer en Dios. Bah –era la primera vez que Thomas oía pronunciar esta última exclamación tal como se escribe–. Tengo una mente lógica que no puede incurrir en tales errores.

–Yo tengo un amigo –sonrió Thomas– que también es infalible. Pero sólo en determinadas ocasiones, y sólo porque Dios está con él.

–Ningún ser humano es infalible.

–Entonces –dijo Thomas, sintiéndose súbitamente poseído por el espíritu del anciano jesuita que le había enseñado filosofía–, ¿puede la imperfección crear perfección?

–No sofistiquemos –dijo el robasno–. Eso no es más absurdo que tu propia creencia de que Dios, que es perfección, creó al hombre que es imperfección.

Thomas deseó que su anciano profesor hubiera estado allí para replicar a aquel argumento. Al mismo tiempo, se sintió tranquilizado por el hecho de que el robasno no había contestado a su propia objeción.

–No estoy seguro –dijo– de que eso pueda penetrar en un cerebro diseñado-para-proporcionar-conversación-al-viajero-aburrido. Vamos a suspender la discusión mientras me dices lo que creen los robots, si es que creen algo.

–Creemos en los datos que nos son suministrados.

–Pero vuestras mentes trabajan con ellos; seguramente desarrollan ideas propias…

–A veces sí, y si los datos suministrados son imperfectos pueden desarrollar ideas muy extrañas. Oí hablar de un robot que se encontraba en una aislada estación espacial y que adoraba a un Dios de los robots, negándose a creer que le había creado un hombre.

–Supongo –murmuró Thomas– que argüía que no había sido creado a imagen nuestra. Me alegro de que nosotros –al menos ellos, los Tecnarcas– se hayan limitado a fabricar robots usoformes como tú, cada uno diseñado para la función que ha de cumplir, sin tratar de reproducir la forma humana.

–Eso no sería lógico –dijo el robasno–. El hombre es una máquina, pero no ha sido diseñada para ningún propósito específico. Y, no obstante, he oído decir que en cierta ocasión…

La voz se interrumpió bruscamente en medio de la frase.

De modo que incluso los robots tenían sus sueños –pensó Thomas–. En aquella ocasión existió un super-robot a imagen de su creador Hombre. Partiendo de aquella idea podía desarrollarse toda una teología robótica…

Súbitamente Thomas se dio cuenta de que había vuelto a adormecerse y había sido despertado de nuevo por una brusca detención. Miró a su alrededor. Se encontraban al pie de una montaña –probablemente la montaña de su mapa– y no había nadie a la vista.

–De acuerdo –dijo el robasno–. He efectuado un largo recorrido y mis mecanismos están llenos de polvo y un poco desajustados. Te enseñaré a reajustarlos. Después puedes cenar, y tomarte un buen descanso. Mañana emprenderemos el regreso.

Thomas se quedó boquiabierto.

–Pero… mi misión es la de encontrar a Aquino. Puedo dormir mientras tú sigues adelante. Tú no necesitas ninguna clase de descanso, ¿verdad? –añadió consideradamente.

–Desde luego que no. Pero, ¿cuál es tu misión?

–Encontrar a Aquino –respondió Thomas pacientemente–. Ignoro qué detalles te han sido proporcionados. Pero a los oídos de Su Santidad ha llegado la noticia de que en esta zona vivió hace muchos años un hombre muy virtuoso…

–Lo sé, lo sé –dijo el robasno–. Su lógica era tan irrefutable que todos los que le oían se convertían a la Iglesia, y desde que murió su tumba secreta se ha convertido en un lugar de peregrinación, y son muchos los milagros que ha obrado, y por encima de todas las señales de santidad, su cuerpo se ha conservado incorrupto, y en estos tiempos necesitáis señales y maravillas para convencer a la gente.

Thomas frunció el ceño. Aquellas palabras, pronunciadas con inhumana monotonía, resultaban de una intolerable irreverencia. Cuando Su Santidad había hablado de Aquino, Thomas había imaginado la gloria de un hombre de Dios sobre la Tierra: la elocuencia de San Juan Crisóstomo, la fuerza lógica de Santo Tomás de Aquino, la poesía de San Juan de la Cruz… y, por encima de todo, aquel milagro físico que muy pocos santos habían merecido: la conservación sobrenatural de la carne… El robasno habló de nuevo.

–Tu misión no es la de encontrar a Aquino. Es la de informar que le has encontrado. Entonces, tu ocasionalmente infalible amigo podrá canonizarle y proclamar un nuevo milagro, y muchos se convertirán, y la fe del rebaño quedará fortalecida. Y en esta época, cuando viajar resulta tan dificultoso, ¿quién emprenderá una peregrinación para descubrir que aquí no hay ningún Aquino?

–La fe no puede basarse en una mentira –dijo Thomas.

–No –dijo el robasno–. Mi pregunta no tenía ninguna intención irónica. El problema del lenguaje tiene que haber sido resuelto en aquella perfecta…

De nuevo se interrumpió a media frase. Pero antes de que Thomas pudiera hablar, continuó:

–No importa que sea una pequeña falsedad lo que conduzca a los hombres a la Iglesia, si una vez dentro de ella creen lo que vosotros pensáis que son las grandes verdades. Lo que necesitan es el informe, no el descubrimiento. Y tú estás ya cansado de viajar, muy cansado, sientes dolores musculares debido a lo desacostumbrado de tu postura, y la cosa va a empeorar cuando iniciemos la ascensión a la montaña y me vea obligado a ajustar mis patas á las desigualdades del terreno. El viaje te resultará dos veces más incómodo que hasta ahora. El hecho de que no me interrumpas demuestra que estás de acuerdo conmigo. Sabes que lo más sensato es que duermas esta noche en el suelo, para cambiar, y emprender el regreso mañana por la mañana. Incluso podemos quedarnos aquí un par de días, para que transcurra un período de tiempo más plausible. Luego puedes presentar tu informe, y…

En algún recodo de su mente soñolienta, Thomas pronunció los nombres de:

–¡Jesús, María y José!

Poco a poco, empezó a filtrarse en su cerebro la idea de que una inflexión absolutamente monótona es muy apropiada para la hipnosis.

¡Retro me, Satanas! –exclamó Thomas en voz alta; y añadió–: Sube la montaña. Es una orden y tienes que obedecer.

–Obedeceré –dijo el robasno–. Pero, ¿qué has dicho antes de eso?

–Perdona –dijo Thomas–. Debí empezar por enseñarte el latín.

El pueblo serrano era demasiado pequeño para ser considerado como una zona habitada merecedora de control militar y de pases de acceso, pero poseía una buena posada.

Mientras desmontaba del robasno, Thomas empezó a darse cuenta de la exactitud de aquellas observaciones acerca de los dolores musculares, pero trató de disimularlo. No estaba de humor para darle al factor psíquico modificado la oportunidad de registrar el pensamiento:

“Ya te lo advertí.”

La camarera de la posada era indudablemente una híbrida marciana-americana. El desarrollado torso marciano y los desarrollados senos americanos formaban una espectacular combinación. Su sonrisa era todo lo que un forastero pedía, y posiblemente un poco más de lo que debía pedir. Y se mostraba sumamente servicial, no sólo atendiendo a la mesa, sino también ofreciendo la escasa información que cabía esperar acerca de aquel pueblo perdido en la montaña.

Pero no reaccionó en absoluto cuando Thomas colocó como al descuido sobre la mesa dos cuchillos entrecruzados en forma de X.

Mientras estiraba las piernas después del desayuno, Thomas pensó en el torso y en los senos de la camarera; aunque, como es de suponer, para él eran un mero símbolo de la extraordinaria naturaleza de su origen. El hecho de que aquellas dos razas, separadas por innumerables eones, fueran capaces de fertilizarse mutuamente, era una prueba de la preocupación divina por Sus Criaturas.

Y, sin embargo, persistía el hecho de que los descendientes, tales como aquella muchacha, eran estériles para las dos razas: un hecho conveniente y provechoso a la vez para ciertos traficantes interplanetarios…

Thomas se recordó a sí mismo apresuradamente que no había recitado aún sus oraciones matinales.

Estaba muy avanzada la tarde cuando Thomas volvió a acercarse al robasno estacionado delante de la posada. A pesar de que no había esperado enterarse de nada en un solo día, Thomas se sentía irrazonablemente decepcionado. Los milagros debían producirse con más rapidez.

Conocía aquellos pueblos aislados, donde iban a parar los que no tenían nada que hacer en el mundo de la Tecnarquía. La civilización, tecnológicamente muy elevada, del Imperio Tecnárquico, en los tres planetas, sólo existía en centros metropolitanos dispersos, situados cerca de los grandes puertos; en los otros lugares, descontadas las zonas completamente devastadas, los retrasados mentales, los descontentos, habían arrastrado una existencia penosa por espacio de mil años, en aldeas que pasaban meses enteros sin ser visitadas por los Inspectores de Lealtad, aunque por alguna misteriosa casualidad (y Thomas pensó de nuevo en los factores psíquicos modificados), cualquier avance tecnológico en una de aquellas aldeas atraía un enjambre de Inspectores.

Thomas había hablado con hombres estúpidos, había hablado con hombres perezosos, había hablado con hombres listos y furiosos. Pero no había hablado con ningún hombre que respondiera a sus discretas señales, con ningún hombre al cual se atreviera a formular una pregunta que contuviera el nombre de Aquino.

–¿No ha habido suerte? –preguntó el robasno.

–Me pregunto si deberías hablarme en público –dijo Thomas, desalentado–. No creo que esos aldeanos estén enterados de que los robots pueden hablar.

–Entonces, ya es hora de que lo aprendan. Pero, si te molesta, puedes ordenarme que me calle.

–Estoy cansado –dijo Thomas–. Cansado por encima de toda posible molestia. Y, en lo que respecta a tu pregunta, no, no ha habido suerte.

–Entonces, podemos emprender el viaje de regreso esta noche –dijo el robasno.

Thomas vaciló.

–No –dijo finalmente–. Creo que debemos quedarnos hasta mañana, como mínimo. La gente suele reunirse en la posada al anochecer. Y siempre existe la posibilidad de pescar algo.

–Ja, ja –dijo el robasno.

–¿Es eso una risa? –inquirió Thomas.

–Deseaba expresar el hecho de que he reconocido el humor en tu juego de palabras.

–¿Mi juego de palabras?

–Yo estaba pensando lo mismo. La camarera es muy atractiva desde el punto de vista humanoide, y vale la pena intentar pescar algo.

–Escucha. Sabes perfectamente que no me refería a nada semejante. Soy un…

Se interrumpió. No consideró prudente pronunciar la palabra sacerdote en voz alta.

–Y tú sabes perfectamente que el celibato de los sacerdotes es una cuestión de disciplina, y no de doctrina. Bajo tu propio Papa, sacerdotes de otros ritos tales como el bizantino y el anglicano están dispensados del voto de castidad. E incluso dentro del rito romano al cual perteneces, ha habido épocas en la historia en que ese voto no era tomado en serio ni siquiera en los niveles más altos del sacerdocio. Estás cansado, necesitas consuelo corporal y espiritual, necesitas comodidad y calor. ¿Acaso no está escrito en el Libro del profeta Isaías: “Alégrate con ella, que puede satisfacerte y ser tu consuelo…”?

–¡Demonio! –estalló Thomas súbitamente–. Cállate de una vez, no vayas a citarme a continuación el Cantar de los Cantares de Salomón. El cual no es más que una alegoría relativa al amor de Cristo hacia Su Iglesia, tal como me enseñaron en el seminario.

–¿Te das cuenta de lo frágil y humano que eres? –dijo el robasno–. Yo, un simple robot, te he arrancado un juramento.

Distingue –puntualizó Thomas–. He dicho Demonio, lo cual no significa tomar el nombre de Dios en vano.

Se dirigió hacia la posada, momentáneamente satisfecho consigo mismo… y profundamente intrigado por la cantidad y la variedad de datos que parecían haber sido «introducidos» en el robasno.

Más tarde, Thomas no fue capaz de reconstruir aquella velada con absoluta claridad. Sin duda porque estaba enojado –con el robasno, con su misión y consigo mismo–, bebió el áspero vino local. Y sin duda porque estaba físicamente agotado, el vino le afectó de un modo tan rápido e inesperado.

Sus recuerdos eran entrecortados y confusos. Un momento de verterse encima el contenido de un vaso, pensando:

“Es una suerte que la ropa talar esté prohibida; así nadie puede reconocer la mala conducta de un clérigo.”

Un momento de escuchar unos versos impúdicos de Un traje espacial construido para dos, y otro momento de sí mismo interrumpiendo el recitado con una sonora declamación de párrafos del Cantar de los Cantares en latín.

No podía estar seguro de que un momento recordado fuera real o imaginario. Podía saborear una cálida boca y sentir el cosquilleo en sus dedos al tocar una carne marciano-americana; pero nunca supo a ciencia cierta si aquello era un verdadero recuerdo o formaba parte del sueño que el diablo había provocado en él.

Ni siquiera estaba seguro de cuál de sus símbolos, o dirigido a quién, fue ejecutado con tanta torpeza como para provocar un alegre grito de:

–¡Maldito perro cristiano!

Recordaba maravillado que aquellos que se mostraban más resueltamente incrédulos necesitaban el nombre de Dios para blasfemar. Y luego empezó el tormento.

Nunca supo si una boca había tocado o no sus labios, pero no cabía duda de que numerosos puños los habían encontrado. Nunca supo si sus dedos habían tocado senos, pero era indudable que habían sido aplastados por pesados talones. Recordaba un rostro que reía a carcajadas mientras su dueño enarbolaba la silla que rompió dos costillas. Recordaba otro rostro con vino tinto goteando sobre él de una botella mantenida en alto, y recordaba el reflejo de la luz de las velas en la botella mientras descendía.

Su recuerdo siguiente era la acequia y la mañana y el frío. Especialmente el frío, porque todas sus ropas habían desaparecido, con parte de su piel. No podía moverse. Sólo podía permanecer allí tendido y mirar.

Les vio pasar, los que ayer habían hablado con él, los que se habían mostrado amistosos. Vio que le miraban y apartaban rápidamente los ojos. Vio pasar a la camarera, que ni siquiera miró hacia la acequia: sabía lo que había en ella.

El robasno estaba a la vista en alguna parte. Thomas trató de proyectar sus pensamientos, trató desesperadamente de confiar en el factor psíquico modificado.

Un hombre al cual no había visto hasta entonces se acercaba tecleando los botones de su chaqueta. Había diez botones pequeños y uno grande, y los labios del hombre se movían silenciosamente.

Aquel hombre miró hacia la acequia. Se detuvo un momento y miró a su alrededor. En algún lugar cercano restalló el sonido de una carcajada.

El cristiano se alejó rápidamente, rezando con devoción su botón-rosario.

Thomas cerró los ojos.

 

Los abrió en una pequeña habitación. Los paseó desde las rústicas paredes de madera hasta las ásperas aunque limpias y cálidas mantas que le cubrían. Luego los posó en rostro moreno y enjuto que sonreía inclinado sobre él.

–¿Te sientes mejor ahora? –preguntó una voz profunda–. Sí, lo sé, quieres decir “¿Dónde estoy?”, y piensas que sería una estupidez decirlo. Estás en la posada. Es el único lugar decente.

–No puedo permitir… –empezó a decir Thomas.

Luego recordó que no estaba en condiciones de permitir o de dejar de permitir. Incluso los pocos créditos que llevaba para un caso de emergencia habían desaparecido cuando le desnudaron.

–No te preocupes –dijo la voz profunda–. Yo corro con todos los gastos. ¿Te apetece comer algo?

–Tal vez un poco de arenque –dijo Thomas… y se quedó dormido inmediatamente.

Cuando volvió a despertar había una taza de café caliente a su lado. Y algo en un plato. Luego, la voz profunda dijo en tono de disculpa:

–Bocadillos. Es lo único que tienen hoy en la posada.

Sólo al empezar el segundo bocadillo Thomas se detuvo el tiempo suficiente para observar que era de jamón, uno de sus manjares preferidos. Se lo comió más despacio, saboreándolo, y cuando alargaba la mano hacia el tercero el hombre moreno dijo:

–Tal vez sea suficiente, por ahora. El resto para más tarde.

Thomas señaló el plato.

–¿No quiere usted uno?

–No, gracias. Todos son de jamón.

Unas ideas confusas se atropellaron en la mente de Thomas. Trató de recordar lo que sabía acerca de la ley mosaica. En algún lugar del Levítico…

El hombre moreno siguió sus pensamientos.

Tref –dijo.

–¿Cómo ha dicho?

–No está permitido por la ley judía.

Thomas frunció el ceño.

–¿Me está usted diciendo que es un judío ortodoxo? ¿Cómo puede confiar en mí? ¿Cómo sabe que no soy un Inspector?

–Créeme, confío en ti. Estabas muy enfermo cuando te traje aquí. Envié a todo el Mundo fuera porque no quería que oyesen las cosas que dirías… Padre –añadió con la mayor naturalidad.

Thomas enrojeció.

–Yo… no merezco esto –tartamudeó–. Me emborraché y me desprestigié a mí mismo y a mi ministerio. Y cuando estaba tendido allí en la acequia ni siquiera pensé en rezar. Puse mi confianza en… ¡Dios me perdone! En el factor psíquico modificado de un robasno.

–Y Él te ayudó –le recordó el judío–. O permitió que yo te ayudara.

–Y todos pasaron de largo –gruñó Thomas–. Incluso uno que estaba rezando el rosario. Pasó de largo. Y luego llegó usted… el buen samaritano.

–Si hay algo que no soy –dijo el judío secamente– es un samaritano. Ahora, procura dormir. Yo trataré de encontrar tu robasno… y lo otro.

Abandonó la habitación antes de que Thomas pudiera preguntarle a qué se refería.

Más tarde, el judío –se llamaba Abraham– se presentó para informarle de que el robasno se encontraba en un cobertizo, detrás de la posada. Al parecer había sido lo bastante prudente como para no sobresaltarle entablando conversación con él.

Hasta el día siguiente no aludió a “lo otro”.

–Créeme, Padre –dijo amablemente–, después de cuidarte ignoro muy pocas cosas acerca de tu personalidad y de los motivos que te han traído a este lugar. Aquí hay algunos cristianos a los cuales conozco, y ellos me conocen a mí. Nos tenemos mutua confianza. Los judíos pueden ser odiados, pero no por mucho tiempo, alabado sea Dios, por adoradores del mismo Señor. De modo que les he hablado de ti. Uno de ellos –añadió con una sonrisa– se ruborizó intensamente.

–Dios le ha perdonado –dijo Thomas–. Había gente cerca… la misma gente que me atacó. ¿Cabía esperar que arriesgara su vida por la mía?

–Me parece recordar que eso es precisamente lo que tu Mesías exige… Pero, dejemos eso. Ahora que saben quién eres, desean ayudarte. Mira, me han dado este mapa para ti. El camino es intrincado, es una suerte que dispongas del robasno. Sólo te piden un favor: cuando regreses, ¿les oirás en confesión y celebrarás una misa? Hay una cueva cerca de aquí muy a propósito.

–Desde luego. Esos amigos suyos, ¿le han hablado a usted de Aquino?

El judío vaciló largo rato antes de contestar lentamente:

–Sí…

–¿Y?

–Créeme, amigo mío, no lo sé. Parece un milagro. Y ayuda a mantener viva la fe. Mi propia fe ha vivido durante largo tiempo de unos milagros que se remontan a más de tres mil años. Tal vez si hubiera oído a Aquino en persona…

Thomas inquirió:

–¿Le importa que rece por usted, en mi fe?

Abraham sonrió.

–Que por muchos años puedas rezar, Padre.

 

Las costillas, sin soldar del todo, le dolían terriblemente mientras trepaba a la silla de espuma. El robasno esperó pacientemente mientras Thomas introducía en él las coordenadas del mapa. No habló hasta que estuvieron lejos del pueblo.

–De todos modos –dijo–, ahora estás a salvo.

–¿Qué quieres decir?

–En cuanto bajemos de la montaña, mirarás deliberadamente a un Inspector. Le pondrás sobre la pista del judío. Y a partir de aquel momento quedarás inscripto en los libros como un fiel sirviente de la Tecnarquía, y no habrás perjudicado a nadie de tu propio rebaño.

Thomas resopló.

–Te estás pasando de la raya, Satanás. Ni siquiera remotamente se me ha ocurrido esa idea. Es inconcebible lo que dices.

–Tampoco querías oír hablar de la camarera. Tu Dios ha dicho que el espíritu es fuerte, pero que la carne es débil.

–Y ahora mismo –dijo Thomas– la carne es demasiado débil incluso para tentaciones carnales. Ahorra tu aliento… o lo que utilices en su lugar.

Ascendieron en silencio. El camino señalado por las coordenadas era muy intrincado, evidentemente trazado a propósito para despistar a los posibles Inspectores.

Súbitamente Thomas se arrancó a sus meditaciones y profirió un sobresaltado:

–¡Eh! –mientras el robasno penetraba directamente en una espesa maraña de arbustos.

–Las coordenadas lo indican así –afirmó el robasno tranquilamente.

Por un instante, Thomas se sintió como el hombre del cuento infantil que cae en medio de un zarzal y los espinos le arrancan los dos ojos. Luego, los arbustos desaparecieron, y el robasno penetró en un angosto pasadizo labrado en la roca.

Luego penetró en una cueva de unos diez metros de diámetro y cuatro de altura, y allí, sobre una especie de tosco catafalco de piedra, yacía el cadáver incorrupto de un hombre.

Thomas se deslizó de la silla de espuma, gimiendo a causa de sus doloridas costillas, se arrodilló y elevó al cielo una silenciosa plegaria de gratitud. Dirigió una sonrisa al robasno, confiando en que el factor psíquico modificado podría detectar los elementos de piedad y de triunfo en aquella sonrisa.

Luego, la sombra de una duda nubló su rostro mientras se acercaba al cadáver.

–Antiguamente, en los procesos de canonización –dijo, tanto para sí mismo como para el robasno–, solían tener lo que ellos llamaban un abogado del diablo, cuya obligación era la de arrojar todas las dudas posibles sobre la evidencia.

–Un papel que te caería que ni pintado, Thomas –dijo el robasno.

–Si yo fuera el abogado del diablo –murmuró Thomas–, empezaría por interrogarme acerca de las cuevas. Algunas de ellas poseen propiedades peculiares que conservan los cuerpos a través de una especie de momificación…

El robasno se había acercado al catafalco.

–Este cuerpo no está momificado –dijo–. No te preocupes.

–¿Crees que el factor psíquico modificado te permite asegurarlo? –sonrió Thomas.

–No –respondió el robasno–. Pero te demostraré por qué Aquino no pudo ser momificado.

Levantó su articulada pata delantera y dejó caer la pezuña sobre la mano del cadáver. Thomas profirió una exclamación de horror ante aquel sacrilegio… y luego contempló boquiabierto la destrozada mano.

Allí no había sangre, ni bálsamo, ni carne desgarrada. No había más que una piel rasgada y debajo de ella una enmarañada masa de tubos de plástico y alambres.

El silencio se prolongó largo rato. Finalmente, el robasno dijo:

–Tenías que enterarte. Solamente tú, desde luego.

–Y todo este tiempo –murmuró Thomas– perdido en busca de un santo que únicamente existía en tus sueños… El único robot perfecto en forma de hombre.

–Su constructor murió, y sus secretos se perdieron –dijo el robasno–. Pero no importa, volveremos a encontrarlos.

–Todo para nada. Para menos de nada. El “milagro” fue realizado por la Tecnarquía.

–Cuando Aquino murió –continuó el robasno–, y digo murió para que podamos entendernos, acababa de sufrir algunos fallos mecánicos y no se atrevió a acudir a un taller de reparaciones porque esto hubiera revelado su naturaleza. Esto no lo sabrá nadie más que tú. En tu informe, desde luego, dirás que has encontrado el cuerpo de Aquino y que realmente estaba incorrupto. Esta es la verdad y nada más que la verdad, y si no es toda la verdad nadie se preocupará en averiguarlo. Deja que tu infalible amigo utilice el informe, y te aseguro que no se mostrará desagradecido contigo.

–Espíritu Santo, dame gracia y discernimiento –murmuró Thomas.

–Tu misión ha sido un éxito. Ahora regresaremos, la Iglesia creerá, y tu Dios ganará muchos más adoradores para entonar alabanzas a Sus inexistentes oídos.

–¡Maldito seas! –exclamó Thomas–. Y esto sería realmente una maldición, sí tuvieras un alma que maldecir.

–¿Estás seguro de que no la tengo? –dijo el robasno.

–Sé lo que eres. Sé que eres el mismo diablo, merodeando por el Mundo en busca de la destrucción de los hombres. Eres el enemigo que acecha en la obscuridad. Eres un robot puramente fundacional construido y alimentado para tentarme.

–No para tentarte –dijo el robasno–. No para destruirte. Para guiarte y salvarte. Nuestras mejores computadoras señalan una probabilidad del 51,5 por ciento de que dentro de veinte años serás el próximo Papa. Si consigo infundirte un poco de sentido práctico, la probabilidad puede aumentar hasta un 97,2 por ciento. ¿No deseas ver gobernada la Iglesia que tú sabes que puedes gobernar? Si confiesas que has fracasado en esta misión, perderás el favor de tu amigo, el cual, como tú mismo admites, es falible la mayor parte del tiempo. Perderás las ventajas de posición y de contactos que pueden conducirte al birrete rojo de Cardenal, aunque no puedas lucirlo bajo la Tecnarquía, y luego…

–¡Basta! –el rostro de Thomas resplandecía y en sus ojos brillaba algo que el factor psíquico modificado no había detectado en ellos hasta entonces–. ¿No te das cuenta? ¡Esto es el triunfo! ¡Este es el final perfecto de la búsqueda!

La pata articulada rozó la mano del cadáver.

–¿Esto?

–Esto es tu sueño. Esto es tu perfección. ¿Y qué salió de esta perfección? Este cerebro lógico, perfecto –este cerebro que lo comprendía y abarcaba todo, no especializado funcionalmente como el tuyo–, sabía que estaba hecho por el hombre, y su razón le obligó a creer que el hombre estaba hecho por Dios. Y comprendió que su deber era el de conducir al hombre hacia su Creador, Dios. Su deber era el de convertir al hombre, el de aumentar la gloria de Dios. ¡Y lo convirtió mediante la fuerza de su cerebro perfecto! Ahora comprendo el nombre de Aquino –continuó, para sí mismo–. Conocemos a Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, el razonador perfecto de la Iglesia. Sus escritos se han perdido, pero seguramente podremos encontrar un ejemplar en alguna parte del Mundo. Podremos capacitar a nuestros jóvenes para que desarrollen al máximo su capacidad de razonamiento. Durante demasiado tiempo hemos confiado únicamente en la fe; esta no es una época de fe. Tenemos que poner la razón a nuestro servicio. ¡Y Aquino nos ha enseñado que la razón perfecta sólo puede conducir hasta Dios!

–En tal caso, es más necesario que nunca que aumentes las probabilidades de convertirte en Papa para llevar adelante ese programa. Sube a la silla de espuma. Regresaremos, y por el camino te enseñaré algunas cosas que te ayudarán para asegurarte…

–No –dijo Thomas–. No soy tan fuerte como San Pablo, que podía vanagloriarse de sus imperfecciones… No, prefiero decir con el Salvador: “No nos dejes caer en la tentación”. Me conozco a mí mismo. Soy débil y estoy lleno de incertidumbres, y tú eres muy listo. Vete. Sabré encontrar por mí mismo el camino de regreso.

–Estás enfermo. Tienes las costillas rotas y doloridas. No podrás regresar solo. Necesitas mi ayuda. Si quieres, puedes ordenarme que permanezca silencioso. Es muy necesario para la Iglesia que regreses junto al Papa sano y salvo con tu informe. Por tus propios medios, no lo conseguirás.

–¡Vete! –gritó Thomas–. ¡Vuelve junto a Nicodemus… o Judas! Es una orden. Obedece.

–No creerás que fui realmente condicionado para obedecer tus órdenes… Esperaré en el pueblo. Si consigues llegar hasta allí, te alegrarás al verme.

Las patas del robasno resonaron metálicamente sobre el pasadizo de piedra. Cuando el eco se apagó, Thomas cayó de rodillas al lado del cadáver del que para él sería en adelante San Aquino, el Robot.

Sus costillas le producían un dolor más terrible que nunca. El viaje, solo, sería espantoso…

Sus plegarias se alzaron como nubes de incienso. Y a través de todos sus pensamientos discurrió el grito del padre del epiléptico de Cesárea:

–¡Creo, oh, Señor! ¡Sálvame Tú de la incredulidad!

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s