Néstor Valdivia: Maquillaje. Cuento

Darío al recogerse en el borde de la cama siente una gran preocupación que le aprieta el pecho. Coge un cigarrillo y encendedor de su velador, lo prende, y rascándose la cabeza de modo automático, se levanta. Dirigiéndose a su computadora ve sobre el mueble una ruma de papeles en desorden, fotografías y cintas de video. Inevitablemente y sobándose el rostro revisa con desdén las páginas de un periódico remoto. Salta a las últimas páginas. Lee y repite un número marcado en su memoria. Marca el número en su teléfono celular.

Darío y Yolanda caminan juntos sin hablar. Darío se adelanta un poco y cediéndole el paso le indica por donde ir. Yolanda, con extrañeza cruza el pórtico de madera. Sube por las escaleras en penumbras. Escalón a escalón siente crujir la madera bajo sus pies. Darío la sigue unos pasos atrás, observa detenidamente los zapatos de tacón alto. Va subiendo la mirada por las pantorrillas carnosas que se dejan ver por las medias de nylon imprudente. Sigue por los muslos y caderas enfundadas en un desgastado vestido rojo escarlata, ceñido, más aún por la cintura. Le parece pecaminosamente gracioso, la silueta de Yolanda le recuerda a una palta, a una pera, más bien. Nuevamente Darío se adelanta. Saca las llaves de su bolsillo y abre la puerta. Yolanda ingresa y no se sorprende al ver el desorden del cuarto y menos aún el olor que le ofendió al entrar. El cuarto se encuentra en desorden y todo esta fuera de lugar. El foco, que pende del techo descascarado, oscilante da una luz amarillenta y débil a la habitación, poniéndola en penumbras. La ventana un poco abierta deja que el ruido de motores, rechinar de llantas, y las bocinas de los autos de fuera; se escurran por las cortinas sucias y también amarillentas.

Después, Darío enciende un cigarrillo, lo fuma con fruición. Yolanda de a pocos va incorporándose y con lentitud se pone de pie. Coge una toalla que encuentra por allí. Entra en la ducha y se da un baño. Darío mientras tanto sigue devorando el cigarrillo. También se pone de pie y se dirige hacia una gaveta. Saca una cámara filmadora. La revisa, aprieta unos botones, mueve pequeñas manijas, coloca lentes y filtros. Yolanda sale de la ducha secándose el cabello, y aun desnuda se sienta frente a un espejo mugriento en los que a penas puede ver sus ojos maltrechos y trasnochados, sus labios con una sonrisa que no ya no es más que una mueca, pómulos salientes, nariz aguileña, trigueña de nacimiento, blanca por el maquillaje. Saca de su bolso de cuero negro todo un arsenal de lápices y tintes que los vierte sobre el improvisado tocador. Darío, sentado al costado de ella, sin mediar palabra alguna la observa con mucha paciencia. Se quedan en silencio. Yolanda coge el lápiz labial y se lo frota en la boca. Darío acerca su mano derecha sobre la pierna de ella. Comienza a acariciar lentamente. Yolanda se detiene un momento, le mira a los ojos, se pone nerviosa. Darío sigue acariciando, y va subiendo la mano hasta llegar al pubis. Juega con sus dedos y besándola en la nuca le repite una palabra fugaz.

Yolanda continúa su labor y se lleva lentamente el colorete a los labios, acariciándolos. La sonrisa ya ha dejado de ser una simple mueca y se ha convertido en un jardín de anhelos. Le da un ligero beso en la mejilla y la barba que minutos antes le raspaba el rostro, es una caricia esperada. Coje un nuevo instrumento de embellecimiento y va cubriendo sus parpados desgastados, sus pómulos de chola indómita. El ruido de fuera parece haber desaparecido. Darío retira su mano. Yolanda termina de maquillarse. Se dirige a la cama. Recoge su ropa del suelo y se la pone. Mira a Darío a través del reflejo del espejo. Ve sacar un paquetito del cajón de al lado. Darío hace un cartucho con un billete. Vierte la sustancia blanquecina sobre el mismo mueble donde Yolanda puso sus cosméticos, donde por un instante se sintió mujer. Levanta la mirada, y observa como Yolanda, su desnudes, va desapareciendo debajo del vestido escarlata. Vuelve la mirada abajo, y aspira firmemente el alcaloide. Sobándose la nariz, restregando los residuos en las ensillas y observando como ella va abriendo la puerta y desapareciendo tras ella, se pone de pie abre completamente la ventana. Las bisagras rechinan. El viento matinal ingresa con fuerza. Se apoya en el marco. Mira el suelo y siente incontrolables ganas de caer. Mira arriba, el cielo rojo. Esta amaneciendo, se dijo así mismo. Vuelva la mirada abajo. Se arrepiente. El ruido aumenta.

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