Néstor Valdivia: El retorno. Cuento

Nes Original completoAquella mañana al despertar, la saliva le pareció agria y más espesa. Abrió los ojos y jugueteó con la memoria, acariciándose la preñez de 8 meses. Sorbió un bocado de agua fría del vaso de su velador y lo percibió dulce. Levantose de su cama con lentitud. A pesar de la incomodidad, aún le quedaba la impresión placentera de aquel sueño donde remojaba sus pies en un pequeño charco de líquido tibio. La sensación era agradable, casi de alegría. Eran las 6 de la mañana. El viento se colaba por las aberturas de la puerta enfriando el interior de su covacha.

Salió de su casa. La calle de tierra está mojada por la llovizna constante de la madrugada. El olor, ese delicioso olor, siempre la transportaba a sus edades de niña, para ella, la única etapa de felicidad absoluta. Evocó los juegos bajo la lluvia, el pasto verde acariciando sus brazos y humedeciendo sus ropas. Debí quedarme allá, pensó, todo era más simple, más fácil, no como ahora. Todos los días debía levantarse a las 5 de la mañana pero hoy no, el sueño donde chapoteaba sus adoloridos tobillos hinchados no le permitieron levantarse a tiempo. El día no está perdido, lucubró y se marchó.

Presurosa baja las escaleras amarillas que como una telaraña gigantesca sobre su presa de casuchas de esteras, ladrillos y maderos desgastados, resalta vistosa en el paisaje gris y nuboso.

Descansando sobre la acera observa la neblina replegarse dejando al descubierto la larga avenida, los postes de luz, la copa de los árboles, los techos de las casas y a lo lejos, también, el cerro donde vive. Se va acercando la hora. Se pone el guante gastado y halando la correa lo ciñe a su muñeca.

Hacia el otro extremo de la avenida viene acercándose el camión de basura. Llegó la hora. Mide la distancia del adversario rodante, siempre procurando estar una cuadra delante de él para darse el tiempo necesario para poder llenar el bolso de rafia que cosió y remendó durante las noches para entretener la mente. Noches cada vez más cortas, más pesadas. Dormía apenas 5 horas. Tenía que despertarse incluso antes que el reloj despertador, antes que éste quiebre el silencio del amanecer, detestaba ese sonido. Llegaba tan cansada del trabajo que casi dormida devoraba la diminuta presa de pollo sancochada que nadaba sin dificultad de un lado a otro del plato de caldo de arroz con papas que le gustaba tanto y que le mantenía la panza caliente en las noches frías de invierno.

Con la mano desnuda palpa a través de la bolsa negra e interpreta lo que su mano ve. No encuentra algo de importancia, coge la siguiente. Rauda despanzurra y saca un par de botellas plásticas. Lento, tras ella, se acerca el camión como un animal prehistórico, bramando, alimentando su vientre descomunal, masticando y eructando pestilencias a su paso por el pavimento de la avenida.

Al cabo de un par de horas, habiendo recorrido muchos barrios, agita el costal prieto de su precioso contenido y calcula el peso. Es suficiente, se dice. Saca de uno de sus bolsillos un pequeño espejo circular. Observa sus ojos negros, pequeños, avispados como los de un roedor asustado. Tocándose los parpados ve el manto de ojeras profundas, oscuras como sus propios ojos. Es lo de menos, cavila, acariciando nuevamente su panza abovedada.

Luego de la venta del día, retorna a su casa. El tedioso ascenso de las escalares es un suplicio que espera pronto acabe. Abré la puerta y un remolino de moscas de culo gordo y tornasolados le dan el encuentro, rozándole las orejas, zumbando como balas perdidas. Abre la ventana, las espanta como puede. Agitada, desconcertada, con lágrimas en los ojos, se recuesta sobre su cama, soba su vientre duro y va relajando el cuerpo.

Cerró los ojos y volvió el sueño de la noche anterior. Sentía los pies frescos y descansados.

Un grito, de pronto, la arrancó de un tirón de ese momento mágico. Una punzada en la barriga, como si la atravesara una espada caliente, la puso de pie de inmediato pero las piernas le traicionaron. Eran sus propios gritos de dolor.

Como pudo se arrastró por el suelo, se levantó con la ayuda de una silla para luego aferrarse con sus agrietadas manos por el frío y la tosquedad del trabajo, al viejo tronco de alcanfor sin pelar que servía de pilar central de la casa. Reclinó el cuerpo hacia adelante, para darse más apoyo apretó con todas sus fuerzas adoptando la postura en la que su abuela y su madre habían sido paridas, en cuclillas y con las piernas abiertas. Pujó una vez y su frágil cuerpo de mestiza sin abolengo ni etnia conocida, se estremeció. Los músculos de las caderas y la cintura contraíansele, exprimiéndole como a un limón seco el vientre y descendía en un dolor diarreico que le acalambraba las piernas y le reventaba las sienes. Apretó los labios, rechinó los dientes, se inclinó un poco más, puso las piernas otra vez en posición y sin cerrar los ojos dio el último y final de sus alientos. Con la matriz desgarrada, el cuerpo crispado, acurrucó al bebé empapado en sangre sobre la áspera manta de yute sin costuras ni adornos. Con la otra mano ayudose a cercenar con sus propios dientes la extensión fibrosa que la unía al bebé que ya chillaba desbocado, y como si ella misma hubiera germinado su muerte en 8 meses se fue desvaneciendo sobre el suelo frío de tierra aplastada de la única habitación de la casa de paredes de adobes crudo secados al sol y techo de calaminas de zinc. Levantó la cabeza y vio como una serie de delgados haces de luz se filtraban por las rendijas de la puerta de madera, dejando ver pequeñas partículas de polvo lentas y flotantes cual universo microscópico y sintió nuevamente la tibies en sus pies, el pasto verde y la humedad que le cubría todo el cuerpo.

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