Isaac Asimov: La última respuesta. Cuento

asimovMurray Templeton contaba cuarenta y cinco años y estaba en la flor de la vida, con todos los órganos de su cuerpo en perfecto funcionamiento, salvo ciertas partes de sus arterias coronarias, pero eso bastó. El dolor vino de pronto y aumentó hasta un grado insoportable, luego fue disminuyendo. Notaba cómo su respiración se hacía más lenta y que le envolvía una especie de paz. No hay placer igual a la ausencia de dolor…, inmediatamente después del dolor. Murray experimentó una extraña ligereza, como si se elevara en el aire y se quedara flotando. Abrió los ojos y observó con desprendida diversión que los otros seguían todavía en la habitación muy agitados. Estaba en el laboratorio cuando sintió la punzada de dolor, y cuando se tambaleó, oyó gritos de los demás antes de que todo desapareciera en una impresionante agonía. Ahora, desaparecido el dolor, los otros seguían revoloteando, todavía ansiosos, todavía reunidos junto a su cuerpo caído… Que, de pronto se dio cuenta, él estaba también contemplando. Estaba tendido en el suelo, con el rostro contraído. Y estaba aquí arriba, en paz y contemplando. Pensó: «Milagro de milagros. Los que hablaban de la vida después de la vida, tenían razón.» Y aunque resultaba una forma humillante de morir para un físico ateo, sólo experimentaba una vaga sorpresa sin que se alterase la paz que le embargaba. Pensó: «Debería haber algún ángel…, o algo…, que viniera a buscarme.» La escena terrena empezaba a esfumarse. La oscuridad invadía su conciencia a lo lejos, como un últmo destello había una figura de luz, vagamente humana en la forma, que irradiaba calor. Murray pensó: «Vaya jugarreta. Me voy al cielo.» Mientras lo pensaba la luz se fue, pero persistió el calor. No había disminución de la paz, aunque en todo el Universo solamente quedaba él… y la Voz. La Voz le dijo:

— He hecho esto muchas veces y aún conservo la capacidad de disfrutar del éxito. Murray pensó que debía decir algo, pero no tenía conciencia de tener una boca, una lengua o unas cuerdas vocales. No obstante, trató de emitir un sonido. Intentó, sin boca, tararear palabras o respirarlas o sacarlas fuera mediante la contracción de… algo. Y le salieron. Oyó su propia voz, reconocible en sus propias palabras, infinitamente claras. Murray preguntó:

— ¿Es esto el cielo? La Voz respondió:

— Éste no es un lugar tal como tú entiendes un lugar. Murray se turbó, pero la siguiente pregunta había que formularla:

— Perdóname si te parezco burro. ¿Eres Dios? Sin cambiar el tono ni estropear de ninguna manera la perfección del sonido, la Voz logró parecer divertida:

— Es extraño, naturalmente, que siempre se me pregunte lo mismo de infinitas maneras. No puedo darte una respuesta que puedas comprender. Yo soy… Esto es lo único que puedo decir significativamente, y puedes cubrir esto con cualquier palabra o concepto que desees. Murray preguntó:

— ¿Y qué soy yo? ¿Un alma? ¿O soy únicamente también una existencia personificada? -Trató de no parecer sarcástico, pero creía que había fracasado. Entonces también pensó, fugazmente, añadir un «Señoría» o «Santidad» o algo que contrarrestara con el sarcasmo, y no pudo decidirse a hacerlo aun cuando por primera vez en su existencia pensó en la posibilidad de ser castigado por su insolencia o por su pecado con el infierno, y lo que podía ser esto. La Voz no pareció ofendida.

— Eres fácil de explicar, incluso a ti mismo. Puedes llamarte alma si te gusta, pero lo que realmente eres es un nexo de fuerzas electromagnéticas, arregladas de tal forma, que todas las interconexiones e interrelaciones hasta el más pequeño detalle son exactamente imitativas de las de tu cerebro en tu anterior existencia. Por lo tanto, posees tu capacidad para pensar, tus recuerdos, tu personalidad. Todavía te parece que tú eres tú. Murray sintió cierta incredulidad.

— ¿Quieres decir que la esencia de mi cerebro era permanente?

— En absoluto. No hay nada en ti que sea permanente salvo lo que yo decido que lo sea. Yo formé el nexo. Lo construí mientras tú tenias existencia física y lo ajusté al momento en que la existencia fallara. -La Voz parecía claramente satisfecha de sí, y después de una pausa, continuó-: Una construcción intrincada pero enteramente precisa. Podría, naturalmente, hacerlo para cualquier ser humano de tu mundo, pero me encanta no hacerlo. Encuentro placer en la selección.

— Entonces, eliges a muy pocos.

— A muy pocos.

— ¿Y qué ocurre con los demás?

— ¡El olvido! Oh, naturalmente, te imaginas un infierno. Murray se hubiera ruborizado de haber tenido capacidad para hacerlo. Protestó:

— No lo imagino. Se habla de él. No obstante, no me hubiera creído lo bastante virtuoso para atraer tu atención como uno de los elegidos.

— ¿Virtuoso? Ah, ya veo lo que quieres decir. Es muy molesto tener que obligarme a empequeñecer mi pensamiento lo suficiente para impregnar el tuyo. No, te he elegido por tu capacidad de pensar, como elegí a otros, en cantidades que suman cuatrillones entre las especies inteligentes del Universo. Murray se sintió súbitamente curioso, el hábito de toda una vida. Preguntó:

— ¿Los eliges a todos tú mismo, o hay otros como tú? Por un instante, Murray creyó notar una reacción de impaciencia, pero cuando le llegó la Voz, no había cambiado.

— Que haya otros o no es irrelevante para ti. El Universo es mío y solamente mío. Es mi invención, mi construcción, previsto solamente para mis propósitos.

— Sin embargo, con los cuatrillones de nexos que has formado, ¿pasas el tiempo conmigo? ¿Tan importante soy? Y dijo la Voz:

— No eres nada importante. Estoy también con los demás de un modo que, según tu percepción, podría parecerte simultánea.

— Pero, ¿tú eres uno? Y otra vez, divertida, dijo la Voz:

— Tratas de cazarme en una incongruencia. Si fueras una ameba, podrías considerar la individualidad solamente en conexión con células, y si preguntaras a un cachalote, compuesto de treinta cuatrillones de células si era uno o varios, ¿cómo podría contestar el cachalote para que te resultara comprensible como ameba?

— Lo pensaré. Puede hacerse comprensible.

— Exactamente. Ésta es tu función. Pensarás.

— ¿Con qué fin? Tú ya lo sabes todo, supongo.

— Incluso si lo supiera todo -dijo la Voz-, no podría saber que lo sé todo.

— Esto me suena algo a filosofía oriental -observó Murray-, algo que parece profundo precisamente porque no tiene sentido.

— Prometes. Contestas a mi paradoja con una paradoja salvo que la mía no es una paradoja. Reflexiona. He existido eternamente, pero, ¿qué significa esto? Significa que no puedo recordar haber empezado a existir. Si pudiera, no hubiera existido eternamente. Si no puedo recordar haber empezado a existir, hay por lo menos una cosa, la naturaleza de mi llegada a la existencia, que yo no sé. «Entonces, aunque lo que sé es infinito, también es cierto que lo que hay que saber es infinito, y, ¿cómo puedo tener la seguridad de que ambas infinitudes son iguales? La infinidad del conocimiento potencial puede ser infinitamente mayor que la infinidad de mi conocimiento actual. He aquí un ejemplo sencillo: si conozco la serie de los números enteros pares, conozco una serie infinita de números; sin embargo, sigo sin conocer un solo número entero impar.

— Pero los enteros impares pueden derivarse -objetó Murray-. Si divides por dos cada número par de la infinita serie de números enteros, conseguirás otra serie infinita que contendrá la serie infinita de los números enteros impares.

— Tienes ideas. Me complace. Tu tarea consistirá en buscar otros medios, bastante más difíciles, desde los conocidos a los no conocidos aún. Dispones de tus recuerdos. Recordarás todos los datos que hayas jamás recopilado o aprendido, o que ya tengas o vayas a deducir de los datos. Si es necesario, se te permitirá aprender datos adicionales que consideres relevantes para el problema que te has planteado.

— ¿Y no podrías hacer tú todo esto?

— Puedo, pero así es más interesante. Construí el Universo para disponer de más datos que manejar. Inserté el principio de incertidumbre, la entropía y otros factores al azar que hacen que el todo no sea instantáneamente evidente. Ha funcionado bien porque me ha distraído a lo largo de su existencia. «Entonces permití complejidades que primero produjeron la vida y luego la inteligencia y lo utilicé como fuente de un equipo de investigación, no porque necesitara su ayuda, sino porque introducía, al azar, un nuevo factor. Descubrí que no podía predecir el próximo dato interesante de conocimiento adquirido, de dónde procedería y por qué medios se había derivado.

— ¿Ocurre esto alguna vez? -preguntó Murray.

— Desde luego. No pasa un siglo sin que aparezca algo interesante por alguna parte.

— ¿Algo que pudiste haber pensado, pero que aún no lo habías hecho?

— Si.

— ¿Crees realmente que hay alguna oportunidad de que yo me muestre complaciente en este asunto?

— ¿En el próximo siglo? Virtualmente, ninguna. Pero, a la larga, tu éxito es seguro, puesto que estarás eternamente dedicado a ello.

— ¿Yo pensaré toda la eternidad? ¿Para siempre?

— Sí.

— ¿Con qué fin?

— Te lo he dicho. Para buscar nuevos conocimientos.

— Pero, aparte de esto, ¿por qué motivo debo buscar yo nuevos conocimientos?

— Era lo que hacías en tu vida en el Universo. ¿Cuál era tu propósito entonces? Murray contestó:

— Obtener nuevos conocimientos que solamente yo po día obtener, recibir la felicitación de mis compañeros, sentir la satisfacción de lo conseguido sabiendo que solamente disponía de un tiempo corto para mi propósito. Ahora ganaré solamente lo mismo que tú ganarías si quisieras molestarte un poco. No puedes felicitarme; sólo puedes sentirte divertido. Y no hay mérito ni satisfacción en lograr algo cuando tengo toda la eternidad para conseguirlo.

— ¿Y no encuentras que el pensamiento y el descubrimiento son valiosos de por sí? ¿No encuentras que no te hace falta un propósito ulterior?

— Para un tiempo finito, sí. No para una eternidad.

— Veo tu punto de vista. Sin embargo, no tienes elección.

— Me has dicho que tengo que pensar. No puedes obligarme a ello.

— No deseo obligarte directamente. No lo necesito. Como no puedes hacer otra cosa que pensar, pensarás. No sabes cómo dejar de pensar.

— Entonces, me trazaré una meta. Inventaré un propósito. La Voz, tolerante, asintió.

— Puedes hacerlo.

— Ya he encontrado un propósito.

— ¿Puedo saber qué es?

— Ya lo sabes. Sé que no hablamos de forma ordinaria. Ajustas mi nexo de tal forma, que yo creo que lo oigo hablar y creo que hablo, pero me transfieres pensamientos a mí y sólo para mí directamente. Y cuando mi nexo cambia con mis pensamientos, te das cuenta en seguida de ellos y no necesitas mis transmisiones voluntarias.

— Eres sorprendentemente correcto -afirmó la Voz-. Me complace. Pero también me complace que me transmitas tus pensamientos voluntariamente.

— Entonces, lo diré. El propósito de mis pensamientos será descubrir el modo de desbaratar el nexo que me has creado. No quiero pensar sólo con el propósito de divertirte. No quiero existir para siempre para divertirte. Todos mis pensamientos estarán dirigidos a terminar con mi nexo. Eso me divertirá a mi.

— No tengo nada que objetar. Incluso el pensamiento concentrado en terminar tu propia existencia puede dar salida a algo nuevo e interesante. Y, naturalmente, si tienes éxito en este intento de suicidio, no conseguirás nada, porque te reconstruiría inmediatamente y de tal forma, que hiciera imposible tu método de suicidio. Y si encuentras otro medio aún más sutil de destruirte, te reconstruiré, y así sucesivamente. Podría ser un juego interesante, pero, de todos modos, existirás eternamente. Es mi voluntad. Murray sintió temor, pero las palabras salieron perfectamente tranquilas.

— En resumidas cuentas, ¿estoy en el infierno? Se me ha dado a entender que no lo hay, pero si esto fuera el infierno, me estaría mintiendo como parte del juego del infierno.

— En este caso -cortó la Voz-, ¿de qué sirve asegurarte que no estás en el infierno? Pero, te lo aseguro. Aquí no hay ni cielo ni infierno. Solamente estoy yo.

— Piensa, pues, que mis pensamientos pueden no serte útiles. Si no descubro nada útil, ¿no sería provechoso para ti…, desmontarme y no pensar más en mi?

— ¿Como recompensa? ¿Quieres el Nirvana como premio del fracaso y tratas de hacerme responsable de dicho fracaso? No puedo negociar. No fracasarás. Con toda la eternidad por delante, no puedes evitar tener por lo menos un pensamiento interesante, por más que te opongas a ello.

— Entonces me crearé otro propósito. No trataré de destruirme. Mi meta será humillarte. Pensaré en algo en lo que no solamente no pensaste nunca, sino que nunca podrás pensar. Pensaré en la última respuesta, más allá de la cual ya no hay más conocimiento. La Voz comentó:

— No comprendes la naturaleza del infinito. Puede que haya cosas que no me he molestado en saber. No puede haber nada que yo no pueda saber. Murray dijo, pensativo:

— No puedes conocer tus principios. Tú lo has dicho. Por tanto, no puedes conocer tu final. Muy bien, pues. Éste será mi propósito y ésta será la última respuesta. No me destruiré. Te destruiré a ti…, si tú no me destruyes primero.

— ¡Ah! Has llegado a esta conclusión en menos tiempo del corriente. Pensé que te llevaría más. No hay uno sólo de los que están conmigo en esta existencia de pensamiento perfecto y eterno, que no tenga la ambición de destruirme. No puede ocurrir. No puede hacerse.

— Pero tengo toda la eternidad para pensar en un modo de destruirte -aseguró Murray. La Voz, ecuánime, aceptó:

— Entonces, trata de pensarlo. -Y desapareció. Pero Murray ya tenía un propósito, y estaba satisfecho. Porque, ¿qué podía cualquier ente consciente de la existencia eterna desear sino un final? Porque, ¿qué otra cosa había estado buscando la Voz por incontables billones de años? ¿Y por qué otra razón se había creado la inteligencia y salvado ciertos especimenes poniéndoles a trabajar, sino para colaborar en la gran búsqueda? Y Murray se proponía ser él, y sólo él, quien lo consiguiera. Con todo cuidado y con el ímpetu de su propósito, Murray empezó a pensar. Disponía de mucho tiempo.

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