Alfred Bester: 5.271.009. Cuento

6285358323_e10c0b8205Tómese dos partes de Belcebú, dos de Israfel, una de Montecristo, una de Cyrano, agítese con fuerza, sazónese con misterio y se tendrá al señor Solón Aquila. Es alto, enjuto, vivaracho, de expresión amargada, y cuando ríe sus ojos oscuros se transforman en rendijas. Se desconoce su ocupación. Es rico, sin tener medios visibles de ingresos. Se le ve en todas partes y no se le comprende en ninguna. Hay algo extraño en su vida.

He aquí lo que es extraño en el señor Aquila, y pueden ustedes tomarlo como quieran: cuando camina nunca debe esperar en una señal de tránsito. Cuando desea coger un taxi siempre hay uno libre a mano. Cuando entra en su hotel jamás deja de haber un ascensor esperando. Cuando se introduce en una tienda, siempre hay un dependiente libre para servirlo. Y en cualquier ocasión hay una mesa libre para el señor Aquila en los restaurantes. Y cuando desea pasar un rato divertido en un espectáculo de éxito, en el que los billetes están vendidos con mucha antelación, nunca deja de encontrar unos devueltos en el último instante.

Puede usted interrogar a los camareros, a los taxistas, a los ascensoristas, a los vendedores, a los taquilleros. No hay ninguna clase de conspiración. El señor Aquila ni soborna ni hace chantaje para lograr lo que desea. En cualquier caso, no le sería posible ni sobornar ni chantajear al computador que gobierna el sistema de señales de tránsito de la ciudad. Esas cosas, que le facilitan tanto la vida, simplemente ocurren. El señor Solón Aquila nunca sufre un desengaño. A continuación nos enteraremos del primero de ellos y de sus consecuencias.

Al señor Aquila se le ha visto confraternizando en la alta, media y baja sociedad. Lo han  encontrado  en  lupanares,  coronaciones,  ejecuciones,  circos,  cortes  de  justicia  y casas de juego. Se sabe que ha comprado coches antiguos, joyas históricas, incunables, pornografía, productos químicos, prismas de Porro, caballos de polo y escopetas recortadas.

—¡HimmelHerrGottSeiDank! Estoy loco, muchacho, loco. Por Dios, soy ecléctico —le dijo a un anonadado director de grandes almacenes—. El tipo Weltmann, ¿nicht wahr?

Mi ideal: Goethe. Tout le monde. ¡God damm!

Hablaba un espectacular lenguaje, mezcla de metáforas y dobles sentidos. Escupía docenas de idiomas y dialectos con la rapidez de una ametralladora. Y aparentemente también mentía ad libitum.

—¡Sacré bleu, Cristo! —se  le  oyó  decir  en  una  ocasión—.  Aquila  viene  del  latín; significa águila. O témpora, o mores, en palabras de Cicerón. Un ancestro.

Y, en otra ocasión:

—Mi ídolo: Kipling. Tomé mi apellido de una de sus obras; Aquila, uno de sus héroes.

¡God damn! Es el mejor escritor negro que ha habitado desde La cabaña del tío Tom.

La mañana en que el señor Solón Aquila fue sorprendido por su primer desengaño, entró violentamente en el taller de Lagan & Derelict, marchantes de pinturas, esculturas y objetos raros de arte. Tenía la intención de comprar una pintura. El señor James Derelict ya conocía a Aquila como cliente. Aquila le había comprado un Frederic Remington y un Winslow Homer hacía algún tiempo, cuando, por otra extraña coincidencia, había entrado en la tienda de la Madison Avenue un minuto después de que las buscadas pinturas hubiesen sido puestas a la venta. El señor Derelict también había visto al señor Aquila oficiar de jurado en un concurso de strip-tease realizado en Montauk.

—Bon soir, bel esprít, ¡God damn!, Jimmy —dijo el señor Aquila. Le hablaba de tú a todo el mundo—. Hoy hace un buen día para los colores. ¡Oui! Bueno. Tengo intención de comprarme un cuadro.

—Buenos días, señor Aquila —le contestó Derelict. Tenía la cara impenetrable de un tahúr, pero sus azules ojos eran honestos y su sonrisa infundía confianza. No obstante, en aquel momento su sonrisa parecía forzada, como si la voluble apariencia de Aquila lo pusiese nervioso.

—Me gustaría algo de ese tipo, por Cristo —dijo Aquila, abriendo rápidamente cajas, palpando tallas de marfil y catando porcelanas—. ¿Cómo se llama, mi viejo? Es un artista como Bosch. Como Heinrich Kley. Ustedes lo representan, parbleu, tienen la exclusiva. ¡O si sic omnia, por Zeus!

—¿Jeffrey Halsyon? —preguntó tímidamente Derelict.

—¡Oeil de boeuf! —gritó Aquila—. ¡Qué memoria! Criso-elefantina. Justo el artista que quiero. Es mi favorito. Preferiría algo monocromo. Un pequeño Jeffrey Halsyon para Aquila, bitte. Envuélvamelo.

—No lo hubiera creído jamás —murmuró Derelict.

—¡Ah! ¿A-já? Esto no es un Ming cien por cien garantizado —exclamó el señor Aquila, alzando un exquisito jarrón— Caveat emptor, maldita sea. ¿Y bien, Jimmy? He chasqueado los dedos. ¿Acaso no tienes Halsyons en stock, mi old faithful?

—Es extremadamente raro, señor Aquila —Derelict parecía luchar consigo mismo—, el que haya venido usted así. Llegó un monocromo de Halsyon aún no hace cinco minutos.

—¿Lo ve? Tempo ist Richtung. ¿Y bien?

—Preferiría no enseñárselo. Por razones personales, señor Aquila.

—¿HimmelHerrGott! ¿Pourquoi? ¿Lo tiene apalabrado?

—No… no, señor. Las razones personales no se refieren a mí, sino a usted, señor Aquila.

—¿Oh? ¡God damn! Explícame cuáles son mis razones personales.

—De todas maneras, no está a la venta, señor Aquila. No puede venderse.

—¿Por qué no? Habla, mi viejo pescado con patatas fritas.

—No puedo decírselo, señor Aquila.

—¡Zut alors! ¿Tengo que hacerte una llave de judo en un brazo, Jimmy? No puedes enseñármelo, no puedes vendérmelo. Yo, interiormente, me he hecho a la idea de comprarme un Jeffrey Halsyon. Es mi favorito. ¡God damn! Enséñame el Halsyon o sic transit gloria mundi. ¿Me oyes, Jimmy?

Derelict dudó, y luego se alzó de hombros.

—Muy bien, señor Aquila. Se lo enseñaré.

Derelict guió a Aquila por entre cajas de porcelana y plata, junto a lacas y bronces y brillantes armaduras, hasta la galería situada en la trastienda en donde colgaban docenas de pinturas de las paredes forradas de terciopelo gris, brillantemente iluminadas por focos. Abrió un cajón en un mueble escritorio estilo Goddard y sacó un sobre. En el sobre se veía impreso INSTITUTO BABILONIA. De su interior, Derelict extrajo un billete de un dólar y se lo entregó al señor Aquila.

—La última obra de Jeffrey Halsyon —dijo.

Con una pluma fina y tinta china, una mano experta había dibujado otro retrato sobre el rostro de George Washington que llevaba impreso el billete. Era una odiosa y diabólica cara sobre un fondo infernal. Era un rostro destinado a producir terror, en un escenario que buscaba inspirar repugnancia. El rostro era un retrato del señor Aquila.

—¡God damn! —dijo el señor Aquila.

—¿Lo ve, señor? No quería herir sus sentimientos.

—Ahora necesito poseerlo, muchachote —el señor Aquila parecía fascinado por el retrato—. ¿Es accidental o a propósito? ¿Me conoce Halsyon? Ergo sum.

—No que yo sepa, señor Aquila. Pero, en cualquier caso, no puedo vender ese dibujo. Es la prueba de que se ha cometido un delito… la mutilación de la moneda legal de los Estados Unidos. Debe ser destruida.

—¡Nunca! —el señor Aquila devolvió el dibujo como si temiera que el marchante fuera a prenderle fuego inmediatamente—. Nunca, Jimmy. Nevermore, como dijo el cuervo.

¡God damn! ¿Por qué dibuja ese Halsyon sobre un billete? Y mi retrato, uff. Le podría poner un juicio por daños y perjuicios, pero n’importe. Pero, ¿dibujar sobre dinero? Es un desperdicio. Joci causa.

—Está loco, señor Aquila.

—¡No! ¿Sí? ¿Loco?—Aquila estaba asombrado.

—Muy loco, señor. Es muy triste. Tuvieron que encerrarlo. Pasa el tiempo dibujando esos retratos sobre el dinero.

—¡God damn, mon ami! ¿Y quién le da el dinero?

—Yo se lo doy, señor Aquila. Y sus amigos. Cada vez que lo visitamos nos suplica que le demos dinero para sus dibujos.

—Le jour viendra, ¡por Cristo! ¿Y por qué no le dan papel para dibujar, mi querido anciano?

Derelict sonrió tristemente.

—Lo intentamos, señor. Cuando le dimos a Jeff papel, dibujó dinero.

—¡HimmelHerrGott! Mi artista favorito. En el manicomio. Very good. ¿Y cómo infiernos sagrados voy a comprar pinturas suyas, dado el caso?

—No podrá, señor Aquila. Me temo que jamás nadie volverá a comprar un Halsyon. Es un caso incurable.

—¿Y por qué se le ha aflojado el tornillo, Jimmy?

—Dicen que es un retraimiento, señor Aquila. A causa de, su éxito.

—¿Ah? Quod erat demonstrandum, muchachote. Traduce.

—Bueno, señor, aún es un hombre joven: anda por la treintena y es muy poco maduro. Cuando se hizo famoso, no estaba preparado. No estaba dispuesto para enfrentarse con las responsabilidades de su vida y carrera. Eso es lo que me dijeron los doctores. Así que le dio la espalda a todo y volvió a la infancia.

—¿Ah? ¿Y el dibujar sobre el dinero?

—Dicen que es el símbolo de su retorno a la infancia, señor Aquila. Prueba que es demasiado joven para saber en qué se utiliza el dinero.

—¿Ah? Oui. Ja. Astuto, tiene gracia. ¿Y mi retrato?

—No puedo explicar eso, señor Aquila, a menos de que lo viera en alguna ocasión y lo recuerde. O quizá se trate de una coincidencia.

—Hummm. Quizá. Bien. ¿Sabes una cosa, mi ático griego?

He sufrido un desengaño. Je ne oublierai jamáis. Estoy muy contrariado. ¡God damn!

¿Nunca más habrá Halsyons? Merde. Ese es mi slogan. Tenemos que hacer algo acerca de Jeffrey Halsyon. No puedo quedar insatisfecho. Tenemos que hacer algo.

El señor Solón Aquila asintió enfáticamente con la cabeza, sacó un cigarrillo, sacó un encendedor, y entonces hizo una pausa, profundamente pensativo. Al cabo de un largo instante asintió de nuevo, esta vez con decisión, e hizo algo asombroso. Se volvió a meter el encendedor en el bolsillo, sacó otro, miró a su alrededor rápidamente y lo encendió bajo la nariz del señor Derelict.

El señor Derelict pareció no darse cuenta de ello. En un instante, se quedó helado. Dejando la llama encendida, el señor Aquila colocó cuidadosamente el encendedor sobre una estantería frente al marchante de arte, que se quedó ante él inmóvil. La llama naranja brillaba en la vidriosa cuenca de sus ojos.

Aquila corrió al interior de la tienda, buscó y halló un globo de cristal chino muy poco común. Lo sacó de su caja, lo calentó apretándolo contra su pecho y miró a su interior. Murmuró. Asintió. Devolvió el globo a su caja, fue al escritorio del cajero, tomó un bloc y un lápiz y comenzó a escribir unos símbolos que no tenían relación con ningún lenguaje o grafismo conocidos. Asintió de nuevo, arrancó la hoja de papel y sacó su billetero.

Extrajo un billete de un dólar. Lo colocó sobre el mostrador de cristal, tomó un puñado de plumas estilográficas del bolsillo de su chaleco, seleccionó una y desenroscó el tapón. Haciéndose pantalla cuidadosamente sobre sus ojos, dejó que una gota cayese de la pluma al billete. Hubo un cegador destello de luz. Se oyó una vibración zumbante que desapareció lentamente.

El señor Aquila devolvió las plumas a su bolsillo, tomó cuidadosamente el billete por una esquina y corrió de nuevo a la galería en donde el marchante de arte seguía aún mirando con la vista perdida a la llama naranja. Aquila hizo revolotear el billete ante los ojos sin vista.

—Escucha, mi viejo —susurró Aquila—. Tienes que visitar a Jeffrey Halsyon esta tarde.

¿N’est-ce pas? Y le darás esta moneda del reino cuando te pida material para dibujo.

¿Eh? ¡God damn! —Sacó el billetero del señor Derelict de su bolsillo, colocó el billete en el interior del mismo, y se lo devolvió. — Y he aquí por qué efectuarás esa visita: es porque has tenido una inspiración que te viene de le Diable Boiteux. Nolens volens, el diablo cojuelo te ha inspirado un plan para curar a Jeffrey Halsyon. ¡God damn! Le enseñarás muestras del maravilloso arte que hizo en el pasado para devolverle la razón. La memoria es la madre de todo. HimmelHerrGott. ¿Me oyes, muchachote? Tienes que hacer lo que te digo. Ve hoy mismo y burro el último que llegue.

El señor Aquila cogió el encendedor, encendió su cigarrillo y apagó la llama. Al hacerlo, dijo:

—¡No, por lo más sagrado! Jeffrey Halsyon es un artista demasiado grande para languidecer in durance vile. Tiene que ser devuelto al mundo. Tiene que serme devuelto. É sempre l’ora. No puedo quedar contrariado. ¿Me oyes, Jimmy? ¡Ni hablar de eso!

—Quizá haya alguna esperanza, señor Aquila — dijo el señor Derelict—. Mientras estaba usted hablando, se me ocurrió algo… una forma en que devolver la cordura a Jeff. Voy a intentarlo esta misma tarde.

Mientras dibujaba el rostro del Lejano Maligno sobre el retrato de George Washington de un billete, Jeffrey Halsyon dictaba su autobiografía a nadie en particular:

—Como  Cellini  —recitaba—,  dibujo  y  literatura  simultáneamente.  Mano  a  mano, aunque todo arte es único, santos hermanos del barbitúrico, familiares y queridos en el nembutal. Muy bien. Comienzo. Nací. Estoy muerto. El nene quiere un dólar. No…

Se alzó del suelo acolchado y tuvo un arrebato de cólera de pared acolchada a pared acolchada, contemplando el enojo como una ira de púrpura oscura que iba hasta el pálido color lavanda de la recriminación gracias a la magia de sus pinceladas, su claroscuro, por la astuta combinación de aceite, pigmento, luz y el genio robado de Jeffrey Halsyon, que le había sido arrancado por el Lejano Maligno cuyo repugnante rostro…

—Comienzo de nuevo —murmuró—. Oscurecemos el fondo. Empezamos la preparación de la base… —se puso de nuevo en cuclillas sobre el suelo, tomó la pluma de ave cuya punta habían considerado inofensiva y que le dejaban utilizar para dibujar, la mojó en la tinta china que se había comprobado no era venenosa, y se atareó en la monstruosa cara del Lejano Maligno que estaba reemplazando al primer presidente en el dólar.

—Nací —dictó al espacio mientras su hábil mano creaba belleza y horror en el billete de banco—. Tuve paz. Tuve esperanza. Tuve arte. Tuve paz. Mamá. Papá. ¿Podéis darme un vaso de agua? ¡Oooo! Hay un gran espantapájaros maligno que me mira mal; y ahora el nene tiene miedo. ¡Mamá! El nene quiere hacer bellos cuadros en el bonito papel para mamá y para papá. Mira, mamá, el nene está haciendo un retrato del gran espantapájaros maligno que me miraba, una mirada oscura con sus negaos ojos como estanques de infierno, como frías hogueras de terror, como lejanos malignos de lejanos terrores… ¿Quién es?

Se descorrió el pestillo de la puerta de la celda. Halsyon saltó a un rincón y se cubrió con los brazos, desnudo y gimoteante, mientras se abría la puerta para que entrase el Lejano Maligno. Pero era sólo el hombre de la medicina con su chaqueta blanca y un desconocido de traje negro, sombrero hongo negro, y que llevaba una cartera negra con las iniciales J.D., una mezcla de góticas bastardillas con risibles aires a Goudy y Baskerville.

—¿Y bien, Jeffrey? —preguntó campechanamente el hombre de la medicina.

—¿Un dólar? —gimió Halsyon—. El nene quiere un dólar.

—¿Qué pasó con el último, Jeffrey? No lo has acabado aún, ¿no?

Halsyon se sentó sobre el billete para ocultarlo, pero el médico era demasiado rápido para él. Lo tomó y lo examinó conjuntamente con el desconocido.

—Tan maravilloso como los demás —suspiró Derelict—. ¡Aún más! Qué maravilloso talento se está malgastando…

Halsyon comenzó a llorar.

—¡El nene quiere un dólar! —berreó.

El desconocido sacó su billetera, cogió un billete de dólar y se lo entregó a Halsyon. Tan pronto como éste lo tocó, lo oyó cantar,  y  trató  de  cantar  con  él,  pero  estaba cantándole algo que desconocía, por lo que no le quedó más remedio que escuchar.

Era un dólar maravilloso: sin arrugas pero no demasiado nuevo, con una superficie ligeramente mate que recibiría la tinta como si fueran besos. George Washington parecía ceñudo  pero  resignado,  como  si  ya  estuviera  acostumbrado  al  tratamiento  que  le esperaba. Y quizá fuera así, pues era mucho más viejo en aquel dólar. Mucho más que en cualquier otro pues el número de serie de éste era 5.271.009, lo que le hacía mis de cinco millones de años viejo, y el más viejo que antes había tenido era un 2.000.000.

Mientras Halsyon se acurrucaba contento en el suelo y mojaba la pluma en la tinta, como le indicaba el dólar, oyó al hombre de la medicina que decía:

—No creo que deba dejarle solo con él, señor Derelict.

—Debemos estar solos, doctor. Jeff siempre fue muy tímido acerca de su trabajo. Sólo podía discutirlo conmigo en privado.

—¿Cuánto tiempo necesitará?

—Déme una hora.

—Dudo mucho que sirva para algo.

—Pero no hará ningún daño el intentarlo, ¿no?

—Supongo que no. De  acuerdo,  señor  Derelict.  Llame  al  enfermero  cuando  haya terminado.

Se abrió la puerta, y luego se cerró. El desconocido llamado Derelict puso su mano sobre el hombro de Halsyon en una forma amistosa e íntima. Este lo miró y sonrió astutamente,  mientras  esperaba  el  sonido  del  cerrojo  en  la  puerta.  Llegó;  como  un disparo, como el clavo final de un ataúd.

—Jeff, he traído algo de tu obra anterior —dijo Derelict en una voz displicente—. Creí que te gustaría verla conmigo.

—¿Lleva usted un reloj? —le preguntó Halsyon.

Conteniendo un gesto de sorpresa ante el tono normal en que había hablado Halsyon, el marchante de arte sacó su reloj de bolsillo y lo mostró.

—Déjemelo un instante.

Derelict soltó el reloj de la cadena y se lo pasó. Halsyon lo tomó cuidadosamente y dijo:

—De acuerdo. Muéstreme esos cuadros.

—¡Jeff! —exclamó Derelict—. Eres tú de nuevo, ¿no? Así es como siempre…

—Treinta —interrumpió Halsyon—. Treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, UNO —se concentró en el móvil segundero con anhelante expectación.

—No, supongo que no —murmuró el marchante—. Sólo que me imaginé que… Oh, bien. —Abrió la cartera y comenzó a sacar dibujos.

—Cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, DOS.

—Aquí hay una de las más antiguas, Jeff. ¿Te acuerdas cuando viniste a la galería con los  bocetos  y  creímos  que  eras  el  nuevo  encargado  de  la  limpieza  que  enviaba  la agencia? Tardaste meses en perdonarnos. Siempre dijiste que compramos tu primer cuadro sólo para excusarnos. ¿Aún sigues pensándolo?

—Cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, TRES.

—Aquí está esa tempera que te dio tantos problemas. ¿Te gustaría volver a intentarlo? Realmente yo no pienso que la tempera sea tan poco flexible como tú dices y me gustaría que lo probaras de nuevo ahora que tu técnica ha madurado tanto. ¿Qué opinas?

—Cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco, CUATRO.

—Jeff, deja ese reloj.

—Diez, quince, veinte, veinticinco…

—¿Qué infiernos pretendes contándolos minutos?

—Bueno —dijo razonablemente Halsyon—. Aveces cierran la puerta y se marchan. Otras veces cierran y se quedan a espiar. Pero nunca espían más de tres minutos, así que estoy esperando cinco, para estar totalmente seguro. CINCO.

Halsyon encerró el reloj de bolsillo en su gran puño y golpeó con fuerza la mandíbula de Derelict. El marchante se desplomó sin un solo sonido. Halsyon lo arrastró hasta la pared, lo desnudó, se vistió con sus ropas, guardó las cosas en la cartera y la cerró. Tomó el billete de dólar y se lo metió en el bolsillo. Asió la botella de tinta china garantizada como no venenosa y se echó su contenido sobre el rostro.

Atragantándose y chillando, hizo que el enfermero llegara hasta la puerta.

—¡Déjenme salir! —gritó Halsyon con voz ahogada—. Ese maníaco quiso ahogarme. Me tiró tinta en la cara. ¡Quiero salir!

Abrieron la puerta, Halsyon pasó junto al enfermero, limpiándose cuidadosamente su rostro ennegrecido con una mano que aún lo ocultaba más. Cuando el enfermero iba a entrar a la celda, Halsyon dijo:

—No se ocupe, está bien. Búsqueme una toalla o algo. ¡Apresúrese!

El enfermero cerró de nuevo la puerta, dio la vuelta y corrió por el pasillo. Halsyon esperó hasta que desapareció en un cuarto de enseres, y entonces se giró a su vez y corrió  en  la  dirección  opuesta.  Pasó  por  las  pesadas  puertas  hasta  llegar  al  pasillo principal de aquel ala del edificio, limpiándose aún la cara, escupiendo aún con fingida indignación. Llegó al edificio principal. Ya estaba a medio camino y aún no habían sonado los timbres de alarma. Conocía bien esos timbres. Los probaban cada miércoles al mediodía.

Es como un juego, se dijo a sí mismo. Es divertido. No hay que tener miedo a esto. Es como ser de nuevo un niño y estar en seguridad, cuerdo, y divertido; y, cuando deje de jugar, iré a casa para que mamá me ponga la cena y papá me lea los comics y seré de nuevo un niño, por siempre jamás un niño.

Seguía sin sonar la alarma cuando llegó a la planta baja. Se quejó de la indignidad a que había sido sometido a la recepcionista. Protestó de la poca protección a los visitantes mientras imitaba la firma de James Derelict en el libro de visitantes y su mano, sucia de tinta, dejó tan manchada la página que no descubrieron la falsificación. El guardián tocó el botón que abría la puerta al exterior. Halsyon la atravesó para salir a la calle y, cuando comenzaba a alejarse, escuchó el sonar de los timbres con un estrépito que lo aterrorizó.

Corrió. Se detuvo. Trató de caminar. No podía. Corrió a saltos calle abajo hasta que oyó gritar a los guardianes. Giró apresuradamente una esquina y otra, corrió por calles interminables, oyó coches tras él, sirenas, campanas, gritos, órdenes. Era una horrible serie de fuegos artificiales. Buscando desesperadamente un lugar en que ocultarse, Halsyon entró apresuradamente en el vestíbulo de una casa desierta.

Comenzó a subir las escaleras. Las subió de tres en tres, luego de dos en dos, y al final cansinamente, escalón a escalón, al ir fallándole las fuerzas y paralizarlo el pánico. Se tambaleó en un descansillo y cayó contra una puerta. La puerta se abrió. El Lejano Maligno estaba en el interior, sonriendo, y frotándose las manos.

—Glückliche Reise —dijo—. En punto. ¡God damn! Entra, viejo. Te esperaba. No seas tan tímido…

Halsyon chilló.

—¡No, no, no! Nada de Sturm und Drang, belleza —el señor Aquila puso una mano sobre la boca de Halsyon, tiró de él y lo arrastró puerta adentro, cerrándola tras de sí.

—Presto-chango —rió—. Desaparece Jeffrey Halsyon del mundo de los vivos. Dieu vous garde.

Halsyon apartó la mano, chilló de nuevo y luchó histéricamente, mordiendo y dando patadas. El señor Aquila cloqueó, tanteó en el interior de su bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos. Tomó uno expertamente y lo partió bajo la nariz de Halsyon. Inmediatamente el artista dejó de luchar y permitió ser llevado hasta el sofá, en el que Aquila le limpió la tinta del rostro y las manos.

—Mejor, ¿no? —el señor Aquila rió—. No crea hábito. ¡God damn! Ahora nos iría bien un trago.

Lleno  un  vaso  con  un  jarro,  le  añadió  un  pequeño  cubo  de  hielo  púrpura  de  un humeante recipiente y colocó la poción en la mano de Halsyon. Llevado por el gesto de Aquila, el artista la bebió. Hizo que su cerebro zumbase. Miró a su alrededor, jadeando. Estaba en lo que parecía ser la lujosa sala de espera de un médico de Park Avenue. Muebles estilo Reina Ana, alfombra de Axminster. Dos Hogarths y un Copley con marco dorado en las paredes. Eran genuinos, se fijó asombrado Halsyon. Luego, aún más asombrado, se dio cuenta de que estaba pensando coherentemente, con continuidad. Tenía la cabeza bastante despejada.

Se pasó una mano húmeda por la frente.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz débil—. Ha sido como… como si hubiese pasado una fiebre. Pesadillas.

—Has estado enfermo —le replicó Aquila—. Seré brutal, viejo: esto es un regreso temporal  a  la  cordura.  No  es  ninguna  hazaña,  ¡God  damn!  Cualquier  doctor  podría lograrlo: niacina más dióxido de carbono. Id genus omne. Sólo es temporal. Debemos buscar algo más permanente.

—¿Qué lugar es éste?

—¿Esto? Mi oficina. El vestíbulo. Dentro está la sala de visitas. El laboratorio a la izquierda. In God we trust.

—Lo  conozco  —murmuró  Halsyon—.  Lo  conozco  de  alguna  parte.  Reconozco  su rostro.

—Oui. Me has dibujado y vuelto a dibujar en tu estado febril. Ecce homo Pero tienes ventaja sobre mí, Halsyon. ¿Dónde nos hemos visto? Yo no lo sé —Aquila extrajo un espéculo brillante, lo probó sobre su ojo izquierdo y lo enfocó al rostro de Halsyon.— Te he hecho una pregunta: ¿dónde nos hemos encontrado?

Hipnotizado por la luz, Halsyon contestó brumosamente:

—En el Baile de Bellas Artes… hace mucho… antes de la fiebre…

—¿Ah? Yes. Fue hace medio año. Estaba allí. Una noche desafortunada.

—No. Una noche maravillosa… alegre, divertida… como un baile escolar… como una fiesta fin de curso, pero con disfraces…

—¿Regresando de nuevo a la infancia? —murmuró el señor Aquila—. Tenemos que ocuparnos de eso. Cetera desuní, joven Lochinvar. Continúa.

—Estaba con Judy… aquella noche nos dimos cuenta de que estábamos enamorados. Supimos lo maravilloso que iba a ser nuestra vida. Y entonces pasó usted y me miró… sólo una mirada. Me miró. Fue horrible.

—¡Tsk! —el señor Aquila chasqueó la lengua vejado —. Ahora recuerdo el antedicho incidente. No estaba prevenido. Tuve malas noticias de casa. Una enfermedad eruptiva sobre mis dos mansiones.

—Usted pasó vestido de rojo y negro… satánico. No llevaba máscara. Me miró… una mirada roja y negra que jamás olvidaré. Una mirada de unos ojos negros como lagunas estigias, como frías llamas de terror. Y con esa mirada me lo robó todo… la alegría, la esperanza, el amor, la vida…

—¡No, no! —dijo secamente el señor Aquila—. Pongamos una cosa en claro: mi descuido fue la llave que abrió la puerta. Pero caíste en un abismo que tú mismo habías cavado. No obstante, mi vieja cerveza de boliche, tenemos que alterar eso. —Quitó el espéculo y agitó su dedo frente a Halsyon.— Tenemos que devolverte a la tierra de los vivos. Auxilium ab alto. Cristo. Para eso he preparado esta entrevista. Lo que he hecho, lo he de deshacer, ¿eh? Pero tú debes salir de tu propio abismo. Has de desfacer ese entuerto. Entra.

Tomó a Halsyon por el brazo y lo llevó a lo largo de un pasillo recubierto de madera, atravesando una cuidada oficina para entrar en un laboratorio de un blanco impoluto. Todo él era azulejos y cristal con estanterías para las botellas de productos químicos, filtros de porcelana, un horno eléctrico, botellones de ácidos, botes de materias primas. En  el  centro  de  la  estancia  había  una  pequeña  elevación  redonda,  una  especie  de estrado. El señor Aquila colocó un taburete sobre el mismo, hizo sentarse a Halsyon encima, se enfundó en una bata blanca de laboratorio y comenzó a montar aparatos.

—Tú —parloteaba—, eres un artista de lo extremado. No te voy a dorer la pilule. Cuando Jimmy Derelict me dijo que no estabas ya trabajando… ¡God damm! Le dije: tenemos que sacarlo de su chifladura. Solón Aquila debe poseer muchos cuadros de Jeffrey Halsyon. Lo curaremos. Hoc age. — ¿Es usted doctor? —preguntó Halsyon. —No. Digamos que soy un brujo. Hablando correctamente, un brujo patólogo. De los mejores. No nostrums. Estrictamente magia moderna. La magia negra y la magia blanca están ya passé, ¿n’est-ce pas? Cubro todo el espectro, especializándome en la banda de los quince mil angstroms.

—¿Es usted un médico brujo? ¡No puede ser!

—Oh, sí.

—¿En este lugar?

—¿A-já? A tí también te he engañado, ¿no? Este es nuestro, camouflage. Muchos laboratorios modernos que uno creería, se dedican a los dentífricos se ocupan en realidad de la magia. Pero también somos científicos. ¡Parbleu! Los brujos estamos al día. Las pócimas mágicas cumplen ahora con las normas farmacológicas. Los animales familiares son cien por cien estériles. Escobas desinfectadas. Conjuros envueltos en celofán. El padre Satanás con guantes de goma. Gracias sean dadas a Lord Lister… ¿o es Pasteur?

¡Mi ídolo! El brujo patólogo reunió materias primas, consultó las efemérides, hizo algunos cálculos en una computadora electrónica y continuó charlando:

—Fugit hora —dijo Aquila—. Tu problema, mi viejo, es que has perdido la cordura.

¿Oui? La has perdido en una maldita huida de la realidad y una maldita búsqueda de la paz ocasionadas por una mirada descuidada que te lancé. ¡Hélas! Te pido excusas. Répondez s’il vous plait. —Hizo un círculo alrededor de Halsyon, situado sobre el estrado, con lo que parecía ser una red de tenis en miniatura.— Pero tu problema es éste: buscas la paz en tu infancia. Y deberías estar luchando por conseguir la paz de la madurez,

¿n’est-ce pas? Cristo.

Aquila dibujó círculos y pentágonos con un brillante compás y una regla, pesó unos polvos en una balanza de laboratorio, vertió varios líquidos en crisoles con probetas graduadas y continuó:

—Muchos brujos hacen un buen negocio con pociones que aseguran provienen de la Fuente de la Eterna Juventud. Oh, sí. Hay mucha juventud y muchas fuentes; pero a ti no te sirven. No. La juventud no sirve a los artistas. Tenemos que purgarte de tu juventud y hacerte crecer, ¿nicht wahr?

—No —arguyó Halsyon—. No. La juventud es el arte. La juventud es el sueño. La juventud es la bendición.

—Para algunos sí; para muchos no. No para ti. Tú estás maldito, mi querido adolescente. Tenemos. que purgarte. Ansia de poder. Ansia de sexo. Coleccionar injusticias. Escapar de la realidad. Pasión por la venganza. Oh, sí, papá Freud es otro de mis ídolos. Limpiaremos toda tu casa a muy bajo precio.

—¿A qué precio?

—Lo verás cuando hayamos terminado.

El señor Aquila depositó líquidos y polvos alrededor del inerme artista en crisoles y platillos de Petri. Midió mechas y las cortó, las conectó del círculo a un reloj eléctrico que ajustó cuidadosamente. Fue a un estante que contenía botellas de suero, tomó una pequeña redoma de Woulff numerada 5-271-009, llenó con su contenido una jeringa y se lo inyectó meticulosamente a Halsyon.

—Comenzamos —dijo—, la purga de tus sueños. Voilá.

Puso en marcha el timer eléctrico y se ocultó tras una pantalla de plomo. Hubo un momento de silencio. Repentinamente comenzó a sonar a gran volumen una música negra que surgía de un altavoz oculto y una voz grabada inició un canto intolerable. En rápida sucesión los polvos y los líquidos alrededor de Halsyon ardieron. Estaba envuelto en música y fuego. El mundo comenzó a girar a su alrededor en rugiente confusión…

El Presidente de las Naciones Unidas se le acercó. Era alto y enjuto, vivaracho pero amargado. Estaba frotándose las manos desalentado.

—¡Halsyon! ¡Halsyon! —gritó—. ¿Dónde has estado, mi bollito de desayuno? ¡God damn! Hoc témpore. ¿Sabes lo que ha pasado?

—No —contestó Halsyon—. ¿Qué ha pasado?

—Después de que escapases del loquero, ¡bang! Bombas atómicas por todas partes. La guerra de las dos horas. Todo acabó. Hora fugit, old faithful La virilidad ya no existe.

—¡Qué!

—Las radiaciones, Halsyon, han destruido la virilidad del mundo. ¡God damn! Eres el único hombre capaz de engendrar hijos. No cabe duda que se debe a una misteriosa mutación genética que te hace diferente. Cristo.

—No.

—Ouí. Tienes la responsabilidad de volver a poblar el mundo. Te hemos reservado una suite del Odeón. Tienes tres alcobas. Tres es mi número favorito. Un número primo.

—¡Perros calientes! —gritó Halsyon—. Ese es mi sueño de toda la vida.

Su  camino  al  Odeón  fue  triunfal.  Lo  cubrieron  de  flores,  le  dieron  serenatas,  lo vitorearon y jalearon. Mujeres en éxtasis se mostraban descocadamente ante él, suplicándole su atención. En la suite le sirvieron una comida de emperador. Un hombre alto y enjuto entró a continuación. Era vivaracho pero amargado. Llevaba una lista en la mano.

—Soy el Gran Alcahuete Mundial y estoy a tu servicio, Halsyon —dijo. Consultó su lista—. ¡God damn! Hay 5.271.009 vírgenes que solicitan tu atención. Todas garantizadas como hermosísimas. Ewig-Weibliche. Elige un número del uno al 5.000.000.

—Empezaremos con una pelirroja —dijo Halsyon.

Le trajeron una pelirroja. Era delgada y aniñada, con senos pequeños y firmes. La siguiente era más llenita, con un trémolo trasero. La quinta era olímpica, con senos como peras africanas. La décima era una voluptuosa Rembrandt. La vigésima era flaca pero fuerte y nerviosa. La trigésima era delgada y aniñada, con senos pequeños y firmes.

—¿No nos hemos visto antes? —preguntó Halsyon.

—No —dijo ella.

La siguiente era más llenita con un trémolo trasero.

—Tu cuerpo me resulta familiar —le dijo Halsyon.

—No —le respondió ella.

La quincuagésima era olímpica, con senos como perasafricanas.

—¿No…? —dijo Halsyon.

—Nunca —contestó ella.

El Gran Alcahuete Mundial entró con el afrodisíaco matutino de Halsyon.

—Nunca pruebo esa basura —dijo Halsyon.

—¡God damn! —exclamó el Alcahuete—. Eres un verdadero gigante. Un elefante. No me extraña que seas el bienamado Adán. Tant soit peu. No me extraña que todas lloren de amor por ti.

Se bebió él mismo el afrodisíaco.

—¿No se ha dado cuenta de que todas están comenzando a parecerse? —se quejó

Halsyon.

—¡Ni hablar! Todas son diferentes. ¡Parbleu! Eso es un insulto a mi cargo.

—Oh, son diferentes una de otra, pero los tipos se repiten.

—¿Ah? Así es la vida, mi viejo. Toda la vida es cíclica. ¿Acaso tú como artista no lo habías notado?

—No creí que se aplicase también al amor.

—A todas las cosas. Wahrheit und Dichtung.

—¿Qué ha dicho acerca de que lloran?

—Oui. Todas lloran.

—¿Por qué?

—Por éxtasis de amor por ti. ¡God damn!

Halsyon pensó en la sucesión de aniñadas, tremolas, olímpicas, rembrandtdescas, flacas pero fuertes y nerviosas, pelirrojas, rubias, morenas, blancas, negras y achocolatadas.

—No me había dado cuenta —dijo.

—Obsérvalo hoy, padre del mundo. ¿Comenzamos?

Era cierto. Halsyon no se había dado cuenta. Todas lloraban. Se sintió halagado pero deprimido.

—¿Por qué no ríen un poco? —preguntó. No querían o no podían.

En  la  azotea  del  Odeón,  en  donde  realizaba  su  ejercicio  de  las  tardes,  Halsyon interrogó a su entrenador, un hombre alto y enjuto, con ademanes vivarachos pero amargados.

—¿Ah? —dijo el entrenador—. ¡God damn! No sé, viejo escocés con soda. Quizá sea porque es una experiencia traumática para ellas.

—¿Traumática? —resopló Halsyon—. ¿Por qué? ¿Qué es lo que les hago?

—¡A-já! ¿Bromeas? Todo el mundo sabe qué les haces.

—No, quiero decir que… ¿cómo puede ser eso traumático? Todas luchan por conseguirme, ¿no? ¿Acaso no soy como pensaban?

—Es un misterio. Tripotage. Ahora, amado padre del mundo, practicaremos las flexiones. ¿Dispuesto? Comienza.

Abajo, en el restaurante  del  Odeón,  Halsyon  interrogó  al  maítre,  un  alto  y  enjuto hombre con rostro vivaracho pero amargado.

—Somos hombres de mundo, Halsyon. Suo jure. Seguramente debes comprenderlo. Esas mujeres te aman y no pueden esperar más que una noche de pasión. ¡God damn! Naturalmente, se sienten contrariadas.

—¿Qué es lo que quieren?

—Lo que toda mujer quiere, mi viejo portal al oeste. Una relación permanente. El matrimonio.

—¡El matrimonio!

—Ouí.

—¿Todas?

—Ouí.

—De acuerdo, me casaré con las 5.271.009. Pero el Gran Alcahuete Mundial objetó:

—No, no, no, joven Lochinvar. ¡God damn! Es imposible. Aparte de las dificultades religiosas, hay otras humanas. ¿Quién podría ocuparse de un tal harén?

—Entonces me casaré con una sola.

—No, no, no. Pensez a moi. ¿Cómo ibas a hacer la elección? ¿Cómo podrías seleccionarla? ¿Mediante una lotería, sacando pajitas, arrojando una moneda?

—Ya he escogido a una.

—¿Ah? ¿Quiénes?

—Mi chica —dijo lentamente Halsyon—. Judith Field.

—Aja. ¿Tu novia?

—Sí.

—Está muy abajo en la lista de los cinco millones.

—Siempre está la primera en mi lista. Quiero a Judith. —Halsyon suspiró.— Recuerdo el aspecto que tenía en el baile de Bellas Artes… Había una luna llena…

—Pero no habrá luna llena hasta el veintiséis.

—Quiero a Judith.

—Las otras la despedazarán por celos. No, no, no, señor Halsyon, debemos seguir con el plan establecido. Una noche para cada una, no más para ninguna.

—Quiero a Judith… o de lo contrario…

—Tendrá que ser discutido en el Consejo. ¡God damn!

Fue discutido en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por una docena de delegados, todos altos, enjutos, vivarachos, pero amargados. Fue decidido que se permitiese a Jeffrey Halsyon efectuar una boda en secreto.

—Pero nada de lazos domésticos —le avisó el Gran Alcahuete Mundial—. Nada de ser fiel a su esposa. Eso debe quedar bien entendido. No podemos dejarte aparte de nuestro programa. Eres indispensable.

Trajeron a la afortunada Judith Field al Odeón. Era una muchacha alta y morena con cabello rizado, muy corto, y encantadoras piernas de tenista. Halsyon la cogió de la mano. El Gran Alcahuete Mundial salió de puntillas.

—Hola, cariño —murmuró Halsyon.

Judith lo miró con repugnancia. Sus ojos estaban húmedos, su rostro enrojecido por el llanto.

—Hola, cariño—repitió Halsyon.

—Si me tocas, Jeff — dije Judith con voz estrangulada—, te mataré.

—¡Judy!

—Ese hombre repugnante me lo explicó todo. No pareció comprender cuando traté de explicarle… que recé porque hubieras muerto antes de que me tocase el turno.

—Pero quiero casarme, Judy.

—Antes preferiría morir que casarme contigo.

—No te creo. Hemos estado enamorados durante…

—Por Dios, Jeff, el amor se acabó para ti. ¿No comprendes? Esas mujeres lloran porque te odian. Y yo también. El mundo siente repugnancia por ti. Das náuseas.

Halsyon miró a la muchacha y vio la verdad en su rostro. En un arrebato de ira trató de cogerla. Ella luchó furiosamente. Fueron de un lado a otro de la gran sala de estar de la suite, derribando muebles, jadeantes, mientras crecía su furia. Halsyon golpeó a Judith Field con su enorme puño para terminar de una vez la lucha. Ella trastabilló hacia atrás, se asió de una cortina, rompió el cristal de una ventana y cayó a la calle, desde una altura de catorce pisos, girando como una muñeca rota.

Halsyon miró hacia abajo horrorizado. Una multitud se agolpó alrededor del cuerpo aplastado. Se alzaron rostros. Se agitaron puños. Comenzó a sonar un griterío ominoso. El Gran Alcahuete Mundial entró corriendo a la suite.

—¡Mi viejo! ¡Desgraciado! —gritó—. ¿Qué has hecho? Per conto. Es la chispa que prenderá su salvajismo. Estás en grave peligro. ¡God damn!

—¿Es cierto que todos me odian?

—Helas, entonces, ¿has descubierto la verdad? Esa chica indiscreta. Y eso que se lo advertí. Oui. Te odian.

—Pero usted dijo que me amaban. El nuevo Adán, padre del nuevo mundo.

—Oui. Eres el padre, pero ¿qué niño no odia a su padre? Y también eres un violador legalizado. ¿Qué mujer no odia verse obligada a hacer el amor con un hombre… aunque sea necesario para la supervivencia? Ven de prisa, mi escocés en las rocas. Passim. Estás en un gran peligro.

Arrastró a Halsyon hasta el ascensor de la parte trasera del edificio y descendieron al sótano del Odeón.

—El ejército te sacará de aquí. Te llevaremos a Turquía inmediatamente, y trataremos de llegar a un acuerdo.

Halsyon fue transferido a la custodia de un alto, enjuto y amargado coronel del ejército que lo llevó a toda prisa por pasadizos subterráneos hasta una calle lateral, en donde esperaba un coche del Estado Mayor. El coronel metió a Halsyon» en su interior, de un empujón.

—Alea jacta est —le dijo al conductor—. A toda leche, cabo. Hemos de proteger al old faithful. Al aeropuerto. ¡Alors!

—¡God damn, señor! —replicó el cabo. Hizo un saludo y puso en marcha el coche. Mientras giraban por las calles a una velocidad de vértigo, Halsyon lo miró. Era alto, enjuto, vivaracho pero amargado.

—Kulturkampf der Menschheit —murmuró el cabo—, ¡Cristo!

Una   enorme   barricada   había   sido   erigida,   cerrando   la   calle,   con   elementos improvisados tales como botes de basura, muebles, coches volcados, luces de tráfico. El cabo se vio obligado a frenar en seco. Mientras trataba de dar un giro en “U”, apareció una multitud de mujeres surgiendo de las puertas de los edificios, de las tiendas, de los sótanos. Todas gritaban. Algunas blandían porras improvisadas.

—¡Excelsior! —gritó el cabo—. ¡God damn!

Trató  de  sacar  la  pistola  de  reglamento  de  la  funda.  Las  mujeres  abrieron violentamente las puertas del coche y sacaron a tirones a Halsyon y al cabo. Halsyon logró zafarse, peleó con la salvaje multitud que le lanzaba golpes, corrió hasta una acera, tropezó y cayó con un alarido de terror a través de una abierta rampa para carbón. Cayó hacia abajo llegando a un espacio negro sin límites. Le giraba la cabeza. Un torrente de estrellas fluía ante sus ojos…

Y flotaba solo en el espacio, un mártir, incomprendido, una víctima de la cruel injusticia. Aún seguía encadenado a lo que antes fue la pared de la Celda 5, Bloque 27, Piso 100, Ala 9 de la Penitenciaría de Calixto, hasta que aquella inesperada explosión gamma había hecho pedazos la enorme fortaleza-prisión, tan grande que aún era mayor que el Cháteau d’If, borrándola del mapa. Se dio cuenta de que aquella explosión había sido ocasionada por los grssh.

Todo lo que poseía eran sus ropas de convicto, un casco, un cilindro de O2, su terrible furia ante la injusticia que habían cometido con él y el conocimiento del secreto con el que los grssh podían ser derrotados antes de que llevasen a cabo su demoníaco intento de dominación solar.

Los grssh, horribles merodeadores llegados de Omicron Ceti, degenerados espaciales, imperialistas estelares, de sangre fría, con forma de escarabajo, cuyo alimento era los horrores psicóticos que engendraban en el hombre a través de un control mental, estaban conquistando rápidamente la galaxia. Eran irresistibles, poseían la capacidad de la simulkinesis: la habilidad de estar en dos lugares al mismo tiempo.

Un punto de luz se movía lentamente por la bóveda del espacio, como un meteorito. Era una nave de rescate, comprendió Halsyon, que exploraba el espacio en busca de sobrevivientes de la explosión. Se preguntó si la luz de Júpiter, que lo inundaba con una irradiación rojo óxido, lo haría visible al equipo de rescate. Se preguntó si quería que lo rescatasen.

—Será lo mismo de nuevo —gimió Halsyon—. Acusado falsamente por el robot de Balorsen… condenado falsamente por el padre de Judith… repudiado por la misma Judith… encarcelado de nuevo… y finalmente destruido por los grssh cuando asalten los últimos reductos de la Tierra. ¿Por qué no morir ya?

Pero mientras hablaba, se daba cuenta de que mentía. Era el único hombre que tenía el secreto que podía salvar a la Tierra y a la galaxia entera. Debía sobrevivir. Tenía que luchar.

Con una voluntad indomable, Halsyon luchó por ponerse en pie, peleándose con las cadenas que lo constreñían. Con la dureza de acero que había desarrollado como trabajador forzado en las minas de los grssh, agitó los brazos y gritó. El punto de luz no alteró su trayectoria, que lentamente le apartaba de él. Entonces vio cómo el eslabón metálico de una de sus cadenas hacía saltar brillantes chispas de la roca de pedernal. Se decidió a hacer un intento desesperado para lograr señalar su presencia a la nave de rescate.

Desconectó el plastitubo que iba desde el tanque de Oí a su plasticasco y permitió que un chorro del vital oxígeno brotara al espacio. Con manos temblorosas, recogió la cadena que le sujetaba la pierna y la golpeó contra la roca bajo el oxígeno. Brilló una chispa. El oxígeno se incendió. Un brillante geiser de llamas blancas ardió casi media milla en el espacio.

Economizando el último oxígeno de su plasticasco, Halsyon hizo girar lentamente el cilindro,  trazando  un  arco  de  llama,  una  y  otra  vez,  en  un  desesperado  intento  de conseguir ser rescatado. La atmósfera de su plasticasco se fue haciendo acre y enrarecida. Le rugían los oídos. Se le nublaba la vista. Al fin perdió el sentido.

Cuando  recobró  el  conocimiento  estaba  en  el  plasticatre  del  camarote  de  una astronave. El zumbido de alta frecuencia le dijo que estaban volando a una velocidad superior a la de la luz. Abrió los ojos. Balorsen se alzaba junto al plasticatre, y el robot de Balorsen, y el Juez Supremo Field, y su hija Judith. Judith estaba llorando. El robot llevaba puestos unos plasti-grilletes magnéticos y se estremecía mientras el general Balorsen lo fustigaba una y otra vez con un plastilátigo nuclear.

—¡Parbleu! ¡God damn! —chirriaba el robot—. Es cierto que falseé las pruebas para que condenaran a Jeff Halsyon. ¡Ouch! Flux de bouche. Yo fui el espaciopirata que espacio-asaltó el espaciocarguero. ¡God damn! ¡Ouch! El espaciobarman del Saloon de los Espacionautas fue mi cómplice. Cuando Jackson destrozó el espaciotaxi yo fui al espaciogaraje y lancé una descarga de rayos X contra el sónico antes de que Tantial asesinase a O’Leary. Aux armes. Cristo. ¡Ouch!

—Ahí tienes la confesión que necesitas, Halsyon — gruñe el general Balorsen. Era alto, enjuto, amargado—. Por Dios. Ars est celare artem. Eres inocente.

—Te condené falsamente, viejo amigo —asintió el Juez Field. Era alto, enjuto y amargado—. ¿Podrás perdonar a este maldito estúpido? Te presentamos nuestras excusas.

—Te causamos un perjuicio, Jeff —susurró Judith —. ¿Podrás perdonarnos alguna vez? Di que nos perdonarás.

—Lamentan la forma en que me trataron —graznó Halsyon—. Pero es únicamente debido a las misteriosas características genéticas mutantes que hacen que sea diferente y me convierten en el único hombre que conoce el secreto que puede salvar a la galaxia de los grssh.

—No, no, no, viejo gintonic —suplicó el general Balorsen—. ¡God damn! No seas rencoroso. Sálvanos de los grssh.

—Sálvanos, faute de mieux, sálvanos, Jeff — intervino el Juez Field.

—Oh, por favor, Jeff, por favor —susurró Judith—. Los grssh están en todas partes y se acercan más. Te vamos a llevar a la ONU. Tienes que decirle al Consejo de Seguridad cómo detener a los grssh, para que no estén en dos lugares al mismo tiempo.

La astronave salió del hiperespacio y aterrizó en Governor’s Island, en donde una delegación de dignatarios mundiales acudió a recibir a la nave y se apresuró a llevar a Halsyon a la sala de la Asamblea General de la ONU. Atravesaron extrañas calles redondeadas en las que se veían extraños edificios redondeados que habían sido alterados cuando se había descubierto que los grssh siempre aparecían en las esquinas. Ya no quedaba ni un ángulo en la Tierra.

La Asamblea General estaba repleta cuando entró Halsyon. Centenares de altos, enjutos y amargados diplomáticos le aplaudieron mientras caminaba hacia el estrado, aún vestido con sus plastiropas de convicto. Halsyon miró a su alrededor con resentimiento.

—Sí  —gruñó—,  todos  aplauden.  Todos  me  adoran  ahora;  pero,  ¿dónde  estaban cuando se me tendió la trampa, se me condenó y se me encarceló… a pesar de ser inocente? ¿Dónde estaban entonces?

—Halsyon, perdónanos. ¡God damn! —gritaron.

—No os perdonaré. Pasé diecisiete años de sufrimientos en las minas grssh. Ahora les toca a ustedes sufrir.

—¡Por favor, Halsyon!

—¿Dónde  están  sus  expertos?  ¿Sus  profesores?  ¿Sus  especialistas?  A  ver  si resuelven el misterio de los grssh.

—No pueden, viejo whisky con soda. Entre nous, no tienen ni idea. Sálvanos, Halsyon. Auf wiedersehen.

Judith lo cogió del brazo.

—No lo hagas por mí, Jeff —susurró—. Sé que nunca me perdonarás la injusticia que cometí contigo. Pero hazlo por todas las otras chicas de la Galaxia, que aman y son amadas.

—Yo aún te amo, Judy.

—Yo siempre te he amado, Jeff.

—Okay. No quería decírselos, pero tú me has convencido —Halsyon alzó la mano pidiendo atención. En el subsiguiente silencio, habló en voz baja.— El secreto es éste, caballeros. Sus calculadores han reunido datos suficientes para hallar la debilidad secreta de los grssh. No han sido capaces de hallar ninguna. Consecuentemente, ustedes han supuesto que los grssh no tienen debilidades secretas. Esa es una suposición falsa.

La Asamblea General contuvo la respiración.

—Aquí está el secreto: deberían haber supuesto que había algo que funcionaba mal en los calculadores.

—¡God damn! —gritó la Asamblea General—. ¿Por qué no pensamos en eso? ¡God damn!

—¡Y yo sé cuál es el error! Hubo un silencio mortal.

La puerta de la Asamblea General de abrió de golpe. El Profesor Silenciomortal, alto, enjuto, amargado, entró cojeando:

—¡Eureka! —gritó—. Lo he encontrado. ¡God damn! Había un error en las máquinas pensantes. El tres va después del dos, y no antes.

La Asamblea General lanzó vivas. El profesor Silenciomortal fue alzado en alto y manteado alegremente. Se abrieron botellas. Se brindó a su salud. Le colgaron varias medallas. Sonreía de oreja a oreja.

—¡Hey! —gritó Halsyon—. Ese es mi secreto. Yo soy el hombre que, a causa de una misteriosa mutación genética…

El teletipo comenzó a teclear: ATENCIÓN. ATENCIÓN. SI-LENCIOKOV DE MOSCÚ INFORMA HAY DEFECTO EN CALCULADORAS. 3 VA TRAS 2 Y NO ANTES, REPITO: DESPUÉS (SUBRAYADO) NO ANTES.

Entró un cartero corriendo:

—Una carta urgente del Doctor Silenciovital de la Caltech. Dice que hay algo erróneo en las máquinas pensantes. El tres va después del dos, y no antes.

Un repartidor de telegramas entregó un telegrama: MAQUINAS PENSANTES EQUIVOCADAS STOP DOS VA ANTES TRES STOP NO DESPUÉS STOP VON SILENCIOSOÑADOR, HEIDELBERG.

Lanzaron una botella por una ventana. Se rompió en el suelo, dejando al descubierto un papel en el que estaba garabateado: ¿Penzaron aljuna ves que er numero 3 ba dezpues 2 en lugar de hantes? Avajo los grises. Señor Silenciosilencio.

Halsyon agarró por las solapas al Juez Field.

—¿Qué infiernos pasa? —exclamó—. Creí que era el único hombre del mundo que conocía ese secreto.

—¡HimmelHerrGott! —replicó impaciente el Juez Field—. Todos sois iguales. Soñáis que sois el único hombre con un secreto, el único hombre al que se le ha hecho una injusticia, el único hombre al que se le ha engañado, el único hombre con una muchacha, el único hombre con o sin cualquier cosa. ¡God damn! Vosotros, los soñadores únicos me molestáis. Desaparece.

El Juez Field lo empujó con el hombro. El general Balorsen lo tiró hacia atrás. Judith Field lo ignoró. El robot de Balorsen le hizo la zancadilla, derribándolo a un rincón en el que un grssh, que también estaba en un rincón de Neptuno, apareció, hizo algo inmencionable a Halsyon y desapareció con él, que cayó aullando, estremeciéndose y sollozando en un horror que era un delicioso manjar para el grssh pero una plastipesadilla para Halsyon… De la que le despertó su madre diciéndole:

—Esto te enseñará a no prepararte bocadillos de mantequilla de cacahuete a mitad de la noche, Jeffrey.

—¿Mamá?

—Sí. Es ya hora de levantarse, cariño. Llegarás tarde ala escuela.

Salió de la habitación. Miró a su alrededor. Se miró a sí mismo. Era verdad. ¡Verdad! La maravillosa realidad lo inundó. Su sueño se había cumplido. De nuevo tenía diez años de edad, volvía a poseer su cuerpo de niño, vivía en la casa de su infancia, la vida que había transcurrido en la década de los treinta. Y en su mente tenía los conocimientos, la experiencia, la sofisticación de un hombre de treinta y tres.

—¡Qué alegría! —gritó—. Será mi triunfo. ¡Mi triunfo! Sería un genio en la escuela. Asombraría a sus padres, anonadaría a sus maestros, confundiría a los expertos. Ganaría becas.  Acabaría  con  el  problema  de  aquel  chico  Rennahan  que  acostumbraba  a molestarlo de continuo. Alquilaría una máquina de escribir y escribiría todas las obras de teatro,  relatos  y  novelas  de  éxito  que  recordaba.  Aprovecharía  aquella  oportunidad perdida que tuvo con Judy Field tras el monumento de Isham Park. Robaría inventos y descubrimientos. Iniciaría nuevas industrias, haría apuestas, jugaría a la bolsa. Dominaría el mundo para cuando volviese a tener su verdadera edad.

Se vistió con dificultad. Había olvidado dónde tenía la ropa. Desayunó con dificultad. No era el momento de explicarle a su madre que había adquirido el hábito de iniciar el día con café irlandés. Echaba a faltar su cigarrillo matutino. No tenía idea de dónde estaban sus libros escolares. Su madre tuvo problemas para acabar de arreglarlo.

—Jeff tiene uno de esos días —la oyó murmurar—. Espero que no le pase nada malo. El día comenzó con Rennahan tendiéndole una trampa en la entrada de la escuela.

Halsyon lo recordaba como un enorme muchacho con rostro malévolo. Le asombró descubrir que Rennahan era delgado y con problemas, y obviamente éstos le impulsaban a mostrarse continuamente agresivo.

—Mira, no es que sientas hostilidad hacia mí — exclamó Halsyon—. Lo que ocurre es que eres un chico con problemas, que estás tratando de probarte a ti mismo.

Rennahan le largó un puñetazo.

—Mira, muchacho —le dijo amablemente Halsyon —. Lo que realmente sucede es que quieres ser amigo de todo el mundo, Pero pasa que te sientes inseguro. Por eso te ves impulsado a pelear.

Rennahan permanecía sordo a su análisis. Golpeó con más fuerza a Halsyon. Le dolió.

—Oh, déjame tranquilo —dijo Halsyon—. Ve a probar lo que vales con cualquier otro. Rennahan, con dos rápidos movimientos, tiró al suelo los libros que Halsyon llevaba

bajo el brazo y le abrió la bragueta. No le quedaba otra solución que pelear. Veinte años de  contemplar  películas  del  futuro  Joe  Louis  no  le  sirvieron  de  nada.  Recibió  una soberana  paliza.  Además,  llegó  tarde  a  clase.  Pero  ahora  tenía  la  oportunidad  de asombrar a sus maestros.

—Lo que sucede es —le explicó a la señorita Ralph del quinto curso—, que tuve un encuentro con un neurótico. Puedo soportar su golpe de izquierda, pero lo que no trago son sus compulsiones.

La señorita Ralph le abofeteó y lo envió al director con una nota, informando sobre su desacostumbrada insolencia.

—Lo único que hay desacostumbrado en esta escuela —le dijo Halsyon al señor Snider—, es que no se conozca el psicoanálisis. ¿Cómo pueden pretender ser unos pedagogos competentes si no…?

—¡Sucio muchachito! —le interrumpió irritado el señor Snider. Era alto, enjuto y amargado—. Así que has estado leyendo libros verdes, ¿eh?

—¿Qué infiernos tiene de malo el leer a Freud?

—Y además usando un lenguaje vulgar, ¿eh? Necesitas una buena lección, sucio animalillo.

Fue devuelto a casa con una nota que requería una inmediata entrevista con sus padres acerca de la necesidad de que Jeffrey Halsyon fuera sacado de la escuela pues se trataba de un degenerado que necesitaba con desesperación una corrección y una orientación vocacional.

En lugar de ir a casa fue a un quiosco a mirar acontecimientos sobre los que poder apostar. Los titulares estaban repletos de noticias acerca de las carreras. Pero, ¿quién infiernos ganó finalmente el campeonato? ¿Y la serie mundial? Le resultaba totalmente imposible  recordarlo.  ¿Y  el  mercado  de  valores?  Tampoco  podía  recordar  nada  del mismo. Nunca se había sentido muy interesado en tales asuntos cuando era niño. No tenía nada en la memoria que pudiera aprovechar.

Trató de entrar en la biblioteca para llevar a cabo algunas comprobaciones. El bibliotecario, alto, enjuto y amargado, no quiso permitirle que entrase hasta que fuera la hora de visita de los niños, por la tarde. Vagabundeó por las calles. Dondequiera que vagabundease era expulsado por  enjutos y amargados adultos. Comenzaba a darse cuenta de que los niños de diez años tenían muy pocas oportunidades de asombrar al mundo.

A la hora de comer se encontró con Judy Field y la acompañó a casa desde la escuela. Se asombró ante sus huesudas rodillas y sus tirabuzones oscuros. Tampoco le gustaba cómo olía. Pero se sintió muy admirado al ver a su madre, que era la misma imagen de la Judy que recordaba. Se propasó con la señora Field e hizo una o dos cosas que la dejaron muy confusa. Lo echó de su casa y luego telefoneó a su madre, con la voz temblorosa por la indignación.

Halsyon fue hacia el río Hudson y se quedó por el muelle de los transbordadores hasta que lo echaron. Fue a una tienda de artículos de oficina para enterarse acerca de los alquileres de máquinas de escribir y lo sacaron a patadas. Buscó un lugar tranquilo en el que sentarse, pensar, planear, quizás iniciar el recuerdo de un relato de éxito. Pero no había ningún lugar tranquilo en el que dejasen entrar a un niño.

Entró sigilosamente en su casa a las cuatro y media, dejó caer sus libros en su habitación, pasó en silencio a la sala de estar, robó un cigarrillo y estaba a punto de salir cuando descubrió a su madre y a su padre, espiándolo. Su madre parecía anonadada. Su padre era enjuto y amargado.

—Oh —dijo Halsyon—, supongo que Snider telefoneó. Me había olvidado de eso.

—El señor Snider —dijo su madre.

—Y la señora Field —dijo su padre.

—Mirad —comenzó a decir Halsyon—, será mejor que aclaremos esto. ¿Me podéis escuchar durante unos minutos?

Tengo algo asombroso que contaros y un plan sobre lo que se puede hacer. Yo…

Dio un aullido. Su padre lo había agarrado por la oreja, y lo estaba llevando al recibidor. Los padres no escuchan unos minutos a sus hijos. No los escuchan ni un instante.

—Pa… un minuto… ¡por favor! Estoy tratando de explicarte. Realmente no tengo diez años de edad. Tengo treinta y tres. Ha habido una paradoja en el tiempo, ¿comprendes? Debido a una misteriosa mutación genética…

—¡Maldito seas! ¡Cállate! —gritó su padre.

El dolor que le producían sus enormes manos, la reprimida furia de su voz, silenciaron a Halsyon. Dejó que lo llevara fuera de la casa, recorriendo las cuatro manzanas hasta la escuela, y subiendo al piso hasta la oficina del señor Snider en la que éste estaba esperando, junto con el psicólogo escolar. Era un hombre alto, enjuto, amargado pero vivaracho.

—Ah, sí, sí —dijo—. Así que este es nuestro pequeño degenerado. Nuestro Scarface Al Capone, ¿eh? Vamos, lo llevaremos a la clínica y allí me dictará su joumal intime. Tengamos esperanzas. Nisi prius. No puede ser tan malo.

Tomó a Halsyon por el brazo. Halsyon se soltó y dijo:

—Escuche, usted es un hombre adulto e inteligente. Usted me escuchará. Mi padre tiene problemas emocionales que lo ciegan y no…

Su padre le dio una enorme palmada en la oreja, lo agarró por el brazo y lo puso de nuevo en manos del psicólogo. Halsyon estalló en lágrimas. El psicólogo lo sacó de la oficina, llevándolo a la pequeña enfermería de la escuela. Halsyon estaba histérico. Temblaba por la frustración y el terror.

—¿No me escuchará nadie? —sollozaba—. ¿No va a tratar nadie de comprender? ¿Es esto lo que le sucede a todos los niños? ¿Es por esto por lo que han de pasar todos los chicos?

—Tranquilo, salchichita —le murmuró el psicólogo. Introdujo una píldora en la boca de Halsyon y le obligó a beber un trago de agua.

—Todos ustedes son horriblemente inhumanos — sollozó Halsyon—. Nos mantienen alejados de su mundo,  pero  continuamente  se  inmiscuyen  en  el  nuestro.  Si  no  nos respetan, ¿por qué al menos no nos dejan tranquilos?

—Comienzas a comprender, ¿eh? —dijo el psicólogo —. Los niños y los adultos somos dos especies distintas de animales. ¡God damn! Te hablaré francamente. Les absents ont toujours tort. No hay comprensión. Cristo. Sólo hay guerra. Por eso todos los niños al crecer odian su niñez y buscan venganza. Pero nunca hay venganza. Pan mutuel. ¿Cómo podría haberla? ¿Puede un gato insultar a un rey?

—Es… es horrible —murmuró Halsyon. La píldora estaba comenzando a hacerle efecto—. Todo el mundo ess horrrible. Lleno de conílictosss e insultosss que no pueden ser reeesuel-tosss… o vengadosss… esss como una brrroma que alguien nosss estuvierrra gassstando. Una brrroma sssin sssentido. ¿No?

Mientras caía en la oscuridad, pudo oír cómo el psicólogo se reía; pero, aunque en ello le hubiera ido la vida, no hubiera podido explicar de qué se estaba riendo…

Tomó su pala y siguió al payaso primero al cementerio. El payaso primero era un hombre alto, enjuto, amargado pero vivaracho.

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación? —preguntó el payaso primero.

—Le digo que sí —contestó Halsyon—. Así que haga bien la fosa: el juez ha dictaminado en este caso, y ha dispuesto que tenga un entierro cristiano.

—¿Y cómo puede ser eso, a menos que se hubiera ahogado en defensa propia?

—Así han juzgado que fue.

Comenzaron a cavar la fosa. El payaso primero recapacitó sobre el asunto, y dijo:

—Debió ser se offendendo; no pudo haber sido de otra manera. Pues he aquí el asunto: si yo me ahogo voluntariamente, esto significa que ha habido una acción, y toda acción consta de tres partes: hacer, obrar y ejecutar; de donde se infiere que ella se ahogó voluntariamente.

—No, pero escúcheme, amigo sepulturero… — comenzó a decir Halsyon.

—Permíteme —interrumpió el payaso primero, y prosiguió con un tedioso discurso acerca  de  la  ley.  Luego  cambió  a  un  ánimo  más  alegre  y  contó  algunos  chistes profesionales. Al final Halsyon se marchó y fue hasta la Taberna de Yaughan a beber un trago. Cuando regresó, el payaso primero estaba intercambiando bromas con un par de caballeros que se habían acercado al cementerio. Uno de ellos estaba haciendo una escena con un cráneo.

Llegó el cortejo fúnebre: el ataúd, el hermano de la muchacha muerta, el rey y la reina, los sacerdotes y los nobles. La enterraron, y el hermano y uno de los caballeros comenzaron a pelearse sobre su tumba. Halsyon no prestó atención. Había una linda muchacha en la procesión, morena, con cabello rizado muy corto y hermosas y largas piernas. Le hizo un guiño. Ella se lo devolvió. Halsyon se le acercó, hablándole con los ojos, y ella le contestó significativamente, en la misma forma.

Luego tomó su pala y siguió al payaso primero al cementerio. El payaso primero era un hombre alto, enjuto, con expresión amargada pero de talante vivaracho.

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación? —preguntó el payaso primero.

—Le digo que sí —contestó Halsyon—. Así que haga bien la fosa: el juez ha dictaminado en este caso, y ha dispuesto que tenga un entierro cristiano.

—¿Y cómo puede ser eso, a menos que se hubiera ahogado en defensa propia?

—¿No me preguntó eso ya antes? —interrogó Halsyon.

—Silencio, old faithful. Contesta a la pregunta.

—Juraría que esto ya ha sucedido antes.

—¡God damn! ¿Vas a contestar? Cristo.

—Así han juzgado que fue.

Comenzaron a cavar la fosa. El payaso primero recapacitó sobre el asunto y comenzó un tedioso discurso acerca de la ley. Luego cambió a un ánimo más alegre y contó algunos chistes profesionales. Al final Halsyon se marchó y fue hasta la Taberna de Yaughan a beber un trago. Cuando regresó había un par de desconocidos junto a la fosa, y entonces llegó el cortejo fúnebre.

Había una linda muchacha en la procesión, morena, con cabello rizado muy corto y hermosas y largas piernas. Le hizo un guiño. Ella se lo devolvió. Halsyon se le acercó, hablándole con la vista, y ella respondiéndole de la misma manera.

—¿Cuál es su nombre? —susurró.

—Judith —respondió ella.

—Llevo su nombre tatuado, Judith.

—Bromea, señor.

—Puedo probarlo, madam. Le mostraré dónde me lo tatuaron.

—¿Y dónde fue eso?

—En la Taberna de Yaughan. Lo hizo un marinero llegado en el Golden Hind. ¿Querrá verlo esta noche?

Antes  de  que  pudiera  contestarle,  tomó  su  pala  y  siguió  al  payaso  primero  al cementerio. El payaso primero era un hombre alto, enjuto, con una expresión amargada pero de talante vivaracho.

—¡Por el amor de Dios! —se quejó Halsyon—. Podría jurar que esto ya ha sucedido antes.

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación? —preguntó el payaso primero.

—Sé que esto ya ha ocurrido.

—¡Contesta la pregunta!

—Escuche —dijo testarudamente Halsyon—. Quizás estoy loco, quizá no. Pero tengo la terrible sensación de que todo esto ya ha sucedido. Parece irreal. La vida parece irreal.

El payaso primero sacudió la cabeza.

—HimmelHerrGott —murmuró—. Es tal como me temía. Lux et ventas. Debido a una misteriosa mutación de tus genes, que te hace diferente, estás bailando sobre la cuerda floja. ¡Ewigkeit! Contesta a la pregunta.

—Ya la he contestado en una ocasión, la he contestado cien veces.

—Mi  viejo  jamón  con  huevos  —estalló  el  payaso  primero—,  la  has  contestado

5.271.009. ¡God damn! Contéstala de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque debes hacerlo. Pot au feu. Es la vicia que debemos vivir.

—¿Le llama a esto vida? ¿Hacer las mismas cosas una y otra vez? ¿Decir las mismas cosas? Guiñando a las chicas, sin lograr pasar a mayores.

—No, no, no, mi Donner und Blitzen. No preguntes. Es una conspiración con la que no nos atrevemos a enfrentarnos. Es la vida que todo hombre vive. Cada hombre hace lo mismo una y otra vez. No hay escapatoria.

—¿Por qué no hay escapatoria?

—No me atrevo a hablar; no me atrevo. Vox populi. Otros han hecho preguntas y han desaparecido. Es una conspiración. Tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

—De nuestros amos.

—¿Cómo? ¿Somos propiedad de alguien?

—Sí. ¡Ach, ja! Todos nosotros, joven mutante. No hay realidad. No hay vida, ni libertad, ni libre albedrío. ¡God damn! ¿No te das cuenta? Somos… todos somos personajes de un libro. A medida que el libro es leído, bailamos al son que nos tocan. Cuando el libro es leído de nuevo, bailamos de nuevo. E pluribus unum… ¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación?

—¿Qué es lo que está diciendo? —gritó horrorizado Halsyon—. ¿Que somos marionetas?

—Contesta a la pregunta.

—Si no hay libertad, no hay libre albedrío, ¿cómo podemos estar hablando así?

—Porque el que está leyendo nuestro libro está soñando despierto, mi querido capital de Dakota. ídem est. Contesta a la pregunta.

—No lo haré. Voy a rebelarme. No bailaré más para nuestros amos. Encontraré una vida mejor… Encontraré la realidad.

—¡No, no! ¡Es una locura, Jeffrey! ¡Cul-de-sac!

—Lo único que necesitamos es un líder valeroso. El resto seguirá. ¡Acabaremos con la conspiración que nos tiene encadenados!

—No se puede hacer. Ve con cuidado. Contesta a la pregunta.

Halsyon contestó a la pregunta tomando su pala y dando con ella al payaso primero en la cabeza, aunque éste no pareció darse cuenta, pues preguntó:

—¿Va a ser enterrada en tierra sagrada para que así pueda alcanzar su propia salvación?

—¡Revolución! —gritó Halsyon, golpeando de nuevo. El payaso comenzó a cantar. Aparecieron los dos caballeros.

Uno dijo:

—¿Acaso este individuo no tiene conciencia profesional, ya que se pone a cantar mientras cava la tumba?

—¡Revolución! ¡Seguidme! —gritó Halsyon, y dio un golpe de pala a la melancólica cabeza del caballero. Este no le prestó atención. Charlaba con su amigo y con el payaso primero. Halsyon giró como un derviche, dando golpes a todos lados con su pala. El caballero tomó un cráneo  y  filosofó  acerca  de  alguna  persona  o  personas  llamadas Yorick.

Apareció el cortejo fúnebre. Halsyon lo atacó, girando y dando vueltas, una y otra vez, con el lento frenesí de un hombre que sueña.

—Deje de leer el libro —gritó—. Déjeme salir de las páginas. ¿Puede oírme? ¡Deje de leer el libro! Prefiero vivir en un mundo que yo haya hecho. ¡Déjeme ir!

Se oyó un tremendo trueno, como si las hojas de un gigantesco libro se hubieran cerrado de golpe. En un instante Halsyon se vio lanzado al tercer compartimiento del séptimo círculo del Infierno en el decimocuarto canto de la Divina Comedia, en el que los que han pecado contra el arte son atormentados por llamaradas de fuego que caen eternamente sobre ellos. Allí aulló hasta que hubo divertido lo bastante. Y sólo entonces se le permitió pensar en un texto propio… y formó un nuevo mundo, un mundo romántico, un mundo que era uno de sus más caros sueños…

Era el último hombre de la Tierra.

Era el último hombre de la Tierra y aullaba.

Las  colinas,  los  valles,  las  montañas  y  los  arroyos  eran  suyos,  sólo  suyos,  y  no obstante aullaba.

Tenía cinco millones doscientas setenta y una mil nueve casas en las que cobijarse, 5.271.009 camas en las que dormir. Las tiendas estaban a su disposición para que las forzase y entrase en ellas. Todas las joyas del mundo eran suyas; y los juguetes, las herramientas, los juegos, los bienes, los lujos… todo ello pertenecía al último hombre de la Tierra, y éste aullaba.

Dejó  la  señorial  mansión  campestre  de  Connecticut  que  había  tomado  como residencia; cruzó por Westchester, aullando; corrió hacia el sur por lo que en otro tiempo había  sido  la  Autopista  Hendrick  Hudson;  cruzó  el  puente  que  daba  a  Manhattan; aullando; corrió por la ciudad pasando junto a solitarios rascacielos, almacenes, palacios de diversiones, aullando. Aulló mientras bajaba por la Quinta Avenida, y en la esquina de la calle Quince se topó con un ser humano.

Estaba viva, y respiraba; era una hermosa mujer: alta y morena con un cabello rizado muy corto y hermosas piernas largas. Llevaba puesta una blusa blanca, unos pantalones de montar de piel de tigre y unas botas de cuero negro. Llevaba un rifle. De su cadera colgaba un revólver. Estaba comiendo tomates estofados de una lata y se quedó mirando a Halsyon, incrédulamente. El corrió hasta ella.

—Creí que era el último ser humano de la Tierra — le dijo ella.

—Eres la última mujer —aulló Halsyon—. Yo soy el último hombre. ¿Eres dentista?

—No —le dijo ella—. Soy la hija del infortunado Profesor Field, cuyo bienintencionado pero desgraciado experimento de fisión nuclear ha borrado a la humanidad de la faz de la Tierra con la excepción de ti y de mí, que, sin duda, a causa de una misteriosa mutación genética que nos hace diferentes, somos los últimos miembros de la antigua civilización y los primeros de la nueva.

—¿No te enseñó tu padre algo de odontología.

—No —le contestó ella.

—Entonces, déjame tu revólver.

Ella lo sacó de la funda y se lo entregó, pero cuidando de tener el rifle a punto. Halsyon alzó el percutor.

—Lamento que no seas dentista —dijo.

—Soy una bella mujer con un C.I. de 141, lo que es mucho más importante para la propagación de una nueva y hermosa raza de hombres que hereden la buena y verde tierra — dijo ella.

—No, con este dolor de muelas no es lo más importante —aulló Halsyon. Se llevó el revólver a la sien y se saltó la tapa de los, sesos.

Se despertó con un terrible dolor de cabeza. Estaba yaciendo en el estrado, junto al taburete,  con  su  dolorida  sien  apretada  contra  el  frío  suelo.  El  señor  Aquila  había emergido de detrás de la pantalla de plomo y estaba poniendo en marcha un extractor de aire para limpiar la atmósfera.

—Bravo, mi hígado con cebolla —cloqueó—. La última la hiciste tú mismo, ¿eh? No necesitaste la ayuda de tu seguro servidor. Meglio tardi che mai. Pero te caíste y te diste un coscorrón antes de que pudiera sostenerte. ¡God damn!

Ayudó a Halsyon a ponerse en pie y lo llevó a la sala de consultas en donde lo sentó en un sofá forrado de terciopelo, dándole una copa de brandy.

—Garantizado sin drogas —dijo—, Noblesse oblige. Sólo contiene los mejores spiritus frumenti. Ahora discutiremos lo hemos hecho, ¿eh? Cristo.

Se sentó tras el escritorio, aún vivaracho, aún amargado, y contempló a  Halsyon amistosamente.

—El hombre vive según lo que decide, ¿n’est-ce pas? —comenzó a decir—. ¿Estamos de acuerdo? ¿Oui? Un hombre tiene unas cinco millones doscientas setenta y una mil nueve decisiones que tomar en el curso de su vida. ¡Peste! ¿Es un número primo? N’importe. ¿Estás de acuerdo?

Halsyon asintió.

—Así que, mi café con donuts, es la madurez de estas decisiones lo que indica si un hombre es un hombre o un niño. ¿Nicht wahr?  Malgré  nous.  Un  hombre  no  puede comenzar a tomar decisiones de adulto hasta que se ha purgado a sí mismo de los sueños de la infancia. ¡God damn! Esas fantasías. Deben desaparecer.

—No —dijo lentamente Halsyon—. Son los sueños lo que constituye mi arte… los sueños y fantasías, que transformo en líneas y colores…

—¡God damn! Sí. De acuerdo. ¡Maítre d’hôtel! Pero sueños de adulto, no de bebé. Sueños de bebé. ¡Fiu! Todos los hombres los tienen… ser el último hombre de la Tierra y poseerla… Ser el último hombre fértil de la Tierra y poseer a las mujeres… Regresar hacia atrás en el tiempo con la ventaja del conocimiento de un adulto y ganar en todo… Escapar a la realidad con el sueño de que la vida es una ficción… Escapar de la responsabilidad con una fantasía de heroica injusticia, de martirio con un final feliz… Y hay centenares más, igualmente populares, igualmente vacíos. Dios bendiga a papá Freud y a todos sus bufones. Da el finiquito a todas esas tonterías. Sic semper tyrannis.

¡Avaunt!

—Pero si todo el mundo tiene esos sueños, no pueden ser malos, ¿no es así?

—¡God damn! Todo el mundo, en el siglo XIV, tenía piojos, ¿acaso eso hacía que fueran una buena cosa? No, jovencito, tales sueños son para los niños. Demasiados adultos son aún niños. Sois vosotros, los artistas, los que debéis sacarlos de ellos, tal como yo he hecho contigo. Yo te he purgado a ti; ahora, tú púrgalos a ellos.

—¿Por qué ha hecho esto?

—Porque tengo fe en ti. Sic vos non vobis. No será fácil para ti. Un largo y duro y solitario camino.

—Supongo que debería sentirme agradecido — murmuró Halsyon—. Pero me siento…bien… vacío. Estafado.

—Oh, sí, ¡God damn! Si uno vive con una ¡Cristo! enorme úlcera el bastante tiempo, uno la echa a faltar cuando se la eliminan. Tú estabas escondido en una úlcera. Yo te he robado ese refugio. Ergo: te sientes estafado. ¡Espera! Aún te sentirás más estafado. Ya te dije que había un precio que pagar. Lo has pagado. Mira.

El señor Aquila alzó un espejo de mano. Halsyon lo miró, y lo miró y lo miró. Una cara de cincuenta años de edad le devolvió la mirada: arrugada, endurecida, sólida, decidida. Halsyon se puso en pie de un salto.

—Tranquilidad, tranquilidad —le aconsejó el señor Aquila—. Eso no es tan malo. Es muy bueno. Aún sigues teniendo treinta y tres años en edad física. No has perdido nada de tu vida… sólo toda tu juventud, ¿Qué es lo que has perdido? Un rostro hermoso con el que atraer a las jovencitas. ¿Es por eso por lo que estás enloquecido?

—¡Cristo! —gritó Halsyon.

—De acuerdo. Sigue tranquilo, muchachito. Ahí estás, purgado, desilusionado, descontento, asombrado, habiendo dado ya un paso por el duro camino que lleva a la madurez. ¿Preferirías que esto hubiera sucedido o no? Sí. Puedo hacerlo. Esto puede no haber sucedido nunca. Spurlos versenkt. Tan solo han pasado diez segundos desde que escapaste. Puedes volver a tener tu bonito rostro. Puedes volver a ser capturado. Puedes regresar a la segura úlcera de la matriz… ser un niño de nuevo. ¿Te gustaría eso?

—No puede hacerlo.

—Sauve qui peut, mi pico de pica. Puedo. No hay límite alguno para la banda de los 15.000 angstroms.

—¡Maldito sea! ¿Es usted Satanás? ¿Lucifer? Sólo el diablo puede tener esos poderes.

—O los ángeles, mi viejo.

—No parece un ángel. Se parece a Satanás.

—¿Ah? ¿Ja? Pero Satanás fue un ángel antes de caer. Tenía muchas amistades en lo alto. Seguramente debe haber un parecido de familia. ¡God damn! —el señor Aquila dejó de reír. Se inclinó sobre el escritorio y la vivacidad desapareció de su rostro. Sólo quedó la amargura—. ¿Debo decirte quién soy, pollito? ¿Debo explicarte por qué una sola mirada descuidada te hizo caer al abismo?

Halsyon asintió, incapaz de hablar.

—Soy un malvado, una oveja negra, un scapegrace, un tunante. Soy el hombre del saco. Sí. ¡God damn! Soy el hombre del saco.— Los ojos del señor Aquila se convirtieron en  rendijas.—  Para  tus  estándares  soy  un  gran  hombre  de  infinitos  poderes  y posibilidades. Tal como era el hombre del saco de Europa para el ingenuo nativo de Tahití. ¿Eh? Pues así soy yo mientras vengo a este retiro de las estrellas buscando un poco de diversión, algo de esperanza, una chispa de alegría con que iluminar los solitarios años de mi exilio…

Soy malo —dijo el señor Aquila con un tono de gélida desesperación—. Estoy podrido. No hay ningún lugar en mi patria en que puedan soportarme. Me pagan para que permanezca alejado. Y hay momentos de descuido en que mi enfermedad y mi desesperación llenan mis ojos y causan el terror en vuestras almas inocentes. Tal como ahora te causo terror. ¿No?

Halsyon asintió de nuevo.

—Déjate guiar por mí. Fue el niño que hay en Solón Aquila lo que lo destruyó y lo llevó a la enfermedad que destruyó su vida. Oui. Yo también sufro las fantasías infantiles, a las que no puedo escapar. No cometas el mismo error. Te lo suplico… — el señor Aquila miró a su reloj de pulsera y dio un salto. Su expresión volvió a ser vivaracha—. Cristo. Es tarde. Es ya hora de que tornes una decisión, viejo burbon con soda. ¿Cuál será? ¿Rostro viejo o rostro bonito? ¿La realidad de los sueños o el sueño de la realidad?

—¿Cuántas decisiones dijo que tenemos que tomar en nuestra vida?

—Cinco millones doscientas setenta y una mil nueve. Más o menos un millar. ¡God damn!

—Y ésta, ¿qué número es de las mías.

—¿Ah? Vérité sans peur. La dos millones seiscientas treinta y cinco mil quinientas cuatro… así, a ojo de buen cubero.

—Pero ésta es la más importante.

—Todas son igual de importantes —el señor Aquila se acercó a la puerta, colocó su mano sobre los botones de un aparato bastante complicado, y guiñó un ojo a Halsyon.

—Voilá tout —dijo—. Te toca a ti.

—Tomaré el camino duro —decidió Halsyon.

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