Isaac Asimov: Sally. Cuento

10325_1002560290Sally se acercaba por la carretera del lago, así que agité la mano y la llamé. Siempre disfrutaba viéndola. Me gustaban todos, comprenda, pero Sally era la más bonita del grupo. No cabía la menor duda. Cuando la saludé con la mano se movió más de prisa, pero con dignidad. Siempre estaba digna. Se movió más de prisa para demostrar que ella también estaba encantada de verme. Me volví al hombre que estaba a mi lado.

— Ésta es Sally -le dije. Asintió, sonriendo. Mrs. Hester le había hecho pasar. Explicó:

— Se trata de Mr. Gellhorn, Jake. Recuerda que te escribió una carta pidiendo que le recibieras. Todo eso era palabrería realmente. Tengo un millón de cosas que hacer en la granja y no puedo perder tiempo con la correspondencia. Por eso tengo a Mrs. Hester. Vive muy cerca y es estupenda para solucionar las tonterías sin tener que correr a consultarme. Lo mejor de todo es que quiere a Sally y a los demás. Hay personas que no.

— Encantado de conocerle, Mr. Gellhorn -dije.

— Raymond J. Gellhorn -aclaró, y me dio su mano que yo estreché. Era un individuo grandote, media cabeza más alto que yo y bastante más ancho. Tendría la mitad de años que yo, unos treinta. De cabello negro, engominado y liso, con raya en medio, y un bigotito fino muy bien recortado. Sus mandíbulas se ensanchaban debajo de las orejas de tal modo que parecía enfermo de paperas. En un vídeo tendría el físico apto para un villano, así que supuse que sería un buen hombre. Lo que sirve para demostrar que los videos suelen acertar casi siempre.

— Soy Jacob Folkers -dije-. ¿En qué puedo servirle? Sonrió con una ancha sonrisa mostrando su blanca dentadura.

— Puede hablarme un poco de su granja, si no le importa. Oí que Sally se me acercaba por detrás y alargué la mano. Ella se deslizó hasta mi lado y el contacto con el esmalte duro y bruñido de su guardabarros me parecía tibio en la palma de la mano.

— Un bonito automóvil -dijo Gellhorn. Era una forma de hablar. Sally era un descapotable 2045 con motor positrónico «Hennis-Carletton» y chasis «Armat». Tenía las líneas más finas y elegantes que jamás hayan visto en ningún modelo. Era mi preferida desde hacía cinco años y yo volcaba en ella cuanto podía soñar. En todo este tiempo jamás un ser humano se había sentado tras su volante. Ni una sola vez.

— Sally -dije acariciándola-, te presento a Mr. Gellhorn. El ronroneo de sus cilindros subió un poco de tono. Escuché cuidadosamente por si petardeaba. Últimamente había oído ruidos en los motores de casi todos los coches y cambiar de gasolina no había servido para nada. No obstante, esta vez Sally era tan suave como su pintura.

— ¿Tiene nombres para todos sus coches? -preguntó Gellhorn. Parecía divertirse y a Mrs. Hester no le gusta la gente que parece como si se burlara de la granja. Así que respondió, seca:

— En efecto. Los coches tienen auténtica personalidad, ¿no es verdad, Jake? Los sedanes son todos masculinos y los descapotables, femeninos. Gellhorn volvió a sonreír:

— ¿Y los tienen en garajes separados, señora? Mrs. Hester le penetró con la mirada. Gellhorn se dirigió a mí:

— Y, ahora, me gustaría hablar con usted a solas, Mr. Folkers.

— Depende -respondí-. ¿Es usted reportero?

— No, señor. Soy agente de ventas. Cualquier cosa que hablemos no es para publicar. Le aseguro que me interesa que nuestra conversación sea estrictamente privada.

— Caminemos un poco por la carretera. Por allá hay un banco que nos vendrá muy bien. Empezamos a caminar. Mrs. Hester se alejó. Sally nos siguió de cerca.

— No le importará que Sally nos acompañe, ¿verdad? -dije.

— En absoluto. No puede repetir lo que digamos, ¿no?

— Se rió de su propia broma y alargando la mano acarició la rejilla del radiador de Sally.Ésta aceleró su motor y Gellhorn retiró apresuradamente la mano.

— No esta acostumbrada a desconocidos -expliqué. Nos sentamos en el banco debajo del gran roble desde donde podíamos mirar al lago por encima del circuito privado. Era el momento más caluroso del día y todos los coches habían salido a refrescarse, por lo menos treinta de ellos. Incluso a esa distancia pude ver que Jeremías estaba gastando su broma habitual de colocarse detrás de algún viejo modelo, adelantándolo de repente a toda pastilla, amenazándolo deliberadamente con el chirriar de sus frenos. Dos semanas antes había echado del asfalto al viejo Angus y yo le desconecté el motor durante dos días. Pero me temo que no sirvió de nada y parece como si no tuviera remedio. Jeremías es un modelo deportivo y su tipo es de lo más exaltado.

— Bien, Mr. Gellhorn -empecé-, ¿puede decirme por qué quiere información? Pero él estaba distraído mirando a su alrededor y comentó:

— Éste es un lugar maravilloso, Mr. Folkers.

— Le ruego que me llame Jake. Todo el mundo lo hace. Está bien, Jake. ¿Cuántos coches tiene aquí?

— Cincuenta y uno. Todos los años recibimos uno o dos nuevos. Un año llegaron cinco. Aún no hemos perdido ninguno. Todos están en perfecto estado de funcionamiento. Incluso tenemos un modelo «Mat-O-Mot» del año 15 que funciona. Uno de los primeros automáticos. Fue el mejor coche de aquí. ¡El buen viejo Matthew! Ahora pasaba la mayor parte del día en el garaje, pero es que era el abuelito de todos los coches de motor positrónico. Eran los días en que los veteranos de guerra ciegos, los parapléjicos y los jefes de Estado eran los únicos que conducían automáticos. Pero Samson Harridge, mi amo, era lo bastante rico como para poder conseguir uno. En aquellos tiempos yo era su chófer. La sola idea me hace sentirme viejo. Puedo recordar cuando no había un solo automóvil en el mundo con suficiente cerebro para llegar solo a casa. Yo conducía viejos trastos que necesitaban la mano del hombre en el control en todo momento. Cada año, máquinas como aquellas solían matar decenas de millares de personas. Los automáticos lo solucionaron. Un cerebro positrónico puede reaccionar más de prisa que el cerebro humano, y compensa a la gente tener las manos lejos del volante. Uno entra en el coche, marca el lugar de destino, y le deja que lo haga a su aire. Ahora lo damos por sentado, pero me acuerdo de las primeras leyes obligando a los viejos coches a abandonar la carretera y limitar los viajes a los automáticos. ¡Cielos, qué jaleo! Lo llamaron de todo, desde comunismo a fascismo, pero limpió las carreteras y paró la matanza. La gente se movió más fácilmente por el nuevo sistema. Claro que los automáticos eran diez o cien veces más caros que los conducidos a mano, y poca gente podía permitirse un vehículo particular. La industria se especializó en sacar ómnibus automáticos. Se llamaba a una compañía y se tenía un coche a la puerta en cuestión de minutos para llevarle a donde quisiera ir. Habitualmente, uno tenía que ir con otros que se dirigieran al mismo sitio, pero ¿qué mal hay en ello? Sin embargo, Samson Harridge tenía un coche particular y yo me hice cargo de él tan pronto como llegó. El coche, entonces, no fue Matthew para mí. No sabía que iba a ser el decano de la granja algún día. Sólo sabía que me hacía perder el empleo y le odié por ello.

— ¿Ya no me necesitará más, Mr. Harridge? -pregunté.

— ¿Qué tonterías está diciendo, Jake? No pensará que yo vaya a fiarme de un engendro como éste, ¿verdad? Usted se queda al volante.

— Pero si funciona solo, Mr. Harridge -objeté-. Observa la carretera, reacciona debidamente a todos los obstáculos, humanos u otros coches y recuerda las rutas a seguir.

— Eso dicen. Eso dicen. De todos modos, usted seguirá detrás del volante por si algo falla. Es curioso cómo puede uno encariñarse con un coche; al poco tiempo ya le llamaba Matthew y pasaba todo el tiempo puliéndolo y cuidando su motor. Un cerebro positrónico se encuentra en mejores condiciones cuando conserva el control de su chasis en todo momento, lo que significa que merece la pena mantener siempre lleno el depósito de gasolina para que el motor funcione, despacio, de día y de noche. Pasado cierto tiempo podía decir, según el ruido del motor, cómo se encontraba Matthew. A su manera, también Harridge se encariñó con Matthew. No tenía a nadie más a quien querer. Se había divorciado de tres esposas, y había sobrevivido a cinco hijos y a tres nietos. Así que al morir no sorprendió que destinara toda su fortuna a crear una granja para automóviles retirados, conmigo al frente y Matthew como primer miembro de una serie distinguida. Ha resultado ser mi vida. Jamás me casé. Uno no puede casarse y seguir ocupándose de los automáticos como es debido. Los periódicos lo encontraron peculiar, pero pasado cierto tiempo dejaron de tomarlo a broma. Hay cosas con las que no se puede bromear. Tal vez usted no se ha podido permitir nunca un automático, ni podrá permitírselo jamás, pero créame, se acaba amándoles. Son trabajadores y afectuosos. Hace falta no tener corazón para maltratarles o ver cómo se les maltrata. Y se llegó al caso de que después de que un hombre poseyera un automático durante cierto tiempo, si no tenía heredero al que confiarlo para que lo cuidara, disponía un fondo para dejarlo en la granja. Se lo expliqué así a Gellhorn.

— ¡Cincuenta y un coches! -exclamó-. Eso representa muchísimo dinero.

— Cincuenta mil, como mínimo, por automático, en un principio -expliqué-. Ahora cuestan mucho más. He hecho mucho por ellos.

— Mantener la granja debe costar mucho dinero.

— Tiene razón. La granja es una institución que no rinde beneficios, que nos proporciona un descuento en impuestos y que, claro, cada coche nuevo que llega viene con un depósito incorporado. No obstante, los gastos aumentan siempre. Tengo que tener el terreno urbanizado; estoy poniendo siempre cemento nuevo y conservando el viejo; hay que comprar gasolina, aceite, piezas, nuevos dispositivos. Todo suma.

— ¿Y ha dedicado mucho tiempo a esto?

— Ya lo creo, Mr. Gellhorn. Treinta y tres años.

— Pero no parece que gane usted mucho con todo.

— ¿Que no? Me sorprende, Mr. Gellhorn. Tengo a Sally y a cincuenta más. Mírela. Me eché a reír. No podía evitarlo. Sally era tan limpia que casi hería. Algún insecto debió haber muerto en su parabrisas o se había acumulado demasiado polvo, así que se disponía a remediarlo. Sacó un tubito y proyectó «Tergosol» sobre el cristal. No tardó en extenderse sobre la fina película de silicona e inmediatamente se pusieron en marcha las escobillas, pasando por la superficie y empujando el agua hacia el canalillo que desaguaba en el suelo. Ni una sola gota de agua cayó sobre su reluciente capot verde manzana. Escobilla y tubo de detergente se replegaron y desaparecieron.

— Nunca vi a un automático hacer esto -comentó Gellhorn.

— Supongo que no -dije-. Lo monté especialmenté para nuestros coches. Son muy limpios. Siempre están limpiándose los cristales. Les encanta. Incluso he puesto a Sally chorros de cera. Todas las noches se da brillo hasta que uno puede verse la cara y afeitarse en cualquier parte de ella. Si consigo reunir suficiente dinero lo incorporaré en las demás muchachas. Los descapotables son muy presumidos.

— Puedo decirle cómo reunir el dinero si le interesa.

— Eso interesa siempre. ¿Cómo?

— ¿No le parece obvio, Jake? Cualquiera de sus coches vale cincuenta mil como mínimo, según me ha dicho. Apuesto a que la mayoría llega a las seis cifras.

— ¿Y qué?

— ¿Se le ha ocurrido alguna vez vender alguno?

— Creo que no se da cuenta -protesté meneando la cabeza-, Mr. Gellhorn, no puedo vender a ninguno. Pertenecen a la granja, no a mi.

— Pero el dinero iría a la granja.

— Los documentos de incorporación a la granja establecen que los coches deben recibir cuidados a perpetuidad. No pueden venderse.

— ¿Y qué hay de los motores?

— No le comprendo. Gellhorn cambió de postura y su voz se tomó confidencial:

— Óigame, Jake, deje que le explique la situación. Hay un gran mercado para automáticos particulares con sólo hacerlos más baratos. ¿Entiende?

— No es ningún secreto.

— Y el noventa y cinco por ciento del coste corresponde al motor, ¿no? Ahora bien, yo sé dónde conseguir un surtido de carrocerías. También sé dónde vender los automáticos a buen precio…, veinte o treinta mil para los modelos baratos, tal vez cincuenta o sesenta para los mejores. Lo único que necesito son los motores. ¿Ve usted la solución?

— No la veo, Mr. Gellhorn. Ya lo creo que la veía, pero quería oírselo decir.

— Aquí la tiene. Posee cincuenta y un coches. Es un mecánico experto en automóviles, Jake. Tiene que serlo. Podría desmontar un motor y ponerlo en otro coche y nadie se daría cuenta de la diferencia.

— Pero no sería ético precisamente.

— No haría ningún daño a los coches. Utilice los más viejos. Utilice el viejo «Mat-O­Mot».

— Bien, veamos. Espere un poco, Mr. Gellhorn. Los motores y las carrocerías no son artículos independientes. Son un solo cuerpo. Esos motores se utilizan para sus propias carrocerías. No se sentirían felices metidos en otro coche.

— Es un punto de vista, claro. Un buen punto de vista, Jake. Sería como sacar sus sesos y meterlos en el cráneo de otro. ¿Verdad que no le gustaría?

— Me parece que no. No.

— Pero si yo sacara sus sesos y los metiera en el cuerpo de un atleta joven, ¿qué le parecería, Jake? Usted ya no es joven; si tuviera la oportunidad, ¿no le gustaría volver a tener veinte años? Eso es lo que ofrezco a alguno de sus motores positrónicos. Irán metidos en cuerpos nuevos del año 57. Los últimos construídos.

— Esto no tiene sentido, Mr. Gellhorn -dije riendo-. Algunos de mis coches puede que sean viejos, pero están muy cuidados. Nadie les conduce. Viven como quieren. Están retirados, Mr. Gellhorn. Yo no querría un cuerpo de veinte años si significara tener que cavar el resto de mi nueva vida y nunca tener bastante para comer… ¿Que te parece, Sally? Sally abrió sus dos puertas y las cerró de golpe.

— ¿Qué ha sido eso? -preguntó Gellhorn.

— Es la forma que tiene Sally de reír. Gellhorn forzó una sonrisa, me imagino que creyó que estaba bromeando. Dijo:

— Sea sensato, Jake. Los coches están hechos para ser conducidos. Probablemente son desgraciados si no se les conduce.

— Sally lleva cinco años sin que haya sido conducida -dije-. A mí me parece que es feliz.

— Quién sabe. Se levantó y anduvo despacio hacia Sally.

— Hola, Sally, ¿te gustaría un paseito? El motor de Sally se aceleró. Dio marcha atrás.

— No la fuerce, Mr. Gellhorn -aconsejé-. Se pica fácilmente. A unos noventa metros, carretera abajo, había dos sedanes. Se habían detenido. Quizás a su modo estaban observando. No me preocupé por ellos. Tenía los ojos fijos en Sally y no los desvié.

— Calma, Sally -advirtió Gellhorn. Se lanzó de pronto y trató de abrir la puerta. Naturalmente, no pudo hacerlo.

— Pero se abrió hace un momento -observó.

— Cierre automático -dije-, Sally tiene el sentido de la intimidad. Soltó la puerta y despacio y deliberadamente dijo:

— Un coche con sentido de la intimidad no debería circular con la capota bajada. Retrocedió dos o tres pasos rápidamente, tan rápidamente que no pude dar un paso para detenerle, corrió a meterse dentro de un salto. Cogió a Sally por sorpresa porque al caer dentro cerró el contacto antes de que ella pudiera bloquearlo. Por primera vez en cinco años el motor de Sally estaba muerto. Creo que grité, pero Gellhorn ya había puesto el motor manual y lo bloqueó. Entonces lo puso en marcha. Sally vivía de nuevo pero no tenía libertad de acción. Emprendió la marcha. Los sedanes seguían aún allí. Se volvieron y se alejaron, pero despacio. Supongo que para ellos todo aquello era incomprensible. Uno era Giuseppe, de las fábricas de Milán, y el otro era Stephen. Siempre estaban juntos. Eran nuevos en la granja, pero llevaban el tiempo suficiente como para saber que nuestros coches no tenían conductores. Gellhorn siguió adelante y cuando los sedanes se dieron cuenta finalmente de que Sally

no iba a disminuir la velocidad, que no podía ir más despacio, era demasiado tarde menos para tomar decisiones desesperadas. Saltaron, cada uno por su lado, y Sally pasó entre los dos como una exhalación. Steve se estrelló contra la valla del lago hasta detenerse en la hierba y el barro a poquísima distancia del borde del agua. Giuseppe fue dando tumbos por la carretera, en la cuneta, hasta detenerse estremecido. Volví a Steve a la carretera y estaba buscando qué daño se había hecho con la valla, cuando regresó Gellhorn.Éste abrió la puerta de Sally y salió. Inclinándose volvió a apagar el contacto por segunda vez.

— Bien, creo que le he dado una lección. Contuve el enfado.

— ¿Por qué se lanzó entre los sedanes? No había razón para hacerlo.

— Esperaba que se apartaran.

— Ya lo hicieron. Uno pasó a través de una valla.

— Lo siento, Jake -me dijo-. Creí que se moverían más de prisa. Ya sabe lo que es eso. He estado en muchos automatobuses, pero en un automático particular sólo dos o tres veces en mi vida; ésta es la primera vez que conduzco uno. Para que vea, Jake. Me ha impresionado conducirlo, y conste que soy muy duro. Se lo digo yo, no tenemos que rebajar más que el veinte por ciento del precio establecido para lograr un buen mercado, y los beneficios serían del noventa por ciento.

— ¿Que nos repartiríamos?

— Al cincuenta por ciento. Y recuerde que yo corro con todo el riesgo.

— Muy bien. Ya le he oído. Ahora escúcheme usted a mí. -Y levanté la voz porque estaba demasiado airado para ser educado-. Cuando apagó el motor de Sally, le hizo daño. ¿Qué le parecería si le patearan hasta dejarle inconsciente? Pues es lo que le ha hecho a Sally, al desconectarla.

— Está exagerando, Jake. Los automatobuses se desconectan cada noche.

— Claro, por eso no quiero que ninguno de mis muchachos o muchachas se metan en sus elegantes carrocerías del año 57, donde no sabría cómo se les trata. Los buses necesitan grandes reparaciones en sus circuitos positrónicos cada dos años. Al viejo Matthew no se le han retocado los circuitos en veinte años. ¿Qué puede ofrecerle comparado con esto?

— Mire, ahora está excitado. Piense en mi proposición cuando se calme y póngase en contacto conmigo.

— Ya he pensado todo lo que quería. Si vuelvo a verle por aquí, llamaré a la Policía. Apretó la boca en una fea mueca y dijo:

— Un minuto, viejo.

— Un minuto, Usted. Ésta es una propiedad privada y le ordeno que se largue.

— Bueno, pues, adiós. -Y se encogió de hombros.

— Mrs. Hester le acompañará a la salida. Procure que el adiós sea para siempre. Pero no fue para siempre. Le volví a ver dos días más tarde. Mejor dicho, dos días y medio porque cuando le vi por primera vez era mediodía y pasada la medianoche cuando le volví a ver. Me incorporé en la cama cuando dio la luz, parpadeando medio cegado hasta que me di cuenta de lo que ocurría. Una vez pude ver bien, no precisé muchas explicaciones. La verdad es que no necesité ninguna. Llevaba una pistola en la mano derecha, entre los dedos vi el pequeño y mortífero cargador de aguja. Sabía que lo único que tenía que hacer era aumentar la presión de la mano y yo saltaría en pedazos.

— Vístase, Jake -me ordenó. No hice el menor movimiento, sólo me quedó mirándole. Volvió a hablarme:

— Mire, Jake, conozco la situación. Vine a verle hace dos días, ¿se acuerda? En este lugar no tiene guardias, ni vallas electrificadas, ni alarmas. Nada.

— No lo necesito -contesté-. Entretanto no hay nada que le impida marcharse, Mr. Gellhorn. Si yo estuviera en su lugar, lo haría. Este sitio puede ser muy peligroso. Se echó a reír:

— Lo es para todo aquel que esté frente a una pistola.

— Ya la veo. Ya sé que tiene una.

— Entonces, muévase. Mis hombres están esperando.

— No, señor. Mr. Gellhorn. No, a menos que me diga lo que quiere, y puede que entonces tampoco.

— Anteayer le hice una proposición.

— La respuesta sigue siendo no.

— Ahora es más que una proposición. He venido aquí con algunos hombres y un automatobús. Tiene la oportunidad de venir conmigo y desconectar veinticinco de sus motores positrónimos. No me importa los que seleccione. Los cargaremos en el bus y nos lo llevaremos. Una vez colocados procuraré que reciba la justa parte del dinero.

— Supongo que tengo su palabra. No pareció que creyera que yo me mostraba sarcástico, porque me dijo:

— La tiene.

— No -repetí.

— Si insiste en decir que no, lo haremos a nuestra manera. A lo mejor estropeo algunos motores mientras los desconecto solo. Pero desconectaré cincuenta y uno. Hasta el último.

— No es fácil desconectar motores positrónicos, Mr. Gellhorn. ¿Es usted un experto en robótica? Incluso si lo fuera, sabe, estos motores han sido modificados por mi.

— Lo sé, Jake. Y si quiere que le diga la verdad, no soy un experto. Es posible que destroce unos cuantos mientras trato de sacarlos. Por eso tengo que tocarlos todos si usted no coopera. Es posible que cuando acabe con ellos sólo tenga veinticinco en buen estado. Los primeros serán los que posiblemente sufran más daños, hasta que no sepa hacerlo bien, ¿comprende? Y por supuesto, Sally será la primera de la fila.

— No puedo creer que hable en serio, Mr. Gellhorn.

— Pues lo digo en serio, Jake. -Dejó que calara bien-. Si quiere ayudarme, puede quedarse con Sally. De lo contrario, es fácil que quede muy maltrecha. Lo siento.

— Iré con usted -repliqué-. Pero le advierto una vez más: tendrá problemas, Mr. Gellhorn. Pensó que lo que le decía era muy divertido, pues mientras bajábamos juntos la escalera, iba mordiéndose los labios. Fuera, en la avenida, esperaba un automatobús frente a los apartamentos del garaje. Divisé la sombra de tres hombres que esperaban y sus linternas se encendieron al acercarnos. Gellhorn dijo en voz baja:

— Tengo al viejo. Vamos. Acercad el camión y empecemos de una vez. Uno de los hombres se inclinó y tecleó las instrucciones apropiadas en el panel de control. Avanzamos por la avenida seguidos sumisamente por el bus.

— No cabrá dentro del garaje -les dije-: No pasará por la puerta. Aquí nunca se han guardado buses, sólo turismos.

— Está bien -aceptó Gellhorn-. Acérquenlo al césped, pero procuren que no se vea. Yo podía oír el zumbido de los motores cuando aún estábamos lejos del garaje. Solían calmarse cuando me veían entrar. Esta vez no fue así. Creo que sabían que había desconocidos por allí, y una vez aparecieron las caras de Gellhorn y los otros hicieron más ruido. Cada motor era un zumbido cordial y cada motor golpeaba irregularmente de modo que todo el lugar vibraba. Las luces se encendieron automáticamente al entrar. Gellhorn no parecía incomodado por el ruido de los coches, pero los tres que le acompañaban parecían sorprendidos e incómodos. Tenían todo el aspecto del matón a sueldo, que no se reflejaba en los rasgos físicos sino más bien en una cierta expresión huidiza, una mirada vigilante y una cara de pocos amigos. Conocía el tipo y no me preocupaba. Uno de ellos exclamó:

— ¡Maldita sea, queman combustible!

— Mis coches siempre -contesté secamente.

— Esta noche, no -protestó Gellhorn-. Párelos.

— No es tan fácil, Mr. Gellhorn -repuse.

— ¡Empiece ya! No me moví. Me apuntaba firmemente con la pistola. Repetí:

— Ya le dije, Mr. Gellhorn, que mis coches han sido bien tratados mientras han vivido en la granja. Están acostumbrados a que les trate así y les indigna cualquier otra cosa.

— Dispone de un minuto -me dijo-. Deje el sermón para otro día.

— Trato de explicarle algo. Trato de explicarle que mis coches comprenden lo que les digo. Un motor positrónico lo aprende a fuerza de tiempo y paciencia. Mis coches lo han aprendido. Sally comprendió su proposición de hace dos días. Recuerde que se rió cuando le pedí su opinión. También sabe lo que le hizo y lo saben los dos sedanes que dispersó. Todos los demás saben lo que hay que hacer con los intrusos en general…

— Oiga usted, viejo loco…

— Lo único que tengo que decir es… -Levanté la voz-. ¡A por ellos! Uno de los hombres se puso amarillo y gritó, pero su voz quedó completamente apagada por el ruido de cincuenta y una bocinas disparadas al unísono. Mantenían su nota y entre las cuatro paredes del garaje el sonido alcanzó un tono loco, metálico. Dos coches se adelantaron, sin prisa, pero sin la menor duda de su objetivo. Dos coches se colocaron detrás de los primeros. Todos los demás despertaban en sus distintos departamentos. Los matones miraron asombrados, luego retrocedieron.

— No se arrimen a las paredes -les grité. Por lo visto, e instintivamente habían pensado lo mismo. Corrieron alocados hacia la salida del garaje. Al llegar a la puerta uno de los hombres de Gellhorn se volvió empuñando una pistola. El proyectil de aguja llegó como un destello azul hacia el primer coche. El coche era Giuseppe. Un estrecho hilo de pintura saltó del capot de Giuseppe y la mitad derecha de su parabrisas se astilló, pero sin romperse. Los hombres estaban ya en el exterior, corrían perseguidos por los coches, de dos en dos, en la oscuridad de la noche con sus bocinas llamando a la carga. Mantuve la mano en el brazo de Gellhorn, pero no creo que hubiera podido moverse. Le temblaban los labios. Le dije:

— ¿Ve por lo que no necesito vallas electrificadas ni guardias? Mi propiedad se protege sola. Los ojos de Gellhorn se desorbitaban fascinados, al ver les salir de dos en dos, zumbando. Exclamó:

— ¡Son asesinos!

— No diga bobadas. No matarán a sus hombres.

— Pero, ¡son asesinos!

— Se limitarán a dar una lección a sus hombres. Mis coches están especialmente entrenados para perseguir campo a través en ocasiones como ésta; creo que lo que sus hombres recibirán será peor que la muerte rápida. ¿Le ha perseguido alguna vez un automatóvil? Gellhorn no contestó. Yo seguí hablando. No quería que se perdiera ni el más mínimo detalle.

— Habrá sombras que irán a la misma velocidad que sus hombres, acosándoles, cortándoles el camino, lanzando bocinazos, precipitándose contra ellos y esquivándoles con un rechinar de frenos y rápidas aceleraciones. Y lo seguirán haciendo hasta que sus hombres caigan jadeantes y medio muertos, esperando que sus ruedas machaquen y rompan sus huesos. Pero los coches no lo harán. Se alejarán. Pero puede apostar a que sus hombres nunca en sus vidas volverán aquí. Ni por todo el dinero que usted o diez como usted pudieran darles. Escuche… Apreté la presión en su codo. Se esforzó por oír. Era apagado y distante, pero inconfundible. Expliqué:

— Se están riendo. Están disfrutando. La rabia contrajo su rostro. Alzó la mano. Todavía sostenía la pistola. Le advertí:

— Yo no lo haría. Un automatocoche está aún con nosotros. No creo que hasta aquel momento se hubiera fijado en Sally. Se había acercado silenciosamente. Aunque su guardabarros delantero derecho casi me tocaba, no podía oír su motor. Debió de haber estado conteniendo el aliento. Gellhorn lanzó un alarido.

— No le tocará -le tranquilicé- mientras yo esté con usted. Pero si me mata…, ya sabe. A Sally no le gusta usted. Gellhorn apuntó a Sally con la pistola.

— Su motor está protegido -dije-, y antes de que pueda apretar el gatillo por segunda vez, la tendrá encima.

— Está bien -gritó, y de pronto me torció el brazo a la espalda con tal fuerza que no podía tenerme en pie. Me mantuvo entre Sally y él y su presión no cedió-. Retroceda conmigo y no trate de soltarse, viejo, o le arrancaré el brazo del hombro. Tuve que moverme. Sally vino pegada a nosotros, preocupada, indecisa sobre qué hacer. Intenté decirle algo pero no pude. Sólo podía apretar los dientes y gemir. El automatobús de Gellhorn seguía aún en el exterior del garaje. Me obligó a entrar. Gellhorn saltó detrás de mí y cerró las puertas, diciéndome:

— Bien, vamos a ver si hablamos ahora. Empecé a frotarme el brazo, tratando de devolverle el movimiento y, mientras lo hacía, maquinalmente y sin esfuerzo consciente fui estudiando el panel de control del bus.

— Está recompuesto -exclamé.

— ¿Y qué? -masculló, cáustico-. Es una muestra de mi trabajo. Encontré un chasis abandonado, descubrí un cerebro que podía utilizar y me agencié un bus particular. ¿Qué hay de malo? Tiré del panel, empujándolo a un lado.

— ¡Qué demonios hace! -gritó-. Deje eso en paz. -La palma de su mano cayó pesadamente sobre mi hombro izquierdo. Luché con él.

— No quiero hacer ningún daño a este bus. ¿Qué clase de persona cree que soy? Solamente quiero echar un vistazo a las conexiones del motor. El vistazo fue corto. Me hervía la sangre cuando me volví a él, y le dije:

— Es un perro sarnoso. No tenía derecho a instalar este motor usted solo. ¿Por qué no se lo pidió a un roboticista?

— ¿Me cree loco?

— Incluso si el motor era robado, no tenía derecho a tratarlo así. Yo no trataría a un hombre como trató usted a su motor. ¡Soldadura, cinta aislante, grapas! ¡Es una brutalidad!

— Pero funciona, ¿no?

— Claro que funciona, pero debe ser un infierno para el bus. Podría usted vivir con cefaleas y artritis agudas, pero no sería una vida. Este coche está sufriendo.

— ¡Cierre el pico! -Por un instante miró por la ventanilla a Sally, que se habia acercado al bus todo lo que podía. Gellhorn se aseguró de que las puertas y las ventanillas estaban bien cerradas.

— Vamos a salir de aquí ahora -me dijo-, antes de que los otros coches vuelvan. Nos alejaremos.

— ¿De qué le servirá eso?

— A sus coches se les acabará la gasolina algún día, ¿no? No los ha preparado para que se llenen los depósitos solitos, ¿verdad? Volveremos y terminaremos el trabajo.

— Me buscarán -dije-. Mrs. Hester llamará a la Policía. Pero estaba por encima de todo razonamiento. Se limitó a poner el coche en marcha. Saltó hacia delante. Sally nos siguió.

— ¿Qué puede hacer si usted está aquí conmigo? -Y se rió como un tonto. Al parecer, también Sally se había dado cuenta. Adquirió velocidad, nos adelantó y desapareció. Gellhorn abrió la ventanilla de su lado y escupió por la abertura. El bus fue avanzando por la oscura carretera, con el motor funcionando a ritmo desigual. Gellhorn disminuyó la luz periférica hasta que la línea verde fosforescente del centro de la carretera, resplandeciente a la luz de la luna, fue lo único que nos separaba de los árboles. No había prácticamente tráfico. Dos coches nos pasaron pero en dirección contraria y no se veía ninguno en nuestro sector de carretera, ni delante, ni detrás. Otro rayo de luz nos vino por detrás de las vallas, del otro lado. En un cruce, a unos trescientos metros por delante, se oyó un chirrido al cruzarse un coche en nuestro camino.

— Sally fue en busca de los demás -dije-. Creo que estamos rodeados.

— Bueno. ¿y qué? ¿Qué pueden hacernos? Se inclinó sobre los controles, tratando de ver a través del parabrisas, mascullando:

— Y usted, viejo, procure no hacer nada. Tampoco podía. Estaba agotado; mi brazo izquierdo ardía. Los ruidos de motores reunidos se acercaban. Me fijé en que los motores tenían curiosos fallos y de pronto me pareció que mis coches se estaban comunicando entre si. Un concierto de bocinazos nos llegó por detrás. Me volví y Gellhorn se apresuró a mirar por el retrovisor. Una docena de coches nos seguían por ambos lados. Gellhorn gritó y se reía como un loco. Yo exclamé:

— ¡Pare! ¡Pare el coche! Porque a menos de unos trescientos metros delante de nosotros, claramente visible a la luz de los faros de dos sedanes parados en los lados, estaba Sally con su delicada carrocería atravesada en la carretera. Dos coches llegaron zumbando por el lado opuesto, a nuestra izquierda, perfectamente sincronizados con nosotros y haciendo que

Gellhorn no pudiera dar la vuelta y escapar. Pero no tenía intención de dar la vuelta. Puso el dedo en el botón de máxima velocidad y lo mantuvo. Dijo:

— Se acabó tanto presumir. Este bus pesa cinco veces más que ella, viejo, la proyectaremos fuera de la carretera como un gato muerto. Sabía que podía hacerlo. El bus estaba puesto en manual y su dedo apretaba el botón. Sabía que podía hacerlo. Bajé la ventana, saqué la cabeza y chillé:

— Sally. Fuera de la carretera. ¡Sally! Mi grito quedó ahogado por el angustiado chirrido de unos frenos maltratados. Me sentí proyectado hacia delante y oí que a Gellhorn se le cortó el aliento. Pregunté;

— ¿Qué ha ocurrido? Era una pregunta estúpida. Nos habíamos parado. Eso era lo ocurrido. Sally y el bus estaban a pocos centímetros de distancia. Cinco veces su peso lanzados contra ella, pero no se había movido. ¡Qué valiente! Gellhorn tiró de la palanca de manual, sin dejar de decir, rabioso:

— ¡Tengo que hacerlo! ¡Tengo que hacerlo!

— No, tal como preparó el motor, experto de pega. Cualquiera de los circuitos podría cruzarse. Me miró airado y gruñó, furioso. El pelo se le pegaba a la frente. Alzó el puño.

— Éstos son los últimos consejos que jamás dará, viejo. Y comprendí que estaba a punto de disparar la pistola. Me apoyé contra la puerta del bus, observando cómo levantaba la mano. Al abrirse la puerta, caí de espaldas a la carretera, de golpe. Oí que la puerta volvía a cerrarse. Me puse de rodillas y levanté la vista a tiempo de ver a Gellhorn luchando inútilmente contra la ventana que se cerraba, luego apuntó su pistola de aguja a través del cristal. Pero no llegó a disparar. El bus se puso en marcha con un tremendo rugido y Gellhorn cayó hacia atrás. Sally ya no estaba en la carretera. Vi cómo las luces traseras del bus se perdían carretera abajo. Me sentía sin ánimos. Permanecí sentado en mitad de la carretera, y apoyando la cabeza en mis brazos cruzados traté de recobrar el aliento. Oí que un coche paraba suavemente a mi lado. Alcé la vista, era Sally. Despacito…, amorosamente, casi podría decir, se abrió su puerta delantera. Nadie, en cinco años, había conducido a SaLly, sólo Gellhorn, claro, y sabía lo valiosa que tal libertad resultaba para un coche. Agradecí el gesto, pero dije:

— Gracias, Sally, pero tomaré uno de los coches más nuevos. Me puse en pie y di la vuelta, pero tan limpia y hábilmente como la mejor pirueta, volvió a ponerse a mi lado. No podía herir sus sentimientos. Entré. Su asiento delantero tenía el olor fresco y refinado de un automatomóvil que se mantenía inmaculado. Me recosté en él, agradecido, y con eficiente y silenciosa rapidez, mis muchachos me devolvieron a casa. A la noche siguiente, muy excitada, Mrs. Hester me trajo la copia del comunicado por radio.

— Se trata de Mr. Gellhorn -dijo-, el hombre que vino a verle.

— ¿Qué ha hecho? Temí su respuesta.

— Le encontraron muerto. Imagínese. Muerto, tirado en una cuneta.

— Podría ser un desconocido -murmuré.

— Raymond J. Gellhorn -cortó, secamente-. No puede haber dos iguales, ¿no le parece? Además, la descripción también concuerda. ¡Cielos! ¡Qué forma de morir! Le encontraron marcas de neumáticos en los brazos y en el cuerpo. Imagínese. Me alegro que resultara ser un bus el que le atropelló, de lo contrario podían haber venido a indagar por aquí.

— ¿Ocurrió cerca? -pregunté, angustiado.

— No…, cerca de Cooksville. Pero, bueno, mejor que lo lea usted… ¿Qué le pasó a Giuseppe? Agradecí la distracción. Giuseppe esperaba pacientemente que terminara de pintarlo. Su parabrisas ya estaba cambiado. Después de que ella se fue, recogí el comunicado. No cabía la menor duda. El doctor informó que había estado corriendo y se hallaba totalmente exhausto. Me pregunté: ¿Durante cuántos kilómetros habrá jugado el bus con él antes del ataque final? Naturalmente, el comunicado no decía nada de esto. Habían localizado el bus y pudieron identificarle por las marcas de los neumáticos. La Policía lo tenía retenido y trataban de encontrar al propietario. Había un pequeño editorial en el comunicado. Era el primer accidente de tráfico de aquel año, en el Estado, y el periódico advertía insistentemente contra la conducción manual de noche. No se mencionaban a los tres matones de Gellhorn y lo agradecí. Ninguno de nuestros coches se había sentido seducido por el placer de la caza a muerte. No había más. Dejé caer el papel. Gellhorn era un criminal. El trato dado al bus era brutal. Para mí era incuestionable que merecía la muerte. Pero de todos modos me angustiaba la forma en que ocurrió. Ya ha transcurrido un mes y no puedo olvidarlo. Mis coches hablan entre ellos. Ya no me cabe la menor duda. Es como si hubieran adquirido confianza, como si ya no les preocupara mantenerlo secreto. Sus motores zumban y golpean continuamente. Y no hablan solamente entre ellos. Hablan a los otros coches o buses que vienen a la granja para negocios. ¿Desde cuándo lo habrán estado haciendo? Además, se les entiende. El bus de Gellhorn les entendió, aunque sólo estuvo en la finca poco más de una hora. Cierro los ojos y revivo aquella carrera a lo largo de la carretera, con nuestros coches flanqueando el bus a ambos lados, picando sus motores hasta que lo comprendió, paró, me soltó y huyó con Gellhorn. ¿Le dijeron mis coches que matara a Gellhorn? ¿O fue idea suya? ¿Pueden los coches tener semejantes ideas? Los diseñadores de motores dicen que no. Pero se reñeren a «en condiciones normales». ¿Lo habrán previsto todo? Hay coches maltratados, ¿saben? Algunos de ellos vienen a la granja y observan. Les dicen cosas. Descubren que hay coches cuyos motores no paran nunca, que jamás nadie conduce, cuyas necesidades son todas satisfechas. Puede que después salgan y se lo cuenten a otros. Puede que la palabra se propague rápidamente. Puede que lleguen a pensar que el sistema de la granja es el sistema que debería regir en todo el mundo. No comprenden. No puede esperarse que comprendan los caprichos y los legados de los ricos. Hay millones de automatomóviles en la Tierra, decenas de millones. Si en ellos arraiga la idea de que son esclavos, de que deberían hacer algo por remediarlo… Si empiezan a pensar como pensó el bus de Gellhorn… Tal vez no ocurra nada hasta pasado mi tiempo. Entonces deberán conservar a alguno de nosotros para ocuparse de ellos, ¿no creen? No irán a matarnos a todos. Podrían hacerlo. Podrían no comprender que necesitarán a alguien para ocuparse de ellos. Puede que no quieran esperar. Cada mañana despierto pensando: tal vez hoy… Ya no disfruto tanto con mis coches como solía hacerlo. y últimamente he notado que incluso empiezo a evitar a Sally.

Anuncios

3 pensamientos en “Isaac Asimov: Sally. Cuento

  1. Pingback: Anónimo

  2. Pingback: Tu carro ya es adulto y se maneja solo | Autolab – Blog

  3. Pingback: Los vehículos autónomos ya son una realidad

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s