Alfred Bester: El hombre Pi. Cuento

bester_alfred¿Cómo decir? ¿Cómo escribir? Cuando a veces puedo ser fluido, delicado incluso, y luego, recupero, pour mieux sauter, eso se apodera de mí. Empuja. Fuerza. Presiona.

A veces

debo

retroceder

pero

no

para

saltar

no, ni siquiera para saltar mejor. No tengo control alguno sobre el yo, el lenguaje, el amor, el destino. Debo compensar. Siempre.

Pero de todos modos lo intento.

 

Quae nocent docent. Sigue traducción: Lo que duele, enseña. Yo estoy herido y he herido a muchos. ¿Qué hemos aprendido, sin embargo? Sin embargo. Me despierto por la mañana del mayor dolor de todos preguntándome qué casa. Riqueza, comprendes. ¡Maldita sea! Una casa en Londres, una villa en Roma, otra casa en Nueva York, un rancho en California. Me despierto. Miro. ¡Ah! El aspecto del lugar en que estoy es familiar. Así:

Dormitorio      Dormitorio

Baño               Cocina

Baño               Terraza

¡Oh, oh! Estoy en mi casa de Nueva York, pero ese baño-baño espalda contra espalda. Puf. Todo el ritmo desacompasado. Desequilibrio. El esquema resulta doloroso. Telefoneo abajo, al portero. En ese momento pierdo mi inglés. (Hablo todas las lenguas. Un goulash. Estoy obligado. ¿Por qué? ¡Ah!)

—Pronto. Eccomi, Signore Storm. No. Obligado a parlare italiano. Esperar. Llamaré otra vez en cinque minuti.

 

Re infecta. Latín. Inconcluso el asunto me ducho, cuerpo dientes, pelo, me afeito la cara, lo seco todo y pruebo otra vez. Voilá! El inglés, ella viene. Otra vez al invento de A. G. Bell (“Señor Watson, venga aqui, le necesito”.) Por teléfono hablo con el portero. Buen tipo. Consigue liquidar un montón de trabajo en un dos por tres.

—¿Sí? Aquí Abraham Storm otra vez. Sí. Exactamente. Señor Lundgren, sea mi rabino personal y haga venir algunos obreros aquí esta mañana. Quiero esos dos baños convertidos en uno. Sí. Dejaré cinco mil dólares encima de la nevera. Gracias, Sr. Lundgren.

Quería vestir franela gris esta mañana, pero tuve que ponerme el traje de “piel de tiburón”. ¡Maldita sea ! El nacionalismo africano tiene extraños efectos secundarios vuelvo al dormitorio trasero (ver diagrama) y abro la puerta, que fue instalada por la Compañía Nacional de Seguridad, Inc. Entro.

Todo radia hermosamente. Recorriendo arriba y abajo el espectro electromagnético. Desviación visual del ultraVioleta hacia el infrarrojo. Onda ultracorta chillando. Radiación alfa, beta y gama copiosamente. Y los interruptores inn tt errrr ump pppiendo al azar y cómodamente. Estoy en paz. ¡Dios mío! ¡Conocer incluso un momento de paz!

Tomo el metro hasta la oficina de Wall Street. Chofer demasiado peligroso; podría ponerse amistoso. No me atrevo a tener amigos. Mucho mejor el metro matutino, apreturas, masa empaquetada; ninguna norma que ajustar, no se exigen cambios ni compensaciones. ¡Paz! Compro todos los periódicos de la mañana, por lo de las pautas. Se leen demasiados Times, debo leer Tribune para compensar. Demasiado News. Leo Mirror. Y así sucesivamente.

En el vagón del metro capto la mirada de un ojo; pequeño, oscuro, grisazulado, propiedad de un hombre anónimo que transmite la convicción de que jamás le has visto y jamás le verás de nuevo. Pero capto esa mirada y hace sonar un timbre al fondo de mi mente. Él se da cuenta. Ve el brillo que aparece en mis ojos antes de que yo pueda ocultarlo. Así que me siguen otra vez… ¿Pero quién? ¿USA? ¿USSR? ¿Matoids?

Salgo rápidamente del metro en City Hall y les doy una pista falsa hasta el Woolworth Building, por si operan con dos espías. La teoría básica de cazadores y cazados no es evitar que te localicen (es inevitable) sino dejar tantas pistas a cubrir que se dispersen. Entonces se ven obligados a abandonarte. Tienen tantos hombres para tantas operaciones. Es una cuestión de disminución de beneficios.

El tráfico en City Hall estaba desincronizado (como está siempre) y tuve que caminar por el lado caliente de la calle para compensar. Tomé un ascensor hasta la décima planta del edificio. Allí me cogió súbitamente algo de aaaIgun lug ar. AaaIgo maaalo. Empecé a gritar, pero fue inútil. Un viejo empleado salió de la oficina con abrigo de alpaca, portafolios, gafas de oro.

—Él no —discutí con el aire—. Es un buen hombre. Él no. Por favor.

Pero estoy obligado. Me aproximo. Dos golpes; cuello y estómago. Se derrumba, retorciéndose. Le pateo las gafas. Le quito el reloj de bolsillo y lo destrozo. Rompo las plumas. Rompo los papeles. Luego se me permite volver al ascensor y bajar de nuevo. Eran las diez y media. Me retrasaba. Maldito inconveniente. Cogí un taxi para Wall Street 99. Di diez dólares de propina al conductor. Metí mil en un sobre (secretamente) y envié al conductor de nuevo al edificio para que localizase al empleado y se los diese.

Trabajo rutinario de mañana en la oficina. Mercado en alza; tablero indicador ético; un infierno para equilibrar y compensar, aunque yo conozca las pautas de dinero. Voy atrasado en la suma de 109.872,43 dólares a las once y media; pero con un paso de gigante las normas me colocan adelantado en 57.075,94 dólares a las doce y media en punto, Tiempo de Ahorro luz del día, al que mi padre solía llamar tiempo Woodrow Wilson.

57.075 es una buena pauta, pero esos 94 centavos. Puf. Parece toda la hoja de balances desequilibrada, es espantoso. Por encima de todo simetría. Solo tengo 24 centavos en el bolsillo. Llamo a la secretaria, le pido prestados 70 centavos y arrojo el total por la ventana. Me siento mejor mientras veo cómo cae a la calle, pero entonces la sorprendo mirándome asombrada y encantada. Muy malo. Muy peligroso.

Despido a la chica al instante.

—Pero, ¿Por qué, señor Storm? ¿Por qué? —pregunta, procurando no llorar. Querida cosita. Cara pecosa y descocada, pero no tan descocada ahora.

—Porque está empezando a gustarme.

—¿Y qué hay de malo en eso?

—Cuando la contraté le advertí que no debía llegar a gustarme.

—Creí que bromeaba usted.

—Pues no. Ahora debe irse. Está despedida.

—Pero, ¿Por qué?

—Porque temo que podría empezar a gustarme.

—¿Se trata de un nuevo tipo de proposición?—preguntó ella.

—Por Dios.

—Bueno, no tiene por qué despedirme—dijo furiosa—.

—Bueno. Entonces puedo acostarme con usted.

Se puso roja y abrió a boca para insultarme, mientras sus ojos pestañeaban. Una chica encantadora. No podía ponerla en peligro. Le puse el sombrero y el abrigo, le di el sueldo de un año como indemnización, y la eché. Punkt. Apuntar en la memoria: admitir sólo hombres, con preferencia casados, misántropos y asesinos. Hombres que puedan odiarme.

Luego, a comer. A un restaurante lindamente equilibrado. Mesas fijadas al suelo. Nadie moviéndolas. Todas las sillas ocupadas por clientes. Bonita estructura. No tengo necesidad de compensar ni ajustar. Ordenado y lindamente estructurado comedor para el yo:

 

Martini Martini

Martini

Croque Monsieur Roquefort

Ensalada

Café

Pero se consume tanto azúcar en el restaurante que tuve que tomar café sólo, que no me gusta. Sin embargo, todavía una buena estructura. Equilibrada.

X~—X—41 = número primo.

Perdón, por favor. A veces controlo y veo qué compensaciones han de realizarse. Otras veces se me impone desde sólo Dios sabe dónde o por qué. Entonces he de hacer lo que estoy obligado a hacer, ciegamente, como hablar el galimatías que hablo; a veces resultándome odioso, como lo del empleado del Edificio Woolworth. Aún así, la ecuación se hunde cuando X = 40.

La tarde era tranquila. Por un instante pensé que podría verme obligado a salir para Roma (Italia), pero algo ajustó las cosas sin necesidad de mí. La Sociedad Protectora de Animales me cogió por matar a mi perro a golpes, pero yo había aportado 10.000 dólares para su Refugio. Salí con un balanceo de cabeza. Pinté bigotes en carteles, rescaté a un gatito que se ahogaba, salvé a una mujer de un desaprensivo y fui a que me afeitaran la cabeza. Día normal para mí.

Al anochecer, al ballet para relajarme con todas las hermosas estructuras, equilibradas, pacíficas, suaves. Luego respiré profundamente, aplaqué mi repugnancia y me obligué a acudir a Le Bitnique, el centro de reunión beatnik. Odio Le Bitnique, pero necesito una mujer y debo ir adonde odio. Aquella chica pelirroja que despedí tan esbelta y llena de deliciosa malicia, y lanzándome pícaras miradas. Así pues, Poisson d’avril, me dirigí hacia Le Bitnique.

Caos. Negrura. Sonidos y olores, una cacofonía. Una bombilla de 25 watios en el techo. Un maldito pianista interpreta música progresiva. En la pared L muchachos beatniks, con gorras, gafas negras y barbas públicas, jugando al ajedrez. En la pared R está el bar y chicas beatniks con bolsas marrones de papel bajo el brazo que contienen artículos de tocador. Se mueven y maniobran para buscar un colchón para la noche.

¡Esas chicas beatniks! Todas delgadas… excitantes para mí esta noche porque hay demasiados norteamericanos que sueñan con mujeres muy gruesas, y yo debo compensar. (En Inglaterra me gustan las mujeres gruesas porque Inglaterra le gustan las mujeres delgadas). Todas llevan pantalones ajustados, blusas sueltas, pelo Brigitte Bardot, maquillaje italiano (ojos negros, labios blancos), y cuando caminan lo hacen con ese ritmo que emocionó a aquel tipo llamado Herrick hace tres siglos cuando escribió:

 

Luego, cuando levanto los ojos y veo

esa valiente vibración libre a ambos lados;

¡Oh, cómo me arrebata ese brillo!

Elijo una que brilla. Hablo. Ella insulta. Yo insulto también y pago unas copas. Ella bebe e insulta. Yo espero que sea lesbiana e insulto. Ella refunfuña y odia, pero inútilmente. No hay colchón para esta noche. La patética bolsa de papel marrón bajo el brazo. Reprimo la simpatía y vuelve el odio. Ella no se baña. Sus estructuras mentales están desequilibradas. Seguridad. Ningún daño puede venirme de ella. La llevo a casa para seducir por desprecio mutuo. Y en el salón (ver diagrama) se sienta esbelta y pecosa mi pequeña secretaria, recientemente despedida, que ahora espera por mí.

 

Dirección: 49 bis Avenue Hoche. París, Beme, Francia.

Obligado a ir allí por lo que pasó en Singapur. Se hicieron necesarios ajustes y compensaciones extremos. Casi, por un momento, pensé que tendría que atacar al director de la Opera Cómica, pero el destino fue bondadoso y me permitió cumplir sólo con una exhibición indecente bajo el Petite Carrousel. Y pude encontrar una beca en la Sorbona antes de ser despachado.

De cualquier modo en mi casa de Nueva York ahora con un (1) baño, y el cambio, 1997 dólares, estaré tranquilo con los magníficos 1991 que quedaron. Ella estaba allí sentada, estaba allí sentada, vistiendo un traje negro de cóctel con falda estrecha, medias negras, zapatos y la bella y regular curva de las piernas, y el pecho tan rosado como su rostro (quizás también su enagua.) Así, y, espesos polvos; un inconveniente. Voy a la cocina y me froto encima de la nevera. ¡Uf! Tiré 6 dólares por la ventana y quizás siete.

La piel pecosa brillaba con un rosa tiznado de turbación. También rojo de peligro. Su cara estaba muy tensa por lo atrevida que pensaba estar siendo.

Me gusta también así; pero no con demasiado ímpetu. Contacto al frenético empolvado para que su piel parezca lechosa, la camisa con corcho quemado para compensar.

—Mí amiga querría saber por qué tú invades mi apartamento inglés.

—Perdóneme, por favor, hasta que venga un mensajero Lundgren —balbució—. Le dije que necesitaba usted unos importantes documentos de su oficina.

—Si, bitte. Meine pidgin haben sich.

—EntschUId lgehn Sie Deutsch? Geaendert, Sprac en.

—No.

—Danrl warte ich-

La beatnik se balanceaba cada lado. La alcancé frente a la puerta (ninguna excusa). Volvió sobre sus talones y se alejó, su valiente vibración en la mano 101 dólares (estructura perfecta).

—¿Qué le pasó? —dije yo—¿Cómo se llama ?

—¡Dios mío! Mí nombre? ¿ He estado trabajando en su oficina tres meses y no lo conoce realmente?

—No, y no quiero saberlo ahora.

—Soy Lizzie Chalnersimer

—Váyase, Lizzie

—Me llamaba usted siempre “Señorita”. ¿Por qué se afeitó la cabeza?

—Así que….

—Es muy chic—dijo juiciosamente—, pero no sé. Me recuerda a un actor de cine al que odio. ¿Qué quiere decir con eso de un problema en Viena?

—Nada que a usted le importe. ¿Qué hace usted? ¿Qué quiere de mí?

—A usted —dijo, enrojeciendo ferozmente.

—¡Quiere usted salir de aquí, por amor de Dios!

—¿Qué tiene ella que no tenga yo?—exigió Lizzie; luego su cara se descompuso—. ¿No lo tengo así? Qué. Tiene. Ella. Que. Yo. No. Tenga. Sí.

—Me voy a Bennington. Están fuertes en agresión, pero flojos en gramática.

—¿Qué quiere decir con eso de que se va a Bennington?

—Bueno, es una universidad. Creí que todo el mundo lo sabía.

—Pero, ¿Qué es eso de que va?

—Estoy en mi primer año. Te expulsan a latigazos a no ser que adquieras experiencia en tu campo.

—¿Cuál es su campo?

—Antes era economía. Ahora es usted. ¿Qué edad tiene?

—Ciento nueve mil ochocientos setenta y dos.

—¡Oh. vamos! ¿Cuarenta?

—Treinta.

—¡No! ¿De veras?—cabeceó satisfecha—. Eso si que hay diez años de diferencia entre nosotros. Muchos.

—¿Está enamorada de mi, Lizzie? ¿Y he de ser yo?

—Sé que suena como una idea—bajó los ojos—. Supongo que las mujeres deben estar continuamente echándose en sus brazos.

—No siempre.

—¿Qué es usted, blasé o algo así? Quiero decir que no soy apabullante, pero tampoco soy lo que sep siYa.

—Es usted encantadora.

—Entonces, ¿Por qué me rechaza?

—Estoy intentando protegerla.

—Sé protegerme muy bien cuando llega el momento.

—Ahora es el momento, Lizzie.

—Lo menos que podía hacer es ofenderme como hizo a esa chica junto al ascensor.

—¿Estaba espiando?

—Claro que espiaba. No esperaría usted que me quedase aquí sentada mano sobre mano, ¿verdad? Tengo que vigilar a mi hombre, ya que lo he conseguido.

—¿Su hombre?

—Sucede—dijo ella en voz baja—. Nunca lo creía, pero sucede. Uno se enamora y se desenamora, y siempre piensa que es de veras y para siempre. Y luego conoces a otro y ya no es cuestión de amor. Sabes simplemente que él es tu hombre, y estás ligada a él. Yo estoy ligada.

Alzó los ojos y me miró… ojos violeta, llenos de juventud y decisión y ternura, y sin embargo más viejos que veinte años… mucho más viejos. Me di cuenta de lo solo que estaba, no atreviéndome nunca a amar, obligado siempre a vivir con los que odiaba. Podía caer en aquellos ojos violeta para siempre.

—Voy a impresionarla—dije. Miré el reloj. La una y media. Una hora tranquila. Dios quiera que el idioma norteamericano permanezca conmigo un buen rato. Me quité la chaqueta y la camisa y le enseñé mi espalda, llena de cicatrices. Lizzie lanzó un gemido.

—Me las hice yo mismo—dije—. Porque me permití sentir simpatía por un hombre y hacerme amigo suyo. Este fue el precio que pagué, y tuve suerte. Ahora espere aquí.

Entré en el dormitorio principal donde la vergüenza de mi corazón estaba embalsamada en un plateado ataúd oculto en el cajón de la derecha de mi escritorio. Lo llevé al salón. Lizzie me miraba con ojos muy abiertos.

—Hace cinco años, una chica se enamoró de mí —expliqué—. Una chica como usted. Me sentía muy solo entonces, como siempre. En vez de protegerla de mí mismo, perdí el control. Ahora quiero que vea el precio que ésta pagó. Me despreciará usted por esto, pero debo enseñárselo…

Un resplandor hirió mis ojos. Luces de un edificio del fondo de la calle. Me lancé a la ventana y observé. Las luces procedían de un edificio situado tres más abajo del mío; se apagaron, cinco segundos de eclipse, luego volvieron. Sucedió en el edificio situado a dos del mío, y luego en el contiguo. La chica se acercó a mi lado y me cogió del brazo. Temblaba un poco.

—¿De qué se trata?—preguntó—. ¿Cuál es el problema?

—Espere—dije.

Las luces de mi apartamento se apagaron durante cinco segundos y luego volvieron a encenderse.

—Ellos me han localizado—expliqué.

—¿Ellos? ¿Localizado?

—Han detectado mis radiaciones con el BD.

—¿Qué es un B.D.?

—Buscador de Dirección. Luego cortan la corriente en los edificios de la vecindad durante cinco segundos (edificio por edificio) hasta que cesa la emisión. Entonces saben que estoy en esta casa, aunque no saben en qué apartamento.—Me puse la camisa y la chaqueta—. Buenas noches, Lizzie. Desearía poder besarla.

Me echó los brazos al cuello y me dio un sonoro beso, todo calor, todo terciopelo, todo entrega. Intenté apartarla.

—Es usted un espía—dijo—. Iré a la silla eléctrica con usted.

—Me gustaría mucho ser un espía—dije—. Adiós, mi queridísimo amor. Recuérdeme.

Soyez ferme. Un gran error dejar aquello deslizarse. Pasó, creo, porque mi norteamericano también se deslizó. De pronto mi conversación volvió a convertirse en un galimatías. Mientras comía, el diablillo se quitó sus zapatitos de ópera y se subió la falda de cocktail hasta los muslos para poder correr. Corre a mi lado y baja conmigo la escalerilla de incendios hasta el garaje del sótano. La golpeo para que se detenga, la insulto. Ella me golpea también y lanza insultos aún peores, sin dejar de reír y de chillar. La amo por esto. ¡Maldición! Está condenada.

Entramos en el coche, Aston Martin, pero con el volante a la izquierda, y nos lanzamos a toda velocidad hacia el oeste en la Calle 53, al este en la 54 y al norte en la Primera Avenida. Busco el puente de la calle 59 para abandonar la isla de Manhattan. Tengo un avión de mi propiedad en Babylon, Long Island, siempre dispuesto para este tipo de tropiezos.

—J’ y suis, j’ y este no es mi lema—dije a Elizabeth Chalmers, cuyo francés es tan inseguro como su gramática… una halagüeña debilidad—. Una vez me atraparon en Londres en Correos. Yo recibía correspondencia en el Apartado General. Me enviaron una carta en blanco en un sobre rojo, y así me siguieron hasta 139 Piccadilly, London W I. Teléfono Mayfair 7211. Rojo de peligro. ¿Tiene usted roja toda la piel?

—¡No está roja!—dijo ella indignada.

—Quiero decir rosada.

—Sólo donde salen pecas—dijo ella—. ¿Qué significa toda esta fuga? ¿Por qué habla de ese modo tan extraño y actúa de forma tan rara? ¿Está seguro de que no es un espía?

—Sólo convencido.

—¿Es usted un ser de otro mundo que vino en un Objeto Volador No Identificado?

—¿La asustaría mucho eso?

—Sí, si significase que no podíamos amarnos.

—¿Y qué pensaría si nos propusiésemos conquistar la Tierra?

—A mí sólo me interesa conquistarle a usted.

—No soy ni he sido nunca un ser de otro mundo de los que vienen en Objetos Voladores no Identificados.

—¿Qué es usted entonces?

—Un compensador.

—¿Qué es eso?

—¿Conoce usted el diccionario de los señores Funk Waganlle? Editado por Frank H. Vizetelly. Cito: “Aquél o aquello que compensa, como un instrumento para neutralizar la influencia de la atracción local sobre la aguja de una brújula o un aparato automático para igualar la presión del gas en la…” ¡Maldita sea!

Frank H. Vizetelly no utiliza esa mala palabra. Soy yo mismo porque la ruta me sitúa ahora frente al puente de la Calle 59. Debería haberlo supuesto. Tendría que haber percibido estructuras, pero estaba demasiado distraído con la encantadora muchacha. Probablemente estén bloqueados todos los puentes y túneles que salen de esta isla de 24 dólares. Podría cruzar el puente, pero podría herir a mi angelical Elizabeth Chalmers, lo que me convertiría una brute figure y me produciría además una tristeza insuperable. Así que paré el coche. Rendición.

—Kamerad—dije, y pregunté—: ¿Quiénes son? ¿Ku Klux Klan?

Un hombre de expresión dura dijo que no.

—¿Defensores de la Supremacía Blanca en el Mundo?

De nuevo no. Me sentí mejor. Resultaba siempre desagradable ser capturado por tipos lunáticos que buscaban figurones.

—¿URSS?

Me miró fijamente, luego dijo:

—Agente especial Krimms del FBI —y me mostró la placa. Le abracé con gratitud. FBI es salvación. Él retrocedió, preguntándose si yo no estaría loco. No me preocupaba.

Besé a Elizabeth Chalmers y ella abrió su boca bajo la mano para murmurar:

—No admitas nada; niégalo todo. Te conseguiré un abogado.

Luces brillantes en la oficina de Plaza Foley. Las sillas están colocadas exactamente así; las cortinas dispuestas exactamente así. He pasado por esto ya tantas veces. El individuo anónimo de ojos negros de la mañana en el metro me interroga. Se llama S.I. Dolan. Intercambiamos una mirada. La suya dice, me engañaste esta mañana. La mía dice, eso hice. Nos respetamos; luego empieza el interrogatorio.

—¿Se llama usted Abraham Storm?

—El sobrenombre es “Base”.

—¿Nacido el 25 de diciembre?

—Sí, un niño navideño

—¿1929?

—Fui un niño de la Depresión.

—Parece usted muy bromista.

—Humor de horca, S. I. Dolan. Desesperación. Sé que nunca me harán confesar nada, y estoy desesperado.

—Muy trágico. Quiero ser convicto… pero no puedo conseguirlo.

—¿Nacido en San Francisco?

—Sí.

—Colegio Grand. Dos años en Berkeley. Cuatro años en la marina. Terminó en Berkeley. Doctorado en estadística.

—Sí. Muchacho cien por cien norteamericano.

—¿Ocupación actual, financiero?

—¿Oficinas en Nueva York, Roma, París y Londres?

—¿Propiedades conocidas, por cuentas bancarias, acciones y bonos, tres millones de dólares?

—¡No, no, no! —yo estaba angustiado— Tres millones trescientos treinta y tres mil trescientos treinta y tres dólares y treinta y tres centavos.

—Tres millones de dólares —insistió Dolan—. En números redondos

—No hay números redondos; sólo hay estructuras.

—Storm, ¿Qué demonios pretende?

—Hágame confesar—supliqué—. Quiero ir a la silla eléctrica y librarme de todo esto.

—¿Pero de qué me habla?

—Pregunte y le explicaré.

—¿Qué está usted emitiendo desde su apartamento?

—¿Qué apartamento? Emito desde todos ellos.

—En Nueva York. No somos capaces de descifrar el código.

—No hay ningún código; todo es puro azar.

—¿Puro qué?

—Pura paz, Dolan.

—¡Paz!

—He pasado por esto ya tantas veces. En Ginebra, Berlín Londres, Río… ¿Me permite que se lo explique a mi modo? Y, por amor de Dios, deténgame si puede supliqué.

Tomé aliento. Resultaba siempre tan difícil. Tiene uno que hacerlo con metáforas. Pero eran las tres y mi norteamericano duraría un rato.

—¿Le gusta bailar?

—¿Pero qué demonios…?

—Tenga paciencia. Estoy explicándoselo. ¿Le gusta bailar?

—¿Cuál es el placer de la danza? Es el que un hombre y una mujer establezcan juntos un ritmo, una estructura una pauta. Balanceándose, adelantándose, siguiendo, dirigiendo, cooperando. ¿No?

—¿Y qué?

—Y los desfiles. ¿Le gustan los desfiles? Masas de hombres y mujeres cooperando para establecer estructuras pautas. ¿Por qué es la guerra época de alegría para un país aunque nadie lo admita? Porque hay todo un pueblo cooperando, equilibrando y sacrificando para hacer una gran estructura. ¿No?

—Ahora espere un momento, Storm…

—Escúcheme Dolan. Yo soy sensible a las estructuras… más que al baile o a los desfiles o a la guerra; muchísimo más. Más que a la norma 2/4 de día y noche, o a la 4/8 de las estaciones… más, mucho más. Soy sensible a la normas de todo el espectro del universo: vista y sonido, rayos gamma, agrupaciones de pueblos, actos de hostilidad y de benigna caridad, crueldades y bondades, música de las esferas… y me veo obligado a compensar. Siempre.

—¿Compensar?

—Sí. Si un niño cae y se hace daño, la madre le besa. ¿No es así? Pues es compensación. Restaura un equilibrio. Un hombre pega a un caballo, tú le pegas a él, ¿verdad? De nuevo el equilibrio. Si un mendigo te produce demasiada simpatía, deseas arrearle una patada. ¿No es así? Más compensación. El marido que es infiel a su mujer es más amable de lo normal con ella. Todas las mujeres conocen esta regla, y la temen. ¿Qué es la deportividad sino una norma compensadora que elimina el embarazo de ganar o perder? ¿No se buscan mutuamente asesino y victima para cumplir sus pautas?

“Multiplique eso hasta el infinito y me tendrá a mí. Yo tengo que besar y que dar patadas. Me veo obligado a hacerlo. Empujado. No sé cómo llamar a esta compulsión mía. Suelen llamar Psi a la percepción extrasensorial. ¿Cómo llamaría usted a la percepción extranormativa? ¿Pi?

—¿Pi? ¿Qué quiere decir eso ?

—La dieciseisava letra del alfabeto griego. Designa la relación entre la circunferencia de un circulo y su diámetro. 3,14159… Ia serie continúa interminablemente. Es trascendental y nunca puede resolverse con una expresión finita; y para mí es una tortura… como pi en imprenta, que significa tipo confuso y trastocado, sin orden ni concierto.

—¿Pero de qué demonios habla usted?

—Hablo de pautas, de normas; del orden del universo. Yo me veo obligado a mantenerlo y restaurarlo. A veces me veo obligado a hacer cosas maravillosas y caritativas actos de generosidad; otras veces me veo obligado a hacer locuras, a hablar lenguajes extraños, a ir a sitios extraños, realizar actos abominables, porque equilibrios que no puedo percibir exigen ajuste.

—¿Qué actos abominables?

—Puede usted investigar y yo puedo confesar, pero dará lo mismo. Las normas no me permitirán declararme convicto. No me dejarán terminar. La gente se niega a testificar. Los hechos no significarán pruebas. Lo hecho dejará de estarlo. Lo malo se convertirá en bueno.

—Storm, creo que está usted loco.

—Quizás, pero tampoco podrá usted meterme en un manicomio. Se ha intentado antes. Incluso yo mismo lo intenté. Sin resultado.

—¿Y qué me dice de esas emisiones?

—Estamos inundados de emisiones de ondas, de quantas y partículas, y yo soy sensible también a ellas- pero están demasiado entremezcladas para ajustarse a pautas. Hay que neutralizarlas. Así que emito una antinorma para eliminarlas y conseguir un poco de paz.

—¿Pretende usted decirme que es un superhombre?

—No. Ni mucho menos. Sólo soy el hombre al que encontró Simón el Simple.

—No se burle.

—No me burlo. ¿No recuerda el cuento?

Dolan frunció el ceño. Por fin dijo:

—Mi nombre completo es Simon Ignacio Dolan.

—Lo siento. No lo sabía. No quería hacer ninguna alusión personal.

Me miro furioso y luego dejó mi dossier sobre la mesa. Lanzó un suspiro y se dejó caer en una silla. Esto alteró la norma y tuve que moverme. Me miró de reojo.

—Hombre Pi —expliqué.

—Muy bien —dijo él—. No podemos retenerle.

—Todos lo intentan —dije— pero nunca pueden.

—¿Quiénes lo intentan?

—Los gobiernos, creyendo que soy un espía; la policía, que quiere enterarse de por qué me relaciono con tanta gente de forma tan extraña; políticos en el exilio con la esperanza de que yo les financie una contrarrevolución; fanáticos que sueñan que soy su rico mesías; sectas religiosas, lunáticos solitarios… todos me persiguen, esperando poder utilizarme. Ninguno puede. Yo formo parte de algo mucho mayor. Pienso que quizás todos formemos parte de algo mucho mayor, aunque yo sea el primero en tener conciencia de ello.

—Confidencialmente, ¿Qué me dice de esos actos abominables?

Tomé aliento.

—Ese es el motivo de que no pueda tener amigos. Ni una chica. A veces se ponen tan mal las cosas en un sitio que tengo que hacer terribles sacrificios para restaurar la norma. He de destruir algo que amo. Yo… tenía un perro al que quería mucho. No me gusta pensar en él… Tuve en tiempos una chica. Me amaba. Y yo… Había un chico en la marina conmigo. Él… No quiero hablar de eso.

—¿Asustado, de pronto?

—No, ni mucho menos; ¡estoy maldito! Porque algunas de las normas a las que debo ajustarme son ritmos exteriores al mundo… algo distinto a lo que pueda sentirse en la Tierra. 29/51… 108/303. tiempos así. ¿Qué es lo que mira? ¿No cree usted que pueda ser aterrador? Reproduzca un tiempo 7/5 para mí.

—No sé música.

—Eso no tiene nada que ver con la música. Intente cinco con una mano y siete con la otra, haciendo que ambas mantengan una pauta regular. Entonces comprenderá la complejidad y el terror de esas extrañas normas que vienen a mí.

De pronto la cara de Dolan se iluminó.

—¿Se refiere usted a algo parecido al instinto doméstico?

—¿Instinto doméstico?

—Las normas que ayudan a aves y animales a encontrar su hogar desde cualquier sitio. Nadie sabe cómo.

—Eso mismo; sólo que mayor.

—Usted debía estar en un laboratorio, Storm. ¿Y de dónde viene todo esto?

—No sé. Es un universo desconocido, demasiado grande para abarcarlo; pero tengo que ajustarme a los tiempos de sus ritmos y compensarlos… con mis acciones, reacciones, emociones, sentidos, mientras esas presiones gigantes

adelante

me empujan

y me hacen

me empujan

y me hacen

retroceder

y me llevan

dentro

y atrás y fuera

—Ahora el otro brazo —dijo Elizabeth con firmeza—.

Estoy en mi cama, yo. Pensando de nuevo. La mitad (1/2) en el pijama; la otra mitad (1/2) cogida por la chica pecosa. Me alzo. Ella empuja. El pijama puesto ahora y me toca a mi ruborizarme. Allá en San Francisco me educaron muy recatadamente.

—M maniadme hum —dije—. Traducción: “¡Oh la Joya en el loto!” Aludiendo a tí. ¿Qué pasó?

—Te desmayaste—dijo ella—. El señor Dolan tuvo que dejarte marchar. El señor Lundgren me ayudó a subirte al apartamento. ¿Cuánto he de darle?

—Cinque lire. No. ¿Parla italiano, gentile signorina?

—¿Otra vez de tus pautas?

—Ja. —Asentí y esperé. Tras unos saltos en Grecia y Portugal, el inglés norteamericano volvió por fin a mí— ¿Por que no te largas de aquí cuando aún estás a tiempo?

—Aún estoy ligada a ti—dijo ella—. Métete en la cama…

—No.

—Sí. Puedes casarte conmigo después.

—¿Dónde está la caja de plata?

—En el fondo del incinerador.

—¿Sabes lo que había en ella?

—Sé lo que había en ella.

—¿Y aún sigues aquí?

—Fue monstruoso lo que hiciste. ¡Monstruoso!

Su pícaro rostro estaba cubierto de maquillaje. Había estado llorando.

—¿Dónde está ahora ella?—añadió.

—No lo sé. Las comprobaciones llevan a un número de cuenta en Suiza. No quiero saber. ¿Cuánto puede soportar el corazón?

—Creo que voy a descubrirlo—dijo ella.

Apagó las luces. En la oscuridad se oyó el rumor de la ropa. Nunca hasta entonces había oído yo la música de una persona a la que amo desvistiéndose para mí… para mi. Hice una última tentativa de salvar a mi amada.

—Te amo—dije—y tú sabes lo que eso significa. Cuando las normas exigen un sacrificio, debo ser más cruel incluso contigo, más monstruoso…

—No —dijo ella—. Nunca estuviste enamorado antes. El amor también crea normas.

Me besó. Sus labios ardían, pero su piel estaba helada. Tenía miedo, pero su corazón latía fuerte y apasionado.

—Nada puede dañarnos ya. Créeme.

—Yo ya no sé qué creer. Formamos parte de un universo cuya grandeza es superior a todo conocimiento. ¿Y si resulta ser demasiado gigantesco para el amor?

—Está bien—dijo ella tranquilamente—. Si el amor es una cosa pequeña y tiene que acabar, que acabe. Que acaben todas las cosas pequeñas como el amor, el honor, la misericordia y la risa… si hay algo mayor más allá.

—Pero, ¿Qué puede ser mayor que eso? ¿Qué puede haber más allá?

—Si somos demasiado pequeños para sobrevivir, ¿Cómo vamos a poder saberlo?

Se deslizó muy cerca de mí y los extremos de su cuerpo eran como escarcha. Y así, juntos, pecho con pecho, caldeándonos con nuestro amor, criaturas asustadas en un mundo portentoso más allá del conocimiento… Aterrador y sin embargo espeeeraaadooo.

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