Alfred Bester: El orinal florido. Cuento

Bester3—Concluiremos este primer semestre de Antigüedades —dijo el profesor Paul Muni— con una reconstrucción de la jornada habitual de un habitante de los Estados Unidos de América (nombre que se daba hace quinientos años al Gran Los Angeles) a mediados del siglo veinte.

»Nos referiremos a él como Jukes, uno de los nombres más ilustres de la época, inmortalizado en la epopeya de las luchas entre Kallikak y Jukes. Se acepta hoy generalmente que las misteriosas letras JU, halladas en los listines de Hollywood Este, o en la ciudad de Nueva York como se decía entonces (por ejemplo, JU 6-0600 o JU 2-1914), indican de algún modo una relación genealógica con la poderosa dinastía Jukes.

»Estamos en el año de 1950. El señor Jukes, un típico “solitario” (es decir, “soltero”), vive en un pequeño rancho a las afueras de Nueva York. Se levanta al amanecer, se pone sus botas con espuelas, sus vaqueros, su camisa de cuero, un chaleco gris de franela y un lazo negro. Se arma con un revólver y sale al Bar-B-Q a prepararse un desayuno de Plancton con curry o algas elaboradas. Puede sorprender a delincuentes juveniles o pieles rojas en su rancho, linchando una víctima o robándole automóviles, de los que tiene un rebaño de unos ciento cincuenta.

»A estos delincuentes los dispersa tras singular combate a puñetazos. Como todos los norteamericanos del siglo veinte, Jukes es un individuo de fuerza extraordinaria, capaz de aguantar y asestar golpes terribles. Pocas veces utiliza su revólver para estos fines; reserva normalmente su uso para los ritos ceremoniales.

»El señor Jukes acude a su trabajo en la ciudad de Nueva York montado en un coche deportivo (una especie de automóvil abierto), o en un tranvía eléctrico. Lee su periódico matinal, en el que aparecerán noticias como: “El descubrimiento del Polo Norte», » El hundimiento del Titanic”, “Una cápsula espacial dirigida por el hombre logra orbitar Marte” o “La extraña muerte del presidente Harding”.

»Jukes trabaja en una agencia de publicidad situada en la Avenida Madison (hoy Bulevar Crepúsculo Este), que, en aquella época, era un fangoso y áspero camino, cruzado por diligencias, en el que se alineaban garitos llenos de camorristas, cadáveres y bellas artistas de variedades de someros vestidos. Jukes se dedica a la orientación del gusto, la mejora de la cultura, la elección de los funcionarios públicos y la selección de héroes nacionales.

»Su oficina, situada en la planta vigésima de un gigantesco rascacielos, está decorada al estilo característico de mediados del siglo veinte. Tiene un muro de fuelle, un sillón gravedad nula, o caída libre, y una escupidera de latón. Está iluminado con bombillas Maser. Grandes ventiladores colgados del techo la refrescan en verano, y una estufa Franklin de rayos infrarrojos la calienta en invierno.

»Las paredes están decoradas con extrañas pinturas ejecutadas por artistas tan famosos como Miguel Angel, Renoir y Domingo. En la mesa hay un magnetofón, que él usa para dictar. Sus palabras las escribe luego una secretaria utilizando una pluma y papel carbón. (Se ha demostrado de modo irrefutable que la máquina mecanográfica no se creó hasta el apogeo de la Era de la Computadora, a finales del siglo veinte.)

»El trabajo del señor Jukes consiste en crear las consignas espirituales que animan a la mitad consumidora de la nación. Algunas de estas consignas han llegado hasta nosotros de modo más o menos fragmentaria, y aquellos de ustedes que hayan seguido el curso del profesor Rex Harrison, lingüistica 916, ya saben de las extraordinarias dificultades que se plantean en su interpretación: “Bueno hasta la última gota” (¿Debemos leer “Dios” donde dice “bueno”?); “¿Lo hace o no lo hace?” (¿El qué?); y ‘”Soñé que iba al circo con mi sostén Maidenform” (incomprensible).

»A mediodía, el señor Jukes toma una segunda comida, normalmente en forma comuntaria con otros miles de individuos en un estadio gigantesco. Regresa a su oficina y reanuda el trabajo, pero, como han de tener en cuenta que las condiciones no eran ideales para la concentración, se veía obligado a trabajar hasta cuatro y seis horas al día. En aquellos tristes tiempos había una repetición constante de asaltos a mano armada, robos, guerras de bandas y otras brutalidades. El aire estaba lleno de los cuerpos de los agentes de bolsa desesperados que se tiraban por las ventanas de sus oficinas.

»En consecuencia, es muy natural que el señor Jukes busque paz espiritual al final del día. Y la encuentra en un ritual llamado “fiesta de cocktail”. El y otros creyentes más se encierran en una pequeña habitación, rezando en voz alta, y llenando el aire con residuos sagrados de marihuana y mescalina. Los creyentes suelen llevar atuendos denominados “trajes de cocktail”, conocidos también como “negro básicon”.

»Después, el señor Jukes puede tomar su última comida del día en un club nocturno, un centro de diversión subterráneo donde se ofrecen diversos espectáculos. Va acompañado a menudo por su “cuenta de gastos”, frase difícil de interpretar. El doctor David Niven afirma que esto puede relacionarse con »una mujer de vida fácil», pero el profesor Nelson Eddy afirma que esto no hace más que aumentar las dificultades, pues nadie sabe hoy lo que era una “mujer de vida fácil”.

»Por último, el señor Jukes regresa a su rancho en una especie de coche de vapor en el que juega juegos de azar con los jugadores profesionales que infectan todos los sistemas de transportes de la época. Ya en su casa, hace una hoguera al aire libre, calcula los gastos del día con su ábaco, toca música triste con su guitarra, hace el amor con una de las miles de extrañas mujeres que tienen la costumbre de irrumpir a horas extrañas ante las hogueras, se enrolla en una manta y se echa a dormir.

»Tal era la barbarie de aquella época tan histérica que pocos hombres vivían más de los cien años. Y sin embargo los románticos de ahora añoran aquella era monstruosa de agitación y terror. La América del siglo veinte está de moda. En fecha muy reciente, un solo ejemplar de Life, una especie de catálogo postal, fue vendido en subasta por el famoso coleccionista Clifton Webb por 150.000 dólares. He de decir, de pasada, que en el análisis que hago de esta pieza en el Phit Trans actual planteo dudas sobre su autenticidad. Ciertos anacronismos del texto indican una posible falsificación.

»Y ahora unas últimas palabras sobre vuestros exámenes. Se ha hablado mucho de parcialidad por parte de la computadora. Se ha sugerido que cuando este departamento recibió la Multi-III de Bioquímica, se pasaron por alto varios circuitos, dejándose en situación operativo, con lo que se inclinó a la computadora en favor del enfoque matemático. Esto es un completo absurdo. Nuestro psiquiatra de computadoras asegura que la Multi-III ha recibido un curso completo de readoctrinación y un lavado de cerebro minucioso. Detalladas comprobaciones han mostrado que todos los errores se debieron a torpeza y descuido de los estudiantes.

»Les pido que se atengan a los procedimientos normales de esterilización antes de realizar su examen. Comprueben sus gorras, batas, máscaras y guantes quirúrgicos y procuren que estén perfectamente ajustados. Asegúrense también de que los instrumentos estén esterilizados. Recuerden que una mota de contaminación en su tarjeta de respuesta puede invalidar su examen. La Multi-III no es una máquina, es un cerebro, y exige el mismo cuidado y consideración que dispensan a sus propios cuerpos. Gracias, buena suerte, y espero verles de nuevo el próximo semestre.

Al salir del aula, el profesor Muni fue abordado en el atestado pasillo por su secretaria, Ann Sothern. Vestía ella un bikini de punto, llevaba una bandeja con bebidas en una mano y en la otra un bañador del profesor. Muni hizo un gesto agradecido, tomó un trago rápido y frunció el ceño al oír el número de comedia musical tradicional con el que los estudiantes pasaban de clase a clase. Comenzó a estructurar sus notas mientras salían apresuradamente del edificio.

—No hay tiempo para darse un chapuzón, señorita Sothern—dijo—. Tengo que acudir a ver un descubrimiento revolucionario esta tarde en el Edificio de Artes Médicas.

—Eso no figura en su programa, doctor Muni.

—Lo sé. Lo sé. Pero Raymond Massey está enfermo, y tengo que hacerlo por él. Ray dice que me sustituirá la próxima vez que tenga que aconsejar a un joven genio que abandone la poesía.

Salieron del Edificio de Sociología, pasaron ante la piscina en forma de lágrima, ante la biblioteca que tenía forma de libro, ante la Clínica cardiaca que tenía forma de corazón, y llegaron al Edificio Facultad que tenía forma de facultad. Estaba en un bosquecillo de palmas reales a través del cual serpeaba una pista de golf diminuta, cuyos acondicionadores de aire emitían un rumor silbante. Dentro del Edificio Facultad, altavoces ocultos radiaban el último éxito-ruido.

—¿Qué es… “Niágara” de Caruso?—preguntó con aire ausente el profesor Muni.

—No, es “Johnstown Flood”, de la Callas—contestó la señorita Sothren, abriendo la puerta de la oficina de Muni—. Qué extraño. Juraría que dejé las luces encendidas.

Intentó localizar el interruptor.

—Alto—murmuró el profesor Muni—. Aquí hay algo más de lo que parece, señorita Sothern.

—¿Qué quiere decir…?

—¿Quién suele planear un encuentro por sorpresa en una habitación a oscuras?

—¿Los… Ios Malos?

—Exactamente.

—Tiene razón—dijo una voz nasal—, mi querido profesor pero le aseguro que se trata sólo de una cuestión privada de negocios.

—Doctor Muni —murmuró la señorita Sothern—. Hay alguien en su oficina.

—Vamos, entre, profesor—dijo la voz nasal—. Es decir si me permite usted que le invite a entrar en su propia oficina. No intente encender las luces, señorita Sothern. Han sido… preparadas.

—¿Qué significa esta intrusión? —preguntó el profesor Muni.

—Entre. Vamos, entre. Boris, lleva al profesor hasta una silla. El individuo que le coge de un brazo, profesor Muni, es mi implacable guardaespaldas, Boris Karloff. Yo soy Peter Lorre.

—Exijo una explicación —gritó Muni—. ¿Por qué ha invadido mi oficina? ¿Por qué han estropeado las luces? ¿Qué derecho tienen a. . . ?

—Las luces están apagadas porque es mejor que la gente no vea a Boris. Es un hombre muy útil, pero no una delicia estética, todo ha de decirse. Y el motivo de que haya invadido su oficina se le hará saber después de que haya contestado a una o dos preguntas.

—No haré nada de eso. Señorita Sothern, busque al decano.

—Usted se quedará donde está, señorita Sothern.

—Haga lo que se le dice, señorita Sothern. No permitiré esto. . .

—Boris, enciende algo.

Algo se encendió. La señorita Sothern lanzó un grito. El profesor Muni quedó sobrecogido.

—Ya está bien, Boris, apaga. Ahora, mi querido profesor, vayamos al asunto. En primer lugar, permítame que le informe de que si contesta honradamente a mis preguntas no se arrepentirá de ello. ¿Sería tan amable de extender la mano?—el profesor Muni extendió la mano; alguien posó en ella un fajo de billetes—. Son 10.000 dólares; por la consulta. ¿Quiere usted contarlos? ¿Quiere que Boris encienda algo?

—Le creo —murmuró Muni.

—Muy bien. Profesor Muni, ¿Dónde y durante cuánto tiempo estudió usted historia norteamericana?

—Es una pregunta extraña, señor Lorre.

—Se le ha pagado para que conteste, profesor Muni.

—Está bien. Bueno… estudié en el Instituto Hollywood, Instituto Harvard, Instituto Yale y en la Universidad del Pacífico.

—Qué es “Universidad”?

—El nombre antiguo de Instituto. En el Pacífico son tradicionalistas… Obstinados reaccionarios.

—Y, ¿Durante cuánto tiempo estudió?

—Unos veinte años.

—¿Cuánto tiempo lleva enseñando aquí en el Instituto Columbia?

—Quince años.

—Eso significa treinta y cinco años de experiencia. ¿Diría usted que posee un amplio conocimiento de los méritos y capacidad de los diversos historiadores actuales?

—Entonces, ¿Quién es, en su opinión, la autoridad máxima en la historia Norteamérica del siglo veinte?

—Bueno. Es una pregunta interesante. Harrison, por supuesto, es el que más sabe de publicidad, titulares de periódicos y pies de fotos. Taylor de ciencia doméstica, me refiero a la doctora Elizabeth Taylor. Gable probablemente sea el mejor en transportes. Clark está en el Instituto Cambrige ahora, pero…

—Perdóneme, porfesor Muni. Planteé mal la pregunta. Debería haber preguntado: ¿Quién es la máxima autoridad en objetos históricos del siglo veinte? Antigiiedades, cuadros, muebles, objetos curiosos, piezas artísticas, etcétera.

—¡Ah! En cuanto a eso no hay duda, señor Lorre. Soy yo.

—Muy bien. Excelente. Ahora escúcheme bien, profesor Muni. Un pequeño grupo de hombres poderosos me ha encargado que contrate sus servicios profesionales. Se le pagarán a usted 10.000 dólares por adelantado. Usted dará su palabra de mantener la transacción en secreto. Y quedará entendido que si su misión fracasa, no haremos nada por ayudarle.

—Eso es mucho dinero —dijo lentamente el profesor Muni—. ¿Cómo puedo estar seguro de que esta oferta viene de los Buenos?

—Tiene mi palabra de que es en defensa de la libertad y la justicia del hombre de la calle, de los desheredados y del sistema de vida del Gran Los Angeles. Por supuesto puede usted rechazar esta peligrosa misión, y no se le tendrá en cuenta, pero piense que es el único hombre de todo el Gran Los Angeles que puede realizarla.

—Bueno —dijo el profesor Muni—, dado que no tengo nada mejor que hacer hoy, salvo estudiar una cura de cáncer, aceptaré.

—Sabía que podríamos contar con usted. Es usted de esa clase de hombres que hacen grande a Los Angeles. Boris, canta el himno nacional.

—Gracias, pero sus elogios son inmerecidos. No hago más que lo que haría cualquier ciudadano leal, honrado y patriota del Gran Los Angeles.

—Muy bien, pues. Le recogeré a media noche. Llevará usted traje de tweed, sombrero de fieltro muy bajo y zapatos gruesos. Llevará usted treinta metros de soga de escalador, prismáticos y un revólver de fisión de cañón corto. Su número de identificación será el 369.

—Aquí—dijo Peter Lorre—369. 369, tengo el placer de presentarle a X, Y, y Z.

—Buenas noches, profesor Muni—dijo el caballero de aspecto italiano—. Yo soy Vittorio de Sica. Esta es la señorita Garbo. Este Edward Everett Horton. Gracias, Peter. Váyase ya.

El señor Lorre salió. Muni miró a su alrededor. Se hallaba en un suntuoso apartamento todo decorado de blanco. Incluso el fuego que ardía en la estufa, por algún milagro de la química, se componía únicamente de llamas de un blando lechoso. El señor Horton paseaba nervioso ante el fuego. La señorita Garbo estaba lánguidamente tendida sobre una piel de oso polar, con una boquilla de marfil en la mano.

—Permítame que coja yo esa soga, profesor—dijo De Sica—. Supongo que trae usted también la pistola de cañón corto y los prismáticos habituales. También me los llevaré. Usted póngase cómodo. Perdone que estemos vestidos de etiqueta, nuestras identidades encubiertas, compréndalo. Nosotros controlamos el infierno del fuego. Actualmente estamos…

—¡No! —gritó alarmado el señor Horton.

—A menos que tengamos fe plena en el profesor Muni y seamos completamente sinceros, no iremos a ningún sitio, mi querido Horton. ¿No estás de acuerdo, Greta?

La señorita Greta asintió.

—En realidad—continuó De Sica—, somos un pequeño grupo de poderosos comerciantes en arte.

—En… entonces. . entonces—balbució Muni—son ustedes los famosos De Sica, Garbo y Horton…

—Esos somos.

—Pe… pero… pero todo el mundo dice que ustedes no existen. Todo el mundo cree que la organización conocida como el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte es en realidad propiedad de “Los Treinta y Nueve Pasos”, con el control oculto de Cosa Vostra. Es decir que…

—Sí, sí—interrumpió De Sica—. Eso es lo que nosotros queremos hacer creer; de ahí nuestra identidad oculta como trío siniestro que controla este sindicato de juego. Pero somos nosotros tres quienes controlamos el arte en el mundo, y por eso está usted aquí.

—No comprendo.

—Enséñale la lista—dijo la señorita Garbo.

De Sica sacó una hoja de papel y se la entregó a Muni.

—Tenga la bondad de leer esta lista de artículos, profesor. Estúdiela detenidamente. Depende casi todo de las conclusiones que usted extraiga.

 

Horno parrilla automático.

Plancha de vapor.

Batidora eléctrica velocidad 12.

Cafetera automática de seis tazas.

Sartén de aluminio eléctrica.

Horno de gas con cuatro quemadores y tapadera.

Nevera de once pies cúbicos más congelador de 170 bras.

Aspiradora eléctrica, tipo lata, con tope de vinilo.

Máquina de coser con bobinas y agujas

Candelabro rueda de carro, de pino y arce.

Lámpara de techo de cristal opalino.

Lámpara de cristal claveteado estilo provincial.

Lámpara de bronce abatible con pantalla de cristal.

Despertador con timbre doble.

Cubertería de cincuenta piezas para ocho.

Cubertería de dieciséis piezas para cuatro, modelo Du

Alfombra de nailon, 9X12, beige espiga.

Alfombra colonial, oval, 9×12, verde helecho.

Felpudo de cáñamo “Bienvenido”, 18X30.

Sofá cama y sillón, verde salvia.

Almohadón redondo de goma-espuma.

Silla abatible de espuma con mecanismo de tres posturas.

Mesa plegable, ocho plazas.

Cuatro sillones con soporte.

Armario de roble colonial de soltero, tres cajones.

Armario doble de roble colonial, seis cajones.

Cama con dosel estilo provincial francés, cincuenta y cuatro pulgadas de anchura.

Después de estudiar la lista durante diez minutos el profesor Muni dejó el papel y lanzó un profundo suspiro —parece el tesoro enterrado más fabuloso de la historia.

—Oh, profesor, no está enterrado. Muni se incorporó.

—¿Quiére decir que realmente existen esos objeto?

—Desde luego que sí. Ya hablaremos más de eso. Primero, dígame, ¿Tiene usted una idea clara de este conjunto de objetos?

—¿Los ha retenido con los ojos de su mente?

—Sí, los he retenido.

—Entonces podrá usted contestar a esta pregunta: ¿Corresponden todos estos tesoros a un tipo, un estilo, un

—No hablas claramente, Vittorio—masculló la señorita Garbo.

—Lo que queremos saber —intervino Edward Everett Horton—es si un hombre podría…

—Por favor, mi querido Horton. Cada pregunta a su tiempo. Profesor, quizás haya sido oscuro. Lo que quiero decirle es esto: ¿Representan estos tesoros el gusto de un hombre? Es decir, ¿Podría el hombre que, digamos, colecciona la batidora eléctrica, ser el mismo del felpudo de cáñamo “Bienvenido”?

—Si podía permitirse ambos—gorjeó Muni.

—Supondremos, en principio, que él puede permitirse todos los artículos de esta lista.

—Ni siquiera un gobierno nacional podría permitírselo a todos—contestó Muni—. Sin embargo, déjeme pensar…

Se echó hacia atrás en su asiento y clavó los ojos en el techo, apenas consciente de que el Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte le observaba con gran interés. Tras mucha concentración, Muni abrió los ojos y miró su alrededor.

—Bien, díganos—pidió Horton con ansiedad.

—He estado visualizando esos tesoros en una habitación—dijo Muni—. Se compaginan admirablemente. En realidad, compondrían una de las habitaciones más bellas impresionantes del mundo. Si uno entrase en una habitación así, querría saber inmediatamente quién era el genio que la había decorado.

—¿Entonces…?

—Sí. Yo diría que corresponde al gusto de un hombre.

—¡Ajá! Entonces nuestra sospecha era fundada, Greta. Estamos tratando con un tiburón solitario.

—No, no, no. Es imposible.—Horton arrojó al fuego el vaso, y luego se encogió de hombros ante el estruendo— No puede ser un tiburón solitario. Tienen que ser muchos hombres, de todo tipo, que operan independientemente. Os aseguro…

—Mi querido Horton, sírvete otro trago y cálmate. No haces más que confundir al buen doctor. Profesor Muni le dije que los artículos de esta lista existían. Así es. Pero no le dije que no sabemos dónde están actualmente. No lo sabemos por una buena razón: todos han sido robados.

—¡No! No puedo creerlo.

—Pues sí, y por lo menos una docena de antigüedades más, que no nos molestamos en incluir porque son de mucho menos valor.

—No debían de pertenecer a una sola colección… yo habría tenido noticia de su existencia.

—No. Una colección como ésa nunca existió y nunca existirá.

—No lo permitiríamos —dijo la señorita Garbo.

—¿Cómo los robaron entonces? ¿Dónde?

—Independientemente —exclamó Horton, agitando su vaso. Por docenas de ladrones distintos. No puede ser obra de un solo hombre.

—Según el profesor corresponden al gusto de un hombre.

—Es imposible. ¿Cuarenta audaces robos en quince meses? No puedo creerlo.

—Los objetos de esa lista—continuó De Sica dirigiéndose a Muni—los robaron en un período de quince meses a coleccionistas, museos, comerciantes e importadores todo en el área Hollywood Este. Si, como dice usted, los objetos representan el gusto de un hombre…

—Así es.

—Entonces no hay duda de que tenemos en nuestras manos una rara avis, un delincuente muy listo que es además especialista en arte, o, lo que sería aún más peligroso, un especialista que se ha hecho delincuente.

—¿Pero por qué particularizar?—preguntó Muni—. ¿Por qué ha de ser un especialista? Cualquier comerciante normal en arte podría decirle a un ladrón el valor de las obras de arte antiguas. La información se podría obtener incluso en una biblioteca.

—Digo un especialista—contestó De Sica—porque ninguno de los objetos robados ha vuelto a verse. Ninguno se ha ofrecido a la venta en las cuatro órbitas del mundo, a pesar de que cualquiera de ellos valdría el rescate de un rey. Por tanto, estamos frente a un hombre que roba para aumentar su colección.

—Basta, Vittorio—dijo la señorita Garbo—. Hazle la siguiente pregunta.

—Profesor, supongamos ahora que estamos tratando con un hombre de gusto. Ya ha visto la lista de lo que ha robado hasta ahora. Le pregunto, como historiador: ¿Puede usted sugerirnos algún objeto que evidentemente se integre en su colección? Si pudiésemos llamar su atención con un nuevo objeto, algo que fuese bien en esa hipotética habitación que usted visualizó. .. dígame,  qué objeto podría ser? ¿Qué podría tentar al coleccionista que hay en el delincuente al delincuente que hay en el coleccionista ? añadió Muni.

De nuevo clavó los ojos en el techo mientras los otros le observaban con ansiedad. Al final murmuró:

—Sí… sí… eso es. Eso mismo. Sería el punto focal de toda la colección.

—¿El qué?—gritó Horton—. ¿De qué habla?

—El orinal florido —respondió solemnemente Muni.

Tan perplejo parecían los tres comerciantes que Muni se vio obligado a ampliar:

—Es una jardinera azul de porcelana de función incierta, decorada con una banda de margaritas en blanco y oro. Un intérprete francés lo descubrió en Nigeria hace un siglo. Lo llevó a Grecia, donde lo ofreció a la venta, pero fue asesinado y el cuenco desapareció. Apareció luego en poder de una prostituta del Uzbek que viajaba con pasaporte de Formosa y que se lo dio a un charlatán en Civitavechia a cambio de un supuesto afrodisíaco.

El charlatán contrató a un suizo, un desertor de la guardia vaticana, para que le sirviese de guardaespaldas hasta Quebec, donde esperaba vender el cuenco a un magnate de uranio canadiense, pero desapareció en el viaje. Diez años después un acróbata francés con pasaporte coreano y acento suizo vendió el cuenco en París. Lo compró el noveno duque de Startford por un millón de francos oro, está desde entonces en poder de la familia Olivier.

—¿Y esto —preguntó ansioso De Sica— podría ser el punto focal de toda la colección de nuestro amigo?

—Sin duda alguna. Pongo en juego mi reputación.

—¡Magnífico! Entonces nuestro plan es de lo más simple. Debemos anunciar una supuesta venta del orinal florido a un importante coleccionista de Hollywood Este. Quizás señor Clifton Webb sea la persona más adecuada. Debemos dar abundante publicidad al envío de este raro tesoro al señor Webb. Y luego tender una trampa al ladrón en casa del señor Webb y… ¡Creo que vamos a atraparlo!

—¿Querrán cooperar el duque y el señor Webb?—preguntó Muni.

—Cooperarán. No tienen más remedio.

—¿No tienen más remedio? ¿Por qué?

—Porque les hemos vendido tesoros artísticos a ambos, profesor Muni.

—No comprendo.

—Mi buen doctor, hoy las ventas se hacen enteramente en una base residual. Del cinco al cincuenta por ciento de la propiedad, el control y el valor de reventa de todas las obras de arte lo retenemos nosotros. Nosotros tenemos derechos residuales sobre todos esos objetos robados también, por eso debemos recuperarlos. ¿Comprende ahora?

—Sí, comprendo, y veo que me he equivocado.

—Así es. ¿Le ha pagado ya Peter?

—¿Le ha prometido usted guardar secreto?

—Di mi palabra.

—Grazie. Entonces, habrá de disculparnos, tenemos mucho trabajo.

Mientras De Sica entregaba a Muni la soga, los prismáticos y la pistola de cañón corto, la señorita Garbo se acercó a él.

—No—dijo.

De Sica le lanzó una mirada inquisitiva

—¿Hay algo más, cara mía ?

—Tú y Horton id a hacer vuestro trabajo fuera de aquí —masculló—. Peter quizás le haya pagado, pero yo no. Queremos estar solos.—Le hizo una seña al profesor Muni indicando la piel de oso.

En la elegante biblioteca de la mansión de Clifton Webb en el Camino de Skouras, el inspector detective Edward G. Robinson presentó a sus hombres al Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte. Su equipo se alineaba ante las estanterías exquisitamente simuladas, con sus uniformes de criados, domésticos

—Sargento Eddie Brophy, criado—dijo el inspector Robinson—. Sargento Eddie Albert, segundo criado. Sargento Ed Begley, cocinero. Sargento Eddie Mayhoff ayudante de cocina. Detectives Edgar Kennedy, chófer y Edna May Oliver, criada.

El inspector Robinson llevaba un uniforme de mayor.

—Ahora, damas y caballeros, la trampa está tendida y el subcomisario Eddie Fisher, el mejor especialista, al cargo de todo.

—Le felicitamos —dijo De Sica.

—Como todos ustedes saben muy bien —continuó Robinson—, todo el mundo cree que el señor Clifton Webb ha comprado el orinal al duque de Startford por dos millones de dólares. Se sabe perfectamente que se envió en secreto a Hollywood Este escoltado por una guardia armada y que en este mismo instante el tesoro artístico se encuentra en una caja de caudales oculta en la biblioteca del señor Webb.

El inspector señaló una pared en la que la combinación de la caja estaba hábilmente enmascarada en el ombligo de un desnudo de Amadeo Modigliani (2381-2431), e iluminada por un punto de luz oculto.

—¿Dónde está ahora el señor Webb?—preguntó la señorita Garbo.

—Después de cedernos su gran mansión, a petición nuestra—contestó Robinson— ha emprendido un crucero de placer por el Caribe con su familia y su servidumbre. Como saben muy bien éste es un secreto muy bien guardado.

—Y el orinal —preguntó nervioso Horton—. ¿Dónde está?

—En esa caja de caudales señor.

—Quiere usted decir… ¿Quiere usted decir que realmente lo trajo hasta aquí? ¿Está ahí? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué? ¿Por qué?

—Teníamos que transportar el tesoro artístico, señor Horton. ¿Cómo podíamos hacer si no que se filtrase el secreto estrechamente guardado a la Associated Press, a Televisión Unida, a la Reuters y al Sindicato de Satélites, permitiéndoles sacar fotografías?

—Pe… ro… pero, pueden robarlo realmente… ¡Oh, Dios mío! es horrible.

—Damas y caballeros—dijo Robinson—. Mis ayudante y yo, los mejores policías de Hollywood Este, y el señor comisario Edmund Kean, estaremos aquí, teóricamente cumpliendo las tareas propias del servicio doméstico, en realidad vigilando sin cesar; y no se preocupen. Nadie cogerá el orinal florido, y cogeremos al Chico de las Antigüedades.

—¿A quién? —preguntó De Sica.

—Ese delincuente coleccionista, señor. Así es como llamamos en el Escuadrón Bunco. Y ahora, si ustedes fuesen tan amables de salir al amparo de la oscuridad, utilizando una puerta poco conocida del patio posterior, mis colaboradores y yo podremos empezar nuestro trabajo, simulando realizar las tareas domésticas. Tenemos un soplo según el cual nuestro hombre actuará… esta noche.

El Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte se alejó al amparo de la oscuridad; el escuadrón Bunco comenzó las tareas domésticas de la noche para convencer a todo posible observador suspicaz que la vida transcurría normalmente en la mansión Webb. Había que ver al inspector Robinson, paseando ante los ventanales del salón con una bandeja de plata en la que estaba pegado un vaso de vino, con el interior ingeniosamente pintado de rojo para simular clarete.

Los sargentos Brophy y Albert, criados, se abrían alternativamente la puerta de la calle con gran ceremonia cuando acudían por turnos a echar las cartas al correo. El detective Kennedy pintaba el garaje. La detective Edna May Oliver colgaba las ropas de cama de las ventanas superiores para airearlas. Y a intervalos frecuentes, el sargento Begley (cocinero) perseguía al sargento Mayhoff (ayudante de cocina) por toda la casa con un cuchillo de cortar carne.

A las 23 horas, el inspector Robinson posó su bandeja y bostezó prodigiosamente. Sus hombres entendieron la señal, y toda la casa se llenó de bostezos. En el salón, el inspector Robinson se desvistió, se puso un pijama y un gorro de dormir, encendió una vela y apagó las luces. En la biblioteca sólo quedaba el punto de luz que enfocaba el marcador de la caja de caudales. Luego el inspector subió al piso de arriba. En el resto de la casa, sus ayudantes se pusieron también los pijamas y luego se unieron a él. La mansión Webb quedó oscura y silenciosa.

Pasó una hora; un reloj dio las veinticuatro. Sonó por el Camino de Skouras un ruido sordo.

—La verja principal—murmuró Ed.

—Alguien entra —dijo Ed.

—Es nuestro hombre—anadió Ed.

—Hablen más bajo.

—Está bien, jefe.

Se oyó un rumor de pisadas sobre grava

—Viene por la senda central—murmuró Ed.

—Es un tipo listo—dijo Ed.

El rumor de la grava se convirtió en un ruido suave.

—Está cruzando el seto de flores—dijo De Sica.

Se oyó un golpe sordo, y una maldición.

—Ha metido el pie en un tiesto—dijo Ed.

Se oyó una serie de ruidos sordos a intervalos irregulares.

—No puede sacarlo—dijo Ed.

Se oyó un crac y un repiqueteo.

—Ahora lo ha conseguido—dijo Ed.

—Oh, que hábil es—dijo Ed.

Se oyeron unos golpecitos exploratorios en el cristal.

—Es en la ventana de la biblioteca—dijo Ed.

—¿La dejaste abierta?

—Creí que lo haría Ed, jefe.

—¿Lo hiciste, Ed?

—No, jefe. Creí que tenía que hacerlo Ed.

—No podrá entrar. Ed, mira a ver si puedes abrirla sin que te vea…

Ruido de cristales rotos.

—Da lo mismo, ya ha abierto. Un profesional es un profesional.

Chirrió la ventana; hubo roces y gruñidos mientras el intruso saltaba por ella. Cuando por fin asentó los pies en la biblioteca, su silueta frente al rayo de luz que señalaba hacia la caja era simiesca. Miró a su alrededor inseguro un rato, y al fin empezó a buscar desordenadamente por armarios y cajones.

—Nunca la encontrará—murmuró Ed—. Dije que debíamos poner una señal debajo del marcador, jefe, y tenía razón.

—No, confía en un profesional. ¿ves? ¿Qué te decía yo? Ya la ha localizado. ¿Todo preparado ya?

—¿No quiere esperar a que la abra, jefe?

—¿Por qué?

—Para cogerle con las manos en la masa.

—Por amor de Dios, esa caja está hecha a prueba de ladrones. Vamos ya. ¿Preparados? ¡Adelante!

La biblioteca se llenó de luz. El ladrón se apartó de la caja oculta consternado, y se vio rodeado de siete hoscos detectives, que le apuntaban a la cabeza con las armas. El hecho de que estuviesen en pijama no les hacía parecer menos decididos. Los detectives, por su parte, vieron a un ladrón ancho de hombros, con cuello de toro y grandes quijadas. El hecho de que aún no se hubiese sacudido los restos del tiesto, y llevase una violeta de Parma (Viola Pallida Plena) en el zapato derecho, no le hacía parecer peligroso.

—Y ahora, amigo, por favor—dijo el inspector Robinson con la exagerada cortesía que hacía que sus admiradores le llamasen el Beau Brummel del Escuadrón Bunco.

Se llevaron al malhechor a la comisaría en triunfo.

Cinco minutos después de que los detectives saliesen con su prisionero un caballero vestido de etiqueta se plantó ante la puerta principal de la mansión Webb. Llamó al timbre. Del interior salía la música del principio del Bolero de Ravel interpretado por una orquesta completa a ritmo de vals. Mientras el caballero parecía esperar tranquilamente, su mano derecha se deslizó por el forro de su capa y rápidamente probó una serie de llaves en la cerradura. Luego volvió a llamar el timbre. Hacia la mitad del bolero, encontró una llave que servía.

Giró la llave, empujó la puerta unos centímetros con el pie, y habló suavemente, como si hubiese dentro un criado invisible

—Buenas noches. Creo que llego un poco tarde. ¿Están todos dormidos, o aún me esperan? Oh, muy bien. Gracias.

El caballero entró en la casa, cerró la puerta tras de si suavemente, miró a su alrededor en el oscuro y vacío vestíbulo, y rió entre dientes.

—Como quitarle un caramelo a un niño —murmuró—. Debería avergonzarme.

Localizó la biblioteca, entró y encendió todas las luces. Se quitó la capa, prendió un cigarrillo, advirtió el bar y se sirvió un trago de una de las botellas más atractivas. Probó y escupió.

—¡Ah! un nuevo horror, y creí que los conocía todos. ¿Qué demonios es?—metió la lengua en el vaso—. Whisky, sí; pero whisky con qué…—probó de nuevo—. Dios mío, es zumo de coliflor.

Miró a su alrededor, descubrió la caja, se acercó a ella y la inspeccionó.

—¡Santo cielo!—exclamó—.Toda una clave con tres números… Veintisiete combinaciones posibles. Absolutamente a prueba de robos. Realmente estoy impresionado.

Se acercó al marcador, alzó la vista, se encontró con la difusa mirada del desnudo y sonrió disculpándose.

—Le ruego que me perdone—dijo, y empezó a marcar la combinación: 1-1-1, 1-1-2, 1-1-3, 1-2-1, 1-2-2, 1-2-3, y así sucesivamente, tanteando cada vez la palanca de la caja, disfrazada hábilmente como dedo índice del desnudo. Al llegar al 3-2-1, la palanca descendió con un breve clic. La puerta de la caja se abrió, destripando, como si dijésemos, el hermoso vientre del desnudo. El ladrón metió la mano y sacó el orinal florido. Lo contempló durante un minuto.

—Notable, ¿verdad?—dijo una voz grave.

El ladrón alzó la vista rápidamente. En la puerta de la biblioteca había una chica que le miraba despreocupadamente. Era alta y delgada, con el pelo castaño y los ojos de un azul oscuro muy intenso. Llevaba una túnica blanca casi transparente, y su piel clara brillaba bajo las luces.

—Buenas noches, señorita Webb… ¿O señora?

—Señorita. —Hizo un gesto con el tercer dedo de su mano izquierda.

—Creo que no la oí entrar.

—Ni yo a usted. —Entró en la biblioteca—. Le parece notable, ¿No es así? Quiero decir, espero que no le desilusione.

—No, no me desilusiona, es único.

—¿Quién cree usted que lo diseñó?

—Nunca lo sabremos.

—¿Cree usted que no haría muchos? ¿Qué por eso es tan raro?

—Sería inútil especular, señorita Webb. Sería como preguntarse cuántos colores utilizó un pintor en un cuadro o cuantas notas utilizó un compositor en una ópera.

Ella se acercó hasta un canapé.

—¿Un cigarrillo, por favor? ¿Por casualidad está mostrándose condescendiente?

—En absoluto. ¿Fuego?

—Gracias.

—Cuando contemplamos la belleza debemos ver sólo la Ding en sich, la cosa en sí. Sin duda sabe usted de qué se trata, señorita Webb.

—Sospecho que es usted un poco engreído.

—¿Yo? ¿Engreído? En modo alguno. Cuando la contemplo, también veo sólo la belleza en sí. Y aunque es usted una obra de arte, no es, en absoluto, una pieza de museo.

—Así que es usted también especialista en halagos.

—Usted podría convertir en especialista a cualquier hombre, señorita Webb.

—Y ahora que ha abierto usted la caja de caudales de mi padre, ¿Qué va a hacer?

—Me propongo pasar varias horas admirando esta obra de arte.

—Considérese en su casa.

—No tenía ninguna intención de molestar. Me lo llevaré conmigo.

—Así que va usted a robarlo.

—Le ruego que me perdone.

—Hace usted una cosa muy cruel, sabe.

—Estoy avergonzado de mí mismo.

—¿Sabe usted lo que ese cuenco significa para mi padre?

—Desde luego. Una inversión de dos millones de dólares.

—¿Cree usted que él comercia en belleza como los agentes de bolsa con acciones?

—Por supuesto. Todos los coleccionistas ricos lo hacen. Compran para vender con beneficio.

—Mi padre no es rico.

—Oh, vamos, señorita Webb. ¿Y los dos millones de dólares?

—Pidió prestado el dinero.

—Tonterías.

—Es cierto.—Hablaba con gran pasión, y sus ojos azul oscuro se achicaron—. El no tiene dinero, de veras. Sólo tiene crédito, debía usted saber cómo manejan esto los financieros de Hollywood. Pidió prestado el dinero y ese cuenco es la garantía.—Se levantó del sofá—. Si lo roban será un desastre para él… y para mí.

—Señorita Webb, yo…

—Se lo ruego, no se lo lleve. ¿Cómo puedo convencerle?

—Por favor, no se acerque más.

—Oh, no llevo armas.

—Está usted provista de armas mortíferas que está utilizando implacablemente.

—Si ama usted esta obra de arte sólo por su belleza, ¿Por qué no la comparte con nosotros? ¿O pertenece usted a esa misma clase de hombres a los que odia, los que necesitan poseer?

—Estoy recibiendo lo peor de esto.

—¿Por qué no puede dejarlo aquí? Si usted lo deja ahora, habrá ganado un poder perpetuo sobre él. Tendrá libertad para ir y venir a su antojo. Se habrá ganado la estimación de nuestra familia… de mi padre, mía, de todos nosotros…

—iAy! ¡Dios mío! Me ha convencido. Muy bien, quédese su maldito… —se interrumpió.

—¿Qué pasa?

Miraba fijamente el brazo izquierdo de ella.

—¿Qué es eso que tiene en el brazo?—preguntó lentamente.

—Nada.

—¿Qué es?—insistió él.

—Una cicatriz. Me caí cuando era niña y…

—Eso no es una cicatriz. Eso es la señal de una vacuna.

Ella no contestó.

—Es la señal de una vacuna—repitió él sobrecogido. Hace cuatrocientos años que no se vacuna… al menos así.

—¿Cómo lo sabe?—dijo ella mirándole fijamente.

En respuesta, él se subió la manga izquierda y mostró su cicatriz de la vacuna.

—¿También usted?—exclamó ella asombrada.

Él asintió.

—Entonces ambos venimos. .

—¿De entonces? Sí.

Se miraron desconcertados. Empezaron a reír con incrédulo gozo. Se abrazaron y se dieron palmadas en la espalda, como turistas del mismo pueblo que se encuentran inesperadamente en la cúspide de la Torre Eiffel. Por último se separaron.

—Es la coincidencia más fantástica de la historia—dijo—¿verdad que sí? —dijo ella moviendo la cabeza con asombro—. Aún no puedo creérmelo del todo. ¿Cuándo naciste?

—En mil novecientos cincuenta. ¿Y tú?

—Eso no se pregunta a una dama.

—¡Vamos, vamos !

—En mil novecientos cincuenta y cuatro.

—¿Cincuenta y cuatro? —él rió entre dientes—. Entonces tienes quinientos diez años.

—¿Ves? Nunca se debe confiar en un hombre.

—Así que no eres hija de los Webb. ¿Cómo te llamas?

—Dugan. Violet Dugan.

—Es un nombre muy bonito y muy sencillo.

—¿Cómo te llamas tú?

—Sam Bauer.

—Es aun más sencillo y más bonito. ¡Vaya, vaya!

—Esa mano, Violet.

—Encantada de conocerte, Sam.

—Es un placer.

—Lo mismo digo, de veras.

—Yo trabajaba en las computadoras en el Proyecto Denver en mil novecientos setenta y cinco—. Dijo Bauer tomando un sorbo de su ginebra con jengibre, la combinación menos espantosa del bar de Webb.

—¿Ese fue el que estalló en el setenta y cinco?—exclamó Violet.

—No lo sé. Compraron una de las nuevas IBM 1709, e IBM me envió como ingeniero de instalación para enseñar el funcionamiento de la máquina al personal del ejército. Recuerdo que la noche de la explosión… por lo menos yo creo que fue una explosión. Lo único que sé es que yo estaba enseñándoles a programar nuevos algoritmos para la computadora cuando…

—¿Cuándo qué?

—Alguien apagó las luces. Cuando desperté, estaba en un hospital de Filadelfia (Santa Mónica Este, le llaman) y me enteré de que había sido lanzado a cinco siglos más tarde en el futuro. Me habían recogido desnudo, medio muerto y sin documentación.

—¿Les explicaste quién eras realmente?

—No. ¿Quién iba a creerme? Así que me curaron, me dieron de alta y anduve vagando por ahí hasta que encontré un trabajo.

—¿Cómo ingeniero de computadoras?

—Oh, no; no por lo que pagan. Calculo probabilidades para uno de los mayores tenedores de apuestas del Este. ¿Y tú?

—Prácticamente la misma historia. Yo estaba en Cabo Kennedy haciendo ilustraciones para una revista sobre el primer cohete que iba a Marte. Soy artista de profesión…

—¿A Marte? Eso estaba programado para el setenta y seis, ¿verdad? No me digas que fallaron.

—Debieron de fallar, pero no he podido encontrar gran cosa en los libros de historia.

—Son muy vagos respecto a nuestra época. Creo que la guerra debió arrasarlo casi todo.

—De cualquier forma, lo cierto es que yo estaba en el centro de control haciendo bocetos y coloreando durante la cuenta atrás, cuando… bueno, tal como tú dijiste, alguien apagó las luces.

—¡Dios mío! El primer despegue atómico, y fallaron.

—Desperté en un hospital de Boston Burbank Norte ahora, exactamente igual que tú. Después salí de allí, y conseguí un trabajo.

—¿Cómo artista?

—Algo así. Soy falsificadora de antigüedades. Trabajo para uno de los traficantes en arte más importantes del país.

—Así que aquí estamos, Violet.

—Aquí estamos, sí. ¿Qué crees que pasó, Sam?

—No tengo ni idea, pero no me sorprende. Cuando se juega con la energía atómica a una escala tan gigantesca, puede suceder cualquier cosa. ¿Crees que hay más como nosotros?

—¿Más lanzados hacia el futuro?

—Sí, eso.

—No podría asegurarlo. Tú eres el primero que encuentro.

—Si supiese que había más, los buscaría. Dios mío, Violet, tengo tanta nostalgia del siglo veinte.

—También yo.

—Es tan grotesco todo esto; es como una película mala —dijo Bauer—. Un tópico de Hollywood. Todo es igual, los nombres, las casas, la forma de hablar. Cómo se comportan. Todo parece sacado del peor mundo del cine.

—Así es. ¿No lo sabías?

—¿Saber? ¿Saber qué? Cuéntame.

—Yo lo leí en sus libros de historia. Al parecer, después de aquella guerra casi todo quedó barrido. Cuando empezaron a construir una nueva civilización, no tenían más punto de referencia que los restos de Hollywood. Quedó relativamente marginado de la guerra.

—¿Por qué?

—Supongo que nadie pensó que valiese la pena bombardearlo.

—¿Quiénes eran las dos partes, nosotros y Rusia ?

—No sé. Sus libros de historia sólo les llaman los Buenos y los Malos.

—Típico. Dios mío, Violet, son como niños idiotas. No, son como extras de una mala película. Y lo que me mata es que son felices. Están viviendo esta especie de vida sintética de espectáculo Cecil B. De Mille, y los muy estúpidos están encantados. ¿viste el funeral del presidente Spencer Tracy? Llevaban el ataúd en una esfinge de tamaño natural.

—Eso no es nada. ¿viste la boda de la princesa Joan ?

—¿Fontaine?

—Crawford. Se casó anestesiada.

—Bromeas.

—De verás que no. Ella y su marido fueron unidos en santo matrimonio por un cirujano plástico.

Bauer se estremeció.

—Vaya, vaya. ¿Has estado en un partido de fútbol?

—No juegan al fútbol; sólo se dan dos horas de descanso.

—Como los desfiles de bandas; no hay músicos, sólo majorettes con bastones.

—Lo tienen todo aireacondicionado, incluso al aire libre.

—Con altavoces que transmiten música en cada árbol.

—Piscinas en cada esquina.

—Luces Kleig en cada tejado.

—Comisarios para restaurantes.

—Máquinas automáticas que venden autógrafos.

—Y diagnósticos médicos. Les llaman Medic-Matones.

—Grabados de piernas femeninas en las aceras.

—Y aquí estamos, atrapados en el infierno —gruñó Bauer—. Por cierto, eso me recuerda… ¿No crees que deberíamos salir de esta casa? ¿Dónde está la familia Webb?

—En un crucero. Tardarán días en volver. ¿Dónde están los policías?

—Me libré de ellos con un sustituto. Tardarán horas en volver. ¿Otra copa?

—Está bien. Gracias.—Violet miró a Bauer con curiosidad—. ¿Robas por eso, Sam, porque odias este mundo? ¿Es venganza?

—No, nada de eso. Es porque tengo nostalgia… prueba esto, creo que es ron y ruibarbo… he conseguido una casa en Long Island (Catalina Este, debería decir) e intento convertirla en un hogar del siglo veinte. Naturalmente tengo que robar las cosas. Paso los fines de semana allí, y es una bendición, Violet, es mi único escape.

—Comprendo.

—Lo cual me recuerda de nuevo una cosa. ¿Qué demonios haces tú aquí, disfrazada de la hija de Webb?

—También yo buscaba el orinal florido.

—¿Venías a robarlo?

—Claro. Me sorprendió mucho descubrir que alguien se me había adelantado.

—Y con ese cuento de pobre niñita rica… estabas intentando birlármelo…

—Así es. De hecho, lo hice.

—Lo hiciste realmente. ¿Por qué?

—No por la misma razón que tú. Yo quiero emprender negocios por mi cuenta.

—¿Cómo falsificadora de antigüedades?

—Y traficante también. Estoy reuniendo existencias, pero no he tenido tanto éxito como tú.

—¿Entonces fuiste tú quien robó el espejo Vanidad de tres cuerpos con marco de oro simulado?

—Sí.

—¿Y aquella lámpara de lectura de bronce, para la cama, con extensión graduable?

—Fui yo también.

—Que lástima; yo realmente quería eso. ¿Y qué me dices de la chaise longue con adornos de borlas tapizada de estambre?

—Yo también —dijo ella—. Casi me rompí la espalda para llevármela.

—¿No puedes conseguir ayuda?

—¿Cómo confiar en nadie? ¿No trabajas tú solo?

—Sí—dijo Bauer pensativo—. Hasta ahora, sí; pero no veo ninguna razón para seguir haciéndolo. Violet, hemos estado trabajando uno contra otro sin saberlo. Ahora que nos hemos encontrado, ¿Por qué no establecemos un acuerdo?

—¿Qué acuerdo?

—Trabajaremos juntos, amueblaremos mi casa juntos y la convertiremos en un maravilloso santuario. Y al mismo tiempo tú puedes aumentar tus reservas de antigüedades. Quiero decir, si deseas vender la silla, no me opondré. Siempre podremos coger otra.

—¿Quieres decir compartir tu casa juntos?

—Claro.

—¿No podríamos establecer turnos?

—¿Cómo turnos?

—Algo así como fines de semana alternados…

—¿Por qué?

—Tú sabes por qué.

—No lo sé. Dímelo.

—Oh, vamos…

—No, dime por qué.

—¿Cómo puedes ser tan estúpido? —ella se ruborizó—. Sabes perfectamente bien por qué. ¿Crees que soy el tipo de chica que pasa fines de semana con hombres?

Bauer se sintió desconcertado.

—Pero yo no pensaba en ninguna proposición de esa clase, te lo aseguro. La casa tiene dos dormitorios. Estarás perfectamente segura. Lo primero que haremos será robar una cerradura Yale para tu puerta.

—De eso ni hablar—dijo ella—. Conozco a los hombres.

—Te doy mi palabra, será una relación puramente amistosa. Se observará el mayor decoro.

—Conozco a los hombres—repitió ella con firmeza.

—¿No estás siendo un poco irrealista?—preguntó él—. Aquí estamos los dos, refugiados en esta pesadilla hollywoodiana; deberíamos estar ayudándonos y consolándonos mutuamente; y tú permites que un estúpido problema moral nos separe.

—¿Eres capaz de mirarme a los ojos y decirme que tarde o temprano esa ayuda y ese consuelo no acabarán en la cama?—contestó ella—. ¿Eres capaz?

—No, no lo soy—contestó él honestamente—. Eso sería negar el hecho de que eres una chica condenadamente atractiva. Pero yo…

—Entonces eso queda fuera de cuestión, a menos que quieras legalizarlo; y no estoy prometiendo que acepte.

—No—dijo Bauer con viveza—. Ahí yo trazo una línea, Violet. Habría que hacerlo a la manera que se hace aquí. Siempre que una pareja quiere mantener una relación de una noche van al Bodamatón, entran en un cuarto y quedan conectados. A la mañana siguiente van al Renomatón y allí les desconectan, y su conciencia queda limpia. ¡Eso es hipocresía! Cuando pienso en las chicas que me han hecho pasar por esa humillación: Jane Russell, Jane Powell, Jayne Mansfield, Jane Withers, Jane Fonda, Jane Talzan… ¡Ay Dios mío!

—¡Oh! ¡Tú! —Violet Dugan se puso en pie de un salto llena de furia—. Así que, después de tanta charla sobre lo espantoso que es esto, también tú has ido a Hollywood.

—Es imposible discutir con una mujer—dijo Bauer exasperado—. Yo sólo dije que no quería hacerlo tal como lo hacen aquí, y ella me acusa de aceptar Hollywood. ¡Lógica femenina!

—No intentes imponerme tu supremacía masculina—chilló ella—. Cuando te escucho, me parece volver a los viejos tiempos, y eso me pone enferma.

—Violet… Violet… no nos peleemos. Debemos mantenernos unidos. Mira, lo arreglaremos a tu modo. Qué demonios, es sólo un cuarto. Pero pondremos esa cerradura en tu puerta de todos modos. ¿De acuerdo?

—¡Oh! ¡Vaya! ¡Sólo un cuarto! Eres repugnante.—Cogió el orinal florido y le dio la vuelta.

—Sólo un minuto—dijo Bauer—. ¿Adónde crees que vamos?

—Yo voy a casa.

—Entonces, ¿No formamos equipo?

—No. Por mí puedes ir a consolarte con esas tramposas, llamadas Jane. Buenas noches.

—Tu no te vas Violet.

—Claro que me voy, señor Bauer.

—No con el orinal. Es mío.

—Lo robé yo.

—Y yo te lo quité a ti.

—Déjalo, Violet.

—Tú me lo diste. ¿Recuerdas?

—Te lo repito, déjalo.

—No lo dejaré. ¡No te acerques a mí!

—Ya conoces a los hombres. ¿Recuerdas? Pero no lo sabes todo sobre ellos. Ahora deja ese orinal como una buena chica, o sabrás algo más sobre la supremacía masculina. Te lo advierto, Violet… muy bien, querida, así.

La pálida aurora brillaba en la oficina del inspector Edward G. Robinson, lanzando rayos azules a través del denso humo de los cigarrillos. La Brigada Bunco formaba un círculo amenazador alrededor de la figura simiesca derrumbada en una silla. El Inspector Robinson hablaba pesadamente.

—Está bien. Oigamos de nuevo su historia.

El hombre de la silla se estremeció e intentó alzar la cabeza.

—Me llamo William Bendix—murmuró—. Tengo cuarenta años. Soy escalador-colocador de la empresa Groucho, Chico, Harpo y Marx, ingenieros civiles, 122 03 Goldwin Terrace.

—¿Qué es un escalador-colocador?

—Un escalador colocador es un especialista que, por ejemplo, si la empresa construye un edificio en forma de zapato, para una zapatería, es el que ata los cordones arriba; pone las pajas encima de un puesto de helados. También. ..

—¿Cuál fue su último trabajo?

—El Instituto de la Memoria del Bulevar Louis B. Mayer 30449.

—¿Y qué hizo usted?

—Puse las venas en el cerebro.

—¿Tiene usted antecedentes policiales?

—No, señor.

—¿Qué estaba haciendo usted en la elegante residencia de Clifton Webb sobre la media noche pasada?

—Como dije, estaba tomando un vaso de vodka y espinacas en un bar, la taberna moderna, donde yo puse la espuma de la cerveza arriba cuando lo construimos, y apareció ese tipo, se acercó a mí y empezó a hablarme. Me habló de ese tesoro artístico que acababa de importar un tipo muy rico. Me explicó que también él era coleccionista, pero que no podía permitirse comprar ese tesoro, y el coleccionista rico estaba tan celoso de él que ni siquiera le dejaría verlo. Me dijo que me daría cien dólares sólo por poder echarle una ojeada.

—Quiere usted decir robarlo…

—No, señor, nada de eso. Él dijo que si yo podía sacarlo a la ventana para poder verlo, me pagaría cien dólares.

—¿Y cuánto le pagaría si se lo entregaba?

—No, señor, sólo mirarlo. Luego yo debía ponerlo otra vez donde estaba, y ése era el trato.

—Describa a ese hombre.

—Tenía unos treinta años. Bien vestido. Hablaba un poco raro, como un extranjero, y no hacía más que reírse, como si tuviese un chiste que quisiese contar. Era de estatura media, quizás algo más. Los ojos oscuros. Y el pelo también oscuro y ondulado; quedaría muy bien en el tejado de una barbería.

Hubo un repiqueteo urgente en la puerta de la oficina. Entró el detective Edna May Oliver, con aire alterado.

—¿Qué pasa?—preguntó el inspector Robinson.

—Su historia parece cierta, jefe —informó el detective Oliver—. Fue visto en ese bar anoche… La Vieja Taberna.

—No, no, no. Es la Taberna Moderna.

—Es igual, jefe. La renovaron para hacer otra gran inauguración esta noche.

—¿Quién colocó la botella en el tejado?—quiso saber Bendix. Nadie le hizo caso.

—Al parecer le vieron hablando con el hombre misterioso que describe—continuó el detective Oliver—. Salieron juntos.

—Era nuestro hombre.

—Sí, jefe.

—¿Podría identificarle alguien?

—No, jefe.

—¡Maldita sea!—el inspector Robinson aporreó la mesa exasperado—. Tengo la impresión de que nos ha engañado.

—¿Cómo, jefe?

—¿Es que no comprendes, Ed? Al parecer se dio cuenta de que estábamos preparándole una trampa.

—No entiendo, jefe.

—¡Piensa, Ed, piensa! Quizás fuese él el informador que nos dio el soplo de que nuestro hombre actuaría esta noche.

—¿Quiere decir que se denunció a sí mismo?

—Exactamente.

—Pero, ¿Por qué, jefe?

—Para engañarnos y hacernos detener a otro. Te aseguro que es diabólico.

—Pero, ¿Y qué adelanta con eso, Jefe? Usted ya se ha dado cuenta del engaño.

—Tienes razón, Ed. El plan de nuestro hombre debe de ir más allá que todo eso. Pero, ¿Cómo? ¿Cómo?

El inspector Robinson se levantó y empezó a pasear, intentando determinar con su poderosa mente las tortuosas maquinaciones del astuto ladrón.

—¿Y qué me pasará a mí?—preguntó Bendix.

—Usted puede irse—dijo Robinson—. Amigo mío no es usted más que un peón en un juego mucho más importante.

—No, lo que yo quiero saber es si puedo cerrar el trato, con ese hombre. Probablemente esté aún esperando fuera de la casa.

—¿Cómo ha dicho? ¿Esperando?—exclamó Robinson—. ¿Quiere decir que él estaba allí cuando le detuvimos a usted?

—Debía de estar, claro.

—¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!—gritó Robinson—. Ahora lo veo todo claro.

—¿El qué, jefe?

—¿No te das cuenta, Ed? El estaba viéndonos cuando nos llevamos a este idiota. Luego, en cuanto desaparecimos, él entró en la casa.

—¿Quiere decir que…?

—Probablemente esté ahora mismo allí, intentando abrir esa caja.

—¡Dios mío!

—Ed, avisa a la Brigada Volante y a la Brigada Antisubversiva.

—Muy bien, Jefe.

—Ed, quiero que se bloqueen todas las carreteras y caminos que van a dar a la casa.

—Está bien, jefe.

—Ed, tú y Ed venid conmigo.

—¿Adónde vamos, jefe?

—A la mansión Webb.

—No puede hacer eso, jefe. Es una locura.

—Debo hacerlo. Esta ciudad no es lo bastante grande para nosotros dos. Esta vez será él… o yo.

La noticia ocupó la primera plana de los periódicos: cómo la Brigada Bunco había descubierto el diabólico plan del famoso ladrón de antigüedades y llegado a la fabulosa mansión Webb sólo momentos después de salir éste de allí con el orinal florido; cómo había encontrado a su inconsciente víctima, la bella Audrey Hepburn, fiel ayudante de la misteriosa dama del juego Greta “Ojos de Serpiente” Garbo; cómo Audrey, sospechando intuitivamente que algo fallaba, había decidido investigar por su cuenta; cómo el astuto ladrón había practicado un siniestro juego de ratón y gato con ella hasta que tuvo la oportunidad de derribarla con un golpe brutal.

Entrevistada por los sindicatos de noticias, la señorita Herburrn dijo:

—Fue sólo intuición femenina. Sospeché que algo iba mal y decidí investigar por mi cuenta. El astuto ladrón practicó un siniestro juego del ratón y el gato conmigo hasta que tuvo la oportunidad de derribarme con un golpe brutal.

Recibió diecisiete proposiciones de matrimonio por Bodamatón, tres ofertas de pruebas cinematográficas, veinticinco dólares del Fondo de la Comunidad de Hollywood Este, el premio Darryl F. Zanuck de interés humano y una riña de su jefe.

—Deberías haber dicho que te habían violado, Audrey —dijo la señorita Garbo—. Eso habría mejorado la historia.

—Lo siento, señorita Garbo. Procuraré acordarme la próxima vez. Me hizo una proposición indecente.

Sucedía esto en el estudio secreto de la señorita Garbo, donde Violet Dugan (Audrey Hepburn) se dedicaba afanosamente a falsificar un calendario del Corn Exchange Bank del año 1943, mientras los miembros del Pequeño Grupo de Poderosos Comerciantes en Arte conferenciaban.

—Cara mía—preguntó De Sica a Violet—. ¿Puedes darnos una descripción más completa del ladrón?

—Ya he dicho todo lo que puedo recordar, señor De Sica. El único detalle que parece ayudar es el hecho de que calcula probabilidades para uno de los tenedores de apuestas más importante del Este.

—¡Bah! Hay centenares de esa especie. Eso no ayuda nada. ¿No dijo algo relacionado con su nombre?

—No, señor; al menos, no del nombre que usa ahora.

—¿El nombre que usa ahora? ¿Qué quiere decir con eso?

—Bueno… quiero decir… el nombre que utiliza cuando no es el Chico de las Antigüedades.

—Comprendo. ¿Y su casa?

—Habló de un sitio en Catalina Este.

—Hay doscientos kilómetros de casas en Catalina Este —dijo Horton irritado.

—¿Y qué quiere que haga yo, señor Horton?

—Audrey—ordenó la señorita Garbo—, deja ese calendario y mírame.

—Sí, señorita Garbo.

—Tú te has enamorado de ese hombre. Para ti es una imagen romántica, y no quieres entregarlo a la justicia. ¿No es así?

—No, señorita Garbo—contestó Violet con vehemencia—. Si hay algo en el mundo que deseo es que le detengan.—Se acarició la mandíbula—. ¿Enamorada de él? ¡Le odio!

—Bueno—dijo De Sica con un suspiro—. Esto es un desastre. Sencillamente, estamos obligados a pagar dos millones de dólares si no se recupera el original.

—En mi opinión —intervino Horton— la policía jamás lo encontrará. ¡Son unos idiotas! Casi tanto como nosotros por habernos metido en esto.

—Entonces es un caso para un agente privado. Con nuestras conexiones con el hampa, no deberíamos tener ningún problema para contratar al hombre adecuado. ¿Alguna sugerencia?

—Nero Wolfe—dijo la señorita Garbo.

—Excelente, Cara mía. Un caballero de cultura y erudición.

—Mike Hammer—propuso Horton.

—Se anota la candidatura. ¿Qué os parece Perry Mason?

—Ese tipo es demasiado honesto—contestó Horton.

—Pues queda tachado. ¿Más sugerencias?

—La señorita North—dijo Violet.

—¿Quién, querida? Oh, sí, Pamela North, la dama detective. No… No, creo que no. No es un caso para una mujer.

—¿Por qué, señor de Sica?

—Porque hay perspectivas de violencia que parecen poco adecuadas para el sexo débil, mi querida Audrey.

—No estoy de acuerdo—dijo Violet—. Las mujeres son muy capaces de cuidarse de sí mismas.

—Ella tiene razón—gruñó la señorita Garbo.

—No lo creo, Greta; y su experiencia de anoche lo prueba.

—Él me derribó con un golpe brutal cuando yo no miraba—protestó Violet.

—Quizás. ¿Queréis que votemos? Yo voto por Nero Wolfe.

—¿Por qué no por Mike Hammer?—preguntó Horton—. Consigue resultados sin preocuparse cómo.

—Pero esa falta de tacto puede significar que recobremos el original en piezas.

—¡Dios mío! No se me ocurrió pensar eso. Está bien, votaré por Wolfe.

—Yo por la señorita North—dijo la señorita Garbo.

—Pierdes, cara mía. Y queda elegido Wolfe. Bene. Creo que es mejor que vayamos a visitarle sin Greta, Horton. Resulta notablemente antipático a las mujeres. Señoras, arrivederchi.

Después de salir dos de los tres poderosos comerciantes en arte, Violet miró enfurecida a la señorita Garbo.

—¡Machistas!—gruñó—. ¿Por qué tenemos que soportarlos?

—¿Y qué podemos hacer, Audrey?

—Señorita Garbo, quiero permiso para localizar a ese hombre yo sola.

—¿Hablas en serio?

—Desde luego.

—Pero, ¿Qué puedes hacer tú?

—Tiene que haber una mujer en su vida en alguna parte.

—Naturalmente.

herchez la femme.

—¡Una idea muy inteligente!

—Él mencionó unos cuantos nombres probables, así que la encontraré, y le encontraré a él, ¿Puedo tomarme un permiso, señorita Garbo?

—Está bien, Audrey. Hazlo. Tráemelo vivo.

La vieja dama que llevaba sombrero galés, delantal blanco, gafas hexagonales y una masa de labor de punto con agujas, tropezó en la reproducción de las Escaleras Españolas que llevaban a la Residencia del Rey. La Residencia del Rey tenía la forma de una corona imperial, con una reproducción de quince metros del diamante Esperanza relumbrando en la cúspide.

—¡Maldita sea! —murmuró Violet Dugan—. No debería haber sido tan auténtica con los zapatos. Son infernales.

Entró en la Residencia y subió hasta la décima planta, donde tocó una campanilla en una puerta flanqueada por un león y un unicornio que rugieron y relincharon respectivamente. La puerta se hizo nebulosa y luego se aclaró, mostrando a una Alicia en el País de las Maravillas de grandes ojos inocentes.

—¿Lou?—dijo con ansiedad. Y luego su cara se desvaneció.

—Buenos días, señorita Powell—dijo Violet, sus ojos mirando por encima de la dama y examinando el apartamento.—Represento al Servicio de Maledicencia, Ine. ¿Le interesan a usted las murmuraciones? ¿Se está perdiendo los escándalos más sabrosos? Nuestro equipo de cotillas expertos garantiza la última noticia a los cinco minutos de producirse; noticias difamatorias, noticias humillantes, noticias calumniosas, ofensivas, denigrantes…

—Flam —dijo la señorita Powell. La puerta se volvió opaca.

La marquesa de Pompadur, con una falda de brocado y un corpiño de encaje, su peluca empolvada elevándose por lo menos medio metro, entró en el enrejado pórtico de Descanso de los Pájaros, una casa privada en forma de jaula de pájaro. Una cacofonía de cantos de pájaros descendía de su dorada cúpula. Madame Pompadur sopló en el silbato de reclamo de pájaros que había en la puerta, que tenía forma de reloj de cuco. La puertecilla que había sobre la esfera del reloj se abrió y salió de allí una cámara de televisión con un alegre “¡Cu-cú!” que la inspeccionó.

Violet hizo una profunda reverencia.

—¿Puedo ver a la señora de la casa, por favor?

Se abrió la puerta. Apareció Peter Pan que vestía transparencias verde Lincoln que revelaban su sexo femenino.

—Buenas tardes, señorita Withers. Avon la visita. Ignatz Avon, el mejor sastre, que diseña pelucas, transformaciones, tupés, moños, para representaciones, diversión, moda y…

—Fauf—dijo la señorita Withers. Hubo un portazo. La marquesa se desvaneció.

El artista de la Rivera Izquierda con boina y blusón de terciopelo llevaba su paleta y su caballete hasta la planta quince de La Pirámide. Justo bajo el ápice había seis columnas egipcias frente a una inmensa puerta de basalto. Cuando el pintor arrojó una limosna en el plato de un mendigo de piedra, la puerta giró sobre unos pivotes, mostrando una tumba sombría en la que había una mujer tipo Cleopatra vestida como una diosa serpiente cretense, con serpientes a juego.

—Buenos días, señorita Rusell. Tiffany tiene el placer de ofrecerle una nueva colección de joyería orgánica, las gemas dérmicas de Tiffany. Tatuadas en alto relieve, incorporan una fuente de radiación gamma, que se garantiza inofensiva por treinta días, con diamantes resplandecientes de la mejor agua.

—¡Cholck! —dijo la señorita Rusell. La puerta giró de nuevo sobre sus pivotes cerrándose, al compás de los últimos acordes de Aida, suavemente entonados por un coro de armónicas.

La maestra, vistiendo un tailteur de encaje, el pelo tenso y apretado en un moño, los ojos ampliados por los gruesos cristales de las gafas, cruzaba con sus libros de texto el puente levadizo de la Casa Solariega. Un almenado ascensor la llevó hasta la doceava planta, donde se vio obligada a saltar por encima de un pequeño foso antes de llegar al llamador de la puerta, que tenía forma de puño. La puerta se movió hacia arriba, como un rastrillo en miniatura, y apareció Goldilocks.

—¿Louis?—rió ella. Luego su cara se desvaneció.

—Buenas noches, señorita Mansfield. Read-Eze ofrece un nuevo y espectacular servicio personalizado. ¿Por qué someterse a la monotonía de los lectores mecánicos cuando Read-Eze dispone de especialistas con voces adecuadas, capaces de matizar cada palabra individual, que pueden leerles en persona tebeos, revistas cinematográficas y sentimentales a cinco dólares la hora? Novelas de misterio, del oeste, y ecos de sociedad a…

El rastrillo descendió de nuevo.

—Primero Lou, luego Louis—murmuró Violet—. Me pregunto si…

La pequeña pagoda estaba emplazada en una reproducción exacta del paisaje de una lámina Willow Pattern, incluyendo las imágenes de tres culíes en el puente. La estrella de cine, con gafas de sol oscuras y una blusa blanca estirada sobre su poitrine de ciento diez centímetros, palmeó sus cabezas al pasar.

—Cuidado, muñeca—dijo el último.

—¡Oh, perdóneme! Creí que eran estatuas.

—A cincuenta centavos la hora lo somos, pero sólo a efectos visuales.

Mamade Butterfly llegó a la arcada de la pagoda, riendo entre dientes e inclinándose como una geisha, pero extrañamente adornada con un parche negro en el ojo izquierdo.

—Buenos días, señorita Fonda. El Límite del Cielo está realizando una oferta introductoria de un concepto revolucionario en la regeneración del pecho. Una aplicación de Pecho-G, nuestro polvoantigravedad del color de la piel, bajo el busto hace milagros. Viene en tres tonos: rubio, tiziano y castaño; y tres alturas: uva, melón persa y…

—Yo no necesito ningún globo de ascensión—dijo secamente la señorita Fonda—. Fauf.

—Siento haberla molestado —Violet vaciló—. Perdóneme, señorita Fonda, pero ¿No desentona este parche en el ojo con el personaje?

—No es ningún adorno, querida; eso es sal. Ese Jourdan es un cabrón.

—Jourdan—dijo Violet para sí, volviendo sobre sus pasos a través del puente—. Louis Jourdan. ¿Podría ser?

El hombre rana de goma negra, con todo el equipo de pesca submarina incluyendo máscara, tanque de oxígeno y arpón, cruzó el sendero selvático hasta la Colina de las Fresas, asustando a los chimpancés. A lo lejos trompeteó un elefante. El hombre rana tocó un gong de bronce que colgaba de un cocotero, y le respondieron tambores africanos. Apareció un watusi de más de dos metros de altura y condujo al visitante a la parte trasera de la casa, donde una mujer tipo Pocahontas agitaba sus piernas en una imitación del río Congo a pequeña escala.

—¿Es Louis Bwana? —preguntó. Luego su cara se desvaneció.

—Buenas tardes, señorita Tarzán —dijo Violet—. Apchuck, con una experiencia de cincuenta años, garantiza el placer de nadar en agua esterilizada, sea en una piscina olímpica o simplemente en una vieja y anticuada. Con su sistema patentado de bomba de mercurio limpieza al vacío, Ap-Chuck elimina barro, arena, cieno, borrachos, heces, desperdicios…

El gong de bronce resonó, y de nuevo contestaron los tambores.

—¡Oh! Ahora debe de ser Louis—gritó la señorita Tarzán—. Sabía que iba a cumplir su promesa.

La señorita Tarzán se acercó corriendo a la parte delantera de la casa. La señorita Dugan se colocó la máscara sobre la cara y se sumergió en el Congo. Al otro lado salió a la superficie tras una fronda de bambú, junto a un cocodrilo de aire muy real. Golpeó su cabeza una vez para asegurarse de que estaba disecado. Luego se volvió a tiempo justo de ver a Sam Bauer entrar en el jardín-selva, del brazo de Jane Tarzán.

Oculta en la cabina en forma de teléfono del otro lado de la calle, frente a la Colina de las Fresas, Violet Dugan y la señorita Garbo discutían acaloradamente.

—Fue un error llamar a la policía, Audrey.

—No, señorita Garbo.

—El inspector Robinson lleva ya diez minutos en esa casa. Fallará otra vez.

—Con eso cuento, señorita Garbo.

—Entonces yo tenía razón. Tu no quieres que ese… ese Louis Jourdan sea capturado.

—Sí quiero, señorita. ¡Claro que quiero! ¡Si me dejara!

—Te encandiló con su propuesta indecente.

—Escuche, por favor, señorita Garbo. Lo importante no es capturarle sino recobrar los objetos robados. ¿No es cierto?

—¡Excusas! ¡Excusas!

—Si le detienen ahora, nunca nos dirá dónde está el orinal.

—¿Sí?

—Por eso tenemos que obligarle a que nos indique dónde esta.

—¿Pero cómo?

—Yo he cogido una hoja de su libro. ¿Recuerda cómo engañó a aquel individuo para despistar a la policía?

—Aquel idiota de Bendix.

—Bueno, pues ahora nosotros utilizamos igual al inspector Robinson. ¡Oh, mire! Algo pasa.

En la Colina de las Fresas se había organizado un auténtico pandemonio. Los chimpancés chillaban y saltaban de rama en rama. Apareció el watusi, corriendo a toda prisa perseguido por el inspector Robinson. El elefante empezó a trompetear. Un gigantesco cocodrilo se arrastraba veloz entre la hierba. Jane Tarzán apareció, corriendo a toda prisa, perseguida por el inspector Robinson. Sonaban los tambores africanos.

—Yo habría jurado que ese cocodrilo estaba disecado —murmuró Violet.

—¿Qué dices, Audrey?

—Ese cocodrilo… ¡Sí, tenía razón! Perdóneme, señorita Garbo. Tengo que irme.

El cocodrilo se había alzado sobre sus patas traseras y descendía ahora por el prado de la Colina de las Fresas. Violet salió de la cabina telefónica y empezó a seguirle sin prisa. El espectáculo de un cocodrilo andando sobre las patas traseras seguido, a discreta distancia, por un hombre rana no producía ningún interés particular a los transeúntes de Hollywood Este. El cocodrilo miró hacia atrás por encima del hombro una o dos veces y al final advirtió la presencia del hombre rana. Aceleró el paso. El hombre rana lo aceleró también. Empezó a correr. El hombre rana corrió, fue quedando atrás, abrió su tanque de oxígeno y empezó a reducir distancia. El cocodrilo dio un salto y se agarró a un tranvía atestado de gente que le condujo hacia el Este. El hombre rana gritó a un rickshaw que pasaba:

—¡Siga a ese cocodrilo!—gritó en el auricular del robot.

En el zoo, el cocodrilo abandonó el tranvía y se perdió entre la multitud. El hombre rana abandonó el rickshaw y le siguió frenéticamente a través de la Casa Berlín, la Casa Moscú y la Casa Londres. En la Casa Roma, donde los curiosos arrojaban pizzas a los ejemplares que había tras la reja, Violet vio a uno de los romanos que estaba tendido, desnudo e inconsciente en una pequeña jaula de un rincón. A su lado había una piel de cocodrilo vacía. Violet miró a su alrededor y vio a Bauer que se deslizaba vestido con un traje de rayas y sombrero borsalino.

Corrió tras él. Bauer echó a un muchacho de un pony eléctrico de carrusel, saltó a su grupa y empezó a galopar hacia el Oeste. Violet saltó a la espalda de un lama que pasaba.

—Siga a ese carrusel—gritó. El lama empezó a correr.

—Ch-iao csi-fu nan tso mei mi chou—se quejaba—. Pero ése ha sido siempre mi problema.

En la Estación Hudson, Bauer abandonó el pony, fue encorchado en una botella y lanzado al río. Violet saltó al asiento de timonel de un bote de siete remos.

—Siga a esa botella—gritó.

En la orilla de Jersey (Nueva Este), Violet persiguió a Bauer por el Freeway y luego por Dodge em kar, hasta Old Newark, donde Bauer saltó a un trampolín y fue catapultado hasta el cilindro delantero del monorraíl Block Island & Nantucket. Violet esperó astutamente a que el monorraíl abandonase la estación, y entonces se subió al cilindro trasero.

Dentro, a punta de arpón, detuvo a una madame adolescente y la obligó a intercambiar la ropa con ella. Vestida con zapatillas de ópera, medias negras, falda a cuadros, blusa de seda y rulos, arrojó a la chillona madame del monorraíl en la estación de la calle Vine Este y comenzó a observar más abiertamente lo que sucedía en el cilindro delantero. Bauer se apeó subrepticiamente en Montauk, el punto situado más al este de Catalina Este.

Esperó de nuevo a que el monorraíl comenzase a abandonar la estación para seguirle. En el andén inferior. Bauer se deslizó en el Cañón de trasbordo y fue lanzado al espacio. Violet corrió al mismo cañón, dejó cuidadosamente los indicadores de coordinación, tal como Bauer los había colocado, y fue lanzada menos de treinta segundos después de Bauer, y fue a caer en la red de aterrizaje justo cuando él subía por la escalerilla de cuerda.

—¡Tú!—exclamó él.

—Yo.

—¿Eras tú la que llevaba un traje de hombre rana?

—Creí que te había despistado en Newark.

—No, no lo conseguiste —dijo ella agriamente—. He conseguido alcanzarte, amigo.

Entonces ella vio la casa.

Tenía la misma forma que la casa que solían dibujar los niños en el siglo veinte: dos plantas; tejado picudo, cubierto con papel impermeabilizante; sucias tejas marrones, la mitad de ellas desprendidas; ventanas simples con cuatro paños de cristal en cada marco, chimenea de ladrillos rodeada de hiedra; porche delantero medio hundido a la derecha los restos carcomidos de un garaje para dos coches; una mata de desvaído zumaque a la izquierda. A la luz del crepúsculo parecía una casa encantada

—Oh, Sam —balbuceó ella—. ¡Es maravillosa !

—Es una casa—dijo él con sencillez. ¿Cómo es por dentro?

—Ven y lo verás.

Dentro, era una casa encargada por correo sin adulterar, llena de artículos baratos de segunda mano.

—Es magnífica—dijo Violet; recorrió con amoroso detenimiento el aspirador, tipo lata, con tope de vinilo.

—Es tan… tan agradable—añadió—. No me había sentido tan feliz en años.

—¡Espera, espera! —dijo Bauer, reventando de orgullo. Se arrodilló ante la chimenea y encendió un fuego de troncos de abedul. Las llamas crepitaron en amarillo y naranja.

—Mira—añadió—. Auténtica madera y auténticas llamas. Y conozco un museo donde tienen un par de morillos a juego.

—¡No! ¿De veras?

Él asintió.

—En el Peabodi, en Yale High.

Violet tomó una decisión.

—Sam, yo te ayudaré.

Él la miró fijamente.

—Te ayudaré a robarlos—dijo—. Yo… te ayudaré a robar todo lo que quieras.

—¿Hablas en serio, Violet?

—Fui una idiota. Nunca entendí… Yo… Tenías razón. Nunca debería haber permitido que una cosa tan estúpida se interpusiera entre nosotros.

—¿No estás diciendo eso para engañarme, Violet?

—No, Sam. De veras.

—¿O porque te gusta mi casa?

—Claro que me gusta, pero ése no es el único motivo.

—¿Entonces somos socios?

—Sí.

—Esa mano.

Pero en vez de darle la mano ella le echó los brazos al cuello y se apretó contra él. Minutos después, en la silla plegable de espuma con mecanismo de tres posiciones, ella murmuraba en el oído de él:

—Somos nosotros contra todos, Sam.

—Déjales que vigilen, es todo lo que tengo que decir.

—Y “todos” incluye a esas mujeres llamadas Jane.

—Violet, te juro que nunca tuve nada serio con ellas. Si pudieses verlas

—Las he visto.

—¿De verás? ¿Dónde? ¿Cómo?

—Ya te lo contaré otro día.

—Pero…

—Oh, cállate…

Mucho más tarde él dijo:

—Si no colocamos un cierre en esa puerta del dormitorio, tendremos problemas.

—Al diablo con el cierre—dijo Violet.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN—clamó una voz.

Sam y Violet se levantaron de la silla, asombrados. Una luz blanquiazul penetraba por las ventanas de la casa. Llegó el excitado clamor de una muchedumbre preparada para el linchamiento, el galopante crescendo de la Obertura de Guillermo Tell y efectos sonoros del Derby de Kentucky, una locomotora, destructores en estaciones de combate y ruidos de cataratas.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN —bramó de nuevo la voz.

Corrieron a una ventana y miraron. La casa estaba rodeada de cegadoras luces Kleig. Confusamente pudieron ver una horda de Jacqueries con una guillotina, televisión y cámaras de noticias, una orquesta de noventa instrumentos, una batería de mesa sonora manejada por técnicos con auriculares, un director con pantalones de montar que llevaba un megáfono, él inspector Robinson con un micrófono y un círculo de sillas de cubierta en las que se sentaban una docena de hombres y mujeres con atuendos teatrales.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. HABLA EL INSPECTOR EDWARD G. ROBINSON. ESTA RODEADO. NOSOTROS… ¿QUÉ? AH, TIEMPO PARA UN ANUNCIO… MUY BIEN. ADELANTE.

Bauer miró furioso a Violet.

—Así que era una trampa.

—No, Sam, te lo juro.

—Entonces, ¿Qué están haciendo esos aquí?

—No lo sé.

—Tú los trajiste.

—iNo, Sam, no! Yo… quizás no fuese tan lista como creí que era. Quizás me siguieron cuando yo te seguía a ti; pero te juro que no los vi.

—Mientes.

—No, Sam—empezó a llorar.

—Tú me vendiste.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. ATENCIÓN LOUIS JOURDAN. DEBE PONER EN LIBERTAD A AUDREY HEPBURN.

—¿Quién?—Bauer estaba confuso.

—Soy yo—murmuró Violet—. Es el nombre que adopté, lo mismo que tú. Audrey Hepburn y Violet Dugan son la misma persona. Creen que tú me has raptado; pero yo no te vendí, Sam. No soy una traidora.

—¿Estás de mi parte?

—Lo estoy.

—ATENCIÓN, LOUIS JOURDAN. SABEMOS QUIÉN ERES. SAL CON LAS MANOS EN ALTO. DEJA LIBRE A AUDREY HEPBURN Y SAL CON LAS MANOS EN ALTO.

Bauer abrió bruscamente la ventana.

—Ven a cogerme, policía—gritó.

—ESPERA A QUE TERMINE EL PERÍODO DE ANUNCIOS, AMIGO.

Hubo una pausa de diez minutos para identificación de la red. Luego se oyó una descarga. Minúsculas nubes en forma de hongo se alzaron donde cayeron los proyectiles de fisión. Violet lanzó un chillido. Bauer cerró de golpe la ventana.

—Utilizan las municiones con mucho cuidado—dijo—. Tienen miedo a estropear los objetos que hay aquí. Quizás tengamos una posibilidad, Violet.

—¡No! por favor, querido, no intentes luchar con ellos.

—No puedo. No tengo nada para luchar.

Los disparos llegaban ahora de modo continuo. Cayó un cuadro de la pared.

—Sam escúchame —suplicó ella—. Entrégate. Sé que por robo te condenarán a noventa días, pero estaré esperándote cuando salgas.

Una ventana se estremeció.

—¿Me esperarás, Violet?

—Te lo juro.

Comenzó a arder una cortina.

—¡Pero noventa días! ¡Tres meses completos!

—Empezaremos una nueva vida juntos.

Fuera, el inspector Robinson lanzó un súbito gruñido y se llevó la mano al hombro.

—Esta bien—dijo Bauer—me entregaré. Pero mírales, convirtiendo todo esto en una película… “Los Intocables” y “Los Escandalosos Años Veinte”. No les dejaré que recuperen nada de lo que conseguí. Espera un minuto…

—¿Qué vas a hacer?

Fuera, la Brigada Bunco comenzó a toser, como por efecto de gases lacrimógenos.

—Volarlo todo—dijo Bauer.

—¿Volarlo todo? ¿Cómo?

—Tengo un poco de dinamita que cogí en Groucho, Chico, Harpo y Marx cuando andaba tras su colección de picos. No conseguí ningún pico, pero conseguí esto. —Mostró una pequeña vara roja con un marcador arriba. A un lado estaba escrito: TNT.

Fuera, Ed (Begley) se llevó la mano al corazón, sonrió con bravura y se derrumbó.

—No sé cuanto tiempo nos darán —dijo Bauer—. Así que cuando yo empiece, corre a toda prisa. ¿De acuerdo?

—Sí—dijo ella, temblando.

Accionó el marcador, que inició un tic-tac amenazador, y arrojó el TNT sobre el sofá-cama verde salvia.

—¡Corre!

Salieron corriendo por la puerta principal bajo la cegadora luz con las manos en alto.

El TNT era tolueno termonuclear.

—Doctor Culpepper —dijo el señor Pepys—, éste es el señor Chistopher Wren. Este es el señor Robert Hooke.

Por favor, siéntese, caballero. Le hemos pedido que acuda a la Sociedad Real y nos dé asesoramiento como el más destacado físicoastrologo de Londres. Sin embargo, hemos de pedirle que guarde secreto sobre todo esto.

El doctor Culpepper asintió muy serio y miró a hurtadillas el misterioso cesto que había sobre la mesa frente a los tres caballeros. Estaba cubierto con un fieltro verde.

—Imprimís—dijo el señor Hooke—, los artículos que le mostraremos fueron enviados a la Sociedad Real desde Oxford, donde fueron requeridos a varios artífices, los diseños fueron suministrados por el comprador. Obtuvimos estos ejemplares de los citados artesanos por robo. Secundo la fabricación de los objetos fue encargada en secreto por ciertas personas que han alcanzado gran poder y riqueza en las facultades universitarias a través de conjuros, predicciones, augurios, y premoniciones. ¿Señor Wren?

El señor Wren alzó delicadamente el paño de fieltro como si temiese una infección. Desplegados en el cesto había: una pila de servilletas de papel, doce astillas de madera, sus puntas curiosamente empapadas en azufre, un par de gafas de montura de concha con lentes de un color oscuro y humoso, un extraño alfiler, doblado sobre sí mismo de modo que la punta encajaba en un cierre; y dos grandes telas blandas de franela, una bordada con EL y otra con ELLA.

—Doctor Culpepper —preguntó con tono sepulcral el señor Pepys—¿Son éstos los amuletos de brujería?

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