Alfred Bester: La fuga de cuatro horas. Cuento

bester (1)Y ahora, por supuesto, el Corredor Noreste era el barrio bajo del Noreste, que se extendía desde Canadá hasta las Carolinas y tan al oeste como Pittsburgh. Era una fantástica jungla de repugnante violencia, habitado por una vigorosa e incansable población sin recursos visibles de vida y sin residencia fija, tan vasta que los demógrafos, los supervisores de control de natalidad y los servicios sociales habían abandonado toda esperanza. Era un gigantesco y excepcional espectáculo que todo el mundo denunciaba y adoraba. Hasta los pocos privilegiados, que podían permitirse llevar vidas plenamente protegidas en Oasis llenos de lujo y vivir en donde les viniera la gana, nunca pensaban en abandonarla. La jungla te atrapa.

Había miles de problemas diarios de sobrevivencia, pero uno de los más exasperantes era la falta de agua potable. Hacía tiempo que la mayor parte de ella había sido incautada por las industrias progresistas por el amor a un mañana mejor, de modo que quedaban muy pocos lugares donde buscar. Tanques recolectores de agua de lluvia en los tejados, por supuesto. Un mercado negro, naturalmente. Eso era todo. De modo que la jungla hedía. Hedía peor que la corte de la reina Elisabeth, que podía haberse bañado, pero nadie lo creía. El corredor no podía bañarse, lavar sus ropas o limpiar la casa, y se podía oler su nocivo efluvio desde diez millas mar adentro. Bienvenidos al Corredor Placentero.

Las víctimas cercanas a la playa habrían sido felices de poder limpiar con agua salada, pero las playas del Corredor habían sido contaminadas por los derrames de petróleo en crudo durante tantas generaciones que todas ellas poseían por mérito compañías de reclamaciones. ¡Fuera! ¡No se permite el paso! Y guardias armados. Los ríos y lagos estaban cercados eléctricamente; no necesitaban guardias, sólo avisos con calaveras y huesos cruzados; y si no sabías qué significaban, mala suerte.

No se crea que a todos les preocupaba heder mientras brincaban alegremente sobre las podredumbres de las calles, pero muchos lo hacían, y su único remedio eran los perfumes. Había docenas de compañías en competencia que manufacturaban perfumes, pero, con mucho, la más importante era la Compañía Continental de Latas, que no había manufacturado latas desde hacía dos siglos. Se habían cambiado a los plásticos y tenido la buena fortuna de encontrarse con una devolución de cientos de acciones de una empresa con la que habían cometido el error de firmar contratos de venta y recibido un absurdo perfume cervecero en enormes y resplandecientes contenedores de neón. La corporación quebró y la CCL puso todas sus esperanzas en obtener la devolución de parte de su dinero. Esa adquisición probó ser su salvación cuando tuvo lugar la explosión perfumera; les dio entrada en la más lucrativa industria de todos los tiempos.

Pero marchaba cabeza a cabeza con sus rivales hasta que Blaise Skiaki se unió a la CCL; luego ésta no tuvo competencia. Blaise Skiaki. Ascendencia: francesa, japonesa, negra  africana  e  irlandesa.  Estudios:  bachillerato  en  Princeton;  master  en  el  MIT; doctorado en ciencias en la Dow Chemical. (Fue Daw quien secretamente informó a la CCL  que  Skiaki  era  un  triunfador,  y  que  todavía  había  pendientes  varios  procesos iniciados por la competencia ante la Junta de Etica.) Blaise Skiaki: treinta y un años, soltero, honesto, genio.

Su genio residía en su sentido del olfato y en la CCL lo llamaban en privado “La Nariz”. Lo sabía todo sobre perfumería: los productos animales —ámbar gris, castor, civeto, almizcle —; las esencias oleosas destiladas de las plantas y flores; los bálsamos que exudan los árboles y arbustos heridos — benjuí, apopónaco, Perú, Talu, estoraque, mirra—; las sustancias sintéticas creadas por la combinación de fragancias naturales y químicas, especialmente los esteres de los ácidos grasos.

Había creado para la CCL sus productos de mayor venta: “Vulva”, “Alivio”, “Axila” (un nombre mucho más atractivo que “Sobacal”), “Preparación F”, “Guerra de Lenguas” y muchos más. Era atesorado por la CCL, que le pagaba un salario lo suficientemente generoso como para permitirle vivir en un Oasis y, lo mejor de todo, garantizarle ilimitadas reservas de agua potable. Ninguna chica del Corredor podía resistir la invitación a tomar una ducha con él.

Pero pagaba un alto precio por estas comodidades. No podía usar nunca jabones aromáticos, cremas de afeitar, pomadas o depilatorios. No podía ingerir nunca comidas sazonadas. No podía beber otra cosa que agua destilada. Todo esto, lo entenderéis sin duda, para mantener a La Nariz pura e incontaminada, de modo tal que pudiera olerlo todo en su laboratorio estéril y desarrollar nuevas creaciones. En el momento estaba componiendo un ungüento bastante prometedor provisoriamente llamado “Correctum”, pero  ya  llevaba  seis  meses  en  eso  sin  ningún  resultado  positivo,  y  la  CCL  estaba alarmada por el retraso. Su genio nunca había demorado tanto antes.

Había una reunión de ejecutivos de alto nivel, nombres apartados del nivel común del privilegio empresario.

—¿Qué diablos pasa realmente con él?

—¿Habrá perdido su don?

—Es difícil pensarlo.

—Quizá necesite un descanso.

—Pero si tuvo una semana de vacaciones el mes pasado.

—¿A qué se dedicó?

—A tragar una tormenta, según me dijo.

—¿Podría ser eso?

—No. Me dijo que se purgó antes de reintegrarse a su trabajo.

—¿Tiene algún problema aquí en la CCL? ¿Dificultades con el personal de autoridad media?

—Absolutamente no, señor presidente. No se atreverían a molestarlo.

—Quizá quiere un aumento.

—No. No puede gastar todo lo que gana ahora.

—¿No habrá hecho la competencia algún contacto con él?

—La competencia nunca deja de ponerse en contacto con él, general, pero se ríe de ella.

—Entonces debe ser algo personal.

—Estoy de acuerdo.

—¿Problemas de mujeres?

—¡Mi Dios! ¡Nosotros los tendríamos!

—¿Problemas de familia?

—Es huérfano, señor presidente.

—¿Ambiciones? ¿Incentivos? ¿Sería conveniente hacerlo funcionario de la CCL?

—Se lo ofrecí el primero de año, señor, y lo rechazó. Sólo le gusta jugar en su laboratorio.

—¿Por qué no juega entonces?

—Aparentemente tiene una especie de bloqueo creativo.

—¿Qué diablos pasa realmente con él?

—Así fue como empezó usted la reunión.

—De ningún modo.

—Lo hizo.

—Gobernador, querría usted conectar la grabadora.

—¡Caballeros, caballeros, por favor! Parecería que el doctor Skiaki tiene problemas personales que están bloqueando su genio. Debemos resolvérselos. ¿Alguna sugerencia?

—¿Un tratamiento psiquiátrico?

—No serviría sin cooperación voluntaria. Y dudo de que él cooperara. Es un gook obstinado.

—¡Senador, se lo ruego! No deben utilizarse esas expresiones con relación a uno de nuestros miembros más valiosos.

—Señor presidente, el problema es descubrir la fuente de bloqueo del doctor Skiaki.

—De acuerdo. ¿Alguna sugerencia?

—Bien, el primer paso consistiría en someterlo a vigilancia encubierta de veinticuatro horas al día. Todas las actividad», las amistades del gook —excúsenme— del buen doctor.

—¿Por medio de la CCL?

—Sugeriría que no. Habría infiltraciones que sólo lograrían hacer enfadar al buen gook… ¡doctor!

—¿Vigilancia del exterior?

—Sí, señor.

—Muy bien, de acuerdo. Ha terminado la reunión.

Los  miembros  de  Huellas  Perdidas  Asociados  estaban  absolutamente  furiosos. Después de un mes devolvieron el caso a la CCL, exigiendo tan sólo el pago de gastos.

—¿Por qué no se nos advirtió que teníamos que vérnoslas con un pro, señor presidente? Nuestros rastreadores no están entrenados para eso.

—Un momento, por favor. ¿Qué quiere usted decir con “pro”?

—Un Rip profesional.

—¿Un qué?

—Un Rip. Un matón, fullero, ladrón.

—¿El doctor Skiaki un ladrón? ¡Ridículo!

—Mire, señor presidente. Le voy a trazar el cuadro y usted saque sus propias conclusiones.

—Prosiga.

—De cualquier manera está todo detallado en el informe. Todos los días apostábamos dos rastreadores a la puerta de su empresa. Cuando él salía, ellos lo seguían hasta su casa. Siempre iba derecho a su casa. Allí hacían un doble turno. Todas las noches le envían  la  cena  del  Vivero  Orgánico.  Investigaron  a  los  repartidores.  En  orden. Investigaron las comidas; a veces para uno, algunas veces para dos. Siguieron a algunas de las chicas que salían de su penthouse. Todo correcto. Hasta ahora, todo correcto, ¿de acuerdo?

—¿Y?

—Al grano. Un par de noches a la semana sale de su casa y va a la ciudad. Sale alrededor de la medianoche y no vuelve hasta las cuatro, poco más o menos.

—¿A dónde se dirige?

—No lo sabemos porque logra eludir a los rastreadores como buen pro que es. Se interna en el Corredor como una puta o un marica en busca de ligue —excúseme— y siempre elude a nuestros hombres. No los estoy disculpando. Es listo, resbaloso, rápido, un verdadero pro; demasiado para las posibilidades de Huellas Perdidas.

—¿De modo que no tiene idea de lo que hace o de con quién se encuentra entre la medianoche y las cuatro de la mañana?

—No, señor. No tenemos nada y usted tiene un problema. Ya no es el nuestro.

—Gracias. En contra de lo que popularmente se cree, las corporaciones no están del todo idiotizadas. La CCL comprende que resultados negativos también son resultados. Recibirán los gastos y también los honorarios acordados.

—Señor presidente, yo…

—No, no, por favor. Nos ha conducido hasta esas cuatro horas perdidas. Ahora, como usted dice, es un problema nuestro.

La CCL convocó a Salem Burne. El señor Burne insistió siempre en que no era ni médico ni psiquiatra; no quería ser asociado con lo que consideraba la lacra de las profesiones. Salem Burne era un doctor brujo; más precisamente, un hechicero. Llevaba a cabo los más notables y penetrantes análisis de las personas perturbadas, no a través de brujerías, pentágonos, encantamientos, incienso y cosas así, sino a través de su extraordinaria sensibilidad al inglés somático y a su aguda interpretación de él. Y esto debía ser brujería, después de todo.

El señor Burne entró en el inmaculado laboratorio con una. sonrisa seductora. El doctor Shima dejó escapar un lamento de angustia.

—¡Le dije que se esterilizara antes de venir!

—Pero lo hice, doctor. Completamente.

—No es así. Apesta a anís, a ilang-ilang y a antranilato de metilo. Me ha contaminado el día. ¿Por qué?

—Doctor Skiaki, le aseguro que yo… —De pronto el señor Burnes se interrumpió—.

¡Oh, Dios mío! —se lamentó —. Esta mañana usé la toalla de mi mujer.

Skiaki se echó a reír y puso los ventiladores al máximo de intensidad.

—Comprendo. Nada de rencores. Ahora dejemos a su esposa fuera de la cuestión. Tengo una oficina a una milla de distancia por debajo de la sala. Podremos conversar allí.

Tomaron asiento en la oficina vacante y se escudriñaron uno al otro. El señor Burne vio a un hombre agradable, bastante joven, de oscuros cabellos negros cortados al ras, pequeñas  orejas  expresivas,  reveladores  pómulos  altos,  ojos  rasgados  que  sería necesario vigilar muy de cerca, y manos graciosas que podrían ser una revelación mortal.

—Bien, señor Burne, ¿qué puedo hacer por usted? —dijo Skiaki, mientras sus manos preguntaban: ¿Porqué demonios ha venido a apestarme?

—Doctor Skiaki, en cierto sentido, soy colega suyo… un doctor brujo profesional. Una parte crucial de mis ceremonias es la quema de varios tipos de incienso, pero todos bastante convencionales. Tenía la esperanza de que con su pericia pudiera sugerirme algo diferente con que experimentar.

—Ya veo. Usted ha estado utilizando estacte, onycha, gábano, olígano… ¿aromas de ese tipo?

—Sí. Todos muy convencionales.

—Muy interesante. Puedo, por supuesto, hacerle algunas sugerencias para nuevos experimentos, y sin embargo… —De pronto, Skiaki se interrumpió y se quedó mirando fijamente el vacío.

Después de una larga pausa el hechicero preguntó:

—¿Sucede algo malo, doctor?

—Mire —exclamó Skiaki—. Usted sigue una pista equivocada. Quemar incienso es convencional y anticuado, y probar diferentes aromas no resolverá su problema. ¿Por qué no experimenta con un enfoque algo diferente?

—¿Y en qué consistiría?

—En el principio Odófono.

—¿Odófono?

—Sí. Entre los aromas existe una escala semejante a la que existe en música. Los olores suaves corresponden a las notas altas y los olores densos a las notas bajas. Por ejemplo, el ámbar gris es el sobreagudo, mientras que la violeta blanca es el bajo. Podría trazar para que se viera una escala de aromas que abarcara quizás un par de octavas. Luego ésta sería apta para que usted compusiera la música.

—¡Doctor Skiaki, esto es brillante sin lugar a dudas!

—¿No es así? —Skiaki rebosaba de alegría.— Pero con toda honestidad, debo señalar que somos iguales en brillantez. Nunca se me habría ocurrido la idea si no se me hubiera presentado usted con este desafío sorprendente y original.

Establecieron relaciones de este amistoso tenor y, conversando del asunto con entusiasmo, almorzaron juntos, se dijeron algo acerca de ellos mismos e hicieron planes para llevar a cabo los experimentos de brujería, para los cuales Skiaki se ofreció voluntariamente a pesar de que él no creía en el satanismo.

—Y, sin embargo, la ironía reside en el hecho de que en realidad está poseído —informó Salem Burne.

El presidente no pudo entender nada.

—Psiquiatría y satanismo son términos diferentes para el mismo fenómeno —explicó

Burne—, de modo que es mejor que traduzca. Esas cuatro horas perdidas son fugas.

El presidente siguió sin comprender.

—¿Se refiere al término musical, señor Burne?

—No, señor. Fuga es también la descripción psiquiátrica de una forma muy avanzada de sonambulismo… ¿caminar en sueños?

—¿Blaise Skiaki camina en sueños?

—Sí, señor, pero la cosa es más complicada que eso. Caminar en sueños es un caso sencillo en comparación. Nunca está en contacto con lo que lo rodea. Se le puede hablar, dispararle un tiro, llamarlo por su nombre, y él permanece totalmente absorto.

—¿Y la fuga?

—En la fuga, el sujeto mantiene contacto con lo que lo rodea. Puede conversar con usted. Tiene conciencia y memoria de los acontecimientos que tuvieron lugar dentro de la fuga, pero mientras está dentro de ella es una persona totalmente diferente de lo que es en la vida real. Y —y esto es lo más importante, señor— después de la fuga no recuerda nada.

—Entonces, en mi opinión, el doctor Skiaki tiene estas fugas dos o tres veces por semana.

—Ese es mi diagnóstico, señor.

—¿Y él no puede decirnos nada de lo que ocurre durante la fuga?

—Nada.

—¿Puede hacerlo usted?

—Me temo que no, señor. Mis poderes tienen un límite.

—¿Tiene usted alguna idea de lo que ocasiona estas fugas?

—Todo lo que puedo decirle es que algo lo impulsa. Podría decirle que está poseído por el demonio, pero eso es sólo la jerga de mi profesión. Otros pueden usar diferentes términos: compulsión u obsesión. La terminología carece de importancia. El hecho básico es que eso que lo posee lo impulsa a salir de noche para hacer… ¿qué? No lo sé. Todo lo que sé es que esa compulsión diabólica es la causa más probable de lo que bloquea el trabajo creativo que realiza para ustedes.

No se convoca a Gretchen Nunn, ni siquiera cuando se es de la CCL, cuyo personal común se ha expandido unas veinticuatro veces. Se asciende trabajosamente por los peldaños constituidos por los miembros del personal que la sirven hasta que finalmente se es admitido ante la Presencia. Todo esto comprende muchas idas y venidas entre los miembros del propio personal y los de ella, lo que ocasiona no poca exasperación, de modo que el Presidente, comprensivamente, estaba algo fastidiado cuando al fin fue conducido al estudio de la señorita Nunn, atestado con los libros y aparatos que ella utiliza para sus distintas investigaciones.

La profesión de Gretchen Nunn consistía en hacer milagros; no milagros en el sentido de algo extraordinario, anómalo o anormal producido por algún agente sobrehumano, sino más bien, en el sentido de su extraordinaria y/o anormal percepción y manipulación de la realidad. En la mayor parte de las situaciones lograba lo imposible requerido por sus clientes, y sus honorarios eran tan descomunales que estaba considerando figurar en la bolsa de valores.

Por supuesto, el Presidente daba por descontado que la señorita Nunn tendría el aspecto de un Merlín con faldas. Quedó pasmado al descubrir que era una princesa watusi de aterciopelada piel negra, facciones aquilinas, grandes ojos negros, alta, esbelta, de unos veinte años y que lucía arrebatadora vestida de carmesí.

Lo encandiló con una sonrisa, le indicó una silla, se sentó enfrente y dijo:

—Mis honorarios son cien mil. ¿Puede pagarlos?

—Puedo. De acuerdo.

—¿Y su dificultad… los vale?

—Los vale.

—Entonces, hasta aquí nos comprendemos. Sí, ¿Alex?

El joven secretario que se había deslizado en el taller dijo:

—Perdóneme. Le Clerque insiste en saber cómo hizo usted para identificar positivamente la figura como extraterrestre.

La señorita Nunn hizo chasquear la lengua con impaciencia.

—El sabe que yo nunca doy razones sólo resultados.

—Sí, N.

—¿Ha pagado?

—Sí, N.

—Muy bien. Haré una excepción en su caso.  Dile  que  el  asunto  se  basó  en  las probabilidades levo y dextro de los aminoácidos, y dile que tengo un calificado exobiologista traído de allí. No perderá el gasto.

—Sí, N. Gracias.

Ella se volvió hacia el Presidente tan pronto como el secretario se retiró.

—Ya lo ha oído. Sólo doy resultados.

—De acuerdo, señorita Nunn.

—Veamos ahora su problema. No me he comprometido todavía. ¿Lo comprende?

—Sí, señorita Nunn.

—Adelante. Con todo. Fluir de conciencia, si es necesario. Una hora más tarde, lo deslumbre con otra sonrisa y dijo:

—Gracias. Este caso es verdaderamente único. Un cambio bienvenido. Es un contrato, si es que aún está dispuesto a realizarlo.

—De acuerdo, señorita Nunn. ¿Querría un depósito o un pago por adelantado?

—No en el caso de la CCL.

—¿Y los gastos? ¿Arreglamos eso ahora?

—No. Es responsabilidad mía.

—Pero, ¿y si tiene que…? Es decir, si tiene necesidad de…

Ella se echó a reír.

—Es responsabilidad mía. Nunca doy razones y nunca revelo métodos. ¿Cómo puedo cobrárselos? Ahora bien, no lo olvide: quiero los informes de Huellas Perdidas.

Una semana más tarde Gretchen Nunn dio el paso inusitado de visitar al Presidente en su oficina de la CCL.

—Vengo a verlo para darle la oportunidad, señor, de rescindir nuestro contrato.

—¿Rescindirlo? ¿Porqué?

—Porque creo que usted está involucrado en algo más serio de lo previsto.

—Pero, ¿qué?

—¿No le basta con mi palabra?

—Debo saber.

La señorita Nunn apretó los labios. Después de un momento lanzó un suspiro.

—Dado que este es un caso inusual, tendré que quebrar mis reglas. Mire esto, señor.

—Desenrrolló un gran mapa de un sector del Corredor y lo alisó sobre la mesa de despacho del Presidente.— La residencia de Skiaki —dijo. Había un gran círculo en torno a. la estrella—. El límite que un hombre puede caminar en dos horas. —El círculo estaba cruzado por senderos tortuosos que partían de la estrella.— Esto lo obtuve del informe de Huellas Perdidas. Así es como sus rastreadores siguieron a Skiaki.

—Muy ingenioso, pero no veo nada grave en eso, señorita Nunn.

—Observe atentamente los senderos. ¿Qué es lo que ve?

—¡Vaya!… Cada uno de ellos termina en una cruz roja.

—¿Y qué sucede con cada sendero antes de llegar a la cruz roja?

—Nada¿Nada en absoluto, excepto… excepto que los puntos se convierten en rayas.

—Y eso es lo grave.

—No lo entiendo, señorita Nunn.

—Le explicaré. Cada cruz representa la escena de un crimen. Las rayas representan el rastreo de las acciones y los recorridos de cada víctima de asesinato antes de morir.

—¡Asesinato!

—Pudieron rastrear las acciones de la víctima hasta aquí y no más. Esos son los puntos. Las fichas coinciden. ¿Cuál es su conclusión?

—¡Debe ser una coincidencia! —gritó el Presidente—. Ese joven brillante y encantador… ¿Asesinato? ¡Es completamente imposible!

—¿Quiere que le de la información objetiva que he recopilado?

—No,  no  quiero.  Quiero  la  verdad.  Pruebas  positivas  sin  inferencias  extraídas  de puntos, rayas y fechas.

—Muy bien, señor Presidente. Las tendrá.

Ella alquiló por una semana el puesto de mendigos profesionales situado a lo largo de la entrada del Oasis de Skiaki. Sin éxito. Contrató a la Revival Band y cantó himnos junto con ella ante el Oasis. Sin éxito. Finalmente, después de obtener un puesto en el Vivero Orgánico, logró la conexión. Las tres primeras veces que llevó la comida a la penthouse entró y salió sin ser advertida; Skiaki estaba entretenido con una serie de muchachas, todas recién bañadas y resplandecientes de gratitud. Cuando realizó la cuarta entrega, él estaba solo y la advirtió por primera vez.

—Vaya —rió con ironía—. ¿Cuánto hace que esto viene sucediendo?

—¿Señor?

—¿Desde cuándo el Vivero emplea chicas en lugar de chicos para las entregas?

—Yo soy la encargada de las entregas, señor — respondió la señorita Nunn con dignidad—. Trabajo para el Vivero Orgánico desde el primero de mes.

—Deja ese “señor”, ¿quieres?

—Gracias…s… doctor Skiaki.

—¿Cómo diablos sabes que me he doctorado?

Había tenido un desliz. En el Oasis y en el Vivero él era simplemente B. Skiaki, y ella debió haberlo recordado. Como de costumbre, utilizó el error en su beneficio.

—Lo sé todo de usted, señor. Doctor Blaise Skiaki, Princeton, MIT, Dow Chemical. Químico Jefe en Aromas de la CCL.

—Suenas como si fueras el Quien es quién.

—Allí fue donde leí todo, doctor Skiaki.

—¿Has leído sobre mí en el Quién es quién? ¿Por qué, por el amor de Dios?

—Usted es la primera persona famosa con la que me he topado.

—¿Qué te sugirió la idea de que yo fuera famoso sin serlo, por lo demás? Ella hizo un ademán indicando alrededor de sí.

—Sabía que tenía que ser famoso para vivir de esta forma.

—Muy lisonjero. ¿Cómo te llamas, cariño?

—Gretchen, señor.

—¿Cuál es tu apellido?

—La gente de mi clase no tiene apellido, señor.

—¿Serás tú mañana la… encargada de las entregas, Gretchen?

—Mañana es mi día libre, doctor.

—Perfecto. Trae comida para dos.

Así comenzó el affair, y Gretchen Nunn descubrió, para su sorpresa, que se complacía en él enormemente. Blaise era en verdad un joven brillante y encantador, siempre atento, siempre considerado, siempre generoso. Por gratitud le dio (recuérdese que él creía que ella provenía de la clase baja del Corredor) una de sus más preciadas posesiones, un diamante de cinco quilates que había sintetizado en la Dow. Ella le respondió con igual estilo; lo usó en su ombligo y le prometió que sólo él lo vería allí.

Por fuerza de rutina, él siempre insistía en que ella se aseara cada vez que lo visitaba, lo cual resultaba un poco molesto; de acuerdo con sus ingresos, ella podía permitirse probablemente más agua potable que él. No obstante, tenía la ventaja de que pudo abandonar su trabajo en el Vivero Orgánico y atender otros asuntos mientras se ocupaba de Skiaki. Siempre salía de la penthouse de él alrededor de las once y treinta y se apostaba afuera hasta la una. Finalmente lo pescó una noche justo cuando él dejaba el Oasis. Había memorizado el informe de Salem Burne y sabía a qué atenerse. Lo alcanzó rápidamente y le habló con voz agitada.

—Señó, señó.

El se detuvo y la contempló con amabilidad sin reconocerla.

—¿Sí, mi amor?

—Si ute sigue ete camino yo voy con ute. Tengo miedo, señó.

—Cómo no, mi amor.

—Gracias, señó. Voy a casa. ¿Ute va a casa?

—Bien, no exactamente.

—¿Dónde ute va? ¿Nada malo señó? Yo no quero parte nada malo.

—Nada malo, mi amor. No te preocupes.

—Entonces, ¿dónde va ute señó? El se sonrió, discreto.

—Estoy siguiendo algo.

—¿Alguien?

—No, algo.

—¿Qué clase de algo?

—Eres curiosa, ¿no? ¿Cómo te llamas?

—Gretchen. ¿Yute?

—¿Yo?

—¿Tiene nombre?

—Deseo. Llámame Señor Deseo. —Vaciló un momento y luego agregó:— Aquí debo doblar a la izquierda.

—Qué suete, señó Deseo. Yo doblo izquieda también.

Pudo advertir que todos los sentidos de él estaban despiertos, de modo que redujo la cháchara hasta convertirla en un indiferente fondo sonoro. Se quedó junto a él, mientras seguía senderos serpenteantes, doblaba, algunas veces retrocedía, a través de calles, callejas y pasajes, asegurándole siempre que también por allí quedaba el camino a su casa. En un baldío de aspecto siniestro él le dio una paternal palmada y le aconsejó que esperara mientras él exploraba la seguridad del lugar. Lo exploró, desapareció y no volvió a aparecer.

—Repetí esta experiencia con Skiaki seis veces — informó la señorita Nunn a la CCL—

.  Todas  fueron  significativas.  Cada  vez  él  reveló  un  poco  más  sin  advertirlo  y  sin reconocerme. Burne estaba en lo cierto. Es una fuga.

—¿Y la causa, señorita?

—Huellas feromonales.

—¿Qué?

—Pensé, caballeros, que estarían familiarizados con el término, puesto que se dedican a los negocios químicos. Ya veo que tendré que explicar. Llevará cierto tiempo, de modo que les ruego que no exijan que describa la inducción y la deducción que me condujeron al resultado. ¿Estamos de acuerdo?

—De acuerdo, señorita Nunn.

—Gracias, señor Presidente. Seguramente han oído hablar de las hormonas, del griego hormaein, que significa “estimular”. Hay secreciones internas que estimulan la acción de otras partes del cuerpo en acción. Las feromonas son secreciones externas que estimulan a otros individuos a la acción. Es un lenguaje químico mudo.

“El mejor ejemplo de lenguaje feromonal es la hormiga. Colóquese un terrón de azúcar en la cercanía de un hormiguero. Un forrajeador se le acercará, comerá de él y volverá al hormiguero. Al cabo de una hora toda la colonia de hormigas en fila india se dirigirá al terrón, siguiendo los rastros feromonales trazados sin deliberación por el primer descubridor. Es inconsciente pero estimulantemente compulsivo.

—Fascinante. ¿Y el doctor Skiaki?

—Sigue huellas feromonales humanas. Lo impulsan; entra en una fuga y las sigue.

—¡Aja! Un aspecto outré de La Nariz. Parece tener sentido, señorita Nunn. Por cierto que sí. Pero, ¿qué huellas se siente impulsado a seguir?

—El deseo de muerte.

—¡Señorita Nunn!

—Seguramente  todos  tienen  conocimiento  de  este  aspecto  de  la  psique  humana. Mucha gente padece inconsciente pero poderoso deseo de muerte, especialmente en estos tiempos de desesperación. Aparentemente esto deja una huella feromonal que el doctor Skiaki percibe, y se ve impulsado a seguir de forma inexorable.

—¿Y entonces?

—Aparentemente concede el deseo.

—¡Aparentemente! ¡Aparentemente! —tronó el Presidente—. Exijo pruebas positivas de esa monstruosa acusación.

—Las tendrá, señor. No he terminado con Blaise Skiaki todavía. Hay una o dos cosas que quiero concluir con él, en el curso de las cuales me temo que sufrirá un gran golpe. Usted tendrá las pruebas positivas.

Se trataba de una verdad a medias de una mujer a medias enamorada. Sabía que tenía que volver a ver a Blaise, pero sus motivos eran confusos. ¿Para descubrir que en realidad lo amaba, a pesar de lo que sabía de él? ¿Para averiguar hasta dónde él la amaba? ¿Para revelarle la verdad acerca de ella? ¿Para prevenirlo o salvarlo o huir con él? ¿Para poner fin a su contrato con frío estilo profesional? No lo sabía. Por cierto, no sabía que era ella la que iba a recibir un fuerte golpe de Skiaki.

—¿Eres ciega de nacimiento? —murmuró él esa noche. Ella se irguió rápida en la cama.

—¿Qué? ¿Ciega? ¿Cómo?

—Ya me oíste?

—He visto perfectamente toda mi vida.

—Ah, de modo que no lo sabías querida. Sospechaba que sería así.

—Por cierto, lo que dices no tiene sentido, Blaise.

—Oh, eres ciega sin la menor duda —dijo él serenamente—. Pero nunca te enteraste porque has sido bendecida con un fantástico don anormal. Tienes percepción extrasensorial a través de los sentidos de los demás. Ves a través de los ojos de los otros. Por lo que sé, es posible que seas sorda y oigas con los oídos de los demás. Quizá sientas con mi piel. Debemos explorar esa posibilidad alguna vez.

—¡Nunca oí algo más absurdo en toda mi vida! —dijo ella con enfado.

—Puedo probarlo, si insistes, Gretchen.

—Adelante, Blaise. Prueba lo imposible.

—Ven conmigo al salón.

Una vez allí, él señaló un jarrón¿

—¿De qué color es eso?

—Marrón, por supuesto.

—¿De qué color es eso? —Una alfombra.

—Gris.

—¿Y esa lámpara?

—Negra.

—Quod erat demonstrandum —dijo Skiaki—. demostrado.

—¿Qué es lo que quedó demostrado?

—Que ves por medio de mis ojos.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque soy ciego a los colores. Eso es lo que me dio el primer indicio.

—¿Qué?

La estrechó entre los brazos para aquietar su temblor.

—Querida Gretchen, el jarrón es verde. La alfombra es color ámbar y oro. La lámpara es carmesí. No puedo ver los colores, pero el decorador me los dijo y yo los recuerdo, Y ahora, ¿por qué tanta angustia? Eres ciega, sí, pero estás bendecida con algo mucho más milagroso que la vista; ves por medio de los ojos del mundo. No vacilaría en cambiar tu suerte por la mía.

—¡No puede ser cierto! —lloró ella.

—Es cierto, amor mío.

—Pero, ¿y cuando estoy sola?

—¿Cuándo estás sola? ¿Cuándo se encuentra nadie solo alguna vez en el Corredor? Ella se arrancó de sus brazos y salió corriendo de la penthouse, sollozando histérica.

Volvió apresuradamente a su propio Oasis, casi enloquecida de terror. Y allí se mantuvo mirando alrededor de sí, y allí estaban todos los colores: rojo, anaranjado, amarillo, verde, añil, azul, violeta. Pero allí también había personas hormigueando por los laberintos del Corredor, como siempre había, veinticuatro horas por día.

Ya en su piso se dispuso a comprobar la desgracia. Despidió a todos los miembros de su personal de manera cortante, ordenándoles que se fueran y pasaran la noche en algún otro lugar. Permaneció de pie junto a la puerta y fue contándolos mientras se iban, llenos de asombro y aflicción. Cerró de un portazo y miró alrededor de sí. Podía aún ver.

—Ese  hijo  de  puta  embustero  —musitó,  y  luego  comenzó  a  pasearse  con  furia. Recorrió colérica todo el piso, maldiciendo con rencor. Se había probado una cosa: nunca tengas relaciones personales. Te traicionarán, te destruirán, y ella había sido una tonta. Pero,  ¿por qué, en el  nombre  de  Dios,  había  Blaise  utilizado  este  sucio  truco  para destruirla? Entonces tropezó con algo y casi se fue de espaldas. Recuperó el equilibrio y trató de ver contra qué había tropezado. Era un clavicordio.

—Pero… pero yo no tengo ningún clavicordio — murmuró asombrada. Avanzó para tocarlo y asegurarse de su realidad. Volvió a tropezar con algo, se tambaleó y lo cogió. Era el respaldo de un diván. Miró alrededor de sí confusa. Esta no era una de sus habitaciones. Un clavicordio. Brueghels coloridos colgando de las paredes. Muebles jacobinos. Puertas forradas de lienzo. Cortinados de estambre.

—Pero… este es el… el piso de los Raxon que se encuentra debajo del mío. Debo estar viéndolo por medio de sus ojos. Debo… él tenía razón. Yo… —cerró los ojos y miró. Vio una mélange de apartamentos, calles, muchedumbres, gentes, sucesos. Siempre había visto esta especie de montaje, pero siempre había creído que se trataba de un recuerdo visual total, extraordinaria ventaja para su extraordinaria habilidad y éxito. Ahora sabía la verdad.

Comenzó a sollozar de nuevo. Buscó a tientas alrededor de sí para hallar el diván y se sentó, desesperada. Cuando por fin las convulsiones cesaron, se enjugó los ojos con coraje, decidida a enfrentar la realidad. No era una cobarde. Pero cuando abrió los ojos fue golpeada por otro impacto. Vio su propia habitación con tonos de gris. Vio a Blaise Skiaki de pie junto a la puerta abierta, sonriéndole.

—¿Blaise? —susurró.

—Mi nombre es Deseo, mi amor. Señor Deseo. ¿Cuál es el tuyo?

—¡Blaise, por el amor de Dios! No a mí. No dejé huellas de deseo de muerte.

—¿Cómo te llamas, mi amor? ¿Nos hemos visto antes?

—¡Gretchen! —chilló ella—. Soy Gretchen Nunn y no tengo el menor deseo de muerte.

—Me alegro de volver a verte, Gretchen —dijo él con cristalina cortesía. Avanzó dos pasos a su encuentro. Ella se puso de pie de un salto y corrió a resguardarse tras el diván.

—Blaise, escúchame. Tú no eres el Señor Deseo. El Señor Deseo no existe. Tú eres el doctor Blaise Skiaki, el famoso científico. Eres el químico en jefe de la CCL y has creado muchos maravillosos perfumes.

El dio otro paso hacia ella, desanudando el pañuelo que usaba alrededor del cuello.

—Blaise, soy Gretchen. Hace dos meses que somos amantes. Tienes que recordar. Intenta recordar. Esta noche me dijiste lo de mis ojos… que soy ciega. Tienes que acordarte de eso.

El sonrió y anudó el pañuelo para hacer una cuerda.

—Blaise, estás sufriendo una fuga. Un bloqueo. Un cambio de psiquis. Este no eres realmente tú. Es otro ser arrastrado por una feromona. Pero yo no dejé rastros de feromona. No pude hacerlo. Nunca he querido morir.

—Si, sí que quieres, mi amor. Me complace satisfacer tu deseo. Es por eso que me llamo Señor Deseo.

Ella se puso en cuclillas como una rata atrapada y comenzó a moverse y regatear mientras él se le acercaba. Le hizo una finta hacia un costado, giró hacia el otro con una buena chance de salir por la puerta delante de él, sólo para toparse con tres maleantes que, sonrientes y hombro con hombro, le bloqueaban la salida. La cogieron y sujetaron.

El Señor Deseo no sabía que él también había dejado tras de sí una huella de feromona. Era un sendero de asesinato feromonal.

—Oh, sois vosotros otra vez —dijo el Señor Deseo con un resoplido de fastidio.

—Eh, viejo amigo señó, esta buena pieza, ¿eh?

—Y una carga. Qué manjar.

—Grande. Justo para tres, que no es mucho. Gracias, viejo amigo. Puedes volver a casa ahora.

—¿Por qué no puedo nunca matar a alguien? — exclamó el Señor Deseo con malhumor.

—Ya, ya. No enojado. Queremo protege nuestro perro guía. Tú encabezas. Nosotros seguimo y hacemo lo demá.

—Y si algo va mal, tú pagas —dijo uno de los tipos con una risita.

—Ve a casa, amigo señó. Lo demá es nuestro. Sin discusiones. Ya hemos explicado todo. Nosotros conocemo su luga pero uté no conoce nuetro luga.

—Yo sé quién soy —dijo el Señor Deseo con dignidad—. Soy el Señor Deseo, y creo que tengo el derecho de asistir al menos a una muerte.

—Claro, claro, próxima vez. Es una promesa. Ahora lárgate.

Y mientras el Señor Deseo se excitaba con resentimiento, los tipos rasgaron el vestido de Gretchen hasta desnudarla y dejaron escapar un oooh cuando vieron el diamante de cinco quilates en su vientre. El Señor Deseo se dio vuelta y también vio la titilante joya.

—Pero eso es mío —dijo con voz de asombro  —.  Era  sólo  para  mis  ojos.  Yo… Gretchen dijo que ella nunca… —De pronto el doctor Blaise Skiaki habló con una voz acostumbrada a mandar:— ¿Gretchen, qué demonio haces aquí? ¿Qué lugar es éste? ¿Quiénes son estos tipos? ¿Qué sucede aquí?

Cuando la policía llegó encontraron tres cuerpos muertos y una compuesta Gretchen Nunn sentada con una pistola láser sobre la falda. Les contó una historia perfectamente coherente de entrada forzada, intento de robo y violación a mano armada, y de cómo ella se había visto obligada a repeler la fuerza con la fuerza. Había unos pocos cabos sueltos en su declaración. Los cuerpos no estaban armados, pero si ellos habían dicho que estaban armados, la señorita Nunn, por supuesto, les había creído. Los tres habían sido abatidos,  pero  los  maleantes  siempre  estaban  combatiendo.  La  señorita  Nunn  fue felicitada por su coraje y cooperación.

Y su informe final al Presidente (que de modo alguno era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad) la señorita Nunn recibió su cheque y se dirigió directamente al laboratorio de aromas donde entró sin hacerse anunciar. El doctor Skiaki estaba haciendo cosas  extrañas  y  misteriosas  con  pipetas,  frascos  y  recipientes  con  reactivos.  Sin volverse, ordenó:

—¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

—Buenos días, doctor Skiaki.

El giró bruscamente, revelando una cara magullada con ojos negros, y sonrió.

—Vaya, vaya, vaya. La famosa Gretchen Nunn, según creo. Votada la Personalidad del Año tres veces sucesivas.

—No, señor, la gente de mi clase no tiene apellido.

—Deja ese “señor”, ¿quieres?

—Sí… Señor Deseo.

—¡Ay! —se estremeció—. No me recuerdes esa increíble locura. ¿Cómo fue todo con el Presidente?

—Lo abrumé. Estás libre del anzuelo.

—Quizás esté libre de su anzuelo, pero no del mío. Esta mañana estuve pensando seriamente en entregarme.

—¿Qué te detuvo?

—Bien, empecé a trabajar en esta síntesis de pachuli y me olvidé. Ella se echó a reír.

—No tienes porqué preocuparte. Estás a salvo.

—¿Quieres decir curado?

—No, Blaise. No más curado que yo de mi ceguera. Pero estamos salvados porque lo sabemos. Ahora podemos enfrentarlo.

El hizo una señal de asentimiento con aire desdichado.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó ella animada—.

¿La lucha con el pachuli?

—No —dijo él con desaliento—. Todavía estoy atontado por el shock. Creo que me tomaré el día libre.

—Perfecto. Trae comida para dos.

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