Alfred Bester: Número de desaparición. Cuento

BesterEsta no era la guerra final ni una guerra para acabar con la guerra. La llamaban la Guerra del Sueño Norteamericano. El general Carpenter golpeó esa nota y la hizo sonar constantemente.

Había generales combativos (vitales para un ejército), generaba políticos (vitales para una  administración)  y  generales  de  relaciones  públicas  (vitales  para  una  guerra).  El general Carpenter era un maestro de las relaciones públicas. Franco y decidido, sus ideales eran tan elevados y comprensibles como las máximas sobre el dinero. Para la mente de Norteamérica él era el ejército, la administración, el escudo, la espada y el robusta brazo derecho de la nación. Su ideal era el Sueño Norte americano.

—No combatimos por dinero, por poder, o por la dominación del mundo —anunció el general Carpenter en la cena de la Asociación de Prensa.

—Sólo combatimos por el Sueño Norteamericano —dijo en el 15: 2° Congreso.

—Nuestra ayuda no es la agresión o la reducción de las naciones a la esclavitud —dijo en la Cena Anual de Oficiales en West Point.

—Combatimos por el Sentido de la Civilización — dijo en el Club de Pioneros de San Francisco.

—Luchamos por el Ideal de la Civilización; por la Cultura, por la Poesía, por las Únicas Cosas que Merecen Preservarse —dijo en el Festival del Grano de Trigo de Chicago.

—Esta es una guerra de supervivencia —dijo—. No estamos combatiendo por nosotros mismos, sino por nuestros Sueños; por las Mejores Cosas en la Vida que no deben desaparecer de la faz de la tierra.

Norteamérica  combatió.  El  general  Carpenter  pidió  cien  millones  de  hombres.  El ejército recibió cien millones de hombres. El general Carpenter pidió diez mil bombas U. Se obtuvieron y arrojaron diez mil bombas U. El enemigo también arrojó diez mil bomba U y destruyó la mayoría de las ciudades norteamericanas.

—Debemos  atrincherarnos  contra  las  hordas  de  la  barbarie  —dijo  el  general Carpenter—. Dadme mil ingenieros.

De inmediato hubo mil ingenieros y cien ciudades fueron atrincheradas y excavadas bajo los escombros.

—Dadme   quinientos   expertos   en   sanidad,   ochocientos   directores   de   tránsito, doscientos expertos en aire acondicionado, cien administradores municipales, mil jefes de comunicaciones, setecientos expertos en personal…

La lista de los pedidos del general Carpenter era inacabable. Norteamérica no sabía cómo suministrarla.

—Debemos convertirnos en una nación de expertos —informó el general Carpenter a la Asociación Nacional de Universidades Norteamericanas—. Cada hombre y cada mujer debe ser una herramienta específica para un trabajo específico, templada y afilada por vuestro entrenamiento y educación para vencer en la lucha por el Sueño Norteamericano.

—Nuestro Sueño —dijo el general Carpenter en el Desayuno para la Campaña de Bonos de Wall Street— es el mismo de los apacibles griegos de Atenas, de los nobles romanos de… ejem… Roma. Es un sueño por las Mejores Cosas de la Vida. De la Música y el Arte y la Poesía y la Cultura. El dinero es sólo un arma para utilizar en la lucha por este sueño. La ambición es sólo una escala para ascender a este sueño. La capacidad es sólo una herramienta para moldear este sueño.

Wall  Street  aplaudió.  El  general  Carpenter  pidió  ciento  cincuenta  mil  millones  de dólares, mil quinientos hombres dedicados con salarios de un dólar  al  año,  tres  mil expertos en mineralogía, petrología, producción masiva, guerra química y estudio del clima en el tránsito aéreo. Fueron suministrados. El país marchaba a toda máquina. Al general Carpenter le bastaba con apretar un botón para que le suministraran un experto.

En marzo de 2112 la guerra alcanzó un punto culminante y el Sueño Norteamericano se resolvió, pero no en ninguno de los siete frentes donde los hombres estaban trenzados en penosos combates, ni en ninguno de los altos mandos de ninguna de las naciones beligerantes, ni en ninguno de los centros de producción que vomitaban armas y pertrechos, sino en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos, enterrado a noventa metros bajo lo que alguna vez había sido St. Albans, Nueva York.

El Pabellón T era una especie de misterio en St. Albans. Como todos los hospitales militares, St. Albans estaba organizado con pabellones específicos destinados a lesiones específicas. Los amputados del brazo derecho eran alojados en un pabellón; los del brazo izquierdo en otro. Quemaduras radioactivas, lesiones craneanas, evisceraciones, envenenamiento  por  rayos  gamma  secundarios,  y  todo  lo  demás  tenían  un  lugar específico asignado en la organización del hospital. El Cuerpo Médico del Ejército había determinado diecinueve clases de lesiones de combate que incluían cada posible tipo de daños del cerebro y los tejidos. Usaban las letras desde la A a la S. Entonces, ¿qué había en el Pabellón T?

Nadie lo sabía. Las puertas tenían doble cerradura. No se permitían los visitantes. No podía salir ningún paciente. Se veían médicos que entraban y salían. Sus expresiones perplejas estimulaban las especulaciones más infundadas, pero no revelaban nada. Las enfermeras que atendían el Pabellón T eran interrogadas con avidez, pero mantenían la boca cerrada.

Había información con cuentagotas, insatisfactorias y contradictorias. Una criada aseguraba que había ido a limpiar el pabellón y que allí no había nadie. Absolutamente nadie. Tan sólo una docena de camas y nada más. ¿Alguien había dormido en las camas? Sí. Algunas de ellas estaban deshechas. ¿Había signos de que el pabellón estaba en uso? Oh sí. Había efectos personales sobre las mesas y cosas de ese tipo. Pero polvorientos, o eso parecían. Como si no hubieran sido usados desde hacía mucho tiempo.

La opinión pública decidió que era un pabellón fantasma. Sólo para espectros.

Pero un ordenanza nocturno declaró que había pasado frente al pabellón cerrado y había oído cantos dentro. ¿Qué clase de cantos? Algo en otro idioma. ¿Qué idioma? El ordenanza no pudo decirlo. Algunas palabras sonaban como… bien, como: Vayamos de excursión, tralalí… traíala.

La opinión pública comenzó a hervir y decidió que era un pabellón para extranjeros. Sólo para espías.

St. Alban solicitó el auxilio de personal de cocina y revisó las bandejas de alimentos. Veinticuatro bandejas iban al Pabellón T tres veces por día. Salían veinticuatro. Algunas retornaban vacías, la mayoría de las veces intocadas.

La opinión pública comenzó a levantar presión y decidió que el pabellón era un fraude organizado: un club informal para soldados holgazanes y aprovechados que se corrían juergas dentro. Vayamos de excursión, tralalí… traíala.

Un hospital puede controlar con facilidad los chismorreos de un grupo de costura de un pueblo pequeño, pero los enfermeros son más fácilmente excitables por las trivialidades. Bastaron sólo tres meses para que las especulaciones ociosas se convirtieran en furia desatada. En enero de 2112, St. Alban era un conocido y bien administrado hospital. En marzo de 2112 St. Albans era un fermento, y la inquietud psicológica alcanzó los informes oficiales. El porcentaje de recuperaciones “decayó. Los empeoramientos aumentaron. Crecieron las acusaciones triviales. Estallaron motines. Hubo cambios de personal. Nada dio resultado. El Pabellón T incitaba a los pacientes a la rebelión. Hubo otros cambios, y otros, y la inquietud aún hervía.

Por fin las noticias llegaron a la mesa de despacho del general Carpenter a través de canales oficiales.

—En nuestro combate por el Sueño Norteamericano —dijo— no debemos olvidar a quienes ya han dado todo de sí mismos. Enviadme a un experto en Administración de Hospitales.

Le suministraron el experto. No podía hacer nada para sanar St. Albans. El general Carpenter leyó los informes y lo despidió.

—La piedad —dijo el general Carpenter— es el primer ingrediente de la civilización. Enviadme un cirujano general.

Fue suministrado un cirujano general. No pudo aplacar la furia de St. Albans, y el general Carpenter lo aplacó a él. Pero a esta altura el Pabellón T ya era mencionado en los despachos.

—Enviadme —dijo el general Carpenter— el experto a cargo del Pabellón T.

St. Albans envió un doctor, el capitán Edsel Dimmock. Era un joven corpulento, ya calvo, egresado hacía apenas tres años de la escuela de medicina, pero con un buen expediente como experto en psicoterapia. Al general Carpenter le gustaban los expertos. Le gustaba Dimmock. Dimmock adoraba al general como exponente de una cultura que hasta ahora su entrenamiento tan especializado le había impedido buscar, pero que esperaba poder disfrutar una vez que ganaran la guerra.

—Preste atención, Dimmock —comenzó el general Carpenter—. Todos somos hoy día herramientas. Usted debe conocer nuestro lema: un trabajo para cada cual y cada cual para su trabajo. En el pabellón T hay alguien que no trabaja y tenemos que echarlo a patadas. Ante todo, ¿qué demonios es el Pabellón T?

Dimmock tartamudeó y vaciló. En primer lugar explicó que era un pabellón especial destinado a casos de combate especiales. Casos de shock.

—¿Entonces tenéis pacientes en el pabellón?

—Sí, señor. Diez mujeres y catorce hombres.

Carpenter blandió un fajo de informes.

—Aquí dice que los pacientes de St. Albans declaran que no hay nadie en el Pabellón T.

Dimmock acusó el golpe. No era verdad, aseguró al general.

—De  acuerdo,  Dimmock.  Así  que  usted  tiene  veinticuatro  inválidos  allí  dentro.  La

obligación de ellos es reponerse. La suya de curarlos. ¿Por qué demonios hay tanto revuelo en el hospital?

—B… bien, señor. Quizá porque los mantenemos bajo llave.

—¿Mantienen el Pabellón T bajo llave?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

—Para mantener los pacientes dentro, general Carpenter.

—¿Mantenerlos dentro? ¿Qué quiere decir? ¿Están tratando de escapar? ¿Son violentos, o algo por el estilo?

—No, señor. No son violentos.

—Dimmock, no me gusta su actitud. Se está mostrando endemoniadamente cauto y evasivo. Y le diré algo más que no me gusta. Esa clasificación T. La he verificado con un experto  en  archivos  de  los  Cuerpos  Médicos  y  no  existe  tal  clasificación  T.  ¿Qué demonios estáis haciendo en St. Albans?

—B… bien, señor… nosotros inventamos la clasificación T. No sabíamos qué hacer con ellos o cómo tratarlos. He…mos tratado de mantenerlo en secreto mientras trabajábamos en un modus operandi, pero es algo nuevo, general Carpenter. ¡Algo nuevo!

—Aquí el experto Dimmock triunfó sobre la disciplina.— Es sensacional. ¡Pasará a la historia de la medicina, por Dios! Es la cosa más diabólicamente grande de todos los tiempos!

—¿De qué se trata, Dimmock? Sea específico.

—Bien, señor, son casos de shock. Anulados. Casi catatónicos. Muy poca respiración. Pulso bajo. Sin reacción.

—He visto miles de casos de shock como ésos — gruñó Carpenter—. ¿Eso es lo inusual?

—Sí, señor, y esto suena como algo común a los patrones Q o R de las clasificaciones. Pero aquí hay algo inusual. No comen ni duermen.

—¿Nunca?

—Algunos de ellos nunca.

—Pero entonces, ¿por qué no mueren?

—No lo sabemos. Se ha roto el ciclo metabólico, pero sólo en el aspecto anabólico. El catabolismo continúa. En otras palabras, señor, eliminan productos de desecho, pero no ingieren nada. Eliminan toxinas de fatiga y reconstruyen el tejido gastado, pero sin comer ni dormir. Dios sabe cómo. Es fantástico.

—¿Es por eso que los tenéis bajo llave? Es decir… ¿se sospecha que roben comida y se echen una siesta en algún lado?

—N…no, señor. —La cara de Dimmock parecía avergonzada.— No sé cómo decirle esto, general Carpenter… Los hemos encerrado por el verdadero misterio… Ellos… bien, ellos desaparecen.

—¿Ellos qué?

—Desaparecen, señor. Se desvanecen. Ante nuestros ojos.

—¿Qué infiernos está diciendo?

—Lo hacen, señor. Están sentados en una cama o caminando por allí. En un momento se los ve, en el otro no. A veces hay dos docenas en el Pabellón T. Otras veces ninguno. Desaparecen y aparecen sin ton ni son. Es por eso que mantenemos el pabellón cerrado, general Carpenter. En toda la historia de la guerra y de las lesiones de guerra jamás hubo un caso como éste antes. No sabemos qué hacer.

—Traedme tres de esos casos —dijo el general Carpenter.

Nathan Riley comió torrejas, huevos a la benedictina; consumió dos pintas de cerveza negra, fumó un John Drew, eructó delicadamente y se levantó de la mesa de desayuno. Hizo una inclinación de cabeza en dirección a Gentleman Jim Corbett, quien detuvo su conversación con Diamond Jim Brady para interceptarlo en su camino hacia el escritorio del cobrador.

—¿Quién te gusta para el título este año, Nat? —indagó Gentleman Jim.

—Los Dodgers —respondió Nathan Riley.

—No tienen lanzadores.

—Tienen a Snider y Furillo y Campanella. Ganarán el título este año, Jim. Apuesto que lo ganarán antes que ningún otro equipo en años anteriores. El 13 de setiembre. Toma nota. Verás como tengo razón.

—Siempre tienes razón, Nat —dijo Corbett.

Riley sonrió, pagó la cuenta, deambuló por la calle y cogió un tranvía de caballos en dirección al Madison Square Carden. Se apeó en la esquina de la Cincuenta y la Octava Avenida y subió las escaleras hasta una oficina de apuestas que se encontraba sobre un negocio de reparación de radios. El corredor de apuestas lo miró de soslayo, sacó un envoltorio y contó 15.000 dólares.

—Rocky Marciano por K.O. técnico sobre Roland La Starza en el undécimo —dijo—.

¿Cómo demonios lo sabías con tanta precisión, Nat?

—Así me gano la vida —sonrió Riley—. ¿Tomas apuestas sobre las elecciones?

—Eisenhover doce a cinco. Stevenson…

—Adlai no interesa. —Riley colocó 20.000 dólares sobre el contador.— Respaldo a Ike. Anótame con esto.

Dejó la oficina y se dirigió, a su suite en el Waldorf, donde un joven alto, muy delgado, lo esperaba con impaciencia.

—Oh sí —dijo Nathan Riley—. ¿Usted es Ford, no es así? ¿Harold Ford?

—Henry Ford, señor Riley.

—¿Y necesita financiación para esa máquina que tiene en su taller de bicicletas?

¿Cómo se llama?

—Yo lo llamo Ipsímovil, señor Riley.

—Hmmm. No puedo decir que el nombre me guste. ¿Por qué no lo llama automóvil?

—Es una sugerencia maravillosa, señor Riley. Por cierto que la tendré en cuenta.

—Me gusta usted, Henry. Es joven, impulsivo, adaptable. Creo en su futuro y creo en su automóvil. Invertiré doscientos mil dólares en su compañía.

Riley extendió un cheque y acompañó fuera a Henry Ford. Echó un vistazo a su reloj y de pronto se sintió impelido  a volver y ver qué sucedía. Entró en su dormitorio, se desvistió, se puso una camisa gris y pantalones grises. Sobre el bolsillo de su camisa había grandes letras azules: H.M.E.U.

Cerró con llave la puerta del dormitorio y desapareció.

Reapareció en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos en St. Albans, de pie junto a su cama, que era una de las veinticuatro alineadas contra la pared de un largo barracón de acero ligero. Antes de que pudiera siquiera respirar, fue atrapado por tres pares de manos. Antes de que pudiera resistirse, le clavaron una jeringa neumática y fue derribado por 11/2 cm3 de tioformato de sodio.

—Tenemos a uno —dijo alguien.

—Vigila —respondió alguien más—. El general Carpenter dijo que quería a tres.

Después de que Marco Junio Bruto dejó su lecho, Lela Machan batió palmas. Sus esclavas entraron en la cámara y le prepararon el baño. Se bañó, se vistió, se perfumó y desayunó higos de Esmirna, naranjas rosadas y una copa de Lacryma Christi. Luego fumó un cigarrillo y ordenó una litera.

Como de costumbre, en los portales de su casa hormigueaban las gloriosas hordas de la Vigésima Legión. Dos centuriones arrebataron a sus portadores las varas de la litera y la cargaron sobre sus hombros musculosos. Lela Machan sonrió. Un joven con una capa azul zafiro se abrió paso entre la multitud y corrió hacia ella. Una daga centelleó en su mano. Lela se preparó para afrontar la muerte con valentía.

—¡Señora! —exclamó él—. ¡Señora Lela!

Se tajeó el brazo izquierdo con la daga y dejó que la sangre carmesí manchara la túnica de Lela.

—¡Esta sangre mía es lo menos que puedo ofreceros! —gritó. Lela le tocó la frente con suavidad.

—Tontucio —murmuró—. ¿Por qué?

—Por amor a ti, mi señora.

—Seréis admitido esta noche, a las nueve —susurró Lela. El permaneció contemplándola hasta que ella se rió—. Os lo prometo. ¿Cuál es tu nombre, tontucio?

—Ben Hur.

—Esta noche a las nueve, Ben Hur.

La litera se puso en movimiento. Frente al forum, Julio César entablaba una acalorada discusión con Savonarola. Cuando vio la litera hizo una brusca señal a los centuriones, que se detuvieron al unísono. César descorrió los cortinados y contempló a Lela, quien lo observaba lánguidamente.

—¿Por qué? —preguntó roncamente—. He rogado, suplicado, sobornado, llorado, y todo sin ningún resultado. ¿Por qué, Lela? ¿Por qué?

—¿Recuerdas a Boadicea? —murmuró Lela.

—¿Boadicea? ¿La reina de los britanos? Por todos los dioses, Lela, ¿qué puede ella significar para nuestro amor. Yo no amé a Boadicea. Tan sólo la derroté en combate.

—Y la mataste, César.

—Ella se envenenó, Lela.

—¡Ella era mi madre, César! —De repente Lela apuntó con un dedo al César.— Asesino. Tendrás tu merecido. ¡Cúidate de los Idus de Marzo, César!

César retrocedió horrorizado. La muchedumbre de admiradores que se habían apiñado alrededor de Lela soltó un grito de aprobación. En medio de una lluvia de pétalos de rosas y violetas, ella continuó su camino a través del Foro hasta el Templo de las Vírgenes Vestales, donde abandonó a sus seguidores deslumbrados y penetró en el templo sagrado.

Hizo una genuflexión ante el altar, entonó una plegaria, arrojó una pizca de incienso en la llama votiva y se quitó la túnica. Examinó el reflejo de su hermoso cuerpo en un espejo de plata, luego experimentó una momentánea punzada de añoranza. Se colocó una blusa gris y unos pantalones grises. Sobre el bolsillo de su blusa tenía la inscripción H.M.E.U.

Sonrió ante el altar y desapareció al unísono.

Reapareció en el Pabellón T del Hospital Militar de los Estados Unidos donde fue instantáneamente derribada por 1 1/2 cm3 de tiomorfato de sodio inyectado en forma subcutánea por una jeringa neumática.

—Van dos —dijo alguien.

—Sólo falta uno.

George Hanmer hizo una pausa dramática y miró en derredor… a los escaños de la oposición, al Canciller sobre su cojín, a la maza de plata sobre la almohadilla carmesí ante el asiento del Canciller. Toda la Cámara, hipnotizada por la fiera oratoria de Hanmer, esperaba conteniendo el aliento a que continuara.

—Más no puedo decir —dijo Hanmer por último. Su voz era ahogada por la emoción, el rostro pálido y ceñudo—. Combatiré por esta acta en las cabezas de playa. Combatiré en las ciudades, los pueblos, los campos y las aldeas. Combatiré por esta acta hasta la muerte y, Dios mediante, combatiré por ella después de la muerte. Si esto es un desafío o una plegaria, lo someteré a juicio de las conciencias de los caballeros dignos y honestos; pero de algo estoy seguro y resuelto: Inglaterra debe poseer el Canal de Suez.

Hanmer se sentó. El edificio estalló. En medio de los vítores y aplausos, se escabulló a la sección de pasillos donde Gladstone, Churchill y Pitt lo detuvieron para estrecharle la mano. Lord Palmerston lo miró con frialdad, pero Pam fue echado a un lado por Disraeli, quien subió cojeando, todo entusiasmo, todo admiración.

—Incaremos el diente en Tattersall’s —dijo Dizzy—. Mi coche está esperando.

Lady Beaconsfield estaba en el Rolls Royce frente al edificio del Parlamento. Colocó una prímula en la solapa de Dizzy y palmeó afectuosamente la mejilla de Hanmer.

—Ha pasado mucho tiempo para aquel escolar que acostumbraba intimidar a Dizzy —dijo ella.

Hanmer se echó a reír. Dizzy cantó Gaudeamus igitur… y Hanmer entonó la antigua canción  escolástica  hasta  que  llegaron  a  Tattersall’s.  Allí  Dizzy  ordenó  Guinness  y costillas a la parrilla, mientras Hanmer subía las escaleras del club para cambiarse.

Sin ningún motivo en especial tuvo el impulso de volver para echar una última ojeada. Quizás odiaba romper con su pasado por completo. Se quitó el gabán, el chaleco de nanquín, los pantalones jaspeados, las lustradas botas hessianas y la ropa interior. Se puso una camisa gris y pantalones grises y desapareció.

Reapareció en el Pabellón T del hospital de St. Albans donde fue puesto inconsciente con 1 1/2 cm3 de tiomorfato de sodio.

—Es el tercero —dijo alguien.

—Llevádselos a Carpenter.

De modo que ahora estaban en la oficina del general Carpenter, el soldado raso Nathan Riley, la sargento mayor Lela Machan y el cabo segundo George Hanmer. Vestían la ropa gris del hospital. Estaban atontados por el tiomorfato de sodio.

El despacho estaba vacío y resplandecía de luz. Estaban presentes expertos en Espionaje, Contraespionaje, Seguridad y Central de Inteligencia. Cuando el capitán Edsel Dimmock vio ese grupo de rostros acerados e impasibles esperándolo a él y a los pacientes, se sobresaltó. El general Carpenter sonrió sombríamente.

—No se le habrá ocurrido que nos íbamos a tragar su historia de las desapariciones, ¿eh, Dimmock?

—¿S… señor?

—Yo también soy un experto, Dimmock. Se lo diré sin rodeos. La guerra anda mal. Muy mal. Hubo filtración de inteligencia. El lío de St. Albans podría acusarlo a usted.

—P… pero ellos desaparecen, señor. Yo…

—Mis expertos quieren hablar con usted y sus pacientes sobre ese número de desaparición, Dimmock. Comenzarán con usted.

Los expertos trabajaron sobre Dimmock con ablandadores preconscientes, liberadores del ello y bloqueos del superyo. Probaron todo tipo de drogas de la verdad que aparecía en los libros y todas las formas de presión física y mental. Tres veces llevaron al aullante Dimmock al punto de ruptura, pero no había nada que romper.

—Dejadlo cocer a fuego lento ahora —dijo Carpenter—. Empiecen con los pacientes. Los  expertos  se  mostraron  reacios  a  aplicar  presión  a  dos  hombres  y  una  mujer enfermos.

—Por el amor de Dios, no seáis remilgados —tronó Carpenter—. Estamos librando una guerra por la civilización. Tenemos que proteger nuestros ideales a cualquier precio.

¡Adelante!

Los expertos de Espionaje, Contraespionaje, Seguridad y Central de Inteligencia lo hicieron. Como tres velas, el soldado raso Nathan Riley, la sargento mayor Lela Machan y el cabo segundo George Hanmer se apagaron y desaparecieron. En un momento estaban en sus asientos y rodeados de violencia. Al momento siguiente ya no estaban.

Los expertos se atragantaron. El general Carpenter salió elegantemente del paso. Se dirigió hacia Dimmock.

—Capitán Dimmock, mis disculpas. Coronel Dimmock, ha sido ascendido por realizar un importante descubrimiento… sólo que el infierno sabrá qué significa. Primero debemos investigar por nuestra cuenta.

Carpenter cogió con brusquedad el intercomunicador.

—Traedme un experto en shocks de combate y un alienista.

Los dos expertos entraron y fueron informados brevemente. Examinaron a los testigos. Reflexionaron.

—Todos ustedes están padeciendo un caso de shock moderado —dijo el experto en shocks de combate—. Tensión de guerra.

—¿Quiere decir que no los vimos desaparecer?

El experto en shocks sacudió la cabeza y miró de reojo al alienista, que también sacudió la cabeza.

—Alucinación colectiva —dijo el alienista.

En ese momento el soldado raso Riley, la sargento mayor Machan y el cabo segundo Hanmer reaparecieron. Por un momento fueron una alucinación colectiva; en el siguiente estaban de vuelta en sus asientos rodeados por la confusión.

—Dróguelos de nuevo, Dimmock —gritó Carpenter—. Inyécteles un galón. —Manejó con rudeza el intercomunicador.— Quiero todos los expertos que haya. Reunión de emergencia en mi despacho de inmediato.

Treinta y siete expertos, herramientas templadas y afiladas todos, inspeccionaron a los tres sujetos inconscientes y discutieron entre ellos durante tres horas. Ciertos hechos eran obvios: este debía ser un nuevo y fantástico síndrome producido por los nuevos y fantásticos horrores de la guerra. Al desarrollarse técnicas de combate, la respuesta de las víctimas a estas técnicas también debía haber tomado nuevos rumbos. Para toda acción hay una reacción igual y opuesta. De acuerdo.

Este último síndrome debía comprender algunos aspectos de teleportación… el poder de la mente sobre el espacio. Era evidente que el shock de combate, aunque destruía ciertos poderes conocidos de la mente, debía desarrollar otros poderes latentes, hasta ahora desconocidos. De acuerdo.

Era obvio que los pacientes sólo podían regresar al punto de partida, de lo contrario no volverían siempre al Pabellón T ni habrían vuelto al despacho del general Carpenter. De acuerdo.

Era obvio que los pacientes debían poder procurarse comida y sueño dondequiera iban, pues no lo hacían en el Pabellón T. De acuerdo.

—Un detalle —dijo el coronel Dimmock—. Parecen estar retornando al Pabellón T cada vez con menos frecuencia. Al principio iban y venían casi a diario. Ahora la mayoría de ellos permanece fuera durante semanas y rara vez regresan.

—Eso no importa —dijo Carpenter—. ¿Adonde van?

—¿Se teleportan tras las líneas enemigas? — preguntó alguien—. Están esas filtraciones de inteligencia.

—Quiero que Inteligencia lo verifique —barbotó Carpenter—. ¿Tendrá el enemigo dificultades similares, es decir, prisioneros de guerra que aparecen y desaparecen de los campos de concentración? Podrían ser algunos de los nuestros del Pabellón T.

—Tal vez simplemente vayan a casa —sugirió el coronel Dimmock.

—Quiero una investigación  de  Seguridad  —ordenó  Carpenter—.  Examinen  la  vida hogareña y las relaciones de cada uno de los veinticuatro desaparecidos. Ahora… en cuanto a nuestras operaciones en el Pabellón T, el coronel Dimmock tiene un plan.

—Pondremos seis camas extras en el Pabellón T —explicó Edsel Dimmock—. Enviaremos seis expertos a vivir allí y observar. La información debe ser tomada directamente de los pacientes. Son catatónicos e incapaces de reaccionar cuando están conscientes, e incapaces de responder preguntas cuando son drogados.

—Caballeros —resumió Carpenter—. Esta es la mayor arma potencial en la historia de la guerra. No tengo que deciros lo que significaría para nosotros teleportar todo un ejército tras las líneas enemigas. Podemos ganar la guerra por el Sueño Norteamericano en un día si podemos obtener el secreto oculto en esas mentes aniquiladas. ¡Debemos ganar!

Los expertos trabajaron con ahínco. Seguridad investigó. Inteligencia sondeó. Seis templadas y afiladas herramientas se mudaron al Pabellón T del Hospital de St. Albans y lentamente se familiarizaron con los pacientes que desaparecían para reaparecer cada vez con menos frecuencia. La tensión se incrementó.

Seguridad pudo informar que ni un solo caso de aparición extraña había tenido lugar en Norteamérica en el pasado año. Inteligencia informó que el enemigo no parecía tener dificultades similares con sus propios casos de shock o con prisioneros de guerra.

Carpenter se inquietó.

—Esto es una rama nueva. No tenemos especialistas para manejarla. Tenemos que crear nuevas herramientas. —Golpeó el intercomunicador.— Ponedme con un college.

Lo comunicaron con Yale.

—Quiero algunos expertos en el dominio de la mente sobre la materia. Preparadlos — ordenó. De inmediato Yale creó tres cursos de graduados en Taumaturgia, Percepción Extrasensorial y Telekinesis.

La primera pista se abrió cuando uno de los expertos del Pabellón T requirió la ayuda de otro experto. Necesitaba un Lapidario.

—¿Para qué demonios? —quiso saber Carpenter.

—El hombre escuchó referirse a una piedra preciosa —explicó el coronel Dimmock—. Es especialista especializado y no puede relacionarla con nada dentro de su experiencia.

—No se supone que lo haga —dijo Carpenter con aprobación—. Un trabajo para cada cual y cada cual para su trabajo —Manoteó el intercomunicador.— Traédme un lapidario.

Un experto lapidario recibió permiso para ausentarse del arsenal del ejército y se le pidió que identificara un diamante llamado Jim Brady. No pudo hacerlo.

—Lo intentaremos desde un nuevo ángulo —dijo Carpenter. Oprimió el intercomunicador—. Traédme un especialista en semántica.

El semántico dejó su mesa de despacho en el Departamento de Propaganda de Guerra pero no pudo aportar nada a las palabras “Jim Brady”. Tan sólo eran nombres para él. Nada más. Sugirió un genealogista.

Un genealogista obtuvo un día de licencia en su puesto en Comisión de Ancestros No Norteamericanos, pero no pudo aportar nada con Jim Brady, salvo que había sido un nombre muy común en Norteamérica hace unos quinientos años. Sugirió un arqueólogo.

Un arqueólogo fue relevado de su puesto en la División de Cartografía del Comando de Invasión  y  de  inmediato  identificó  el  nombre  Diamond  Jim  Brady.  Era  un  personaje histórico famoso en la antigua y pequeña ciudad de Nueva York en un período intermedio entre el gobernador Peter Stuyvesant y el gobernador Fiorello La Guardia.

—¡Cristo! —se maravilló Carpenter—. Hace mucho de eso. ¿De dónde demonios sacó Nathan Riley eso? Será mejor que se reúna usted con los expertos del Pabellón T y siga esa pista.

El arqueólogo siguió la pista, revisó sus referencias y presentó su informe. Carpenter lo leyó  y  quedó  anonadado.  Llamó  a  su  equipo  de  expertos  para  una  reunión  de emergencia.

—Caballeros —anunció—, en el Pabellón T hay algo mucho más importante que teleportación. Estos pacientes de shock están haciendo algo mucho más increíble… mucho más significativo. Caballeros, están viajando por el tiempo.

El equipo murmuró con incredulidad. Carpenter asintió con énfasis.

—Sí, caballeros. El viaje temporal está aquí. No ha llegado en la forma en que lo esperábamos… como resultado de la investigación especializada de expertos calificados; ha llegado como una peste… una infección… una enfermedad de guerra… un resultado de lesiones de combate en hombres comunes. Antes de continuar, quisiera que examinen estos informes para documentarse.

El equipo leyó las hojas mimeografiadas. El soldado raso Nathan Riley… desapareciendo en la Nueva York de principios del siglo XX; la sargento mayor Lela Machan… visitando la Roma del siglo I; el cabo segundo George Hanmer… viajando a la Inglaterra del siglo XIX. Y todo el resto de los veinticuatro pacientes, huyendo a Venecia y los dux, a Jamaica y los bucaneros, a China y la dinastía Han, a Noruega y Eric el Rojo, a cualquier parte y a cualquier época del mundo para escapar del torbellino y los horrores de la guerra moderna en el siglo XXII.

—No necesito destacar la significación colosal de este descubrimiento —destacó el general Carpenter—. Piensen qué importante sería para la guerra si pudiéramos enviar un ejército una semana o un mes o un año atrás en el tiempo. Podríamos ganar la guerra antes de que comenzara. Podríamos proteger nuestro Sueño —la Poesía y la Belleza de la Cultura de Norteamérica— de la barbarie sin ponerlo nunca en peligro.

El equipo trató de aprehender el problema de ganar batallas antes de que hubieran comenzado.

—La situación se complica por el hecho de que estos hombres y mujeres del Pabellón T son non campos. Puedan o no saber cómo hacen lo que hacen, en todo caso son incapaces de comunicarse con los expertos, que reducirían este milagro a método. De nosotros depende encontrar la clave. Ellos no pueden ayudarnos.

Los templados y afilados especialistas se miraron entre sí desconcertados.

—Necesitaremos expertos —dijo el general Carpenter.

El equipo se tranquilizó. Estaban de nuevo en terreno familiar.

—Necesitaremos   un   mecánico   del   cerebro,   un   cibernetista,   un   psiquiatra,   un anatomista, un arqueólogo y un historiador de primera agua. Entrarán en ese pabellón y no saldrán de él hasta terminado su trabajo. Deben aprender la técnica del viaje temporal.

Los primeros cinco expertos fueron fáciles de conseguir en otros departamentos de guerra. Toda Norteamérica era una caja de herramientas de templados y afilados especialistas. Pero hubo problemas en localizar a un historiador de primera agua hasta que la Penitenciaría Federal cooperó con el ejército y dejó en libertad al doctor Bradley Scrim de su condena de veinte años a trabajos forzados. El doctor Scrim era ácido y hermético. Había tenido la cátedra en Historia Filosófica en una universidad del Oeste hasta que expresó su opinión sobre la guerra del Sueño Norteamericano. Le dieron veinte años de trabajos forzados.

Scrim era aún intransigente, pero el intrigante problema del Pabellón T lo indujo a entrar en juego.

—Pero no soy un experto —barbotó—. Aunque en esta nación de expertos sumergida en la oscuridad soy la última cigarra que canta sobre el hormiguero.

Carpenter manoteó el intercomunicador.

—Traédme un entomólogo.

—No se moleste —dijo Scrim—. Traduciré. Ustedes son una colonia de hormigas…

todos trabajan y se afanan y especializan. ¿Para qué?

—Para preservar el Sueño Norteamericano —respondió Carpenter con enojo—. Luchamos por la Poesía y la Cultura y la Educación y las Mejores Cosas de la Vida.

—Lo cual significa que estáis luchando para preservarme a mí —dijo Scrim—. Es a todo eso a lo que he dedicado mi vida. ¿Y qué hacéis conmigo? Me metéis en la cárcel.

—Usted fue condenado por simpatizar con el enemigo y los infiltrados internos.

—Fui condenado por creer en mi Sueño Norteamericano —dijo Scrim—. Que es un modo de decir que fui a la cárcel por tener ideas propias.

Scrim también fue intransigente en el Pabellón T. Se quedó una noche, disfrutó de tres buenas comidas, leyó los informes, los arrojó al piso y comenzó a vociferar para que lo sacaran de allí.

—Hay un trabajo para cada cual y cada cual debe hacer su trabajo —le dijo el coronel Dimmock—. No saldrá hasta que haya descubierto el secreto del viaje por el tiempo.

—No hay ningún secreto que yo pueda descubrir — dijo Scrim.

—¿Ellos viajan por el tiempo.?

—Sí y no.

—La respuesta debe ser una u otra. No ambas. Usted está evadiendo la…

—Escuche —lo interrumpió Scrim con cansancio—. ¿Cuál es su especialidad?

—Psicoterapia.

—Entonces, ¿cómo diablos puede comprender lo que le digo? Este es un concepto filosófico. Le digo que aquí no hay ningún secreto que el ejército pueda utilizar. No hay ningún secreto que algún grupo pueda utilizar. Es un secreto sólo para individuos.

—No lo comprendo.

—Sabía que no lo haría. Lléveme ante Carpenter.

Llevaron a Scrim al despacho de Carpenter, donde sonrió al general con malignidad;

ante todos se parecía a un demonio pelirrojo e infraalimentado.

—Necesitaré diez minutos —dijo Scrim—. ¿Puede usted extraerlos de su caja de herramientas?

Carpenter asintió.

—Nathan Riley retrocede en el tiempo hasta principios del siglo XX. Allí vuelve realidad su sueño más dorado. Es un gran jugador, amigo de Diamond Jim Brady y otros. Gana dinero apostando sobre los hechos porque siempre conoce lo que sucederá por adelantado. Ganó dinero apostando que Eisenhover ganaría una elección. Ganó dinero apostando que un campeón llamado Marciano derrotaría a otro campeón llamado La Starza. Hizo dinero invirtiendo en la compañía de automóviles propiedad de Henry Ford. Esas son las pistas. ¿Significan algo para usted?

—No sin un analista sociológico —respondió Carpenter. Estiró la mano hacia el intercomunicador.

—No ordene ninguno, le explicaré más tarde. Probemos algunas otras pistas. Lela Machan, por ejemplo. Escapa al Imperio Romano, donde realiza la vida de sus sueños como  femme  fátale.  Todos  los  hombres  la  aman.  Julio  César,  Savonarola,  toda  la Vigésima Legión, un hombre llamado Ben Hur. ¿Advierte la falacia?

—No.

—También fuma cigarrillos.

—¿Y bien? —preguntó Carpenter luego de una pausa.

—Prosigo —dijo Scrim—. George Hanmer escapa a la Inglaterra del siglo XIX, donde es miembro del Parlamento y amigo de Gladstone, Winston Churchill y Disraeli, quien lo lleva a pasear en su Rolls Royce. ¿Sabe lo que es un Rolls Royce?

—No.

—Era una marca de automóviles.

—¿Y?

—¿Todavía no comprende?

Scrim pateó el suelo con exaltación.

—Carpenter, este es un descubrimiento más importante que la teleportación o el viaje en el tiempo. Esto puede ser la salvación del hombre. No creó estar exagerando. Las dos docenas de víctimas de shock del Pabellón T han sido bombardeadas  por  algo  tan gigantesco que no asombra que sus especialistas y expertos no pudieran comprenderlo.

—¿Qué diablos es más importante que el viaje temporal, Scrim?

—Escuche esto, Carpenter. Eisenhower no presentó su candidatura hasta mediados del siglo XX. Nathan Riley no pudo haber sido amigo de Diamond Jim Brady y apostar por Eisenhower en una elección… no simultáneamente. Brady había muerto un cuarto de siglo antes de que Ike fuera presidente. Marciano derrotó a La Starza cincuenta años después dé que Henry Ford iniciara su empresa automovilística. Los viajes en el tiempo de Nathan Riley están llenos de anacronismos similares.

Carpenter estaba perplejo.

—Lela Machan no pudo haber sido la amante de Ben Hur. Ben Hur nunca estuvo en Roma. Nunca existió en la realidad. Era un personaje de novela. Ella no pudo haber fumado. No tenían tabaco entonces. ¿Lo comprende? Más anacronismos. Disraeli nunca pudo haber llevado a George Hanmer a pasear en Rolls Royce porque los automóviles se inventaron mucho después de la muerte de Disraeli.

—¿Pero qué infiernos dice? —exclamó Carpenter—.

¿Quiere decir que todos están mintiendo?

—No. No olvide que no necesitan dormir. No necesitan comer. No están mintiendo. Están retrocediendo en el tiempo, eso es correcto. Comen y duermen cuando están allá.

—Pero usted dijo que sus historias no concuerdan. Están llenas de anacronismos.

—Porque retroceden en un tiempo imaginario. Nathan Riley tiene su propia imagen de lo que fue Norteamérica en los principios del siglo XX. Es falsa y anacrónica porque él no es un erudito, pero es real para él. Puede vivir allí. Lo mismo sucede con los otros.

Carpenter puso los ojos en blanco.

—El concepto casi está más allá de la comprensión. Estas personas han descubierto cómo tornar sus sueños en realidad. Saben cómo entrar en sus realidades soñadas. Pueden quedarse allí, vivir allí, tal vez para siempre. Por Dios, Carpenter, este es su gran sueño norteamericano.  Hacer  milagros,  inmortalidad,  como  Dioses  de  la  creación,  la mente sobre la materia… Debe ser explorado. Debe ser estudiado. Debe ser dado al mundo.

—¿Usted puede hacerlo, Scrim?

—No, no puedo. Soy un historiador. No soy un creador, está más allá de mi alcance. Usted necesita un poeta… un artista que comprenda la creación de sueños. A un creador de sueños escritos no debería serle muy dificultoso dar el paso y crear sueños en la realidad.

—¿Un poeta? ¿Habla usted en serio?

—Claro que lo digo en serio. ¿No sabe qué es un poeta? Hace cinco años que nos dice que combatimos en esta guerra para salvar a los poetas.

—No sea capcioso, Scrim, yo…

—Envíe un poeta al Pabellón T. El aprenderá cómo lo hacen. Es el único que puede hacerlo. Un poeta ya está a medio camino. Una vez que aprenda podrá enseñar a sus psicólogos y anatomistas. Luego ellos podrán enseñarnos a nosotros; pero el poeta es el único que puede oficiar de intérprete entre esos casos de shock y sus expertos.

—Creo que usted tiene razón, Scrim.

—Entonces no pierda tiempo, Carpenter. Aquellos pacientes retornan a este mundo cada   vez   con   menos   frecuencia.   Tenemos   que   lograr   ese   secreto   antes   que desaparezcan para siempre. Envíe un poeta al Pabellón T.

Carpenter manoteó el intercomunicador.

—Enviadme un poeta —dijo.

Esperó, y esperó… y esperó… mientras Norteamérica buscaba febrilmente entre sus doscientos noventa millones de templados y afilados expertos, sus herramientas especializadas para defender el Sueño Norteamericano de Belleza y Poesía y las Mejores Cosas de la Vida. Esperó a que encontraran un poeta, sin comprender la interminable demora, lo infructuoso de la búsqueda; no comprendió por qué Bradley Scrim reía y reía y reía y reía ante esta última y fatal desaparición.

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